Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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miércoles, 31 de diciembre de 2014

El hombre que se trago una mosca

El señor Hansaemón se tragó una mosca viva. Un hecho que no podría sorprender a cualquiera que lo hubiera visto tomar sake, ese delicioso vino de arroz, con tantas ganas. La mosca cometió el error de caer en su vaso, y allá fue.
Tener una mosca viva en el estómago es muy incómodo. El insecto revoloteaba y zumbaba provocándole todo tipo de molestias. El señor Hansaemón decidió consultar al médico.
-El mejor remedio para su problema -le dijo el médico, un sabio famoso por sus conocimientos en el arte de curar- es tragarse una rana viva. La rana se comerá a la mosca.
El señor Hansaemón hizo que sus servidores cazaran una rana fuerte y sana en su jardín y con cierta dificultad consiguió tragársela. Tal como había dicho el médico, el problema de la mosca terminó. Pero ahora la rana croaba y saltaba en su barriga, y el pobre hombre estaba peor que antes.
-Por suerte también para esto hay remedio -dijo el doctor. Lo que debe hacer usted es tragarse una culebra.
Y allá fue el señor Hansaemón, a tragarse una culebra como si fuera una especie de tragasables del circo. Tal como estaba previsto, una vez en su estómago, la culebra se comió a la rana. Y después empezó a retorcerse y a sisear dentro del vientre.
El consejo siguiente no fue sencillo de seguir. El señor Hansaemón tuvo que tragarse un jabalí vivo. El jabalí mató a la culebra, pero... ¿tengo que explicar los desastres que produjo en el vientre del enfermo?
-Hay una sola solución -dijo el sabio médico. Ahora tiene que tragarse a un cazador bien armado.
Y así fue. Por favor, no me pregunten cómo, pero el señor Hansaemón logró tragarse al cazador vivo con su fusil. Se escucharon de pronto unas cuantas detonaciones: había cazado al jabalí.
Pero en la oscuridad del vientre, el cazador se había visto obligado a gastar todas sus municiones para acertarle al maldito jabalí, que se movía para todos lados. Y ahora no le quedaban tiros para abrirse paso y salir otra vez al exterior.

Y allí vive todavía el cazador,
en la tripa del señor Hansaemón.

0.040.1 anonimo (japon) - 059

El falso juez

No hay nada más peligroso que un juez injusto, y así era este juez de nuestra historia. Un cadí (así se llama a los jueces en los Países árabes) que era la vergüenza de toda la ciudad de El Cairo, capaz de vender justicia por dinero, y de cometer toda clase de bribonadas y picardías. Hasta tal punto que fue destituido de su cargo y, como el trabajo no era precisamente su especialidad, se dedicó a vivir del timo y del engaño. Sin embargo, sin el cargo de juez, no le resultaba tan fácil esquilmar a la pobre gente; y llegó un día en que no sabía ya qué inventar para ganar un poco de dinero.
Le quedaba un solo esclavo, tan pícaro y tramposo como él, que se llamaba Mubárik. En el apuro en que se encontraba, el cadí le pidió a su esclavo que recorriera las calles de la ciudad para ver si encontraba a alguien que quisiera consultar por un caso jurídico.
Mubárik entendió perfectamente: no era la primera vez que hacía ese tipo de encargos para su amo. Enseguida se trazó un plan. «Buscaré pelea con cualquiera que pase» pensó. «En especial si parece una persona adinerada. En cuanto me responda en el mismo tono, me pondré a gritar, como si yo fuera la víctima y lo llevaré ante mi amo. Por suerte no todos saben todavía que dejó de ser juez. Entre los dos ya nos encargaremos de vaciarle la bolsa».
Venia caminando hacia él, apoyándose en su bastón, un caballero muy bien vestido. Mubárik le hizo una zancadilla, y el pobre hombre rodó por el suelo hasta caer en un charco de barro. Furioso, se levantó dispuesto a golpear a su agresor. Pero en cuanto miró a Mubárik, se dio cuenta de que era el esclavo del cadí, y como no sabía que había sido destituido, prefirió evitarse problemas.
-¡Así Alá ahuyente a Satán! -se contentó con decir. Y siguió su camino.
Mubárik se dio cuenta de que su trampa no daría resultado. Los que sabían que el juez ya no estaba en funciones no caerían, y aquellos que no lo sabían le tendrían miedo. Mientras intentaba tramar otro plan, vio pasar a un criado que llevaba en la cabeza una fuente con un delicioso pato relleno, adornado con berenjenas, tomates y pepinillos. En esa época mucha gente no tenía horno en la casa y llevaban la comida a algún horno de pan para que se la cocinaran.
Seguido por Mubárik, que no podía sacar los ojos del magnífico pato, el criado entró al local donde estaba el horno, dejó la fuente y le dijo al dueño que volvería dentro de una hora a llevarse la comida lista.
Faltaba poco para que se cumpliera la hora cuando Mubárik le pidió al dueño del horno que le entregara el pato ya cocido.
-¡Pero ese pato no es de tu amo! -dijo el hornero, que lo conocía bien.
-¡Cómo que no! -se indignó Mubárik. Si yo mismo crié a su madre pata, la vi poner el huevo, contemplé como mi patito rompía el cascarón y lo cebé hasta que estuvo lo bastante grande. ¡Yo mismo lo sacrifiqué y lo rellené y lo adorné con verduras!
-Por Alá que me has convencido -dijo el dueño del horno. Pero ¿qué le digo a la persona que me lo trajo cuando lo venga a buscar?
-No vendrá -aseguró muy suelto Mubárik. Es uno de nuestros criados y ahora está haciendo otro encargo. Por eso me han enviado a mí. Quien te trajo el pato es un hombre muy bromista, siempre dispuesto a reírse. Si llegara a venir, (por error, claro) le dirás que al meter la fuente en el horno, el pato dio un salto y graznando como loco se echó a volar y se escapó. ¡Ya verás cómo se divierte!
El dueño del horno no podía parar de reírse con la broma de Mubárik. Sacó el pato, que ya estaba bien dorado, y se lo entregó sin dudar. ¡Qué banquete se dieron Mubárik y su amo con tan delicioso platillo!
Entretanto, el hombre que había entregado la fuente no tardó en volver a buscarlo. Y cuando escuchó la historia de que el pato se había escapado volando, no le hizo ni pizca de gracia. Estaba furioso, acusó al dueño del horno de ladrón y palabra va, palabra viene, terminaron a golpes.
La situación se ponía cada vez más interesante y rápidamente se formó un corrillo de curiosos que no querían perderse la pelea. Entre ellos había una mujer embarazada. El dueño del horno tomó impulso para pegarle a su rival, el criado lo esquivó y la pobre mujer terminó recibiendo un puñetazo en pleno vientre.
Algún comedido corrió a contarle a su marido lo que había pasado. El hombre tomó un garrote y se fue a darle su merecido al malvado que le había pegado a su mujer y a su hijo por nacer. Cuando el dueño del horno vio que se le venía encima un enemigo más, y esta vez armado, dejó la pelea y trató de escapar. Saltó una tapia, trepó a la azotea de una casa vecina bastante alta, y se descolgó desde allí con tan mala suerte que vino a caer sobre un mozo de cuerda que estaba durmiendo envuelto en unas mantas. El hornero era un hombre bastante pesado, y le rompió al durmiente varias costillas.
Los compañeros del mozo de cuerda, entre los que estaba su hermano, se lanzaron furiosos contra el pobre hornero. Lo molieron a palos y decidieron llevarlo ante el cadí. Los seguía el criado que reclamaba su pato y el marido de la mujer golpeada, todos decididos a denunciar ante el juez al dueño del horno.
Mubárik, que había ido a ver en qué paraba su engaño, estaba entre la multitud de curiosos y a grandes voces propuso que lo siguieran.
-¡Vengan, vengan todos conmigo a casa del cadí!
Y en lugar de llevarlos ante un juez legítimo, los condujo a la presencia de su pícaro amo.
Por supuesto, en cuanto el falso juez se encontró con los denunciantes, lo primero que hizo con grave seriedad, fue cobrarles a todos una buena suma por dereehos de justicia. Escuchó las demandas y, como corresponde a un buen juez, le dio al acusado la posibilidad de defenderse y dar su propia versión de los hechos. El hornero ya había comprendido adónde había ido a parar el pato en cuestión y pensó que más le convenía atenerse a su primera versión y buscar la complicidad del ex cadí.
-Sostengo lo que ya dije -afirmó. Al poner el pato en el horno, graznó desesperado y se echó a volar.
-¡Maldito hijo de un perro y una cerda sin narices! -gritó el criado que reclamaba el pato. ¡Cómo te atreves a afirmar semejante disparate delante del mismísimo juez!
Pero todos se quedaron boquiabiertos cuanto el juez lo interrum-pió furioso.
-¡Y tú, impío, descreído! ¡Cómo te atreves a poner en duda el poder divino! Alá, que creó a todas las criaturas, las hará resucitar el Día de la Cuenta, haciendo que se junten sus huesos aunque estén repartidos por toda la tierra. ¿Y tú tienes la osadía de decir que no es capaz de resucitar a un pato con todos sus huesos, al que apenas si le faltan las plumas, solo porque esté relleno y horneado? ¿Acaso hay algo que Alá no pueda?
Era muy peligroso en esa época y en ese lugar ser acusado de poner en duda la omnipotencia de Alá.
-¡Gloria a Alá, rey del universo, que resucita a los difuntos! -dijeron todos los presentes.
Con mucho temor de que sus palabras hubieran sido interpretadas como falta de fe, el criado se dio media vuelta y se fue de allí, sin atreverse a seguir reclamando nada.
A continuación el cadí enfrentó al marido de la embarazada, que todavía sostenía en la mano el garrote con el que quería darle su merecido al dueño del horno. Lo escuchó con atención y dio su fallo.
-Este hombre tiene mucha razón. El hornero es culpable. Y le impongo la siguiente condena. Después que tu mujer haya parido a tu hijo, debes llevarla a casa del hornero, para que la vuelva a dejar encinta como está ahora. En ese momento, tendrás derecho a darle un buen puñetazo en el vientre, que, dado el caso, recibirá el hijo del otro. Así quedarán a mano.
-Por Alá, mi señor -dijo el marido. Así Alá perdone mis pecados como yo perdono los de este hombre. No es necesario tal castigo.
Y se fue de allí con su mujer lo más rápido que pudo.
A continuación el falso cadí atendió a la demanda del hermano y los colegas del mozo con las costillas rotas.
-Muy bien. Recibiréis satisfacción -les dijo. El hornero debe acostarse exactamente en el lugar en que estaba el herido. El hermano del herido debe treparse a la azotea y descolgarse de allí, cayendo sobre el hornero y rompiéndole las costillas. Así quedará vengada la ofensa.
Pero el hermano del hombre herido no tenía ningún interés en saltar desde tan alto. Con justa razón, tenía miedo de romperse la crisma.
-Por Alá, mi señor, retiro mi demanda contra este hombre y que Dios lo perdone.
Y así fue cómo el pícaro falso cadí salvó al hornero, cómplice involuntario de su timo y, haciendo reír a todos, escapó a la condena que él mismo merecía.

0.006.1 anonimo (arabe) - 059

El barco fantasma

Cierta vez un bote pesquero volcó cerca de la costa de Islandia. Solo tres de sus catorce tripulantes lograron subir a la quilla y pedir auxilio. Pero, aunque había mucha gente en la costa mirando el accidente, no pudieron ayudarlos a causa del terrible oleaje. Después de que todos hubieran muerto ahogados, el barco se enderezó solo y encalló en la playa.
En el siguiente invierno, los campesinos del lugar arrastraron el barco por el hielo hasta una cueva. Varios pastores que pasaban por allí vieron como los catorce muertos de la tripulación iban siguiendo el barco.
Tiempo después, en lo más crudo del invierno, cuando los días son breves y oscuros, un granjero viajaba a caballo por la zona. Cerca de la cueva donde estaba el barco, corría un arroyito. Justo después de vadear la corriente, Thorkel, el granjero, se encontró con un desconocido.
-Necesitamos ayuda para zarpar, amigo -dijo el hombre.
El bote no se veía desde el camino y Thorkel, sin sospechar nada, aceptó echarles una mano para empujarlo al agua. Lo único que le llamó la atención fue la forma en que su caballo relinchaba y reculaba.
Thorkel y el extraño llegaron hasta la cueva donde estaba el barco, rodeado por trece hombres todos cubiertos de barro. Justo en ese momento el granjero recordó las historias que había oído sobre el famoso naufragio del otoño anterior y le pareció reconocer a algunos de los ahogados. Aterrorizado, castigó a su caballo, que no necesitaba del látigo para salir de la cueva galopando lo más rápido que le permitían sus patas. Mientras escapaba, alcanzó a escuchar esta lúgubre canción:

Aquí yace nuestro bote,
desfondado, abandonado
en la roja oscuridad.
Pocos amigos tienen los muertos,
es la única verdad.

Después de esa terrible experiencia, el granjero Thorkel nunca más quiso cabalgar solo por esa ruta, ni siquiera en pleno día.
Muchos testigos aseguraron haber oído extraños golpes y crujidos que salían de la cueva mientras el bote estuvo allí. Hasta que un invierno más crudo que los demás, la gente del lugar decidió que ni siquiera los fantasmas podían impedirles convertir ese barco inútil en preciosa leña para calentar sus hogares. Y bajo las hachas de los campesinos, desapareció para siempre el barco fantasma.

0.151.1 anonimo (islandia) - 059

Dos plumas

Un curandero vivía con su sobrino en una casa hecha de corteza de abedul: así eran las viviendas de los iroqueses. El muchacho se llamaba Oído Atento, era un gran cazador, y había llegado a la edad en que debía buscar novia.
-Debo prepararte para la ocasión -le dijo su tío.
Colgada del techo había una vejiga de oso llena de aceite de girasol. Oído Atento siempre se había preguntado para qué serviría. Ahora su tío metió la mano en el recipiente y frotó a su sobrino de la cabeza a los pies, hasta hacerlo brillar de tan aceitado.
-¡Perfecto! -le dijo, satisfecho. No hay en el mundo otro hombre tan buen mozo como tú. De ahora en adelante te llamarás «Dos Plumas».
Y comenzó a rebuscar en un cofre de corteza ciertas prendas muy especiales con las que quería vestir a su sobrino. Primero sacó un traje de piel de mapache, con orejas cosidas alrededor del cuello y ojos en las mangas. Pero no le pareció lo bastante bueno. Finalmente encontró lo que buscaba: no solo era una chaqueta elegante, sino mágica. Estaba hecha de piel de gato salvaje. La cabeza embalsa-mada del animal se ponía como capucha y rugía cuando su dueño se enojaba. El tío agregó a la capucha dos plumas de pájaro que podían cantar.
-Esto es por tu nuevo nombre -le dijo al muchacho. Así todos sabrán quién eres.
Para completar el atuendo, le dio a su sobrino un saquito de piel de castor. Siguiendo las instrucciones de su tío, Dos Plumas extrajo del saco una pipa y la llenó con corteza de sauce. Dos jovencitas-espíritu y dos palomas en miniatura saltaron fuera del saquito. Las chicas trajeron fuego para prender la pipa, las palomas se posaron en la boquilla de la pipa, aleteando y arrullando. El muchacho dio una pitada y, cuando exhaló el humo, bellísimas cuentas de abalorio, hechas de piedras preciosas cayeron de su boca.
-Ya estás listo -dijo el tío. Ahora tienes que viajar hacia el este. Cuando llegues a un valle, encontrarás un poblado. Allí vive una curandera que está buscando marido para su hija. Cerca de su casa crece un árbol muy alto donde se posa una enorme águila. Quien logre atravesarla de un flechazo, se casará con la muchacha. De todas partes llegan hombres que intentan la hazaña, pero ninguno ha podido hacerlo. Solo tú podrás. Vete ahora mismo y escucha mi consejo: no hables con nadie por el camino.
El joven emprendió el viaje enseguida, yendo siempre en dirección al sol naciente. Cuando comenzaba a anochecer, instaló su campamento y encendió una alegre fogata. De pronto salió de entre los árboles un pobre viejo, vestido con harapos.
-¿Me dejas sentarme cerca de tu fuego? -le preguntó. Voy al poblado que queda en el valle. Mañana por la mañana podríamos seguir juntos. Tengo muchas historias para contarte a cambio de tu hospitalidad.
El muchacho pensó que no podía haber ningún mal en ayudar a un pobre viejo. Comieron de sus provisiones, y el anciano comenzó a contar historias. Pero en sus palabras había algo extrañamente hipnótico, porque el muchacho se quedó tan profundamente dormido que ni siquiera se dio cuenta de que le estaban quitando la chaqueta.
Cuando se despertó, el maldito viejo ya no estaba y le había robado su chaqueta mágica. Muy avergonzado, se vistió con los harapos que habían quedado abandonados, tomó su arco y su carcaj y siguió su camino.
Pronto escuchó el sonido de una multitud. Al acercarse vio un espectáculo asombroso. A la entrada de un poblado había un árbol muy alto y un águila se posaba en la rama más alta. Varios hombres se turnaban tratando de acertar al águila con sus flechas, pero el pájaro escapaba volando a tal velocidad que los mejores tiradores solo alcanzaban a rozarle las plumas. Una muchedumbre de hombres y mujeres de todas las edades se había reunido para ver el espectá-culo.
Sin hacerse notar y sin perder un segundo, Dos Plumas sacó una flecha de su carcaj y disparó. De pronto, el águila cayó atravesada y la gente gritó asombrada.
Entonces un anciano muy bien vestido, con una maravillosa chaqueta de piel de gato salvaje se abrió paso entre la multitud y se apoderó del águila.
-¡Yo la maté! -aseguró.
Una vieja salió de una vivienda cercana, seguida por la muchacha más hermosa que nadie hubiera visto jamás. Considerando el atuendo tan especial que traía puesto el vencedor del águila, la mujer no tuvo dudas: ese debía ser el marido de su hija.
A la chica, el viejo no le gustó nada. Pero su madre no quiso escucharla.
-Debo mantener mi promesa -le dijo. Y anunció el casamiento para ese mismo día.
Después invitó al hombre a su cabaña de corteza y le pidió que demostrara todo lo que podía hacer.
El viejo abrió el saquito de piel de castor, pero apareció la cabeza del castor y le mordió un dedo. Las dos muchachas-espíritu salieron de allí, pero se cruzaron de brazos y cuando él les pidió que le encendieran la pipa, no se movieron. Las dos palomitas brotaron también del saquito mágico y se posaron en la boquilla de la pipa, desplumadas y medio muertas, con las cabezas colgando.
-Es que mis muchachas son tímidas -se excusó el hombre. No les gusta mostrarse delante de otra gente.
Tomó una brasa del fuego y encendió él mismo su pipa. Pero cuando exhaló el humo, ninguna piedra preciosa cayó de su boca.
Su suegra estaba muy enojada. Esa noche la hermosa muchacha ni se acercó a su anciano marido. Se envolvió en una piel de oso y durmió lo más lejos posible.
Dos Plumas estaba escondido fuera de la cabaña esperando que todos se durmieran. Cuando el silencio se hizo profundo y la noche oscura, entró en la vivienda, tan silencioso como solo un iroqués es capaz, y se llevó su chaqueta.
A la mañana siguiente, en cuanto salió el sol, Dos Plumas volvió a entrar en la cabaña de la madre y la hija vistiendo su chaqueta mágica. Pero como estaba muy enojado con el viejo, la cabeza de gato salvaje que usaba como capucha se lanzó a rugir ferozmente, mientras las dos plumas se echaban a cantar.
-¡Este es mi verdadero marido! -gritó la chica en cuanto lo vio.
Y fue muy fácil probarlo para convencer al resto de la aldea, porque la flecha que había atravesado al águila era exactamente igual y tenía las mismas plumas que el resto de las flechas que llevaba en el carcaj Dos Plumas.
Todos estaban felices, excepto el horrible anciano, que tuvo que irse, doblado en dos y tosiendo tristemente, mientras la multitud se burlaba de él.
-Ahora -dijo la suegra, muéstrame lo que puedes hacer por mí. 
-Y tendió un cuero de venado delante de Dos Plumas.
Cuando el muchacho se sentó y abrió su saquito mágico, las dos muchachas-espíritu se apresuraron a encenderle la pipa y las dos palomas minúsculas, sanas y hermosas se pararon en la boquilla. Dos Plumas exhaló el humo, y las piedras preciosas cayeron de su boca.
El joven matrimonio y la anciana curandera vivieron muy tranquilos hasta que Dos Plumas decidió que ya era hora de visitar a su tío. Se le ocurrió una gran idea: casar a su suegra con su tío. Todos estuvieron de acuerdo y los dos matrimonios se quedaron viviendo juntos en la casa de corteza. Dos Plumas cazaba para todos. Su puntería era perfecta y atrapaba a todos los animales que se proponía. Pero sabía muy bien qué animales debía matar y cuáles debía proteger. Así vivieron, felices y contentos, hasta el fin de su tiempo.

0.011.1 anonimo (america-iroques) - 059

Dos hermanos y una mujer canibal

En la isla de Mangareva, hace ya tanto tiempo que el sol y la luna todavía eran niños, vivía una pareja de jóvenes que se amaban tiernamente. La muchacha estaba embarazada y un día sintió muchos deseos de comer un pez llamado umu.
-Saldré a pescar y te lo traeré -le dijo su marido.
-Está bien. Pero siento que se nos acerca un gran peligro. Por favor, apenas hayas pescado un pez umu, debes dejar la pesca y volver a casa enseguida.
El hombre salió con su canoa, arrojó el ancla, y el primer pez que atrapó fue un umu. «No puedo volver a casa tan temprano», se dijo. «Seguro que hoy tendré muy buena suerte». Y olvidándose de las recomendaciones de su mujer, siguió pescando. Entonces, de golpe, se levantó un viento tan fuerte que arrastró la canoa, rompiendo la soga del ancla. El muchacho se encontró de pronto en la isla de Tetamanu, donde vivía una horrible mujer caníbal que aterrorizaba a los pobladores. Y nunca regresó a su hogar.
Su pobre mujer se dio cuenta de lo que había pasado, pero nada podía hacer. El embarazo siguió adelante y  alegado el momento dio a luz a dos hermosos varoncitos mellizos. Con esfuerzo se las arregló para criarlos sin ayuda. Los bebés crecieron hasta convertirse en dos muchachitos fuertes y valientes. Aunque vivían muy aislados, los niños se daban cuenta de que hasta los pájaros en este mundo tenían un padre y una madre. Pero ¿qué había pasado con su padre? Su madre nunca les hablaba de él. Una noche, después de la pesca, decidieron enfrentarla.
-Mamá, queremos saber quién es nuestro padre.
-Yo os alimenté, yo os crié, yo os enseñé lo que está bien y lo que está mal. Yo soy vuestro padre y vuestra madre -dijo la mujer.
Pero los muchachos insistieron. ¿Quién era realmente su padre?
-Vuestro padre es el poste que está delante de nuestra cabaña -dijo entonces la mujer, a quien el tema le ponía tan triste que no tenía ganas de hablar de eso.
Pero los muchachos se lo tomaron muy en serio y fueron a preguntar al poste si era verdad.
-¿Eres tú nuestro padre?
El poste, por supuesto, no les contestó. Y cuando fueron a reclamarle a la madre, la respuesta que obtuvieron no fue mucho más alentadora.
-Vuestro padre es el poste de atrás que sostiene nuestra cabaña -les dijo.
Y otra vez fueron los muchachos a interrogar al poste, que, por supuesto, permaneció tan mudo como el otro.
La madre estaba muy angustiada, porque sabía que si los niños se enteraban de la verdad, la dejarían para ir tras las huellas de su marido. Pero al fin se dio cuenta de que no podía seguir ocultándoles lo que había pasado. Ellos tenían derecho a saber quién había sido su padre.
-Vuestro padre -les dijo por fin- fue un hombre como todos. Un gran hombre, al que yo amaba mucho. Se llamaba Garigi. Un día salió de pesca, y un viento extraño lo arrastró. Yo misma vi cómo su canoa se perdía de vista en dirección a una isla que está más allá de esas nubes que se ven en el horizonte.
Y tal como la madre lo había previsto, los dos hermanos se hicieron a la mar en sus pequeñas canoas de juguete. Navegando hasta más allá de las nubes, llegaron a la isla de Tetamanu. La madre no sabía nada de lo que había pasado con su marido, de modo que no pudo advertirles sobre el peligro de la mujer caníbal. Y los muchachitos fueron atrapados apenas sus canoas tocaron la playa.
El monstruo los llevó hasta su casa y allí los dejó, atados a un poste, con la intención de comérselos al día siguiente.
Esa noche, cuando salió la luna, los dos jovencitos empezaron a cantar una triste canción de despedida, en la que pedían ayuda sin esperanzas.

Bella luna que brillas y brillas
que iluminas la playa y el mar,
que conoces el cielo y la tierra
solo tú nos podrás ayudar.

Nuestro padre se llama Garigi.
En canoa lo fuimos a buscar.
Oh, luna, que brillas y brillas
solo tú nos puedes desatar.

Lo cierto es que, después de tantos años, Garigi estaba vivo todavía. La mujer caníbal no se lo había comido, sino que lo había convertido en su cocinero preferido. Cuando Garigi escuchó las voces de los niños y se dio cuenta de que mencionaban su nombre, corrió hacia ellos. Ver a sus hijos, a los que ni siquiera conocía, lo llenó de emoción y no se cansaba de abrazarlos.
Ahora eran tres contra la mujer caníbal. Ya no se trataba solamente de la vida de Garigi: estaba dispuesto a morir si era necesario para defender a sus hijos. Como conocía las costumbres del monstruo, sabía que dormía profundamente, muy segura de sus poderes.
Garigi y los dos hermanitos le prendieron fuego a la casa donde vivía la mujer caníbal. El horrible ser murió asfixiado y su cuerpo se quemó hasta convertirse en cenizas.
La gente de Tetamanu estaba feliz de verse libre de la espantosa caníbal que se había comido ya a muchos habitantes de la isla sin que nada pudieran hacer contra ella.
Garigi y sus hijos regresaron a Mangareva cargados de regalos. Los niños abrazaron a su madre, y los esposos reencontrados se miraron a los ojos declarándose, una vez más, todo su amor. Desde entonces la familia vivió para siempre unida y feliz.

0.188.1 anonimo (oceania-mangareva) - 059

Dos grandes amigos

Tan pobres eran Ilyás y su madre, y tan poco ganaba el joven Ilyás con su trabajo, que apenas les alcanzaba para comer. En toda su vida no había conseguido ahorrar lo suficiente como para pensar en casarse. Así fue como un día le pidió la bendición a su madre y se dispuso a recorrer el mundo en busca de fortuna. Por más que le doliera lo mucho que iba a extrañar a su hijo, la anciana se daba cuenta de que el muchacho tenía razón. Así no iba a avanzar nunca. De modo que lo bendijo y le dio varios buenos consejos acerca de cómo cuidarse de los extraños que encontrara por el camino.
Ilyás tomó buena nota de lo que su madre le decía. A poco de andar se encontró con un muchacho de su edad que le propuso seguir juntos. Caminaron hasta que el sol del mediodía los obligó a sentarse para descansar a la sombra de unos árboles. Recordando los consejos de su madre, Ilyás quiso saber con qué clase de persona se había encontrado.
-Amigo mío -le dijo. El que no come, no camina. Compartamos mi pan.
Y sacando de su zurrón una hogaza de pan, se la dio a su nuevo amigo para que la repartiera. El joven partió un trocito pequeño y se lo dio, mientras se quedaba con la mejor parte.
Cuando el sol bajó un poco, reanudaron la marcha. Pero después de unos cuantos pasos, Ilyás se detuvo otra vez.
-No puedo seguir así, se me va a caer todo si no le doy unas puntadas a mi zurrón.
-Bueno -dijo su nuevo amigo. Yo sigo adelante sin apuro y ya me alcanzarás.
No hacía falta más para que Ilyás se diera cuenta de lo poco que le convenía ese compañero de viaje. Había puesto en práctica las pruebas que su madre le propusiera y el resultado era clarísimo. Se separó de él sin ninguna pena.
Al día siguiente, en una encrucijada, se encontró con un hombrecito de aspecto curioso. Era bajo, de barba pelirroja, y tenía los ojos grises.
Ilyás lo puso a prueba, como había hecho con el otro. Pero cuando se trató de partir el pan, Gulam, que así se llamaba el hombre, le dio el trozo más grande. Y cuando Ilyás se detuvo diciendo que tenía roto el zurrón, Gulam no solo se quedó junto a él, sino que se ofreció a ayudarlo en todo lo que pudiera. ¡Este sí era un buen compañero de viaje!
Al anochecer llegaron a una región, cerca de las orillas del mar, que parecía casi deshabitada. Solo se veía un hermoso palacio, pero sin ninguna vivienda alrededor. Un poco más lejos había unos pastores con un rebaño de cabras.
-¿De quién será este palacio? -se preguntó Ilyás.
-Dicen que aquí vive una princesa, la hija del sha, que se fue de la mansión de su padre porque no se entendía con su madrastra.
-¡Cómo me gustaría pasar una noche en el palacio y conocerla! -dijo Ilyás. Pero no se imaginaba la respuesta de su amigo.
-Si tienes dinero para comprar una cabra, yo puedo lograrlo -le aseguró Gulam.
Muy sorprendido, Ilyás se acercó a unos pastores y les compró una cabra. Gulam se apoderó del pobre animal y, acercándose lo más posible al palacio, comenzó a tirarle de las orejas con todas sus fuerzas. La cabra, como es natural, balaba desesperada tratando de soltarse.
Tan grande era el escándalo que la princesa envió una criada para enterarse de lo que estaba pasando.
-¿Qué le están haciendo a este pobre animal?
-Tenemos hambre. Debemos matar esta cabra para hacernos la cena. Le tiraré de las orejas hasta que muera.
La princesa casi no podía creer lo que le contaba la criada. ¡Cómo podía haber gente tan tonta en este mundo! Al fin se hartó de escuchar los balidos de dolor del animal y ella misma salió al balcón para anunciar a los dos amigos que les enviaría a su jardinero para enseñarles cómo se mata un animal.
Después que el jardinero real matara a la cabra, Gulam la colgó de la rama de un árbol y comenzó a pegarle con todas sus fuerzas con un palo, diciéndole a Ilyás que hiciera lo mismo del otro lado.
-¿Y ahora, qué están haciendo? -preguntó la princesa, que había salido otra vez al balcón, atraída por el barullo.
-Estamos desollando la cabra para prepararnos la cena. Si le pegamos con basante fuerza, la piel se desprenderá sola.
La princesa no podía creer lo que veían sus ojos. Esos dos pobres estúpidos se quedarían con hambre. Al fin le dio tanta pena verlos afanarse en vano, que envió a su criada para invitarlos a cenar y a pasar la noche en su mansión.
Ilyás y Gulam estaban encantados. Nunca habían comido una cena tan deliciosa como la que les sirvieron en la cocina del palacio. Para dormir, los hicieron pasar a un aposento para invitados, donde las camas estaban tendidas con sábanas de seda. Ilyás sentía tanta admiración por su compañero que estaba seguro de que lo podía todo.
-Ahora quisiera conocer a la princesa -le dijo, como quien le pide un deseo a su hada madrina.
-¡Nada más fácil! -dijo Gulam. Es una mujer muy curiosa. Si haces lo que te digo, vendrá ella misma a vernos.
Mientras la criada salía un momento a buscar una vasija con agua, Gulam se paró cabeza abajo sobre la cama, mientras Ilyás, envuelto en una manta, se acomodaba parado en un rincón.
-Pero ¿qué están haciendo ustedes dos? -preguntó la criada escandalizada cuando los vio así.
-Nosotros dormimos así. Es la costumbre en nuestro pueblo -contestó Gulam.
La criada, por supuesto, fue corriendo a contarle a su ama. Pero la princesa ya estaba harta de las payasadas de esos dos intrusos y en lugar de ir a ver personalmente qué pasaba, dio orden de que los echaran a palos del palacio y cerraran el portón.
Y así se encontraron otra vez nuestros dos amigos a la intemperie, pero de muy buen humor. La noche era oscura, no había luna y deambulando de aquí para allá, dieron con un cementerio.
-Aquí, al menos, estaremos más protegidos -dijo Gulam.
Se metieron en un panteón donde había un ataúd vacío y se echaron a dormir, agotados por sus aventuras y desventuras.
A medianoche los despertó un ruido de cascos de caballos y voces de hombres que entraban al cementerio.
-Es tarde para huir -dijo Gulam. Escóndete debajo del tapiz y yo me meteré en el féretro. Si nos descubren, nos levantaremos fingiendo que somos muertos salidos de la tumba.
En ese momento, un grupo de bandoleros entró en el panteón. Habían asaltado una caravana de viajeros por el camino. Cada uno traía su botín: bolsas de monedas de oro y plata, joyas, piedras preciosas. Se sentaron en círculo y todo lo que habían robado fue colocado en el centro. El jefe mostró una magnífica espada que tenía la empuñadura adornada con topacios y rubíes.
-Hijos míos, repartiremos todo por igual -les dijo a sus hombres. Y hay que ver qué caras tenían esos «hijitos». Todo, excepto esta espada, que será del más fuerte. El que logre partir en dos de un solo tajo este ataúd con el cadáver dentro, se quedará con ella.
Todos estuvieron de acuerdo y aceptaron también que fuera su jefe el primero en probar.
Apenas el jefe de los ladrones había tenido tiempo de acercarse al féretro con la espada alzada, cuando Gulam se levantó, poniendo los ojos en blanco y moviéndose como si estuviera borracho.
-¡Oh, difuntos! ¡Venid a mí! ¡Los vivos no nos permiten ni siquiera reposar en nuestros ataúdes! ¡Salgamos de nuestras tumbas para convertirlos en muertos también a ellos!
En ese momento, su amigo Ilyás, haciendo muecas horribles y extendiendo los brazos como para atrapar al jefe de los ladrones, salió de debajo del tapiz.
-¡Oh, gran sha de todos los difuntos! ¡Ordena y los mataremos ya!
Los bandidos no se quedaron a esperar que los muertos siguieran saliendo de sus tumbas. ¡Salieron corriendo a toda la velocidad que alcanzaban sus piernas! De un salto subieron a los caballos y se alejaron del cementerio tan rápido como podían. Ilyás y Gulam se repartieron el dinero y las joyas y se prepararon para irse, porque sabían que tarde o temprano los ladrones se darían cuenta del engaño.
Entretanto, no sin esfuerzo, el jefe de los bandoleros logró convencer a dos de sus valientes para que fueran a ver qué estaban haciendo los muertos. Pero Gulam los vio acercarse y se dio cuenta de que uno de ellos se había escondido tan cerca que hasta podía quitarle la gorra. Le bastó una seña para avisar a Ilyás que debían seguir fingiendo.
-¿Cómo que no estás contento con el reparto del botín? ¡Maldito difunto! ¿Quieres que te mate por segunda vez? ¡Confórmate con esta gorra! Y de un manotazo le arrancó su gorra al ladrón escondido y se la arrojó a Ilyás.
Los dos bandoleros escaparon lanzando un alarido de horror. Cuando relataron a sus compañeros lo que había sucedido, nadie quiso volver. Al menos, hasta que hubiera salido el sol.
Pero cuando volvieron a la mañana siguiente y encontraron el féretro vacío, el jefe de los salteadores, que no era ningún tonto, se dio cuenta de que los habían timado. Dividió a su gente en partidas y salieron a batir la zona, buscando a dos hombres cargados de bolsas de dinero, ya que en la penumbra del panteón iluminado con antorchas, ninguno se había atrevido a mirarlos tan de frente como para reconocerles las caras.
Entretanto Ilyás y Gulam habían enterrado el dinero al lado de una torre abandonada. Cuando vieron que se acercaba una partida de hombres a caballo, con el jefe de los ladrones a la cabeza, Gulam le dijo a Ilyás que subiera a lo alto de la torre y dejara todo de su cuenta.
-¿Han visto pasar por aquí a dos hombres cargando unas bolsas muy pesadas? -preguntó el jefe.
Gulam se apoyaba con todas sus fuerzas contra la torre.
-¡Fuera de aquí! Somos enviados del Señor y con esta torre estamos sosteniendo el cielo para que no se caiga. Pero si un pecador se nos acerca demasiado, la torre se caerá y el cielo se vendrá abajo aplastándonos a todos.
Sin ganas de comprobar si esos dos estaban diciendo la verdad o no, los salteadores de caminos escaparon a todo galope muy asustados.
Ilyás decidió volver a su casa y llevó con él a Gulam para presentárselo a su madre. ¡Ahora tenía dinero suficiente para construirse una casa entera! Pronto conoció a una linda muchacha y se casó. Vivieron felices y comieron perdices y a mí no me invitaron porque yo no quise.

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Como sobrevivio el anciano bardan

Entre los antiguos nartos, unos gigantes que vivían en la zona del Cáucaso, existía la terrible costumbre de matar a los ancianos cuando se convertían en una carga para el resto del pueblo.
Había varias pruebas concretas que servían para determinar si un hombre era todavía útil a la comunidad. Debía ser capaz de sacar la espada de su vaina usando solamente tres dedos, subirse a la silla de montar sin que lo sostuvieran, calzarse las botas sin ayuda, sostener el arco en la caza, levantar un almiar de heno y no quedarse dormido mientras cuidaba un rebaño. Cuando un anciano ya no tenía fuerzas para cumplir con esos requisitos, lo metían en un gran canasto trenzado y lo llevaban fuera del pueblo, a la Montaña de la Vejez. Ataban al canasto unas grandes ruedas de piedra y lo hacían rodar por una cuesta empinada hasta que se caía al precipicio.
Sucedió cierta vez que Bardan, un narto famoso que había sido un gran conductor de su pueblo, llegó a ese estado de debilidad provo-cado por la ancianidad. Su propio hijo era el encargado de llevarlo a la montaña. Badaneque, el hijo de Bardan, amaba muchísimo a su padre y le rompía el corazón pensar que debía morir por culpa de las salvajes leyes de su pueblo. No quería arrojarlo por el precipicio, pero estaba obligado a hacerlo. Tratando de esconder su dolor, comenzó a preparar el canasto y las ruedas de piedra.
-No es culpa mía, padre, perdóname, ojalá pudiera evitarlo. Así es la costumbre de los nartos.
Pero el padre no le respondía ni una sola palabra. Solo lo miraba con los ojos enrojecidos de dolor.
Badaneque puso a su padre en el canasto y lo cargó para llevárselo a su destino final. El viejo era muy flaco y pequeño, pero el canasto le pesaba como si estuviera lleno de piedras. Al llegar a lo alto de la montaña de la vejez, con horrible pena, sin mirar lo que hacía, le ató las ruedas y lo lanzó al precipicio. Pero una rama asomaba en la pared casi vertical de la sima, y allí se quedó enganchado el canasto. El viento lo balanceaba, agitando la larga barba blanca de Bardan, que reía y reía sin parar.
-Padre, ¿de qué te ríes?
-Hijo, pensé de pronto que cuando tú mismo seas anciano, y tu hijo te arroje por el precipicio de esta montaña, quizás esta rama todavía esté aquí y también tu canasto se quede enganchado, balanceándose con el viento. No sé por qué, esa idea me hace reír muchísimo.
Badaneque no pudo resistir más esa terrible situación.
-Padre, no me importa lo que los nartos hagan conmigo. ¡No seré yo el que te envíe por el camino de la muerte!
Entonces se inclinó sobre el abismo y con gran esfuerzo consiguió rescatar el canasto donde el anciano todavía se reía.
-No debes llevarme contigo al pueblo -dijo Bardan. Nos matarían a los dos. Hemos quebrado una ley que han sufrido muchas generaciones. No nos perdonarán.
-Tengo una idea -dijo Badaneque. Te esconderé en una cueva que conozco, no lejos de aquí.
Y el hijo llevó a su padre a una cueva en la montaña, donde improvisó un lecho de hierbas para que el anciano pudiera tenderse cómodo.
-Hijo, no creas que una vida inútil es mucho mejor que la muerte -dijo el viejo. Pero, ¿quién dijo que ya no sirvo para nada? Quizás no pueda subir a un caballo sin ayuda, o desenvainar la espada con tres dedos. Pero mi mente está intacta, puedo pensar y tengo experiencia que los jóvenes no tienen. Sé que todavía soy capaz de ayudar a mi gente.
Cada dos días Badaneque iba a visitar a su padre y le llevaba alimentos. Así fueron pasando tres años enteros. En ese lapso, muchas calamidades se abatieron sobre los nartos. Cada vez que había un problema grave en la comunidad, Badaneque encontraba una buena solución. Ya se tratara de una larga sequía, una peste que diezmaba el ganado, o una incursión de los enemigos, todos se acostumbraron a pedirle consejo a Badaneque. El joven desaparecía por un tiempo, sin que nadie supiera adónde iba y cuando volvía traía una solución inteligente que resolvía el problema y hacía la vida más fácil para todos.
Los nartos estaban admirados por la sabiduría de Badaneque y le tenían gran respeto. Cierta vez, los hombres mayores se reunieron y decidieron preguntarle cómo y por qué era posible que un joven como él fuera capaz de dar consejos tan experimentados.
Entonces Badaneque les confesó su decisión y les contó que en realidad era su padre Bardan el que sabía encontrar la mejor solución a todos los problemas. Desde entonces y para siempre, los nartos decidieron que no volverían a aplicar esa terrible regla contra los ancianos, que les había obligado a matar a sus propios padres tan cruelmente.

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