Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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viernes, 14 de junio de 2013

Avaro, avaro y medio

Como todo el mundo sabe, en Lyon vivía un hombre tan tacaño, que para ahorrar un pelo era capaz de partirlo por la mitad.
Dicen que un día este hombre oyó que en cierto lugar vivía alguien mucho más tacaño que él. Como nunca está de más aprender cosas nuevas, nuestro hombre decidió emprender camino para conocerlo.
Llegó entonces a la casa de este usurero mayor, al que llamaban Monsieur Bombilla. Acababa de levantarse y pei­naba sus largos y sucios cabellos con sus largas y sucias unas.
-¡Buenos días! -dijo nuestro hombre.
-¡Sí que son buenos! -contestó Monsieur Bombilla, de buen humor.
-Me voy a presentar, si le parece bien.
-Preséntese, que somos pocos.
-Me llamo Piloc. Tal vez haya oído hablar de mí.
-Por supuesto. Se dice que es usted un maestro del ahorro.
-Hago lo que puedo -contestó nuestro hombre. Le di­ré para qué vine. Me han dicho que usted tampoco deja pa­sar la oportunidad de guardar los centavos en su bolsillo, y como soy un hombre al que también le gusta ahorrar cono­cimientos, vine a que me dé algunas pistas y enseñanzas en el arte de la usura.
-Es un honor para mí -le dijo Monsieur Bombilla, since­ramente emocionado-. Antes que nada... ¿ha desayunado?
-No.
-Muy bien, entonces primero nos desayunamos, y luego nos entregamos a la enseñanza.
-Estoy de acuerdo.
Salieron los dos hombres a comprar comida al pueblo. Se acercaron a la panadería, y preguntaron:
-¿Está bueno el pan?
-El pan, excelente -contestó el panadero con orgullo. Está tan bien amasado, que al comerlo les parecerá una manteca.
Monsieur Bombilla se quedó pensando.
-Da la impresión -le dijo a Piloc- que la manteca es más barata que el pan. ¿Le parece que compremos manteca?
-Vamos a comprar manteca.
Caminaron hasta el almacén, y preguntaron:
-Buenos días. ¿Tienen ustedes buena manteca?
-Más que buena: mírela. Fina como el aceite.
-¿Usted qué opina? -le preguntó Monsieur Bombilla a Piloc. Parece ser que el aceite es más barato que la manteca.
-Opino que entonces compremos aceite.
Caminando, caminando, llegaron a la casa de Madame Bougnette.
-¡Buenos días, Madame Bougnette!
-Buenos días, Monsieur Bombilla.
-Quisiéramos un poco de aceite. ¿El aceite que usted tie­ne es bueno?
-¡Es buenísimo! Mírenlo, es tan claro como el agua mineral.
-Caramba -comentó en voz baja Monsieur Bombilla.
Resulta que entonces el agua es más barata que el aceite...
Los dos miraron al mismo tiempo la fuente que había en el centro de la plaza.
-No seamos tontos -continuó- y desayunemos de la fuente.
Y los dos avaros se dirigieron con prisa a la gran fuente y se desayunaron con agua.

Cuento popular

Fuente: Azarmedia-Costard - 020

0.120.1 anonimo (francia)

Los seis fantásticos

He aquí la historia de un hombre que fue a la guerra, luchó como un valiente, y regresó a su tierra para encontrarse con tres monedas de oro como única recom­pensa.
-¿No van a darme nada más? -pre­guntó.
-No hay más nada para dar -le respondieron los hom­bres del rey.
-Ya van a ver. Si encuentro a los sirvientes que necesito, no habrá forma de que este rey se quede con sus tesoros -gritó, alejándose con su puño en alto.
Mientras caminaba por el bosque refunfuñando bajito, se cruzó con un hombre grandote, calvo y de largos bigo­tes, que acababa de arrancar seis árboles como si fueran de cartón.
-¿Quieres venir a trabajar para mí?
-Sí, pero espérame, que debo llevarle a mi madre esta le­ña, a pesar de que sea tan poca -dijo el hombre grandote, mientras se cargaba los seis árboles al hombro. los llevó a su casa, y al regresar, marchó junto a su nuevo jefe por el cami­no.
-A nosotros dos no nos para nadie -dijo el hombre, ya un poco más contento.
Siguieron su camino y, al llegar a un monte, vieron a un cazador. Estaba con una rodilla apoyada en el suelo, apun­tando al horizonte.
-¿A qué quieres disparar? -le preguntó el hombre.
-A una mosca que hay a cuatro kilómetros de aquí, po­sada sobre una rama. Tengo que arrodillarme para disparar, porque le quiero pegar en el ojo izquierdo.
-¿Quieres venir a trabajar para mí? ¡A nosotros tres no nos pararía nadie!
El cazador aceptó eñcantado. Continuaron caminando y se cruzaron con un claro en donde siete molinos de viento giraban como locos, a pesar de que no soplaba nada de viento. Siguieron caminando, y a unos dos kilómetros de allí, se encontraron con un hombre que, desde la copa de un árbol, con un dedo se tapaba un agujero de la nariz, mien­tras soplaba por el otro.
-¡Qué manera más extraña de sonarse los mocos! -le gritó el hombre desde abajo.
-¡No me estoy sonando los mocos! Pasa que hay siete molinos de viento en aquella colina y soplo para que pue­dan moverse.
-¿Quieres venir a trabajar conmigo? -gritó entusiasma­do el hombre. ¡A nosotros cuatro no nos para nadie!
El soplador bajó del árbol y continuó camino con ellos. Al cabo de un rato se encontraron, sentado junto al camino, a un hombre que se había quitado una pierna y la sostenía a su lado.
-¿Tienes algún problema con esa pierna? -le preguntó el hombre.
-No. Es que soy corredor, y para no ir tan rápido, la tengo que dejar a un lado. Si corro con las dos, no pueden seguirme ni los pájaros.
-¡Ven conmigo, corredor! ¡A nosotros cinco no nos para nadie!
Siguieron camino los seis, hasta que, casi llegando al cas­tillo del rey, se encontraron a un hombre que caminaba con un sombrero colgado de la oreja.
-¿Es moda nueva? -le preguntó el hombre.
-Para nada. El problema es que si me pongo el sombrero en la cabeza, empezará a hacer mucho frío, y se helará todo el bosque.
-¡Por favor, ven a trabajar conmigo! ¡A nosotros seis no nos para nadie! -dijo el hombre entusiasmado. Y con sus cinco nuevos sirvientes, entró en el castillo del rey que tan mal lo había tratado después de participar en la guerra.
El rey había anunciado que daría la mano de su hija a quien ganara una carrera y, al que perdiese, le cortaría la cabeza.
Así eran las cosas en los tiempos de los cuentos de hadas.
-¡Yo acepto la apuesta! -gritó el hombre. Pero haré que uno de mis criados corra por mí.
-Está bien -contestó el rey, pero si tu criado pierde, les cortaré la cabeza a ti y a él.
La carrera consistía en llegar hasta una fuente, llenar una jarra de agua y llevársela al rey. El criado debía correr contra la hija del rey, que era la joven más rápida de todo el reino.
El corredor se puso su otra pierna. La carrera comenzó. Cuando la hija del rey no había dado ni tres pasos, el corre­dor ya estaba junto a la fuente. Mientras regresaba, vio que la hija del rey había avanzado sólo dos metros, así que de­cidió tirarse a descansar un rato, apoyan-do su cabeza en un cráneo de vaca que encontró en el camino.
Como suele suceder en estos casos, el corredor se quedó profundamente dormido. La hija del rey, al verlo así, le vol­có el agua de la jarra y continuó corriendo.
Desde la torre del castillo, el cazador vio que la hija del rey ya había llenado su jarra y se acercaba peligrosamente a la meta. Apuntó con su escopeta, y disparó al cráneo de vaca donde descansaba el corredor. El cráneo se hizo peda­zos y el corredor se despertó. En el acto se dio cuenta de que su competidora se le había adelantado y su jarra estaba va­cía otra vez. En lugar de preocuparse, se echó a reír.
-¡Voy a tener que correr en serio! -dijo. Y en el tiempo en que se tarda en pestañear, corrió hacia la fuente, llenó la jarra de agua, y se la entregó al rey, dejando a la prin­cesa cesa boquiabierta.
-Ni al rey ni a la princesa les hacía gracia que el ganador fuera un simple soldado.
-No te preocupes -le dijo el rey a su hija. Se me ha ocu­rrido una forma de deshacerme de ellos.
Diciendo que era para celebrar, el rey los invitó a todos a un banquete que se realizaría en una pequeña habitación de metal, sin ventanas, que quedaba en uno de los sótanos del castillo. El hombre y sus cinco criados, que estaban fe­lices por la victoria y muertos de hambre, entraron en la ha­bitación sin pensarlo dos veces, y comen-zaron a comer con entusiasmo.
Lo que no sabían es que la habitación en realidad era un horno gigante. El rey mandó a clausurar el cerrojo de la única puerta, e hizo encender un gran fuego debajo de la habita­ción, esperando que el suelo de hierro se pusiera al rojo.
El hombre y sus criados no tardaron en darse cuenta de la trampa.
-No se va a salir con la suya -dijo el hombre del sombrero, y se lo colocó sobre la cabeza. El frío que comenzó a hacer fue tan intenso, que enseguida se congeló la comida sobre las me­sas y el suelo se cubrió de nieve.
Cuando habían pasado algunas horas, el rey, confiado en que ya estarían achicharrados, mandó a sacarlos del horno. Al abrir la puerta, los vio azules de frío, a pesar de que de­bajo ardía un fuego poderoso como el infierno.
-¡Era hora de que nos abrieran! -dijeron los seis, tiritan­do. ¡Hacía un frío terrible ahí dentro!
El rey creyó que se había vuelto loco.
-¿No prefieres que te dé dinero en lugar de la mano de mi hija? -gritó, ya desesperado.
-Está bien -dijo el hombre. Tendrás que darme todo el dinero que pueda cargar mi criado. Volveré dentro de quin­ce días por él.
El hombre mandó a llamar a todos los sastres del país, que le construyeron el saco más grande del mundo. Quince días más tarde, regresaron al reino. El rey, que al principio se había puesto contento, al ver el tamaño del saco que car­gaba el criado se quedó blanco.
Metieron las pocas monedas de oro que habían preparado y por supuesto, no alcanzaron a llenar ni una pequeña parte del saco. El rey mandó a meter más monedas, cuadros, jarras de oro, joyas y mármoles, pero nada parecía llenarlo.
-¡Esto no es nada! -gritaba el forzudo. ¡Traigan algo que al menos me pese un poco!
El rey mandó a buscar oro por todo el reino. Se llenaron siete mil carretas, que el hombre forzudo metía en el saco, con bueyes y todo, gritando:
-¡Vamos, vamos! ¡Esto sirve sólo para llenar el fondo!
Al final ya no quedaba nada que meter. El rey le había en­tregado todo el oro del reino.
-Bueno, está bien -dijo el forzudo. Esto no es nada, pe­ro ya cerraré el saco.
Le hizo un nudo, y se lo cargó al hombro como si nada.
El hombre y sus cinco criados comenzaron a marcharse del reino. El rey, que estaba de muy mal humor, mandó a todo su ejército a detenerlos.
-¡Alto! ¡Están detenidos en nombre del rey!
-¿Detenidos, nosotros? -dijo el soplador, y tapándose un agujero de la nariz, comenzó a soplar con todas sus fuerzas. El ejército entero salió volando por el aire. Un sargento al­canzó a agarrarse de una rama, y les pidió perdón, y les dijo que tenía nueve heridas de guerra, y que era un buen hom­bre. El soplador aflojó con el soplido y le dijo al sargento:
-Dile a tu rey que nos mande más ejércitos, porque nos encanta ver a los caballos volar por el aire.
Cuando el rey oyó el mensaje, dijo, con un hilo de voz:
-Déjenlos ir. A esos seis no hay quien los pare.
Y los seis se llevaron todo el oro del reino y, cuando lle­garon a su tierra, se lo repartieron en partes iguales, y fueron felices para siempre.

Cuento popular

Fuente: Azarmedia-Costard - 020

0.118.1 anonimo (europa)

El puente del diablo

El ladrón escapaba a toda prisa por el bosque. Acababa de cometer un robo importante, y tenía tras de sí a todos los guardias del reino. Corría bastante rápido, pero a pesar de ello cientos de personas lo tenían rodeado.
Finalmente, debió detenerse frente a un caudaloso río. Era imposible nadar hasta la otra orilla, ya que la corriente lo haría desaparecer en cuestión de segundos. El ladrón se vio atrapado y, en medio de su desesperación, gritó:
-¡Que me lleve el diablo!
-Hola, amigo -escuchó que alguien le decía a sus espaldas. Se volvió y vio que quien le había hablado era un hombre pequeño de mirada profunda y largos cabellos negros.
-¡Dime qué es lo que deseas! -le dijo el hombre, sonriendo.
-No debería confiar en ti -fue lo único que se le ocurrió contestar.
-Bueno, entonces, ¡nos vemos! -exclamó el hombre, despidiéndose con la mano.
-¡No, espera! -Se escuchaban ya los caballos galopando a toda velocidad hacia el lugar. Deseo un puente que me sirva para cruzar este río.
-¿Y a cambio?
-Lo que me pidas.
El hombrecito sonrió una vez más y con un gesto de su mano hizo aparecer un hermoso puente que iba de orilla a orilla.
-Seguro que sabes lo que quiero -le dijo al ladrón, antes de dejarlo pasar.
-Lo sé -contestó el otro, y echó a correr a través del puente.
Apenas terminó de cruzarlo, la construcción y el hombrecito desaparecieron en el aire.
Pasaron los años. El ladrón vivió una vida larga y tranquila. Cuando ya fue anciano, la idea de tener que entregarle su alma al diablo lo llenó de terror.
Llamó entonces a un sacerdote y le contó todo lo sucedido.
El sacerdote, que llevaba muchos años enfrentándose a este tipo de situaciones, tuvo una idea. Se vistió como un hombre normal y se dirigió corriendo hacia la orilla del río, como si también estuviera escapando de algo.
El diablo, siempre atento, se le apareció y le hizo la misma proposición que le había hecho al ladrón. El sacerdote acep­tó, y el diablo hizo aparecer otra vez el hermoso puente.
El sacerdote comenzó a caminar sobre el puente, pero tras dar unos pasos, se dio vuelta y salpicó, con agua bendita toda la cara del diablo, quien comenzó a retorcerse y escu­pir sapos y víboras por la boca, algo que no es tan extraño cuando se es un demonio.
-¡Vete de este río, demonio apestoso! -le gritó el sacer­dote. ¡Más que apestoso, apestosísimo!
Y el demonio no tuvo más remedio que desaparecer.
El ladrón salvó su alma, y los habitantes de la zona ganaron un hermoso puente que todavía hoy puede verse atravesando el río.

Cuento tradicional

Fuente: Azarmedia-Costard - 020

0.096.1 anonimo (portugal)

El anciano ingenioso

Un sultán es un señor tremendamente po­deroso, que tiene siempre a su alrededor a mucha gente dispuesta a hacer cual­quier cosa que él diga.
Un día que un sultán había salido acompañado de su corte, vio que junto al camino un anciano plantaba una pe­queña palmera.
Como un sultán por lo general tiene bastante tiempo libre y puede hacer lo que se le dé la gana, se acercó al anciano y le dijo:
-¡Amigo anciano, estás plantando esa palmera, pero no sabes quiénes comerán su fruto! Tarda muchos años en cre­cer, y tu vida se acerca a su término.
El anciano lo miró de reojo y contestó enseguida.
-¡Oh, sultán! Plantaron y comimos. Plantemos para que coman.
El sultán se quedó sorprendido por la generosidad del hombre. Llamó a uno de los miembros de su corte y le pi­dió una bolsa con cien monedas de plata, para regalarle al anciano.
-¿Viste, sultán, qué rápido me dio frutos esta palmera? -comentó el viejo.
El sultán estaba encantado con las rápidas y sabias pala­bras del hombre de campo. Pidió otras cien monedas y se las regaló.
El anciano hizo una reverencia, y luego comentó:
-Lo más extraordinario, oh rey mío, es que una palmera sólo da un fruto al año, y la mía me ha dado dos en menos de una hora.
El sultán rió y ordenó a su comitiva seguir camino.
-¡Vámonos de aquí! -comentó entre risas, mientras se alejaba. Si nos quedamos un poco más, este buen hombre se quedará con todas mis riquezas a fuerza de ingenio.

Cuento popular

Fuente: Azarmedia-Costard - 020

0.009.1 anonimo (africa)

El padre de somasarman

Todo comenzó en la mañana en que Svbhakripana tuvo la suerte de con­seguir una olla repleta de harina de arroz. Con mucho cuidado la colgó de un clavo en la pared, al lado de su cama, de manera que al acostarse no la perdiera de vista.
Esa noche no pudo dormir, y éstos eran los pensamientos que le quitaban el sueño:
"Esa olla que me han dado está llena de harina de arroz. Si llega ahora una época de escasez de alimentos, podré ven­derla por cincuenta monedas de plata. Con esas monedas me compraré dos cabras. Las cabras crían cada seis meses, por lo que en poco tiempo tendré un rebaño. Con lo que me den por esas cabras compraré vacas. Cuando las vacas hayan parido, voy a vender las terneras. Con las vacas compraré búfalos. Con los búfalos, yeguas. Cuando las yeguas hayan tenido cría, seré dueño de muchos caballos. Vendiendo los caballos tendré gran cantidad de oro. Por el oro me darán una casa de tres pisos. Entonces vendrá a mi casa un gran señor, y me dará la mano de su hermosa hija. Ella tendrá a su vez un hi­jo, al que llamaré Somasarman. Cuando ya tenga edad como para sentarse en mis rodillas, tomaré un libro, me iré a la caba­lleriza y me sentaré a estudiar. Al verme, a mi hijo Somasarman le darán ganas de sentarse en mis rodillas. Se alejará de su ma­dre y vendrá hacia mí, pasando por al lado de los caballos. Yo, enojado, le gritaré a mi esposa: "¡Cuidado con el niño!'. Pero ella estará demasiado ocupada como para escucharme. Yo me levantaré y le daré un puntapié en las nalgas."
Tan metido estaba el hombre en sus pensamientos, que dio un puntapié y rompió la olla, quedando completamen­te cubierto por la harina de arroz.
Y entonces quedó claro que aquel que hace planes para un futuro demasiado lejano, se queda blanco como el padre de Somasarman.

Cuento popular (pachatantra)

Fuente: Azarmedia-Costard - 020

0.004.1 anonimo (india)

El alfarero más valiente de todos

Había una vez un tigre que paseaba por los alrededores de un pueblo. En medio de su caminata, se desató una terrible tormenta, que lo obligó a buscar refugio en el zaguán de la ca­sa de una señora.
La señora estaba preocupada por otras cosas. El techo de su casa esta­ba lleno de agujeros, y ella debía correr de aquí para allá moviendo muebles para que el agua no se los estropeara.
-¡Qué barbaridad, esta gotera maldita! -gritaba la po­bre señora. ¡No hay nada que pueda hacer para detener­la! ¡Por un momento parece que para... pero enseguida la tengo otra vez encima mío! ¡Es horrible, horrible...!
"¿Quién será la Gotera Maldita?", se preguntaba el tigre desde el otro lado de la pared. Los gritos de la señora y el ruido de los pesados muebles al moverse, lo hacían pensar en algún ser espantoso y peligrosísimo, llamado Gotera Maldita.
En ese mismo momento, pasó por el camino un alfarero que llevaba toda la noche buscando a su burro perdido. En la oscuridad vio que había un animal junto a la puerta de la señora, y confundiéndolo con su burro, se acercó hacia él con un garrote en alto.
-¡Estúpido animal! -le decía, mientras le daba golpes. ¡Ya estoy harto de que siempre te me escapes! ¡Te vienes ya mismo conmigo!
El tigre no podía creer lo que estaba pasando. Nunca na­die se había animado a tratarlo de esa manera a él, el más temido de todos los animales que existen.
"Ésta debe ser la famosa Gotera Maldita. No me extraña que la señora le tenga tanto miedo", pensaba, mientras el alfarero lo seguía aporreando y gritándole cosas. El hombre se subió sobre él y lo dirigió hasta su casa, dándole fuertes puntapiés. Una vez allí, lo ató del pescuezo a un poste y se fue a dormir.
A la mañana siguiente su esposa descubrió que en la puerta misma de su casa, había un tremendo tigre dormido.
-¿Sabes qué animal has traído anoche? -le preguntó a su esposo cuando despertó.
-¡Claro! ¡A ese estúpido burro!
-Ven y mira...
Cuando el alfarero vio que lo que había tratado de esa forma, la noche anterior, era un tigre, sus piernas perdieron fuerza y casi se cae al suelo del susto.
La noticia del hombre que había montado hasta su casa en tigre corrió por el pueblo con rapidez. Muy pronto todos querían verlo, hablar con él, preguntarle cosas acerca de su valentía. Se hizo tan famoso, que el rajá del país quiso cono­cerlo en persona. Se dirigió con su séquito hasta la casa, y quedó sorprendido al ver que el animal capturado era un ti­gre que llevaba años aterrorizando a la población.
El rajá estaba tan impresionado, que decidió transformar al alfarero en un noble: le dio terrenos, oro, y un ejército de caballería con diez mil soldados a su orden.
El alfarero y su mujer comenzaron a vivir entonces una vida de comodidades y lujos, hasta que un día llegó la noticia de que un país enemigo estaba a punto de invadir la región.
El rajá se dirigió a todos sus generales, ofreciéndoles el mando de los ejércitos, pero nadie quiso saber nada con se­mejante responsa-bilidad. Cuando ya no le quedaba nadie más a quien solicitárselo, se acordó de aquel valiente alfarero que había montado al tigre más peligroso del país. Se­ acercó a su casa por segunda vez y le dijo:
-Te nombro general en jefe de todos los ejércitos para defender-nos de la invasión -le dijo el rajá una vez que es­tuvo en su casa.
Al alfarero le dio vergüenza decir que no, pero para ga­nar tiempo y pensar en algo que hacer, le contestó:
-Acepto, pero necesito un día para estudiar al enemigo.
El rajá estaba encantado con su nuevo general en jefe. Apenas se quedaron solos, el alfarero le preguntó desespe­rado a su esposa:
-¿Y ahora qué hago? ¡Ni siquiera sé montar a caballo!
-Eso es lo de menos -le contestó su mujer. Mañana a primera hora buscamos un pony y vas cabalgando en él.
Pero a la mañana siguiente, antes de que el alfarero y su esposa siquiera se hubieran despertado, los sirvientes del rajá llevaron un gigantesco corcel a la puerta de la casa.
-¡Es para que dirijas el ejército esta tarde! -le dijeron.
-¡Gracias, gracias! -contestaba el alfarero, intentando que no se le notara que no podía ni tragar saliva. Ahora déjenme solo, que debo planear mi estrategia de ataque.
Una vez que estuvo solo, volvió a dirigirse desesperada­mente a su esposa.
-¿Qué hago? ¡Me da miedo acercarme a menos de dos metros de ese animal!
-No te preocupes. Tú te subes, y yo te ato bien fuerte con unas sogas. De esa manera nunca vas a caerte.
El alfarero intentó subirse de todas las formas posibles al caballo, pero siempre le pasaba algo. Primero, se enredaba en los estribos. Después, se confundía de pierna, y aparecía montado pero mirando hacia la cola del caballo. En otra oportunidad, se subió con tanta fuerza que siguió de largo y cayó del otro lado. Era un jinete desastroso.
Cuando ya estaba a punto de rendirse, sin saber cómo se vio sentado en el lomo y mirando hacia delante. La esposa sin per­der un segundo lo ató a los estribos, luego pasó una soga ente pierna y pierna por debajo y finalmente, le amarró la cintura a la cola y a la cabeza del animal. Antes de que pudiera sujetar­le las manos, el caballo se cansó de tanto movimiento y dando un relincho descomunal salió corriendo con todas sus fuerzas.
-¡Socorro! -gritaba el desdichado.
-¡Agárrate de sus crines! -le gritó la mujer. Y fue lo último que pudo decirle porque ya estaba demasiado lejos.
El alfarero le hizo caso a su mujer y se agarró lo más fuer­te que pudo de las crines del poderoso caballo. Por supues­to no tenía ni idea de cómo manejarlo, así que el animal si­guió el camino que mejor le parecía. Corrieron y corrieron durante algunas horas. Fue entonces que se dio cuenta ha­cia dónde lo estaba llevando: a toda velocidad, el corcel se dirigía hacia las mismísimas líneas enemigas.
El alfarero, muerto de miedo, vio que pasaban por debajo de una higuera y estiró los brazos para agarrarse de una de las ramas, esperando que el caballo se detuviese. Pero la fuerza del caballo era mucha, y la tierra del árbol estaba suel­ta, así que lo que logró fue arrancarlo de raíz. El pobre hom­bre se quedó sosteniendo un gran árbol sobre su cabeza.
Los soldados del enemigo no salían de su asombro. Ha­bían contemplado al hombre solo, dirigiéndose hacia ellos a toda velocidad. Lo habían visto arrancar un árbol de raíz y luego blandirlo como un garrote.
-¡Dios mío! -dijeron. ¡Si así es el primero que man­dan... cómo será el ejército entero!
Y todos comenzaron a escapar, presas del pánico.
El rajá enemigo, al ver que todos sus soldados se disper­saban, escribió una carta de rendición, la dejó sobre su es­critorio, y también se marchó.
Para cuando el alfarero llegó al campamento enemigo, ya estaba completamente vacío. El caballo, cansado de tanto correr, se quedó quieto. El alfarero se desató de las sogas y desmontó con un gran suspiro de alivio. Caminó un poco por el campamento, y al entrar en la tienda real, se encon­tró con la carta del rajá.
Volvió hasta su casa tirando al caballo por la brida, porque no quería subirse a una de esas bestias nunca más en su vida.
Una vez en su casa, le dijo a su mujer:
-Hazme el favor de llevarle esta carta y regresarle este ca­ballo al rajá. Dile que yo mañana iré a visitarlo, pero que esta noche no quiero saber nada más ni con animales ni con reyes.
Al día siguiente, el alfarero llegó a pie hasta el palacio del rajá. La gente que lo veía pasar, comentaba:
-¡Qué hombre tan humilde! Acabó con un ejército com­pleto, y después de semejante hazaña, llega caminando al palacio, en lugar de hacerlo a caballo y con fanfarrias, co­mo haría cualquier otro.
El alfarero fue recibido con los honores de un gran héroe. Todavía hoy se lo recuerda como el increíble hombre que cabalgó valientemente sobre un tigre y que sin ayu­da de nadie destruyó a todo un ejército invasor.

Cuento tradicional

Fuente: Azarmedia-Costard - 020

0.004.1 anonimo (india)


Juan soldado .020

Juan Soldado trabajó al servicio del rey durante veinticuatro años, y al retirar­se, no le dieron más que un pedazo de pan y seis monedas.
"¡En fin! -se dijo Juan Soldado, a alguien a quien en recompensa por sus servicios sólo le dan un pedazo de pan y seis monedas, es muy difícil que le pase nada peor".
Y fue así que comenzó a recorrer los caminos.
En el medio del bosque Juan Soldado se detuvo a des­cansar, y al instante se dio cuenta de que, sentados a po­cos metros de él, estaban Jesús y San Pedro.
San Pedro comentó algo en voz baja con Jesús, se puso de pie y se acercó a Juan Soldado.
-Hermano, ¿tienes algo de comer para mi maestro y pa­ra mí?
-Mira, después de trabajar veinticuatro años para el rey, sólo tengo este pedazo de pan y seis monedas, por lo que me da igual compartirlo con quien quiera.
-Partió el peda­zo de pan en tres, y le dio dos pedazos a San Pedro.
Comieron, y poco tiempo después, San Pedro volvió a acercarse a Juan Soldado.
-Hermano, ¿tienes algo de dinero para compartir con mi maestro y conmigo?
-Mira, todo lo que he recibido en recompensa del rey ha sido un pedazo de pan y seis monedas, así que me da igual compartirlo con quien quiera.
-Y le dio cuatro monedas a San Pedro.
Entonces se acercó Jesús, y le dijo:
-A cambio de tu generosidad, puedo darte cualquier cosa que quieras.
-Ya que mi única recompensa ha sido un pan y seis mo­nedas, te pediré lo que realmente más quiero: una bolsa en la que entre todo lo que yo pida.
Jesús se descolgó su propia bolsa, se la entregó a)uan Soldado, y continuó su camino.
Juan Soldado llegó entonces a un pueblo y se detuvo fren­te a una panadería con enormes pasteles y gran cantidad de longanizas.
-¡A mi bolsa! -les gritó Juan Soldado, que tenía muchí­sima hambre. Los pasteles y las longanizas flotaron en el aire, giraron como enloquecidos, y entraron directamente en la bolsa de Juan Soldado.
Con el estómago contento, se diri­gió hacia la casa del alcalde.
-Señor alcalde -le dijo, tras tra­bajar veinticuatro años para el rey, todo lo que he recibido es un pedazo de pan y seis monedas. Sé que a los soldados retirados se nos debe ofre­cer alojamiento por ley: todo lo que le pido es un lugar donde pasar la noche.
-Hay una casa amplia y hermosa -le contestó el alcalde, pero nadie la ha querido, ya que vive allí un hombre que fue condenado por Satán a recorrer sus habitaciones eternamente.
-A alguien que todo lo que ha recibido es un pedazo de pan y seis monedas es muy difícil que nada pueda asustar­lo más -dijo Juan Soldado.
La casa era, en efecto, muy hermosa. Juan Soldado no tar­dó en tirarse a descansar.
De pronto, se escuchó una voz que venía desde la chimenea.
-¿Le parece bien si caigo?
-Haga lo que quiera -contestó Juan Soldado, sin prestar atención.
Cayó entonces una pierna sola, sin cuerpo al que estu­viera pegado.
Minutos después volvió a escucharse:
-¿Le parece bien si caigo?
-Por mí no se preocupe -le contestó Juan Soldado.
Cayó entonces un brazo.
Y así, de a tandas, fue cayendo el cuerpo entero del fan­tasma condenado que habitaba la casa.
El fantasma colocó todas sus piezas en su lugar y se pu­so de pie.
-Juan Soldado, no has tenido miedo de mí...
-Alguien que sólo recibe en recompensa por veinticuatro años de servicio un pedazo de pan y seis monedas no se asusta de mucho.
-Debo pedirte un favor entonces... debajo de una bal­dosa que hay en el sótano de esta casa, he escondido tres bolsas. Una está llena de monedas de cobre, que debes repartir entre los pobres. Otra está llena de monedas de plata, que debes utilizar para que se rece por mi alma. Y la última está repleta de monedas de oro, que será para ti si haces lo que te pido.
Juan Soldado no tuvo ningún problema en cumplir con lo que el fantasma le pedía. A los pocos días el alma del condenado fue salvada, y Juan Soldado se convirtió en un hombre bastante rico.
Pero el que no estaba nada contento era Satán, que ha­bía perdido un alma de su colección. Una tarde, que Juan Soldado se dedicaba tranquilamente a regar sus plantas, se hizo un enorme agujero en el medio de su patio, y apareció el mismísimo Satán, que estaba hecho una furia.
-¡Juan Soldado! ¿Con qué derecho me arrebatas un al­ma condenada?
-Con el derecho que me da haber trabajado veinticuatro años para el rey, y haber recibido sólo un trozo de pan y seis monedas.
-¡Eso no explica nada! -gritó Lucifer. Deberás venir conmigo a cambio del alma que me robaste.
-Por mí no hay problema -contestó Juan Soldado, pero antes deberás esperar que vaya a buscar mi bolsa. Nunca voy a ningún lado sin ella.
Lucifer se lo permitió y, en minutos, apareció Juan Solda­do con su bolsa.
-¡Deberías saber, Lucifer, que alguien que sólo recibió un pedazo de pan y seis monedas como recompensa, una cara tan fea como la tuya no puede asustarlo! ¡A mi bolsa, Satanás!
Satán empezó a dar vueltas en el aire y a bailar como un trompo, y por más que luchaba y forcejeaba, no pudo ha­cer nada para escaparse de la bolsa.
Así fue que Juan Soldado se salvó del infierno.
Muchos años después, a Juan Soldado le llegó el día en que debió pararse frente a las puertas del cielo.
-¡Buenas tardes, don San Pedro, aquí llega Juan Soldado!
-¡Un momento, hijo mío! No puedes entrar como si ésta fue­ra tu casa. Antes debes demostrarme que mereces el paraíso.
-¿Que si lo merezco? ¡Trabajé para el rey durante veinti­cuatro años y todo lo que recibí fue un pedazo de pan y seis monedas!
-Eso no es suficiente.
-Es una pena que lo crea así, don San Pedro. Para mí es todo lo que hace falta saber.
-Deberás volver abajo, hijo mío -le dijo San Pedro, con pena.
-Y usted deberá perdonarme lo que estoy por hacer -contestó Juan Soldado, mientras abría su bolsa. ¡Aden­tro, San Pedro, adentro!
Y San Pedro giró en el aire como un hojita y cayó dentro de la bolsa mágica de Juan Soldado.
-¡Piensa lo que haces! ¡Si no estoy en la puerta, podrá entrar en el Paraíso cualquiera a quien se le ocurra! -gritó San Pedro.
-¡Pero si eso es lo que yo quería, precisamente! -gritó Juan Soldado, y atravesó las puertas del cielo. Y pasó.

Cuento tradicional

Fuente: Azarmedia-Costard - 020

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