Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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lunes, 5 de enero de 2015

Salomon, el mosquito y el viento

Un día llegó un mosquito a la corte de Salomón, el rey sabio.
-Oh, gran Salomón, la paz sea contigo -dijo en alta voz. Vengo a suplicarte que rectifiques las injusticias
de las que tu corte me hace objeto diariamente. A lo que Salomón replicó:
-Haz constar tus quejas y ciertamente serás escuchado.
Dijo entonces el mosquito:
-Ilustre y digno señor, mi queja es contra el viento. Cada vez que salgo al aire libre, llega el viento y, con su soplo, me lanza muy lejos. Por consiguiente, no tengo esperanza de alcanzar los lugares que creo son mi destino legal.
Habló el rey Salomón:
-De conformidad con los principios de justicia generalmente aceptados, no puede admitirse queja alguna si no se halla presente la parte acusada para contestar los cargos.
Se volvió a los cortesanos y ordenó:
-Llamen al viento para que exponga su punto de vista. Llamado el viento, una suave brisa fue heraldo de su presencia. Después se hizo más fuerte.
Entonces, el mosquito gritó:
-¡Oh, gran rey!, retiro mi queja, porque el aire me está obligando a volar en círculos y, antes de que el viento llegue realmente, yo habré sido arrastrado muy lejos.
Así fue como las condiciones exigidas tanto por el demandante como por la corte fueron consideradas imposibles para la causa de la justicia.


0.187.1 anonimo (asia) - 065

Por que el gallo nunca pudo volver al paraiso

Muchos años atrás, antes de que creara la Tierra, Dios creó los pájaros; y ellos vivían en el Jardín del Edén.
Había pájaros grandes y pequeños, todos de hermosos colores y de maravilloso plumaje y el que tenía la voz más fuerte era el gallo.
Volaban por el aire soleado del jardín, que les brindaba con sus árboles y flores comida en abundancia; y con el agua cristalina de sus múltiples arroyos apagaban su sed en aquellos días dorados.
Las frutas y bayas eran tan deliciosas, y la compañía de los ángeles tan divina, que el gallo empezó a sentirse descontento con esta vida demasiado cómoda y ansioso de aventuras.
Así que un día dijo al ángel que cuidaba del bienestar de los pájaros:
-¿Dónde podría ir para encontrar algunas aventuras y algún significado para mi vida, pues no hago nada de importancia en este lugar donde todo es bondad y luz?
Y el ángel contestó:
-Paciencia, valiente gallo, Dios el Misericordioso, el Compasivo, ya ha dispuesto tu situación.
Entonces el gallo, mesando y arreglando sus plumas, lanzó un grito fuerte y, lleno de orgullo, dijo a los otros pájaros:
-¡Pronto me darán un puesto importante! Presten mucha atención, pues uno de estos días voy a darles una gran sorpresa.
Los otros pájaros dijeron:
-Hermano, ¿qué clase de noticias son éstas?, ¿no estás satisfecho con la vida tal como es aquí en el sol del Jardín, entre árboles cargados de las frutas más selectas?
Pero el gallo gritó más fuerte aún y voló muy alto en el cielo, ya que estaba hinchado de orgullo, pues en aquellos tiempos los gallos podían volar tan alto como las águilas.
Y entonces el ángel se acercó al gallo y le dijo:
-Dios, el Misericordioso, el Compasivo, ha creado la Tierra allí debajo de nosotros y ha puesto en ella toda clase de seres: humanos y animales. Tú has de ir allí y llevar la noticia de la grandeza de Dios a todas esas criaturas.
-¿Entonces seré nombrado Heraldo -exclamó el gallo, el Mensajero de noticias Incomparables?
-No, no -dijo el ángel, debes volar hasta allí y volver enseguida, después de haber dicho a los hombres, animales y pájaros de allí abajo que mañana amanecerá por primera vez. Debes proclamar la grandeza de Dios, el Uno, usando tu voz con toda su fuerza y volver directamente aquí. Este es el mensaje que me han ordenado darte.
Entonces el gallo voló a la tierra. El primer día estaba rompiendo. Y el gallo, voceando con toda su fuerza gritó a los recién creados:
-¡Oh hombres, animales y pájaros! Dios me envía a darles la bienvenida al mundo y a decirles que yo, el Heraldo de los días de Dios, el pájaro de la voz más fuerte en el Jardín del Paraíso, he sido elegido entre todos ellos para esta tarea.
Asombrados todos cuantos le oyeron, hombres, animales y pájaros se postraron maravillados ante el gallo, rindiéndole tributo.
El gallo se levantó muy alto por el aire para demostrar su gran destreza y su corazón se hinchó de orgullo.
Cuando llegó la noche, se sentía tan cansado de tanto volar y contonearse que se quedó dormido, olvidándose por completo de que debía haber vuelto directamente al Paraíso.
Pasaron varios días en los que el gallo a la hora del alba despertaba con su grito de clarín a todo el mundo y todavía lo seguían tratando con reverencia.
Pronto comenzó a pensar que él era la criatura más importante en el mundo recién creado, y contoneándose entre los nuevos hombres y sacudiendo su penacho miraba a su alrededor con arrogancia.
Luego recordó las palabras del ángel y pensó:
-Mejor que vuelva ahora al jardín y lo más pronto posible, pues tengo la sensación de que ya me he quedado demasiado tiempo en la tierra.
Emitió un grito fuerte, juntó sus pies y sacudió sus alas listo para remontarse de nuevo hacia los cielos.
Pero, a pesar de probar una y otra vez, no había fuerza en sus alas. Logró sólo levantarse unos pocos pies por encima de la tierra y cayó otra vez al suelo.
Así, el gran orgullo del gallo, causó su perdición. Por haber olvidado la palabra de Dios tuvo que quedarse prisionero de la tierra. Por eso se puede ver a menudo cómo el gallo agita las alas contra su pecho, tratando de recuperar su velocidad anterior, pero ya nunca más puede volar ni tan siquiera sobre la cerca del jardín.


0.187.1 anonimo (asia) - 065

Paraiso de cancion

A hangar era un poderoso forjador de espadas que vivía en uno de los valles del este de Afganistán. En tiempos de paz hacía arados de hierro, herraba y, sobre todo, cantaba.
Las canciones de Ahangar, que es conocido por nombres diferentes en varias partes del Asia Central, eran ávidamente escuchadas por la gente de los valles. Venían de los bosques de nogales gigantescos, de las montañas nevadas del Hindu-Kush, de Qataghan, de Badakshán, de Khanabad, y Kunar, de Herat y Paghmán, para oír sus canciones.
Sobre todo, la gente venía a oír la canción de todas las canciones, que era la canción del Valle del Paraíso, de Ahangar.
Esta canción tenía la cualidad de fascinar. Poseía una tonada extraña y, sobre todo, una historia que era más extraña aún, tan extraña que la gente sentía que conocía el remoto Valle del Paraíso, sobre el cual cantaba el forjador. A menudo, cuando no estaba con ánimo de cantarla, le pedían que la cantara y él rehusaba. A veces, la gente le preguntaba si el Valle era en verdad real, y Ahangar sólo podía decir:
-El Valle de la canción es tan real como la realidad puede ser.
-¿Pero cómo lo sabes? -preguntaba la gente. ¿Alguna vez has estado allí?
-No de una forma ordinaria -decía Ahangar.
Para Ahangar, como para casi todo el que le escuchaba, el Valle de la Canción era, sin embargo, real, tan real como la realidad podía ser.
Aisha, una doncella local a quien él quería, dudaba de la existen-cia de ese lugar, y también Hasan, un jactancioso y temido esgrimista que juraba que se casaría con Aisha y no perdía oportu-nidad de reírse del forjador.
Un día, estando los del pueblo sentados silenciosamente alrededor de Ahangar, que les había estado contando su historia, Hasan habló:
-Si tú crees que este valle es tan real y está, como dices, en aquellas montañas lejanas de Sangan, en donde se levanta la neblina azul, ¿por qué no tratas de encontrarlo?
-Sé que hacerlo no estaría bien -dijo Ahangar.
-¡Tú sabes lo que te conviene saber y no sabes lo que no quieres saber! -gritó Hasan. Ahora, amigo, propongo una prueba. Tú quieres a Aisha, pero ella no confía en ti. Ella no tiene fe en ese absurdo valle tuyo. Nunca te podrás casar con ella, porque cuando no existe confianza entre hombre y mujer no pueden ser felices y sobrevienen toda clase de males.
-Entonces, ¿esperas que yo vaya al Valle? -preguntó Ahangar.
-Sí -dijeron Hasan y todos los presentes.
-Si voy y regreso a salvo, ¿consentirá Aisha en casarse conmigo? -preguntó Ahangar.
-Sí -murmuró Aisha.
Así fue como Ahangar tomó algunas moras secas y un poco de pan seco también, y corrió hacia las distantes montañas.
Escaló y escaló, hasta que llegó a un muro que rodeaba toda la sierra. Cuando ya había salvado sus escarpados lados, encontró otro muro aún más dificil de saltar que el primero. Después de éste, un tercero y un cuarto y, finalmente, un quinto muro.
Descendiendo al otro lado, Ahangar se encontró en un valle, sorprendentemente similar al suyo.
La gente salió a saludarlo y, al verla, Ahangar se dio cuenta de que algo muy extraño estaba sucediendo.
Meses después, Ahangar, el forjador de espadas, caminando como un anciano y cojeando, volvió a su pueblo natal y se dirigió a su humilde choza. Al correr la voz por la comarca, la gente se juntó frente a su hogar para oír sus aventuras.
Hasan, el esgrimista, habló por todos y llamó a Ahangar a la ventana.
Hubo un silencio cuando vieron lo mucho que había envejecido.
-Bien, maestro Ahangar, ¿llegaste al Valle del Paraíso?
-Sí, llegué.
-Y, ¿cómo es?
Ahangar, buscando sus palabras, miró a la gente que estaba congregada, con un cansancio y un sentimiento de desaliento que nunca antes había sentido, y dijo:
-Escalé, escalé y escalé. Cuando parecía que no podía haber señales de vida humana en un lugar tan desolado, y después de muchas pruebas y desilusiones llegué a un valle. Este valle es exactamente igual al que vivimos. Y entonces observé a la gente. Esa gente no sólo es como nosotros, sino que es la misma gente. Por cada Hasan, cada Aisha, cada Ahangar por cada uno de los que estamos aquí, hay otro exactamente igual en ese valle. Estas son semejanzas y reflejos para nosotros, cuando vemos tales cosas. Pero somos nosotros los que nos parecemos y reflejamos a aquellos que están allí, nosotros somos sus mellizos.
Todos pensaron que Ahangar había enloquecido por las penurias sufridas, y Aisha se casó con Hasan, el esgrimista.
Ahangar pronto envejeció y murió. Y todos los que habían escuchado la historia de labios de Ahangar, primero se descorazonaron y luego se hicieron viejos y murieron, pues sentían que iba a pasar algo sobre lo cual no tenían ningún control y que no tenían esperanzas. Así perdieron interés en la vida misma.
Sólo una vez cada mil años es visto este secreto por el hombre. Cuando lo ve, cambia. Cuando cuenta los hechos tal cuales son, se marchita y muere.
Las gentes creen que tal evento es una catástrofe, y que, por lo tanto, no deben saber sobre ello, pues no pueden comprender (tal es la naturaleza de sus vidas ordinarias) que tienen más de un yo, más de una esperanza, más de una oportunidad allá arriba, en el Paraíso de la Canción de Ahangar, el poderoso forjador de espadas.


0.187.1 anonimo (asia) - 065

Manzanas gigantes

Un sufí visitó cierta vez a un rey para aconsejarle sobre cuestiones de estado y los dos se hicieron buenos amigos. Al cabo de unos meses el sufí dijo:
-Ahora debo continuar mi camino para trabajar en privado entre la gente más modesta de tu reino, vivir en la pobreza y a muchos kilómetros de aquí. El rey lo instó a que se quedase, pero el sufí le aseguró que tenía que cumplir con su deber.
-¿Cómo permaneceré en contacto contigo? -preguntó el rey.
El sufí le entregó una carta y dijo:
-Si alguna vez recibes noticias increíbles sobre las frutas de tal y tal provincia, abre esto. Entonces mi trabajo habrá concluido y a ti te quedará algo por hacer.
El sufí viajó a su destino y vivió allí como un hombre del lugar, llevando a cabo sus funciones de acuerdo con la ciencia derviche. Algunos años después, cierto hombre, pensando que el sufí tal vez tenía una cantidad de dinero acumulada, le mató; pero todo lo que encontró fue un paquete cuyo envoltorio decía: «Semillas de manzanas gigantes». Sembró las semillas y al cabo de un tiempo, sorprendentemente breve, su jardín se llenó de manzanos que daban frutas tan grandes como la cabeza de un hombre. La gente empezó a reverenciar al asesino por creerlo un hombre santo; ya que, ¿quién podría llenar su huerto en cuestión de días, en pleno invierno, de árboles que produjesen frutas de semejante tamaño? Sin embargo, el asesino no se daba por satisfecho con esta adulación, y reflexionó: «Si no conseguí dinero del hombre que asesiné, ésta es mi oportunidad. Llevaré las manzanas al rey y sin duda él me recompensará.» Después de muchas dificultades fue llevado ante el monarca y dijo:
-Majestad, traigo en un cesto una manzana del tamaño de la cabeza de un hombre la cual he cultivado en pocos días, en pleno invierno en tal y tal provincia -dijo el asesino.
Al principio el rey se maravilló del tamaño de la manzana; luego recordó la carta del sufí. Pidió que se la trajesen de la cámara del tesoro donde había sido guardada y la abrió. La carta decía: «El hombre que cultiva manzanas gigantes, por grande que sea el respeto que haya conseguido con ello, es mi asesino. Que ahora se haga justicia.»


0.187.1 anonimo (asia) - 065

Los tres hombres perceptivos

Hubo cierta vez tres sufíes tan observadores y experimentados acerca de la vida que llegaron a ser conocidos como «Los tres hombres perceptivos».
En una ocasión, durante uno de sus viajes, encontraron a un camellero que les preguntó:
-¿Habéis visto mi camello? Lo he perdido.
-¿Es ciego de un ojo? -inquirió el primer hombre perceptivo.
-Sí -dijo el camellero.
-¿Le falta uno de los dientes de delante? -preguntó el segundo perceptivo.
-Sí, sí -respondió el camellero.
-¿Es cojo de una pata? -averiguó el tercer perceptivo.
-Ciertamente -reconoció el camellero.
Los tres perceptivos aconsejaron al buen hombre que caminase en la misma dirección que ellos habían seguido hasta allí, pero en sentido contrario, y lo encontraría. Pensando que ellos lo habían visto, el camellero se apresuró a seguir su consejo.
Pero no encontró el camello. Se dio prisa entonces en regresar para entrevistarse una vez más con los perceptivos, a fin de que,le dijeran qué debía hacer.
Los encontró al atardecer, en un lugar donde descansaban.
-¿Carga su camello de un lado miel y del otro maíz? -preguntó el primer perceptivo.
-Sí, sí -dijo el hombre.
-¿Lo monta una mujer embarazada? -preguntó el segundo perceptivo.
-Sí, sí -respondió el camellero.
-Ignoramos dónde está -dijo el tercer perceptivo.
Tras estas preguntas y esta negativa, el camellero llegó al convencimiento de que los tres perceptivos le habían robado su camello, su carga y jinete, y los demandó ante el juez acusándolos de ladrones.
El juez consideró que había razones para desconfiar de ellos, y los detuvo como sospechosos de robo, para llevar a cabo las consiguientes diligencias que confirmasen su culpa o los absolviera de ella.
Algo más tarde, el camellero encontró al animal vagando por el campo. Regresó a la corte y pidió que los tres perceptivos fuesen puestos en libertad
El juez, que no les había dado hasta el momento oportunidad de justificarse, preguntó cómo pudieron saber tanto acerca del camello sin siquiera haberlo visto.
-Vimos las huellas de sus pisadas en el camino -dijo el primer perceptivo.
-Una de las marcas era más débil que las demás, por lo que deduje que era cojo -dijo el segundo perceptivo.
-Sólo había mordisqueado los matorrales de un lado del camino, y, por consiguiente, tenía que ser ciego de un ojo -dijo el tercer perceptivo.
-Las hojas estaban rasgadas -continuó el primer perceptivo, lo que indicaba que había perdido un diente.
-Abejas y hormigas, en diferentes lados del camino, se amon-tonaban sobre algo depositado en él. Vimos que eran miel y maíz -explicó el segundo perceptivo.
-También encontramos algunos cabellos humanos tan largos que nos hicieron pensar que eran de mujer. Y estaban precisamente donde alguien había detenido al animal y se había apeado -declaró el tercer perceptivo.
-En el lugar donde la persona se sentó, observamos huellas de las palmas de ambas manos, lo que nos hizo pensar que había tenido que apoyarse, tanto al sentarse como al levantarse, y por ello dedujimos que debía estar embarazada, en un período muy avanzado de gravidez -dijo el primer perceptivo.
-¿Por qué no solicitaron ser oídos por el juez, para presentar estos argumentos en defensa propia?
-Porque contamos con que el camellero seguiría buscando y no tardaría en encontrar el animal -dijo el primer perceptivo.
-Y que se sentiría lo suficientemente generoso como para reconocer su error y solicitar nuestra libertad -dijo el segundo perceptivo.
-También contamos con la curiosidad natural del juez, que lo llevaría a investigar -dijo el tercer perceptivo.
-Descubrir la verdad por sus propios medios sería más beneficioso para todos que el que insistiéramos en que se nos había tratado con impaciencia -dijo el primer perceptivo.
-Sabemos por experiencia que es mejor que la gente llegue a la verdad a través de lo que piensa por voluntad propia -dijo el, segundo perceptivo.
-Ha llegado la hora de que nos marchemos, porque nos espera una labor que debemos llevar a cabo.
Y los pensadores sufíes siguieron el destino que se habían marcado. Todavía se los encontrará trabajando por los caminos de la tierra.

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Los niños y el maestro

Para ilustrar la fuerza de la imaginación y la opinión, se cuenta un cuento de un truco que aplicaron unos niños a su maestro.
Los niños deseaban tener un día de vacaciones y el más astuto de ellos sugirió que cuando el maestro llegara a la escuela cada niño debía compadecerse de él por su supuesta apariencia de enfermo. De acuerdo con esto, cuando entró el maestro, uno dijo:
-¡Oh, maestro, qué pálido está!
Y otro dijo:
-Parece estar muy enfermo hoy.
Y así continuaron. El maestro primero respondió que nada le sucedía, pero, como un niño detrás de otro continuaron asegurándole que parecía estar muy enfermo, se imaginó finalmente que había enfermado. Así que regresó a su casa y quiso que los niños lo acompañaran allí, le contó a su mujer que no se encontraba bien, indicándole que notara lo pálido que estaba. Su mujer le aseguró que no estaba pálido y se ofreció a convencerlo trayendo un espejo; pero él rehusó mirarse y se metió en la cama. Luego les ordenó a los niños que comenzaran con sus lecciones, pero ellos le aseguraron que el ruido le daría dolor de cabeza; él les creyó y los mandó a sus casas, ante el enojo de sus madres.


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Los ciegos y la cuestion del elefante

Mas allá de Ghor había una ciudad. Todos sus habitantes eran ciegos. Un rey con su séquito llegó hasta la ella con su ejército y acamparon en el desierto. Tenía un poderoso elefante, que usaba en los ataques y también para aumentar el temor de la gente.
El populacho estaba ansioso por ver al elefante y algunos en esta comunidad de ciegos corrieron como locos para encontrarlo. Como ni siquiera sabían la forma o figura del elefante que ellos buscaban a tientas, reunían información tocando alguna parte del mismo. Cada uno pensó que sabía algo porque podía sentir una parte.
Cuando volvieron con sus conciudadanos, grupos ansiosos los rodearon. Todos estaban ávidos, extraviados, por aprender la verdad de aquellos que conocían al elefante.
Preguntaron por la forma y la figura del elefante y escucharon todo aquello que les fue dicho.
El hombre cuya mano había llegado a una oreja dijo:
-Es una cosa rugosa y grande, ancha y abierta como una alfombra.
Y aquél que había tocado la trompa dijo:
-Es como una pipa derecha y vacía, fea y destructiva.
El que había sentido sus patas dijo:
-Es poderoso y fuerte como una columna.
Cada uno había sentido una parte entre muchas. Cada uno lo había percibido erróneamente. Nadie sabía todo: el conocimiento no es compañero de la ceguera. Todos imaginaban algo incorrecto, ninguno conocía la realidad.


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