Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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viernes, 29 de noviembre de 2013

La herencia de don juan balandrano

El señor don Juan Balandrano vivía en la ciudad de San Luis Potosí. Huérfano desde edad temprana, tuvo conocimiento, al llegar a la mayoría de edad, de que su hacienda, puesta en mano de tutores, había menguado hasta casi no existir. Don Juan era ya un hombre de voluntad y de firmes decisiones, y se hizo el insobornable propósito de trabajar duramente hasta conseguir una nueva fortuna.
El mismo revisó los negocios que su padre le dejara, y que, debido a la mala fe de sus tutores, acabaron en situación ruinosa. Tuvo que pedir dinero en préstamo. Y sus acreedores, al fin, terminaron por llevarle a la cárcel de la ciudad de México.
Al poco de su entrada en prisión, un guardia le comunicó que cierto fraile franciscano quería hablar con él. Don Juan, sorprendido, pues no conocía a fraile alguno en aquella ciudad, preguntó al guardia si en verdad ese fraile había preguntado por él.
-No hay otro Balandrano aquí -dijo el guardia.
Don Juan siguió al carcelero a través de los silenciosos y oscuros pasadizos. Entraron en una habitación, y allí, en el centro, había un fraile sentado en la silla, junto a la basta mesa. Tenía el rostro seco y macilento; sus ojos no eran sino dos chispas hundidas. Don Juan, en efecto, jamás había visto a aquel fraile.
-Es vuesa merced el señor Balandrano, ¿me equivoco? -dijo el fraile.
-Sí. ¿En qué os puedo servir? -preguntó el preso.
-No temáis nada -dijo el fraile, que vengo en vuestra ayuda.
Pero don Juan, después de tantos sinsabores, no podía creer en la ayuda de nadie. El fraile le sonreía con mucha dulzura. Pero sus ojos seguían siendo ajenos a sus palabras. Aquellos ojos no parecían los de un mortal y don Juan sintió un escalofrío.
-¿Es vuestra merced descendiente de don Francisco Balandrano? -preguntó el fraile.
-Soy su hijo. Hace muchos años que murió mi padre. ¿Le conoció usted?
-No. Pero tengo para vuestra merced una herencia que él dejó en México la última vez que estuvo en esta ciudad.
Don Juan no salía de su asombro; las palabras del fraile habían llevado a su memoria lo que tantas veces oyera a propósito de la estancia en México de su padre, y cómo aquél, en el camino de regreso a San Luis Potosí, cayó en manos de unos indios que le dieron muerte.
-Sí, sé que mi padre estuvo aquí, en México -dijo.
-Y antes de partir dejó una enorme fortuna al cuidado de un fraile franciscano -señaló el fraile.
-¿Sois vos ese fraile? -preguntó don Juan.
-No, no. Yo era muy niño entonces.          
-¿Y cómo sabe vuestra merced que existe esa fortuna?
-Es muy largo de contar, y lo importante es que ya podéis pagar a vuestros acreedores y así abandonar la cárcel para rehacer vuestra vida.
Don Juan Balandrano quedó sin aliento, perplejo. Nunca había oído hablar de esa fortuna perteneciente a su padre. ¿Acaso era todo un sueño?
Pero era, en fin, una realidad... quizá sobrenatural... Miró al fraile... No parecía un ser vivo.
Pocos días después don Juan Balandrano salió de la cárcel. La misteriosa fortuna que los frailes le entregaron era enorme. Había en ella plata labrada y talegas de cordobán repletas de monedas de oro. Don Juan, sobre todo, quería saber el cómo de la llegada de fortuna semejante a manos de los franciscanos. Y un buen día partió hacia el convento de los frailes.
-¿Qué deseáis? -le preguntó el lego que le abrió la puerta.
-Quiero ver al padre prior y a un hermano cuyo nombre des-conozco.
El lego le hizo pasar.
-Diga que está aquí don Juan Balandrano.
El lego esbozó una sonrisa de complicidad. Don Juan miraba la sala; ni un lujo había allí. De repente oyó el rumor de unos hábitos y el pisar de unas sandalias. Por la larga galería se aproximaba el prior, seguido de otro fraile.
Don Juan supo, al cabo, que el misterioso fraile era fray Lucas, el guardián de aquel mísero convento, que poco después le contó el hecho asombroso que sucediera, y merced al cual supieron los frailes de la existencia y de la prisión que padecía don Juan Balandrano.
Ocurrió una noche, a las doce. La campana del convento tocaba a maitines. Los frailes salían de sus celdas y en silencio entraban en el coro. La mustia luz de las velas alargaba sus sombras contra las paredes encaladas. El fraile guardián esperó en la puerta a que todos estuvieran en sus sitios para colocarse en el suyo. Entonces empezaron a rezar. Las voces de los frailes ascendían pausadamente y descendían luego a lo más hondo de su ser.
De pronto se abrió la puerta y un hermano, con la puntiaguda capucha calada sobre el rostro, avanzó hasta el centro del coro para arrodillarse allí e inclinar la cabeza en señal de reconocimiento. Por un momento, pareció que la presencia del nuevo hermano iba a romper la concentración en el rezo, pues un afán de curiosidad se había apoderado de los frailes, aunque ninguno pudiera verle el rostro. Poco después, el convento había quedado en silencio. Todos los frailes estaban en sus celdas, a excepción de fray Lucas, que seguía junto a la puerta del coro esperando a que el recién llegado terminase de orar. Por fin se puso en pie el extraño, y avanzó hacia fray Lucas con las manos cruzadas bajo el pecho y con la cabeza hundida.
-¿De dónde vienes, hermano?
Nada respondió el desconocido.
-¿Acaso venís de jalisco? -volvió a preguntar fray Lucas.
Pero seguía sin recibir respuesta. Fray Lucas, entonces, levantó la vela que sostenía en su mano derecha. Y sus ojos quedaron abiertos de estupor cuando vio que bajo la capucha no había sino una calavera.
Al fin, tras unos segundos que a fray Lucas parecieron una eternidad, oyó el buen fraile una ronca voz que le decía:
-No temas, hermano.
-Dime quién eres y qué deseas. Si quieres misas dímelo, que todos los hermanos rezaremos por tu alma.
-No, hermano -respondió la calavera. No estoy condenado, gracias a la misericordia del Altísimo, que me ha permitido volver a este mundo para confiarte un secreto.
-¿Y tienes que confiarme a mí ese secreto? -preguntó fray Lucas con gran extrañeza.
-Sí, hermano. Pero no temas. Nada malo te sucederá. Y para que no creas que tienes un mal sueño, te digo que soy fray Bernardino de Yepes. En tiempos, como tú ahora, fui guardián de este convento.
Fray Lucas, en efecto, había oído hablar de fray Bernardino. Sabía que en la crónica del convento estaba escrito su nombre y la fecha de su fallecimiento. Muchas veces había visto fray Lucas aquella crónica que se refería a fray Bernardino, pues sentía curiosidad por los frailes que le precedieran en su empleo de guardián.
-Te escucho, hermano -dijo fray Lucas.
-Ya te he dicho -comenzó la calavera de fray Bernardino- que yo también fui guardián de este convento. Una tarde llegaron aquí dos señores que vivían en San Luis Potosí. Eran don Francisco Balandrano y su hermano don Salvador, que venían desde México para recoger una gran herencia que les dejara un rico pariente.
Fray Lucas escuchaba con atención todo lo que la calavera de fray Bernardino le decía.
-Habían recogido -prosiguió el espectro- la herencia y necesitaban regresar rápidamente a San Luis Potosí, pero los indios de aquella región se habían sublevado y temían hacer el camino cargados con tanta riqueza. Entonces me pidieron que les guardase aquí, en el convento, su tesoro. Volverían, una vez apaciguada la región, si es que no tenían a nadie de confianza que lo hiciera por ellos.
-¿Y tú qué hiciste, hermano? -preguntó fray Lucas, que, por mor del interés del relato, había perdido el miedo al espectro de fray Bernardino.
-Yo les dije que les haría el favor que me pedían. Aquella misma tarde trajeron la herencia, que, como te he dicho, era todo un tesoro. Nadie, salvo el que a la sazón era padre prior, supo lo acontecido. En la sala De Profundis, que aún existe en el convento, bajo el gran cuadro de la Porciúncula[1], cavé un profundo foso en el que puse toda aquella riqueza. Pasaron los años y nadie vino a buscar la herencia. A veces me preguntaba si no habría sido un sueño, y ganas me daban de cavar de nuevo para ver si existía o no tal tesoro, pero la misericordia de Dios me libraba de hacerlo, pues era Satanás quien me tentaba. Murió el prior y morí yo. El secreto, por ello, marchó con nosotros a la tumba.

* * *

Cuando don Juan Balandrano hubo escuchado lo sucedido, no cesó de dar gracias a Dios por el gran bien que acababa de procurarle. Repartió entre los más necesitados buena parte de aquella fortuna, y mandó a los frailes franciscanos que dijesen misas por el buen fray Bernardino de Yepes.
Don Juan Balandrano partió, después, hacia San Luis Potosí.
Los frailes se olvidaron pronto del suceso, que pasó a ser una simple historia recogida en su crónica.
Sólo en los ojos de fray Lucas siguió brillando hasta su muerte una luz de espanto.

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[1]Porciúncula: Primer convento de los franciscanos.

La ciudad destruida

Ucú, la hermosa ciudad maya regida por el cacique Ik, recibía lentamente las primeras luces del nuevo día. Los anchos muros de piedra que la protegían, e,,Ctinguidas ya las sombras de la noche, revelaban su esplendor. Kukulkán, la serpiente sagrada esculpida en la dura roca, se retorcía sobre sus fríos pedestales. Yum-Cimil, el dios de la muerte, erguía su temible figura de piedra. Todos dormían en la ciudad. Las armas descansaban junto a los guerreros.
El valiente guerrero Ah-Can, sin embargo, no dormía; ni lo hacía la hermosa Mucuy-Kaak, hija favorita del cacique. Ambos, exponién-dose al más terrible de los castigos, habían decidido verse a solas aquel día y a semejante y temprana hora.
Tengo mucho miedo -dijo la joven temblando; si mi padre nos sorprende te mandará matar y yo seré encerrada de por vida.
-Si tú lo quieres, huiremos de Ucú; nadie sabrá de nosotros.
-Debo respetar la voluntad de mi padre -dijo la muchacha.
-En otra tribu nos casarían. La ceremonia, los sahumerios de maíz y copal, el agua aromatizada con flores y cacao... Todo ello es muy hermoso.
-Sí, me gustaría mucho, Ah-Can; pero jamás abandonaré Ucú.
-Entonces nunca serás mi esposa, porque tu padre me rechaza.
-No lo haría si le ofrecieras riqueza -dijo la bella Mucuy-Kaak.
-Soy el más noble de su tribu, el más valiente de sus guerreros...
-Pero él quiere oro y piedras preciosas.
En los ojos del joven guerrero, al oír aquellas palabras de su amada, alumbró la luz lacrimosa de la desesperación.
-Serás mi esposa -dijo al fin.
Al día siguiente, el guerrero Ah-Can se encaminó al palacio de Ik y presentó sus respetos al cacique. Iba a rogarle, por última vez, que le concediera el don de desposar a su hija.
-Poderoso señor -dijo el guerrero, de nuevo vengo a pedirte que me concedas por esposa a tu hermosa y noble hija. Si no lo haces, moriré de pena.
Mas el cacique Ik, inconmovible, frunció el ceño.
-Tú no puedes -dijo- darme oro ni piedras preciosas.
-No -respondió el guerrero; pero puedo hacerla feliz.
-¿Acaso crees que voy a entregar lo que más quiero a un miserable que sólo posee un arco y sus flechas?
-Con mi arco y con mis flechas ha crecido tu reino.
El cacique Ik se levantó airado de su trono y extendiendo el índice de su mano derecha, dijo lleno de ira:
-Sal de aquí antes de que ordene que te corten la lengua.
Ah-Can palideció, lleno de cólera. Miró de arriba abajo al poderoso y soberbio cacique y se fue.
Cuando el joven guerrero abandonó el palacio, se volvió hacia la entrada del mismo y levantando ambos puños exclamó:
-¡Ya te colmaré de oro y de piedras preciosas, maldito viejo!
El guerrero, impulsado por la ira, se dirigió de inmediato al santuario de Ex-Chuan, el dios de la riqueza. Allí estuvo todo el día orando, y cuando llegó la noche no se dio cuenta de que la oscuridad le envolvía.
-¿Por qué no me escuchas, Ex-Chuan? ¿Vas a consentir mi des-gracia? ¡Concédeme parte de tu inmensa riqueza, sólo una pequeña parte!
La imagen del dios nada respondía.
Pasado algún tiempo, los sacerdotes salieron de su cámara e invitaron a Ah-Can a que abandonara el templo, pues iban a cerrar.
-Estoy rezando a Ex-Chuan -dijo.
-Puedes hacerlo mañana -le respondieron.
-Necesito que me oiga ahora mismo.
-¿Y qué le pides con tanto afán? 
-Le pido oro y piedras preciosas.
Los sacerdotes se echaron a reír.
-Creo que Ex-Chuan no te concederá lo que le pides -dijo uno de ellos.
-Tiene que hacerlo -respondió el joven guerrero.
-A Ex-Chuan no hay que pedirle riquezas; hay que traérselas.
Entonces los sacerdotes, tomando al guerrero cada uno de un brazo, lo sacaron del templo.
Cuando Ah-Can se vio bajo las estrellas, en medio de la noche, y sin una sola joya ni pieza de oro, se llenó de tristeza. Pero aún le quedaba la esperanza de que Ex-Chuan le ayudase. Quizá tuviera, al llegar a su morada, las habitaciones repletas de oro y de piedras preciosas. Con esa ilusión corrió hacia su casa.
Sin embargo, al llegar allí, y rebuscar por todos los rincones in busca del tesoro sin encontrar cosa alguna de valor, Ah-Can volvió a montar en cólera.
-¡Tendrás que entregarme lo que te pido ExChuan, por las buenas o por las malas! -gritó.
Tomó, acto seguido, un pico de pedernal, y salió de su casa corriendo de nuevo hacia el templo del dios de la riqueza.
Allí, en el templo, pasó la noche entera cavando para abrir un hueco que le permitiese llegar a la cámara en donde se enterraban los tesoros del dios. Y cuando ya faltaba poco para el amanecer, Ah-Can hizo saltar la última piedra que le cerraba el paso. Entonces accedió a la cámara.
Lo que vio le llenó de gozo. En el suelo, contra el muro, en arcones, por todas partes, en suma, se agrupaban miles, millones de piedras preciosas. Aquello era increíble. Parecía de fábula. El joven guerrero comenzó a llenar ávidamente un saco, cogiendo a puñados aquellas joyas. Nadie, ni siquiera el propio cacique Ik, tendría tanto como él. Al, viejo avaro no le quedaría otro remedio que conceerle por esposa a su bella hija.
Terminó de llenar el saco y se dispuso a salir, pues tenía que cerrar, antes de volver a su morada, el hueco que abriese. Nadie debía saber lo ocurrido. Ah-Can comenzó a trepar en busca de la salida, pero en ese instante el sótano se llenó de luz y a sus espaldas se dejó oír una voz airada:
-Ah-Can, ¡te has perdido para siempre!
El guerrero se volvió con el arco presto para el tiro, pero no era un humano quien le había hablado. Era Ex-Chuan.
-¿Qué buscas en mi templo, maldito sacrílego? ¿Crees que vas a quedar sin castigo, ladrón?
-Necesitaba un tesoro -dijo el guerrero; por eso me atreví...
-No tendré piedad contigo. Debes morir, Ah-Can.
-Sí, ya lo sé -respondió el guerrero, súbitamente valiente, porque eres cruel e insensible, dios maldito. Te pedí una pequeña cantidad de lo que te sobra, pero nada me diste. Ni siquiera me dirigiste entonces la palabra. No hay más culpable que tú.
-Irás a la casa de las tinieblas -dijo el dios sin conmoverse.
-¡Pero antes sabrás quién soy! -gritó el guerrero.
Ah-Can, entonces, disparó una flecha contra la frente de Ex-Chuan.
El dios cogió la flecha en el aire, soltó una fuerte risotada, y la despidió de nuevo con mucha más fuerza. La flecha se clavó en el corazón del bravo guerrero, que cayó a tierra muerto en el acto.
Mientras todo esto sucedía, la bella y desdichada Mucuy-Kaak, que no pudo conciliar el sueño en toda la noche, paseaba por su cámara. En sus límpidos ojos brillaban aún lágrimas. De pronto se vio envuelta por la misma luz cegadora y la misma voz que antes sorprendiera al desdichado Ah-Can.
Ex-Chuan estaba ante ella. Mucuy-Kaak se estremeció.
-Tú eres la culpable de que Ah-Can haya muerto -dijo el dios.
La joven se echó a llorar, mientras el dios proseguía:
-Tú también vas a morir. Por tu culpa Ah-Can profanó mi templo, y debo saciar mi ira.
Al instante cayó muerta la bella Mucuy-Kaak a los pies del dios.
-Ahora -dijo el dios- destruiré la ciudad, que ya está maldita.
Se produjo un gran estruendo y todo se hundió. Las aguas se desbordaron y las montañas se abatieron.
Ucú fue, a partir de aquel día, la ciudad desolada. Su nombre, como sus propias piedras, quedó borrado por la sangre y por el silencio.

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El zorro mas astuto que el lobo

En una cueva del monte tenía una zorra su cubil, a donde volvía para sentirse a salvo luego de corretear por los montes y por los llanos. Aquella cueva, de tan protegida por los accidentes del terreno como estaba, apenas se podía ver desde la falda del monte.
La zorra, sin embargo, llevaba algún tiempo sin salir de allí más que para procurarse el alimento imprescindible. No quería alejarse de su guarida porque allí dentro, en la estupenda cueva, dormía el retoño recién parido: un hermoso y pequeño zorro al que cuidaba con mucha ternura.
Pero la zorra vivía llena de temor. Sabía de la existencia en el bosque vecino de animales dispuestos a Jevorar a su pequeño zorro. Pero al que más temía de entre todos era al lobo, cruel y capaz de matar por el simple hecho de ver correr la sangre y untarse en ella las patas. Por eso pasaba los días y las noches en vela, temerosa de que el lobo llegase hasta allí, y temerosa también de que al pequeño zorro, en alguno de sus juegos, se le ocurriera salir de la cueva para corretear por el bosque.
Poco a poco fue creciendo el zorro, sin embargo, y pronto tuvo la agilidad y la fuerza suficientes como para valerse por sí mismo. Un día a punto estuvo de salir de la cueva; si no lo hizo fue porque a la entrada se encontraba la zorra, su madre, la cual, si bien con mucho cariño, pero con no menos firmeza, le impidió el paso.
Temerosa, y como debía abandonar poco después al hijo para ir en busca del alimento de ambos, decidió entonces prevenír al pequeño zorro de los peligros que le acechaban.
-Hijo mío -le dijo, cuando yo salga de la cueva seguro que intentas salir tú también a ver mundo. Pero no deberás hacerlo, no deberás traspasar el umbral de nuestra guarida. Más adelante saldrás conmigo, que yo te iré enseñando poco a poco todo lo que hay en el bosque, así como los animales que serán tus amigos y los animales enemigos que tratarán de comerte.
-¿Pero hay animales malos? -preguntó el pequeño zorro lleno de asombro.
-Ya los irás conociendo -dijo la zorra acariciando a su retoño. Sobre todo, hay uno con el que jamás deberás intentar siquiera tener tratos. Ese malvado animal es el lobo.
-¿Me comería el lobo? -preguntó con ingenuidad el pequeño zorro.
-Sin ninguna piedad -respondió tristemente la zorra.
Creyó la zorra haber aleccionado suficientemente a su pequeño.
-¿Y qué es eso de matar? -preguntó entonces el cachorro, cuando la madre se disponía ya a salir en busca de alimentos.
-Mira, hijo mío; el lobo te mordería primero en el cuello con sus poderosos colmillos. Te haría tanto daño que jamás podrías volver a mi lado. Jamás volveríamos a estar juntos. Eso es matar.
-Me cuidaré de no acercarme nunca al lobo -dijo el pequeño zorro.
La zorra, entonces, quedó tranquila. No creyó que su hijo se atreviera a salir de la cueva, en donde, ciertamente, quedó el pequeño zorro muerto de miedo, sin atreverse siquiera a llegar hasta la entrada de la guarida.
Pero transcurrió un largo rato, y con su paso las palabras y las advertencias de la zorra fueron desvaneciéndose en los pensamientos del zorro. El sol, que penetraba por la estrecha entrada al cubil, llenaba toda la cueva con la luz tentadora del bosque. El zorrito, sin recordar ya su miedo de antes, se acercó a la entrada de la cueva, y al cabo se asomó. Todo estaba desierto, pero le pareció muy hermoso el paraje. Emocionado, entonces, salió de la cueva para mirarlo todo detenidamente, regocijándose en la contemplación de los frondosos árboles y de la fresca hierba que se extendía ante sus patas, así como con los tibios rayos del sol que acariciaban su pequeño cuerpo calentándole la piel.
Mas de súbito oyó un ruido, y se sobresaltó creyendo que se trataba del lobo, por lo que echó a correr hasta la cueva.
Poco después llegó la zorra, su madre, con una gallina.
-Ven aquí -dijo al pequeño zorro, soltando la gallina que revolo-teaba. Esta es nuestra comida.
El pequeño zorro parecía no comprender.
-Mira -le dijo la zorra; esto es la muerte.
Y con su pata hizo una profunda herida en el cuello de la gallina, de la cual manaba sangre en abundancia.
-Esto hará el lobo contigo si te caza. ¿Ves? La gallina ya no puede correr y ahora nos la comeremos.
El pequeño zorro, que nada decía, miraba con mucha compasión a la gallina muerta. Aunque en verdad no sintiese pena por ella, sino por él mismo. Pensaba en lo que podría sucederle de caer en las garras del lobo. Se dijo entonces que nunca desobedecería a la zorra.
Al día siguiente se decidió la zorra a llevar de paseo al zorrito por el bosque, pues deseaba mostrarle cuáles eran las astucias más imf escindibles para sobrevivir en aquel peligroso lugar. Quería enseñar-le, además, a cazar por sorpresa. Y, sobre todo, a librarse del lobo, su enconado enemigo.
Correteaba contento el pequeño zorro, sin el temor de verse desamparado, pues sentía junto a sí la presencia de la madre.
-Mira -dijo la zorra de repente: ése es el lobo.
El pequeño zorro, estremecido, se pegó a su madre para no ser visto.
Pasó el tiempo y creció el zorro, que ya correteaba por todas partes, aunque marchaba despavorido hacia la cueva en cuanto veía de lejos al lobo. Pero un día se topó de frente con el maligno, que no llegó a ver al zorro, pues un ruido a sus espaldas atrajo la atención de la fiera, y quedó paralizado por el horror que le produjo tan desagradable encuentro. Después, poco a poco y ocultándose en la hojarasca, retrocedió hasta llegar, casi sin aliento, a su cueva.
-¿Qué te ha sucedido? -le preguntó la zorra al verlo tan demu-dado.
-He visto al lobo.
-¿Y te ha perseguido?
-No, no me ha visto. Pero ya no volveré a salir solo.
Al día siguiente, sin embargo, lo hizo. Y correteando de un lado a otro volvió a distanciarse mucho de la cueva. De pronto sintió el rodar de unas piedrecillas, y al mirar hacia el lugar por donde cayeran, vio al lobo que estaba quieto, al acecho de un jabalí.
El pequeño zorro quedó inmóvil; el terror le había paralizado. Pero poco a poco fue recuperándose, y como era muy curioso, cuando se sintió seguro decidió acercarse hasta quien su madre le señalara como temible enemigo.
-¿Y si no es tan malo? -se dijo el zorro. ¿Y si no son más que suposiciones de mi madre?
El zorro, además, consideraba que poseía ya el valor suficiente como para defenderse de cualquier ataque.
-Buenos días, amigo lobo -dijo cuando estuvo cerca de la fiera.
El lobo se volvió, y de inmediato, al ver tan confiado al zorrito, pensó en vengarse en él de las muchas malas pasadas que le causaran otros zorros.
-Buenos días, amigo zorrito -dijo el lobo con mucha y fingida amabilidad. ¿Qué se te ofrece?
-Nada; estoy paseando. Me gusta pasear por el bosque.
-Pues yo -dijo el lobo- estaba descansando aquí, a la sombra de este árbol tan grande, y nada tengo que hacer. Si quieres puedo acompañarte. Yo te enseñaré el bosque; te enseñaré también dónde viven los hombres, pero no nos acercaremos a ellos, que esos sí que son fieros y malvados.
-¿De veras que quieres ser mi amigo? -preguntó admirado por la nueva el pequeño zorro. ¡Qué inocente es mi madre, la zorra!
-¿Por qué dices eso? -preguntó el lobo, poniéndose en guardia.
-Ella cree que vas a matarme en cuanto me descuide.
-No sé por qué dice eso. Mira, para demostrarte que en verdad soy tu amigo, no sóloo voy a acompañarte por el bosque, sino que, al llegar a mi guarida, cogeré una escopeta que allí guardo, y que robé a un hombre, para irnos juntos de caza. Yo te enseñaré a disparar.
El pequeño zorro dio muestras de mucha alegría, y juntos comen-zaron a caminar por la senda. Cuando al poco llegaron a la guarida del lobo, éste vio a lo lejos a un perro y su primer impulso fue el de echar a correr tras él. Pero se dominó a tiempo, a fin de no atemorizar al pequeño zorro.
-Espérame, que voy a entrar a buscar la escopeta -dijo.
Pero entonces algo insospechado aconteció. El perro, que había quedado al acecho entre los matorrales, se acercó al pequeño zorro.
-¿Cómo es que no echas a correr ahora que aún puedes hacerlo? -le preguntó.
-El lobo es amigo mío -dijo el pequeño zorro.
-¡Sí, sí, amigo! No seas tonto y escucha mi consejo: corre cuanto puedas para alejarte de aquí, como yo lo haré de inmediato, pues no quiero que esa fiera acabe conmigo.
Y acto seguido el perro echó a correr con todas sus fuerzas.
El zorro, no obstante, se quedó pensativo y a punto estuvo de seguir al perro, pero un momento de indecisión fue suficiente para que ya no pudiera hacerlo. El lobo acababa de regresar, armado con la escopeta que robase a un hombre.
-Bien, amigo mío -dijo al zorrito, ya estoy aquí.
-Ya veo que me has traído la escopeta -dijo el pequeño zorro mientras urdía estratagemas a toda prisa para jugarle una mala pasada al lobo.
El lobo notó algo raro en el pequeño zorro, pero como hasta el momento había dado muestras de ser más noble y confiado que un cordero, creyó que el pequeño estaba única y exclusivamente emocionado ante la contemplación de la escopeta.
-Toma, aquí tienes la escopeta -dijo entonces el lobo al zorro. Vas a aprender a cazar como lo hacen los hombres. Para empezar, dispara contra los mosquitos, que ese blanco, al ser pequeño y difícil, te ayudará a conseguir una buena puntería.
-Bueno -dijo el pequeño zorro; primero dispararé contra los mosquitos, y después contra algún otro animal que sea más grande, ¿no?
-Claro, claro -dijo el lobo. Verás qué sorpresa se lleva tu madre cuando le muestres las piezas cobradas -dijo el lobo malvadamente.
Pero el pequeño zorro, astuto como todos los de su especie, no se dejó engañar. En cuanto el lobo le enseñó a manejar la escopeta, dijo:
-Me gustaría probar mi puntería.
-De acuerdo, dispara contra lo que más te apetezca.
-Mira, veo un mosquito posado sobre el anca de ese buey. Voy a disparar.
El lobo reía para sus adentros. Creía haber engañado al pequeño zorro, el cual, en su deseo de aprender, veía mosquitos por todas partes.
-Anda, dispara ya -animó al zorro.
Apuntó el zorro, disparó y comenzó a dar saltos de alegría.
-¡Le he dado! ¡Le he dado! ¡He visto cómo le daba al mosquito en la cabeza!
A punto estuvo el lobo de abalanzarse contra el zorro, pero no pudo de tanta risa como tenía. Pensó, entonces, hacerlo un poco después, luego de que el pequeño zorro le divirtiera un rato.
-Ven conmigo, amigo lobo; vamos a ver al mosquito que he matado -dijo el zorro.
El lobo, aguantándose la risa, siguió al pequeño, que no paró de correr hasta llegar a donde pacía mansamente el buey.
-Amigo buey -dijo, ¿no has visto caer muerto de un balazo al mosquito que tenías encima?
El buey, que rumiaba pacientemente, miró con desconfianza al lobo y al zorro, y pensó que lo mejor y más acertado sería seguirles la corriente para que se fueran cuanto antes.
-Sí -dijo; he visto a un mosquito caer muerto de un balazo a mi lado. Pero me lo he comido con un poco de pasto.
-Gracias, amigo buey -dijo el zorro.
El lobo, entonces, se arrepintió de no haber hecho antes lo que pensara, y no tuvo otra idea que la de alejarse del buey enseguida para dar cumplida y definitiva cuenta del zorrito, que correteaba con la escopeta al hombro.
De pronto perdió de vista al pequeño zorro, para al instante oír su voz:
-Estate quieto, que tienes un mosquito en el lomo.
Disparó de inmediato el zorro. El lobo, sorprendido, apenas pudo dar un salto, pero suficiente para salvar su vida. La bala sólo le atravesó una pata, y sufriendo por el dolor echó a correr para esconderse en su cueva, de la que ya nunca se atrevió a salir y donde murió tiempo después.
Cuando el pequeño zorro volvió a su guarida, llevando consigo la escopeta, y contó a su madre lo sucedido, la zorra le dijo que de ahora en adelante podría salir solo, pues había demostrado suficientemente el valor y la astucia que son comunes a los zorros.

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Cintos: el malvado que fue santo

Jacinto Portillo fue un soldado español que llegó a México junto a Hernán Cortés. Portillo era valiente; nadie le vio jamás dar la espalda a la batalla, ni en los peores momentos. Mas era inmisericorde con los vencidos.
Cuando se dio fin a la conquista, Portillo accedió al cargo de gobernador de los pueblos de Tlatlauhquitepec y Huey Tlalpan. Desde su cargo, y enceguecido por la codicia, impuso tales tributos que los habitantes de aquellos pueblos apenas podían comer. Portillo era, cada vez más, un hombre violento y colérico. De tan cruel y soberbio, por la más leve falta abofeteaba y causaba otros daños a quienes a él estaban sometidos. Tanto uso hacía de su grueso cinturón para golpear a los indios, que éstos, en vez de por su nombre, le conocían por el de Cintos...
Ordenó a sus criados un día, el malvado Cintos, que fueran a recoger el tributo que los indios debían entregarle. Pero aquellas pobres gentes, de tan cansadas de sufrir como estaban, se negaron a pagar. Los sirvientes de Cintos mostraron su asombro ante aquella negativa, que era, empero, muy pacífica. No estaban acostumbrados a semejantes desplantes. Temían, además, que su amo descargase en ellos la cólera que tal negativa habría de provocarle.
-No podemos entregaros más, señor -dijo uno de los indios al que parecía encabezar el grupo de recaudadores.
Los españoles, entonces, hicieron restallar sus látigos sobre las cabezas de los indios y éstos se encolerizaron. Prendieron a los criados de Cintos, los llevaron al bosque y allí, ante un ídolo que guardaban escondido entre las hojas, procedieron a sacrificarlos.
Sólo uno de aquellos hombres pudo escapar para dar cuenta de lo sucedido a Cintos.
-Ahora sabrán quién es Portillo -sentenció el malvado Cintos.
Montó en uno de sus soberbios caballos y al galope partió hacia las tierras de los indios, confiado en que con su mera presencia desataría el pánico entre ellos.
Las cosas, sin embargo, no resultaron tal y como Cintos las había imaginado. Los indios, ya exaltados, y sabedores de que nada bueno les esperaba, decidieron hacerle frente. Cintos no vio sino caras de feroz gesto, ojos de fuego... Comenzó a insultar a los indios, para armarse de valor. Y una lluvia de flechas, de repente, cayó sobre él. Pudo escapar a uña de caballo, pero sólo un corto trecho. Herida al fin su montura por una de aquellas flechas, cayó a tierra. Corrió desesperadamente, con las flechas silbándole en los oídos, y al cabo pudo arrojarse a las aguas de un río, en las cuales desapareció ante los ojos de sus perseguidores. Los indios, dándole por muerto, volvieron a su tierra.
Cintos, sin embargo, había logrado sobrevivir. A nado llegó hasta la otra orilla. Curó sus heridas con el jugo de algunas plantas, y abatido por el cansancio, aunque su primera intención fuera la de volver cuanto antes a sus dominios, quedó sumido en un hondo sueño.
Allí, y en sueños, se le aparecieron dos ángeles. Uno de ellos, lleno de dolor y de espanto, refería al otro los desmanes de aquel soldado español, ofreciéndole toda suerte de detalles acerca de su crueldad. Cuando Cintos despertó, impresionado por aquel sueño, no pudo levantarse de donde estaba. Sólo a rastras consiguió llegar hasta el tronco de un frondoso árbol, y allí, muy emocionado, meditó sobre lo que le aconteciera. Se vio entonces tan miserable, tan dejado de la mano de Dios, tan cruel, en suma, que se sintió invadido por una profunda lástima de sí mismo, en medio de la cual no cesaba de dar gracias a Dios por haberle salvado, inmerecidamente, de la muerte a manos de aquellos indios a los que con tanta saña maltratase.
Hizo el firme juramento de que en adelante llevaría una vida más cristiana. La noche había caído ya sobre el bosque, y como sintiera que le volvían las fuerzas, decidió ponerse en pie para regresar a lugar civilizado.
Caminaba penosamente, pues aún sentía fuertes dolores, cuando un embozado le salió al paso. Cintos, lleno de asombro, quedó inmóvil. La extraña figura le dio entonces un empujón en el pecho, y Cintos cayó de espaldas al suelo.
-¿Quién eres? -preguntó aterrorizado desde el suelo.
La figura embozada nada contestó. Sacó de debajo del embozo un garrote y molió a palos al ya maltrecho Cintos.
-¡Dios me asista! -clamó el soldado español.
Y, al instante, la figura desapareció llenándolo todo con un misterioso resplandor dorado.
No tuvo duda Cintos de que se trataba del propio Dios, y fue entonces cuando tomó la decisión de llevar en lo sucesivo una vida de penitencia.
Pudo llegar al fin hasta su palacete, ante el asombro de sus criados y de los soldados puestos bajo sus órdenes. En los días que siguieron al del extraño suceso, y mientras sanaba, quienes le rodeaban se hacían cruces ante el notabilísimo cambio operado en el ayer altivo Portillo. Ahora era bondadoso en grado sumo; daba las gracias por los servicios prestados; y pedía perdón, de continuo, por su comportamiento de otros tiempos.
Cuando curó del todo, y ante el estupor de sus súbditos, llamó al escribano y renunció a todas sus riquezas y a todos sus cargos.
Recompensó a quienes en el pasado dañara, y entregó sus bienes a la Corona española, bajo la condición de que las personas que antes le entregaban sus tributos quedaran exentas de tal contribu-ción.
Efectuado todo esto, marchó al convento de los franciscanos tras despedirse de los placeres del mundo.
-¿Qué deseas, hermano? -le preguntó un lego.
-Quiero prosternarme ante el padre prior -dijo Cintos.
Sólo entonces reconoció el hermano lego a quien llamaba a las puertas del convento, y se estremeció. Aún no tenían noticia los frailes del cambio operado en el malvado Cintos, cuyas fechorías les eran referidas de continuo por los indios. Corrió en busca del padre prior, sin embargo, y éste, al poco, presentose a Portillo.
-¿Qué deseáis de mí, señor?
Cintos, ante el evidente temor del buen franciscano, se puso de rodillas.
-Padre -dijo Cintos con voz temblorosa, deseo vuestro consenti-miento para que pueda entrar como lego en el convento que dirigís. Quiero hacer vida de penitencia y lavar así mis gravísimas culpas.
El prior no salía de su asombro.
-Padre -prosiguió Cintos, sé que mi solicitud de ingreso en vuestro convento os ha de parecer extraña, forzosamente extraña. Mas Dios me ha concedido la gracia de abrirme los ojos a la verdadera vida.
El padre prior, entonces, rogó a Cintos que se levantase y que le contara cómo se había producido su vehemente rectificación.
Cuando concluyó su relato, Cintos obtuvo del prior consentimiento para morar entre los frailes como lego.
En poco tiempo aquel hombre fue otro. Hacía vida de penitencia, pero en su rostro siempre lucía una sonrisa. Sentía tanto celo por la salvación de las almas de los indios, que un día, cuando varios frailes se disponían a partir hacia Zacatecas para convertir a los infieles, Cintos se presentó al prior.
-Padre, permitidme que vaya junto a mis hermanos -pidió.
El prior dudó.
-Padre -insistió el lego Cintos, ellos podrán hablar a los infieles mientras yo les preparo la comida. Permitidme ir con ellos.
-Ve con ellos, hijo -dijo el prior. Sé que les procurarás gran ayuda.
Así fue como Portillo, el soldado español conocido como el malvado Cintos, pasó a Zacatecas y sirvió allí a los frailes en la difícil misión de convertir a los indios a la fe de Cristo.
En cierta ocasión, y tras muchas jornadas de camino, se acabaron las provisiones de los frailes. Tuvieron, además, que adentrarse en el bosque para escapar de algunos grupos de indios que miraban a los misioneros con mucha hostilidad. Junto a las turbias aguas de un caudaloso río, los frailes, hambrientos, acechaban la aparición de algún pez, a pesar de que sabían lo muy difícil que era pescar sin aparejo.
-No miréis con tanta nostalgia, hermanos, pues no ha de ser el río el que nos conceda alimentos -dijo un fraile. Tenemos que salir de este bosque y continuar predicando, que Dios proveerá.
Cintos, a la sazón, oraba alejado de sus hermanos.
-Antes -dijo al fin- deberíamos intentar la pesca de algún pez, pues el hambre no nos permitirá caminar.
-Bien sabes, hermano, que en estas aguas no se puede pescar sin aparejo -dijo un fraile.
-Tengamos fe en Dios -se limitó a decir Cintos.
Se miraron los frailes entre sí, y se decidieron a pescar. Lanzaron los hábitos de uno de ellos a las aguas, a modo de red, y al poco aquella tela apareció llena de peces. Tuvieron comida para muchos días. La fe de Cintos les había salvado de morir de hambre.
Cintos, durante muchos años, anduvo entre los indios ayudando a los misioneros. Ya anciano, vivió en el convento franciscano del Valle del Guadiana, mas ni siquiera la edad mermaba su fe y sus fuerzas. Tanto afán de hacer el bien tenía que caminaba de un lado al otro en busca de quien necesitase de su ayuda.
-Hermano -dijo una tarde al lego portero de su convento, ya no habré de darte más trabajo en esta. vida.
-¿Acaso piensas morir pronto? -preguntó el portero.
-Cierto es. Sé que moriré en breve.
El lego portero se tomó a broma de viejo aquellas palabras.
Al día siguiente tuvo Cintos noticia de que un indio estaba enfermo y no tenía hogar donde reposar. Partió de inmediato Cintos en su busca. En brazos llevó al indio hasta su propia celda, y allí, con la ayuda de los otros frailes, le prodigó toda clase de cuidados. De pronto, un alacrán que subía por la pared de la celda, picó la mano del hermano. Los frailes que con él estaban se horrorizaron.
-No os asustéis, hermanos -dijo Cintos. Bien sabía yo que uno de estos días Dios vendría a buscarme. Ya lo ha hecho, valiéndose de este pequeño alacrán.
De inmediato comenzó a cantar salmos de alabanza, mientras los demás franciscanos trataban de poner remedio a los dolores que el lego sufría en silencio, sin exhalar una queja.
A los dos días, el 20 de septiembre de 1566, moría el lego bajo el hábito de San Francisco.
Algunos años después de su muerte trasladaron el cadáver a otra sepultura, y los frailes que esa tarea hacían lo encontraron incorrupto y oliendo a rosas. Cintos, el malvado Cintos, era ya un santo.

0.063.1 anonimo (mexico) - 023

La herradura

En una tribu de matacos el cacique sufría de una extraña enfermedad que tenía a todos muy preocupados. Ninguno de los remedios conocidos curaba su mal.
Puyjú, el anciano sabio de la tribu, se ofreció ir a la ciudad de los blancos en busca de ayuda o consejo.
El cacique accedió, pero ordenó a su hijo Allpa que acompañara al anciano. Allpa era muy irresponsable, pero eso no le preocupaba al viejo sabio, su único pensamiento giraba en torno a la solución de los problemas de salud del gran cacique.
Comenzaron los preparativos de la marcha y muy de mañana partieron. Como el trayecto era tan largo, Puyjú fue narrando muchos de los relatos con que mantenía entrenida a la tribu por las noches.
Mientras iba contando tropezó con una herradura.
‑Levántala, quizás nos haga falta ‑le dijo a Allpa.
El muchacho se encogió de hombros y le contestó:
‑Bastante llevamos ya, seguro que sólo nos servirá para aumentar el peso de la carga.
Sin esperar respuesta, la dejó tirada y siguió adelante. Puyjú se agachó y la guardó entre sus vestimentas.
Llegaron a la ciudad al mediodía cuando el sol quemaba las calles sin piedad. La provista se les había agotado y empezaron a sentir hambre y sed. Justo en ese momento pasaron frente a una herrería y Puyjú aprovechó la oportunidad para vender la herradura.
Con el dinero compró naranjas que saboreó con placer. Allpa lo observaba con cara de enojo. Se moría de ganas de pedirle una, pero su orgullo se lo impidió. El anciano siguió comiendo y al rato dejó caer una con disimulo y con el mismo recelo Allpa la levantó y la comió.
Esto se repitió varias veces mientras los dos seguían en silencio.
Finalmente Puyjú consiguió el remedio que buscaban y regresaron.
El muchacho siguió serio, distante y pensativo.
Entonces, el anciano lo abrazó y le dijo con cariño:
‑No te preocupes, no eres el primero ni el último que ha dejado una herradura tirada en el camino.
Allpa sonrió aliviado, descansaron y continuaron la marcha. Al día siguiente llegaron contentos, el cacique pudo tomar el remedio y rápidamente se recuperó, pero su alegría fue mayor al ver a su hijo tan cambiado, sereno y responsable.

Argentina, Paraguay, Chile.


Fuente: María Luísa Miretti

0.081.1 anonimo (sudamerica)

La batalla de linko nahuel

Por las tierras del sur argentino existía un hombre muy rico llamado Linko Nahuel, que poseía grandes extensiones de tierra; era el ulmen supremo de una tribu de araucanos.
Todos lo admiraban por su valentía y coraje y porque siempre había sabido defender a su gente, pero al mismo tiempo le tenían cierto temor porque sabían que era implacable y no perdonaba ninguna falla a nadie.
Como era muy celoso de su tribu, instalaba los campamentos en valles rodeados de montañas para guarecerse de las tempestades y de los enemigos. Todos colaboraban; los hombres eran buenos guerreros y las mujeres ayudaban en la defensa.
Siempre distribuía centinelas por los lugares más insólitos Linko Nahuel y su gente creían que los espíritus de sus antepasados ‑Huen Pillán‑ se alojaban en el cráter de los volcanes, protegiéndolos de guerras y asegurándoles una vida placentera.
Por eso un día Linko Nahuel construyó su campamento principal en un valle a cuyas espaldas había un volcán.
‑Ahí vive nuestro Huen Pillán ‑dijo a la tribu. Desde este momento queda prohibido escalar su cima. Nadie debe molestarlo.
Un día, uno de los centinelas bajó de su atalaya y le dijo a Linko Nahuel:
‑Miles y miles de hombrecitos, no más grandes que un anchimallén, se acercan como hormigas en formación. Vienen armados y parecen traer idea de ocupar estas tierras.
La ira se apoderó de Linko Nahuel:
‑Píntense los rostros del modo más horroroso, cúbranse con plumas coloridas, cuellos de ñandú y de tigre. Cuando encuentren al jefe de la tribu enemiga, mírenlo con ojos duros y háblenle con dureza para que se acobarde y huya.
Los guerreros cumplieron, pero pronto volvieron furiosos.
‑Estos hombrecitos nos miraron sin miedo y nos respondieron con insolencia. No quieren retirarse. Piensan trepar a la montaña sagrada para vivir allí.
‑iHuen Pillán no lo permitirá! ‑gritó Linko Nahuel.
‑No temen al dios de la montaña y se burlaron de su fuego y de su trueno ‑contestaron los soldados.
‑¡Ayayá! Ahora verán quiénes somos nosotros. Me tendrán que enfrentar, ni se imaginan de lo que soy capaz ‑rugió Linko Nahuel.
‑No conocen tu nombre y se rieron de tus amenazas -respondieron los guerreros.
‑¿Quiénes son y cuántos? ‑preguntó Linko Nahuel.
‑Se llaman Lulu y son tan numerosos como la arena ‑volvieron a decir.
‑Pero ellos son pequeños y nosotros altos como el trauku ‑dijo Linko Nahuel arrogante.
Se prepararon con sus armas y les declararon la guerra. Linko Nahuel quedó sorprendido. Nunca pensó que los invasores fueran tan buenos para la lucha.
Se arrojaban en legiones sobre los araucanos y eran muy hábiles en el disparo de flechas diminutas, que lanzaban desde los alto de la montaña enfrente del volcán sagrado.
Linko Nahuel y su tribu no pudieron defenderse. Tuvieron que reforzar las precauciones para que los Lulu no avanzaran, pero fue en vano. Deses-perados, escalaron la montaña sagrada buscando guarecerse.
Pero muchos invasores más ligeros que ellos ya habían trepado el volcán, mientras otros parecían huir de los araucanos.
Al ver esto, Linko Nahuel se animó, ordenando a su gente que los persiguieran para hacerles creer que la situación había cambiado.
Pero aquélla había sido una maniobra de los Lulu para atraerlos y, cuando los araucanos estuvieron casi en la cumbre, los sorprendieron saliendo de sus escondites como gatos monteses.
Primero tomaron prisionero a Linko Nahuel, que trepaba como un tigre movido por la ira, luego a sus ancianos parientes y a los viejos caudillos. Algunos guerreros consiguieron escapar al ver a su ulmen en manos del enemigo.
Cuando todos estuvieron sometidos, el jefe Lulu ordenó:
‑Que Linko Nahuel suba a la cumbre con su gente porque deberá estar presente cuando los arrojemos al abismo.
Los primeros condenados cayeron al cráter. En ese mismo instante brotó de sus profundidades un rugido ensordecedor, acompañado de gruesas llamas y sofocantes vapores que impedían a todos respirar. La montaña empezó a sacudirse y vomitar, como queriendo expulsar a los intrusos. Reinó la confusión; algunos cayeron al cráter, otros fueron devorados por el fuego y muchos rodaron por la ladera. Todos murieron presa de la ira del Huen Pillán.
Sólo habían quedado vivos los dos jefes para poder ver la derrota de sus tribus. Después fueron petrificados, sentados uno frente al otro y condenados a mirarse hasta que la ira del Huen Pillán algún día pueda calmarse.
Durante mucho tiempo la montaña humeó, echó fuego y rugió para luego cubrirse de nieve. Pero el Huen Pillán aún está enojado y en ocasiones se escucha desde sus entrañas un rugido ronco y temible. Por eso los araucanos lo llamaron Amunkar.
Arriba aún están los dos jefes petrificados, esperando el perdón del dios de la montaña, pero el Huen Pillán vigila para que su gente viva en paz.

Argentina, Chile.

Linko Nahuel: tigre saltarín
Ulmen: jefe
Lulu: escarabajo
Anchimallén: duende
Trauku: gigante de la montaña
Amunkar: tronador

Fuente: María Luísa Miretti

0.081.1 anonimo (sudamerica)