Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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viernes, 25 de mayo de 2012

El destino (1)

Érase una vez una familia. El hombre, que era el jefe de la ciudad, se había quedado viudo y tenía un hijo que era un joven muy trabajador y muy bien parecido. Decidió volverse a casar, con una muchacha joven y bella.
La madrastra se enamoró en seguida del muchacho, pero éste no le hacía el menor caso. El padre, debido a su trabajo, pasaba una noche en casa y otra fuera. La noche en que es­taba fuera, el muchacho se sentía como en una cárcel.
La madrastra sentía por el muchacho a la vez amor y odio e intentaba conquistarlo por todos los medios sin ningún re­sultado. Aprovechando una ausencia de su marido se propu­so seducirlo y le incitó para que hiciesen el amor juntos. El muchacho la rechazó sin reparos y ella, furiosa, se abalanzó sobre él cuando intentaba huir. Al cogerle de la camisa para retenerlo le arrancó un trozo de tela.
El chico logró escapar, rompiendo la puerta en su inten­to. Fue a refugiarse en casa de un amigo, a quien le contó el hecho tan desa-gradable que acababa de ocurrirle.
Al regresar el padre a su casa, la madrastra le explicó que su hijo había querido violarla y que ella había tenido que de­fenderse con todas sus fuerzas. El padre, ciego de ira, llamó a todos los mandatarios de la comarca y les dijo:
-Mi hijo ha cometido una acción infame, un hecho re­pugnante. Ha manchado mi nombre y eso merece un castigo. Tenemos que encontrarlo.
-Tienes razón, te ayudaremos a encontrarlo y vengare­mos la ofensa que te ha hecho -asintieron sus amigos.
La noticia fue corriendo y llegó a oídos del hijo, quien creyó que la única manera de conseguir el perdón de su padre era presentarse ante él y explicarle lo sucedido. Su amigo intentó por todos los medios disuadirle:
-No vayas, tu padre está muy enfadado y no querrá es­cucharte. Te matará antes de que hayas podido contarle nada.
-No me queda más remedio. Si de veras me quiere, me escuchará, estoy seguro, y me perdonará.
Y seguidamente partió al encuentro de su padre. Al en­contrarlo le dijo:
-Padre, sé que te han envenenado contándote que yo cometí una acción infáme, pero no es verdad. Si quieres de­mostrar la inocencia de tu hijo, si lo quieres de verdad, debe­mos ir ante un juez. Proba-blemente él nos solucio-nará este problema.
El padre, lleno de tristeza, escuchó atentamente aquellas palabras y, tras unos momentos de reflexión, contestó:
-No hay ningún problema si de veras sirve de algo.
Y se fueron los dos en busca de un juez.
Al encontrarlo le explicaron toda la historia y, al concluir, éste les dijo, después de haber meditado un rato sobre ello:
-La cuestión es muy simple. Si de veras el chico quiso violar a su madrastra, se puede demostrar. Quiero saber si el pedazo de camisa arrancado pertenece a la parte delantera o a la parte de atrás.
Mandó traer el trozo de tela que aún estaba en poder de la ma-drastra, quien lo entregó convencida de que sería la prueba definitiva para condenar al muchacho.
El juez lo examinó con atención y le dijo al padre:
-Señor, su hijo es inocente. Este pedazo de ropa perte­nece a la parte trasera de la camisa, y esto demuestra que se la rompieron cuando intentaba huir. Si por el contrario la ca­misa estuviese rota por delante, podríamos creer que era el muchacho quien atacaba a su madrastra. Su hijo es inocente porque huía de la mujer.
Tras escuchar el veredicto del juez, el padre abrazó a su hijo llorando y, pidiéndole perdón, le dijo:
-Hijo, no sé cómo he podido pensar que eras capaz de hacer una acción semejante. Me cegaron los celos y me dejé engañar por mi mujer. Perdóname.
-Yo sólo quería demostrar la verdad. Te quiero mucho, padre, por ello es muy importante que entre nosotros reine la paz y que tú estés orgulloso del hijo que lleva tu nombre.
El padre, después de recibir el perdón de su hijo, le pro­puso llevarlo delante del consejo para que viesen que era ino­cente y que volviese a la jaima para seguir viviendo juntos, pero el chico no aceptó:
-Padre, yo deseo irme muy lejos, donde el nombre que llevo sea desconocido, para que no lo vuelva a manchar.
El padre insistió:
-No es necesario, hijo, todo el mundo sabe que eres ino­cente. Quiero que permanezcas conmigo. No aumentes mi pena con tu marcha.
El muchacho le explicó a su padre que era preciso que se marchara, así podría conocer mundo y hacer una nueva vida.
El padre, tras esas palabras de su hijo, llenas de cariño, accedió a su petición, le preparó caballos y comida y se des­pidieron.
El chico estuvo cabalgando días y días sin rumbo fijo. Un día, cuando ya sólo le quedaba un mendrugo de pan seco y muy poca agua, se sentó para comer y descansar un poco. Al poco rato llegaron dos personas y le dijeron que él era quien debía invitarlos, pues había llegado el primero y así se debía actuar según la tradición.
-De acuerdo -dijo el joven-, lo que tengo nos lo re­partiremos entre los tres.
Comieron y bebieron de lo que él tenía. Mientras, les contó su historia y el porqué estaba allí. Como el nombre de su pa­dre era muy famoso, se quedaron extrañados de lo ocurrido y le invitaron a seguir el viaje en su compañía.
Siguieroñ cabalgando y vieron una casa, último vestigio de una ciudad que había sido asolada por un terremoto. Todos los habitantes habían muerto, excepto dos hermanas que vi­vían en la casa. La mayor llevaba luto y estaba siempre encerrada en su habitación, mientras que la pequeña miraba siempre por la ventana.
Al ver llegar a los tres jinetes avisó a su hermana y ésta le dijo:
-No es posible. ¿Quién quieres que venga a este lugar?
La pequeña insisitió en que fuese a mirar por la ventana y, al asomarse, vio, en efecto, aproximarse a los tres jinetes. Los recibie-ron con todos los honores y los acogieron durante tres días y tres noches, como manda la hospitalidad de los pue­blos árabes.
Pasados los tres días, las muchachas les pidieron que se quedasen a vivir con ellas. Pero había un problema: los amigos eran tres y las muchachas sólo dos. El muchacho les pregun­tó si conocían el nombre de su padre y, al responder afirmati­vamente, decidió que debía seguir su camino para cumplir la promesa que le había hecho.
Sus dos amigos se casaron con las hermanas y todos jun­tos celebraron el acontecimiento.
Al despedirse, la hermana mayor le entregó un anillo y le dijo:
-Siempre que quieras ver cumplidos tus deseos, debes darle la vuelta.
La más joven le prometió:
-Yo no te voy a dar nada, pero cuando te encuentres en un gran apuro, acudiré en tu ayuda.
Reanudó su viaje y tras unos días de camino encontró a un pastor que cuidaba un rebaño de cabras. Quiso saber a quién pertenecía y él le contestó:
-Es propiedad de una chica que tiene cuatro hermanos y dicen que quien se case con ella volverá a ser joven.
El muchacho se mostró incrédulo y le preguntó:
-¿Dónde vive esa chica? ¿Y sus hermanos qué hacen?
-Vive en aquella casa que se divisa a lo lejos. Ella siem­pre se queda en la casa, pero sus hermanos salen a combatir. Cada día se enfrentan a cien hombres, los matan a todos y vuelven victoriosos al anochecer.
-¿Por dónde se llega hasta la casa? -continuó pregun­tando.
-Es aconsejable que no vayas porque la chica tiene mie­do a sus hermanos y no te dejará entrar. Y si ellos te ven te matarán.
El muchacho volvió a insistir hasta que el pastor le indicó el camino.
Aquella noche se quedó acampado en las cercanías con la intención de visitar a la muchacha al día siguiente.
La chica tenía un libro muy antiguo, heredado de sus an­tepasa-dos, lleno de historias. En una de ellas aparecía su propio nombre y la historia de su vida junto al nombre y la historia del hombre con el que se casaría.
Cuando vio por la ventana que un desconocido se acer­caba a su casa, le gritó enfadada:
-¿Quién eres? ¿Qué quieres viniendo aquí?
El chico le dijo su nombre y que quería hospedarse aque­lla noche en su casa. Ella le contestó que era imposible y que se marchase. Pero al dar la vuelta para entrar, recordó de re­pente el nombre del chico y optó, a pesar del miedo que le inspiraban sus hermanos, por dejarlo pasar la noche en su casa.
Al regresar los hermanos de su feroz lucha, vieron en la cuadra un caballo y una silla de montar. Entraron apresura­damente a ver qué ocurría. La hermana les contó que tenía un huésped esa noche y que venía de muy lejos. Ciegos de ira, encerraron al muchacho en una habitación oscura y re­prendieron a la chica, diciéndole que no podía dejar entrar a nadie, que ya se lo habían dicho muchas veces.
Cuando sus hermanos estuvieron dormidos fue a ver al prisionero y le preguntó:
-¿Cómo estás?
-Yo muy bien. Hasta ahora nunca había encontrado una familia que tratase de este modo a sus huéspedes. Para te­nerme encarcelado hubiese sido mejor que no me ofrecieses tu hospitalidad.
La chica, afectada por las palabras del muchacho, fue a ver a sus hermanos y les recriminó su forma de actuar, dicién­doles que era una vergüenza tratar a los huéspedes de aquel modo.
Se convencieron y dejaron al hombre en libertad. Le pi­dieron disculpas y le invitaron a sentarse y a compartir la conversación con ellos. Quedaron todos sorprendidos por la profundidad y la importancia de todo lo que decía.
Permaneció en la casa algunos días más, pues la chica le había dicho que no podía partir hasta que ella se lo dijera. Mientras, los hermanos seguían luchando durante el día y vol­viendo a reponer fuerzas por la noche.
Una mañana el chico quería acompañarlos, pero el her­mano mayor objetó:
-Si tú vienes, tendremos que luchar contra quinientos hombres en vez de cuatrocientos.
La chica intercedió en su favor, diciendo que sólo las mu­jeres permanecían en casa, y así, de paso, podría saber si era valiente su futuro marido, tal como predecían las historias es­critas.
Tras unos momentos de vacilación, los hermanos opta­ron por llevarlo con ellos y partieron juntos a pelear.
Nada más llegar al campo de batalla vieron que, en efec­to, aquel día había quinientos hombres armados.
Cuando los vio, dijo a los hermanos de la chica:
-Dejadme a mí, yo solo lucharé contra ellos.
-Son muchos, no podemos permitirlo -le contestaron.
Insistió tanto, que llegó a convencerlos y accedieron no sin sentir temor. Pero muy pronto se tranquilizaron al ver que iba ganando terreno a sus adversarios y los vencía uno tras otro, hasta acabar con todos.
Uno de los hermanos regresó a la casa. La chica, al verlo, le riñó:
-Eres un cobarde. Has dejado a tus hermanos y a nues­tro hués-ped solos ante el enemigo. ¡Quizá hayan muerto!
Él, sonriendo, le contestó:
-No es cierto. Hoy, nosotros no hemos luchado. Al lle­gar al campo de batalla, nuestro huésped insistió en luchar solo contra el enemigo, y la batalla está finalizando a su favor.
Estuvo luchando hasta que no quedó ni uno vivo y regre­só donde estaban sus amigos sentados, contemplando el combate:
-Buena batalla hemos visto hoy. No sabíamos que fue­ses tan buen guerrero. Volvamos ya.
-No voy a regresar aún. Permaneceré un rato aquí y ven­dré más tarde.
Cuando llegaron solos, la hermana los reprendió muy en­fadada:
-¿Qué le ha ocurrido a nuestro huésped? ¿Cómo no vie­ne con vosostros?
Aceptó la explicación algo recelosa y empezó a preparar la comida.
Una vez solo, el muchacho apoyó su espalda sobre una roca y se quedó pensativo mirando los cadáveres esparcidos aquí y allá. De repente surgió de entre ellos un viejo con una larga barba blanca, que pasando entre ellos hacía que se le­vantaran, arreglaran sus vestiduras y se prepararan para par­tir de nuevo.
Se dirigió rápido hacia él, le llamó y le preguntó:
-¿Qué es lo que haces?
-Les doy a beber un agua que hace resucitar a los muertos.
Comprendió inmediatamente por qué sus amigos lucha­ban día tras día con el mismo número de hombres, entendió de dónde sacaba el enemigo tantos guerreros.
Mató al viejo y a todos los que ya habían vuelto a la vida y pensó: «Ahora sí que se acabó definitivamente.»
Regresó a la vivienda donde le esperaban sus amigos, con­versaron, comieron y se retiraron a dormir.
Al día siguiente los hermanos se levantaron temprano y se prepararon como de costumbre. Cuando llegaron al cam­po de batalla, lo encontraron lleno de cadáveres. Esperaron un buen rato, pero nadie se presentó para combatir aquel día.
Decidieron volverse a casa. La hermana, sorprendida de verlos llegar tan pronto, les preguntó la causa. Ellos le conta­ron lo que habían visto y le pidieron a su huésped si sabía algo de lo ocurrido. Éste les contó toda la historia del viejo y de los soldados que resucitaban y volvían a enfrentarse al día si­guiente con ellos.
Junto a un sentimiento de admiración se despertó un sen­timiento de envidia hacia este muchacho tan valiente.
La chica estaba cada día más interesada en él, hasta que un día le dijo que quería casarse, pero el muchacho le res­pondió que no podía ser a causa de la envidia de sus herma­nos. Ella insistió, porque se acordaba de la historia que había visto escrita y creía que podría convencerlos.
Les expuso sus intenciones y, tal como pensaba, le con­testaron que no lo aprobarían nunca. No insistió y se retiró ciega de ira. Por la noche, cuando todos dormían, se levantó y los mató con su propia espada.
Al día siguiente le contó al muchacho lo ocurrido, dicién­dole que no tenía otra opción porque no habían tenido en cuenta sus sentimientos hacia él.
Éste, aterrorizado, montó en cólera, la riñó muchísimo y se dispuso a marcharse. Pero ella lo retuvo, convenciéndole de que no podía haber hecho otra cosa porque estaba escrito que ellos dos tenían que casarse. Y le mostró el libro con las historias escritas.
Ya que lo hecho hecho está y nadie puede cambiar el rum­bo de la vida, aceptó a regañadientes.
Se casaron y vivieron felices mucho tiempo. Él se dedica­ba a la caza y ella al hogar. Pero el rey de aquel lugar, que siempre se había interesado por aquella muchacha tan her­mosa y nunca se había atrevido a acercarse a ella por miedo a los hermanos, cuando se enteró de que éstos habían muer­to decidió conquistar a la chica.
Se enteró de que su marido dedicaba todo el día a cazar y que podía ser fácil quitarlo de en medio. Envió unos solda­dos para asesinarlo, pero el muchacho los ganó y, en vez de matarlos, les fue cortando a uno la nariz, a otro la lengua, a otro un brazo... y los mandó volver a su señor. Éste insistió, mandándole un grupo más numeroso de soldados, a los que también derrotó.
La mujer estaba muy inquieta por estos hechos. Un día, antes de que su marido abandonase la casa, vio por la venta­na a numerosos soldados que la estaban rodeando. Éstos le gritaron que venían a llevárselo por orden del rey para ir a la guerra.
Él se puso a reír, salió, los mató a todos menos a uno, a quien envió al rey para que le contara lo ocurrido. Después salió tranquilamente a cazar como cada día.
El rey, cada vez más furioso, no sabía qué hacer, hasta que se le ocurrió consultar a una vieja. Le explicó sus planes y ella le dijo que no mandase más soldados a morir, que los reservase para cuando fueran necesarios. Tenía un plan me­jor, bien estudiado, que ella misma llevaría a cabo. Le pidió solamente dos hombres, unas cuantas joyas y que tuviera paciencia.
Esperó a que el marido saliera a cazar y aprovechó para hacerle una visita a la mujer y enseñarle las joyas que traía. Ella, como nunca recibía visitas, la dejó pasar sin recelar nada y quedó entusiasmada con las joyas que le ofrecía la vieja. Esta le explicó que vivía allí cerca y que se ganaba la vida ven­diendo joyas a las señoras. También le preguntó a qué se de­dicaban ella y su marido, con el fin de ganarse su confianza.
Volvió al día siguiente y también al otro, siempre aprove­chando las ausencias del marido. Hablaban y hablaban y em­pezaron a hacer-se confiden-cias. La vieja le sugirió que debería conocer mejor a su marido, que podían explicarse secretos mutuamente. La muchacha pensó que tenía razón, puesto que, aunque eran muy felices, no llevaban mucho tiempo ca­sados y se conocían poco.
Por la noche le dijo:
-Creo que deberíamos saber más cosas el uno del otro. Podríamos contarnos nuestros secretos. Primero empiezo yo y luego sigues tú.
La mujer empezó a hacerle confidencias y el hombre le explicó:
-A mí, lo que más me horroriza es perder un sequin [1] que llevo escondido en la espalda, que me da toda la fuer­za que tengo. Si llegara a ocurrir eso me quedaría inmóvil hasta morir.
Continuaron hablando y le explicó que también tenía un anillo que al darle la vuelta hacía que se cumpliesen todos sus deseos.
Cierto día, mientras limpiaba una gacela en el río, se dio cuenta de que había perdido el anillo. Pero no le dio dema­siada importancia.
Mientras tanto, las visitas de la vieja continuaban y la con­fianza entre las dos mujeres aumentaba. Un buen día le pre­guntó:
-¿Tu marido trae siempre alguna pieza cuando sale a cazar?
-Algunas veces sí y otras no. Depende de lo que encuen­tre o pueda coger -respondió.
La vieja permaneció silenciosa un rato y añadió que ella sabía que los días que no traía nada visitaba a una mujer muy bella que vivía en las cercanías. Añadió que no pretendía sem­brar la discordia entre ellos, sino que viviesen más felices y si le decía aquello era para que no se dejase engañar por él.
La mujer se quedó muy inquieta y empezó a sentir celos.
Al día siguiente la vieja, que ya sabía que el marido había perdido su anillo, le preguntó a la chica si sabía dónde estaba éste. Al responderle negativa-mente, añadió:
-Se lo ha regalado a esa hermosa mujer que visita. Si quieres yo puedo exorcizarlo para que deje de quererla y vuel­va a ti.
Muy preocupada y triste, la mujer aceptó la propuesta de la vieja, quien empezó a darle instrucciones:
-Debemos esperar a que duerma profundamente para quitarle el sequin, y cuando esté inmóvil, cerraremos bien puer­tas y ventanas. Me dejas sola en la habitación con él, quema­ré incienso y leeré algo para librarlo del hechizo de esa mujer.
La muchacha aceptó encantada.
Esperó impaciente el regreso de su marido. Por la noche cuando dormía le quitó el sequin y al acto su marido quedó sin sentido, completamente inmóvil. Llamó a la vieja y le dijo:
-Aquí está mi marido. Confío en ti para que lo libres de su mal.
La vieja hizo lo que habían acordado y salió de la habitación. Le comentó a la mujer, que esperaba impaciente, que no debía entrar, pues todavía tenían que salir los males del cuerpo de su marido. Ella así lo hizo, esperando su prontacuración.
Se marchó la vieja llevando consigo el sequin que le ha­bía quitado al hombre y lo entregó a uno de los soldados que aguardaban escondidos junto al camino. Al pasar junto al mar lo tiró al fondo y quedó clavado en una roca.
La vieja se fue a ver al rey y le explicó que el hombre a quien temía yacía indefenso en su cama. Era el momento de mandar a alguien a buscar a la mujer deseada.
Ordenó a unos hombres que la trajesen inmediatamente y anunció a las gentes de la comarca que se casaría en segui­da con ella, pues, según la leyenda, quería volverse joven.
La mujer, al conocer las intenciones del rey, le dijo que no era posible, que debía guardar luto por la muerte de su mari­do y que habría que aplazar la boda. Al rey no le quedó más remedio que aceptar y dijo a todo el mundo que al cabo de tres meses se casarían.
Mientras tanto, el marido, que seguía inmóvil en su cama, vio cómo llegaban los amigos que había dejado en la ciudad destruida con sus respectivas mujeres. Aparecieron cuando se encontraba en apuros, tal como le había prometido la her­mana menor. Éste se tiró al fondo del mar, recogió el sequin y se lo volvió a colocar en la espalda.
Se recuperó, preguntó qué había ocurrido y dónde esta­ba su mujer. Sus amigos le informaron de todo y decidió ir a buscarla. Recogió sus vestidos y sus joyas y dejó a sus ami­gos la casa y todo lo que en ella había.
Partió hacia la ciudad y al llegar cerca se disfrazó con las ropas de su esposa para poder buscarla mejor.
Deambulando por las calles encontró a una mujer muy po­bre rodeada de sus hijos. Estaba preparando la cena, como cada día, en una cacerola con agua puesta al fuego sobre pie­dras. Al preguntarle por qué lo hacía, ella le respondió que era para entretener el hambre de sus niños, a quienes decía:
-Dormid, niños, que pronto estará preparada la cena.
Apenado, se fue a comprar alimentos y ropa para esa fa­milia tan pobre y se hizo amigo de ella. Se quedó con ellos un tiempo y un día les contó su historia. La mujer le dijo que su esposa estaba en casa del rey, sin poder salir porque esta­ba de luto y sin poder hablar más que con mujeres.
Elaboraron un plan para visitarla:
-Yo he traído conmigo las ropas y las joyas de mi espo­sa. Tú intentarás entrar en la casa del rey con la intención de vendérselas a su futura esposa. Aunque al principio descon­fíe, quizá llegue a acceder para contentarla.
Así lo hicieron. La mujer pobre llegó hasta la puerta y ha­bló con los guardianes para que la dejasen pasar. Estos fueron a consultarlo con el rey y, mientras tanto, su futura esposa, que ya se había enterado de la presencia de aquella mujer, mandó llamarla.
Una vez estuvo ante su presencia le contó toda la historia de su marido y que estaba allí, muy cerca, para liberarla en el momento oportuno. Acordaron que al día siguiente ven­drían los dos, con muchos vestidos y joyas para escoger los más apropiados para la ceremonia.
Cuando estuvieron juntos, la mujer se mostró muy emo­cionada y feliz. Le pidió que perdonase su debilidad al creer las patrañas de aquella vieja y confiar en ella, pues su única intención era recuperar su amor y así vivir juntos y felices.
El marido la perdonó de todo corazón y le dijo que a par­tir de los errores se podía aprender y empezar de nuevo. Y se dispusieron a planearlo todo para salir de la situación en la que se encontraban.
Como faltaba poco tiempo para que se acabase el luto y se celebrase la boda, fueron cada día a ver a la mujer para prepararle un bonito ajuar, a lo que el rey no se opuso.
El día señalado, la muchacha, después de la ceremonia, se retiró a sus habitaciones, en las que le estaba aguardando su marido.
La fiesta fue un gran acontecimiento. Todo el mundo co­mió y bailó hasta muy tarde. El rey se había casado por fin con la muchacha y recuperaría su juventud.
Cuando fue al encuentro de su esposa, el marido, que le esperaba escondido, lo mató. Le cortó la cabeza y lo enterró.
Pasaron juntos la noche y al día siguiente se vistió con las ropas del rey y se presentó ante su gente. Todos creyeron que se había cumplido la leyenda.
Juntos gobernaron aquel país durante muchos años, con gran sabiduría y justicia. Fueron muy felices y tuvieron mu­chos hijos.

051 Anónimo (saharaui)

[1] Sequin: Cuchillo pequeño.

El chacal y shertat

Había una vez dos jinetes que se pararon a descansar y almorzaron bajo la sombra de una talja. Cuando terminaron reemprendieron su camino, pero uno de ellos olvidó su de­rrah muy bien doblada bajo la talja.
Acertó a pasar por allí un chacal y se acercó a ver qué era aquel bulto misterioso. Lo observó con curiosidad, lo cogió cautelosamente y empezó a desdoblarlo. Cuando vio que era una derrah, decidió llevarla consigo y siguió su camino.
Al poco de andar se tropezó con Shertat [1], que llevaba arras­trando un cordero muy grande, que acababa de robar, con la intención de comérselo.
Empezaron a saludarse:
-¡Hola! ¿Cómo estás?
-¡Bien! ¿Cómo te ha ido?
En seguida, Shertat vio el paquete que el chacal llevaba bajo el brazo y, no pudiendo contener su curiosidad, le pre­guntó:
-¿Qué es lo que llevas ahi?
-No, no es nada importante. Pero no puedo decirte qué es.
Shertat, cada vez más intrigado, siguió probando:
-Pues si no es nada importante, dime lo que es.
-Simplemente es una derrah.
-¿Y para qué quieres tú una derrah?
-Eso no te lo puedo decir. Es un secreto de familia. Nues­tro abuelo la dejó a nuestro padre y él nos la ha dejado a no­sotros. Tiene algunos poderes secretos. Como ve, es una he­rencia muy antigua y procede de un país muy lejano.
La curiosidad de Shertat por conocer el secreto de la derrah iba en aumento y continuó insistiendo ante el chacal para que se lo revelara. Al fin, éste accedió:
-Voy a decirte para qué sirve, pero con la condición de que no me la pidas ni quieras comprármela.
-De acuerdo, sólo quiero saber su secreto.
-Esta derrah, cuando alguien se la pone, puede correr y correr, hasta que se le sequen los ojos [2]. Y, cuando ya está muy cansado, puede pedir cualquier cosa. En un instan­te se le aparece allí mismo lo que ha pedido.
En ese momento el interés de Shertat por la derrah no te­nía límites.
-Me la tienes que vender, te pagaré lo que sea, pero tie­ne que ser mía.
-Ya te he dicho que no lo haría.
-Te pagaré lo que quieras.
-Te he dicho que no quería venderla.
Y siguieron así un buen rato, hasta que al final el chacal le dijo:
-Mira, te la voy a vender, pero con una condición: me la tienes que pagar al contado, no pienso fiarte.
-¿Y cuánto pides?
-Quiero doscientos camellos.
-¿Doscientos camellos?... Es que... ahora mismo no los tengo. Acepta esta oveja y luego te pagaré el resto.
-No puedo aceptar, te dije al contado.
-Venga, acéptame la oveja y luego te daré los camellos.
Por fin, accedió el chacal a darle la derrah a cambio de la oveja. Cuando cada cual tuvo lo que quería, empezaron a correr en direcciones opuestas tan rápido como podían, por si acaso el otro se arrepentía del trato hecho.
El chacal llegó cerca de un uad y se dispuso a darse un buen festín con el cordero.
Shertat corrió y corrió hasta que se creyó seguro. Y con gran intriga se puso la derrah. Empezó a correr de nuevo has­ta tener los ojos secos. Cuando no pudo dar ni un paso más, se paró y dijo:
-Doscientos camellos.
Y no apareció nada.
-Será que no he corrido bastante -se dijo.
Empezó de nuevo a correr hasta agotarse y pidió:
-Cien caballos.
Tampoco esta vez ocurrió nada.
-Será porque no he corrido aún lo suficiente.
Y volvió a reanudar su carrera hasta que se paró para pedir:
-Quince caballos.
Y nada.
Casi sin aliento, arrastrándose, y con un hilo de voz dijo:
-Mi cordero...
«...tengo que correr aún más», pensó.

051 Anónimo (saharaui)

[1] Shertart es el protagonista de numerosos cuentos cortos y gracio-sos, típicamente saharauis.
[2] Expresión que significa «correr hasta quedar exhausto».

El ciego y el cojo

Una vez, el cojo dijo al ciego:
-Vámonos a robar.
Le contestó el ciego:
-¿Cómo vamos a hacerlo?
-Cogemos un cesto y nos vamos a una palmera a robar dátiles. Yo te acompañaré hasta el pie de la misma, me subi­ré arriba, cogeré el racimo y lo sacudiré para que los dátiles caigan en el cesto. Cuando esté lleno me avisas, bajo corrien­do y nos vamos a hartarnos de dulces dátiles.
El ciego asintió, pensando que era un magnífico plan.
Llegaron junto a la palmera elegida y en el momento en que el cojo iba a coger el racimo de dátiles, resbaló y cayó en el cesto. El ciego lo cogió y dijo:
-¡Basta, basta! ¡Vámonos rápido!
Y se fue cargando con el cesto.


051 Anónimo (saharaui)

El águila y el erizo

El águila y el erizo iban a hacer una carrera y el águila dijo:
-Erizo, tú no puedes competir conmigo, porque yo pue­do volar y tú no.
-A mí no me importa -contestó el erizo-. Dame tiem­po y yo ya te avisaré cuando esté preparado.
Dejó al águila y se fue corriendo a buscar a los demás eri­zos. Cuando los tuvo a todos reunidos les explicó su inten­ción de hacer una carrera con el águila y cuál era su plan para poder ganar.
Los fue distribuyendo a lo largo del recorrido, medio es­condidos entre los arbustos, y se fue a buscar al águila para decirle que ya estaba preparado para empezar la carrera.
Se pusieron ambos en la salida y partieron, uno volando y otro corriendo. El erizo, al cabo de unos minutos, se escon­dió y salió el otro erizo en mitad del camino. El águila iba pre­guntando de vez en cuando:
-¿Dónde estás erizo?
Y el erizo que se hallaba más cerca de ella respondía:
-¡Aquí! ¡Aquí estoy!
Y volvía a esconderse. Así hasta llegar a la meta, donde el águila encontró al erizo, que le decía:
-Ya estoy aquí. He ganado.
No se quedó el águila muy convencida y le dijo al erizo:
-Yo sé que tú eres muy inteligente y quiero que me con­testes a una pregunta.
-Las que quieras -respondió el erizo, satisfecho.
-Hace tiempo que tengo gran curiosidad por saber cómo es la cabeza de los erizos. No la he visto nunca. Me gustaría verla.
-Si me prometes no hacerme ningún daño, te la voy a mostrar. Debes cogerme con tus garras y levantar el vuelo. Cuando estemos muy arriba te asomas y verás mi cabeza.
Así lo hicieron. Y cuando el águila vio la cabeza del erizo, lo soltó de repente. Éste fue a darse contra unas piedras y se mató.

051 Anónimo (saharaui)

Dagga y medeguiga

Érase una vez un pastor que estaba con su rebaño de cabras y un día la cabra que más quería parió cuatro cabritas y un cabrito dentro de un arbusto de zarzamora. El pastor quería hacer salir del arbusto a la cabra con sus crías, pero no lo conseguía. Lo intentó muchas veces, pero sin éxito. Mientras el frig se iba trasladando de un sitio a otro, el pastor estaba triste y decidió marcharse con el frig dejando las cabras.
La cabra con sus cabritos se quedó viviendo en el arbus­to. Por la mañana iba en busca de comida, por la tarde regre­saba llena de rosas, hierba fresca para sus pequeños y duran­te la noche se queda-ba con ellos.
Puso nombre a sus hijos: Dagga, Medeguiga, Aasa, Me¡­sisa y Regat.
Un día la hiena se dio cuenta de la presencia de la cabra y de sus cabritos, y decidió hacer todo lo posible para comér­selos.
La cabra, alertada por la presencia de la hiena, quedó con sus hijos que no abrirían a nadie la puerta excepto a ella, por ello prepararon una consigna:
-«Dagga, Medeguiga, Aasa y Meisisa, abridme la puer­ta, estoy aquí y mi boca llena de rosas.»
La hiena descubrió la consigna y un día, aprovechando a ausencia de la madre, fue a la zarzamora y dijo con su voz ronca:
-Dagga, Medeguiga, Aasa y Meisisa, abridme la puerta, estoy aquí y mi boca llena de rosas.
Al oír la voz, los cabritos se dieron cuenta de quién era y le dijeron­
-Lárgate, tú no eres- nuestra madre.
La hiena se fue en busca de un carpintero que le afinase la garganta. Lo encontró y le dijo:
-Tienes que hacerme algo para que pueda hablar con voz fina y pueda imitar la voz de una cabra.
El hombre le hizo lo que quería y volvió de nuevo hacia la zarzamora. Repitió la consigna, pero los cabritos también reconocie-ron que no era la voz de la madre y la echaron de nuevo.
La hiena volvió a ver al carpintero y éste la operó hasta que pudo imitar con perfección la voz de una cabra. Volvió a la zarzamora y recitó:
-Dagga, Medeguiga, Aasa y Meisisa, abridme la puerta, estoy aquí y mi boca llena de rosas.
Los cabritos, creyendo que era su madre, abrieron la puerta y la hiena entró y se tragó las cuatro hembras. Sólo quedó Regat, que estaba escondido.
Al regresar, la cabra recitó la consigna, Regat le abrió la puerta y le contó lo ocurrido.
La cabra, al oírlo, corrió detrás de las huellas de la hiena y en el camino pisó el agujero del escorpión, que le dijo:
-¿Quién pisa mi agujero que cavé con mis uñas en el mo­mento que la lluvia caía y el siroco soplaba?
-Es la cabra que tiene los cuernos de oro -respondió la cabra-, y que busca a Dagga, Medeguiga, Aasa y Meisisa. ¿No las has visto por aquí?
El escorpión le respondió:
-La hiena que las ha comido ha pasado por aquí.
La cabra siguió su camino y pasó por muchos agujeros de serpientes, lagartos... y de otros pequeños animales. En to­dos los casos le ocurrió lo mismo. Hasta que finalmente llegó a la cueva de la hiena y ésta, con voz ronca, le preguntó:
-¿Quién pisó mi cueva que he cavado con mis uñas en el momento en que llovía y el siroco soplaba?
-Es la cabra que tiene los cuernos de oro y que busca a Dagga, Medeguiga, Aasa y Meisisa. ¿No han pasado por aquí?
La hiena no respondió.
-Sal, ven para acá -le ordenó la cabra.
-Espera un momento, estoy muy ocupada.
-Sal, ven para acá.
-Espera, que voy a preparar el desayuno de los pastores.
-Sal, ven para acá.
-Espera, que doy el almuerzo a los niños.
Mientras, la hiena, dando vueltas por la cueva, intentaba encon-trar algo para luchar con la cabra. Lo encontró, se puso unos cuernos de arcilla y salió.
Empezó la pelea, cuerno contra cuerno.
La hiena dio el primer golpe a la cabra y le hizo caer un pelo. La cabra la embistió y le hizo caer un puñado de pelos. La hiena volvió a embestir y le hizo caer dos pelos. La cabra se volvió y la abrió en canal e hizo salir a sus hijas Dagga, Me­deguiga, Aasa y Meisisa. Se las llevó a casa y murió la hiena.


051 Anónimo (saharaui)

Buho

Recopilé este texto, pero no tengo referencias si está publicado o no. Si tienes alguna información, no dudes en avisarme.
Había una vez un hombre saharaui que, como era costumbre, llevaba su rebaño para venderlo en el zoco junto con otros pastores. Viajaban juntos, pero como el rebaño de este hombre era muy grande, avanzaban despacio. Un día sus compañeros de viaje le dijeron: 
Mientras lleves tantos corderos no podremos viajar juntos, no llegaremos nunca. 
Cogió su camello y su rebaño y se fue. Anduvo y anduvo hasta que llegó a un lugar que no estaba muy lejos de donde había partido. Atardecía ya y apareció un búho gritando y saltando a su alrededor y el hombre le dijo: 
-¿Quieres comprarme estos corderos? 
-El búho dio un grito y se calló. 
-¿A qué precio los vas a comprar? 
-El búho respondió con otro grito. 
De acuerdo, te los vendo por este precio. De nuevo el búho contestó con un grito. 
Vendré a verte dentro de un mes. 
Dio un grito por última vez y el búho se alejó volando. El hombre pasó la noche allí y al día siguiente regresó donde estaban sus amigos, quienes al verlo le preguntaron: 
-¿Dónde está tu rebaño? ¿Qué has hecho con él? 
-Se lo vendí todo a un búho que me encontré explicó. 
-¿Qué? -insistieron sus sorprendidos amigos. 
-Pues sí, se lo he vendido a un búho, 
Los amigos no creyeron nada de lo que el hombre les contaba y decidieron ir en busca del rebaño. 
-¿Dónde vais? -les preguntó-. No encontraréis nada, ya os he dicho que se lo vendí a un búho. 
Sus amigos no hicieron caso y fueron a buscar el rebaño. 
Al llegar donde estaba el búho sólo vieron los huesos y la lana. No quedaba ni un cordero vivo y regresaron. 
El día en que se cumplía un mes de la venta, montó el hombre en su camello y partió en busca del búho. 
Lo encontró en el lugar acordado y le preguntó; 
- ¿Has preparado lo que me debes? 
El búho gritó y empezó a volar. El hombre salió cabalgando detrás de él. Cada vez que lo alcanzaba, levantaba el vuelo y volvía a esperar que lo alcanzase. De este modo llegaron ante una recóndita cueva y el búho penetró en ella. El hombre descabalgó para seguirle y lo encontró posado encima de una piedra grande y plana. Al acercarse vio por una rendija que debajo había una tinaja llena de monedas de oro. 
El hombre la cogió y el búho se marchó volando. Empezó a contar las monedas hasta que reunió la cantidad acordada con el búho por el rebaño. Luego, volvió a dejar la tinaja con el resto de las monedas debajo de la piedra y se marchó. 
Al llegar junto a su familia, ésta se quedó sorprendida y quiso saber dónde estaba la cueva. El hombre les dijo; 
-Yo tengo el dinero que me debía el búho. Nunca os enseñaré el lugar donde lo encontré. 
Sin embargo, no le hicieron ningún caso y, movidos por la ambición, salieron en su busca. Pero no encontraron ni rastro de la cueva ni de la tinaja. 
-¡Qué tontos habéis sido! -les recriminó-. Aunque removierais el cielo y la tierra jamás encontraríais ese lugar.

051 Anónimo (saharaui)

Behry bugam y dayesmus

Había una vez dos hermanas que estaban casadas con dos her-manos y viajaban siempre juntos, en el mismo frig.
Un día los hombres tuvieron que marcharse de viaje, de­jando a las dos hermanas acampadas solas. Ellas estaban em­barazadas y, antes de partir, sus maridos les dijeron:
-Si dais a luz mientras nosotros estamos ausentes y na­cen dos niños o dos niñas podréis seguir juntas. Pero si una tiene un niño y la otra una niña deberéis separaros, una hacia el Este y la otra hacia el Oeste.
Una de las hermanas tuvo un niño y la otra una niña. Es­taban muy afligidas porque, según les habían ordenado sus maridos, debían separarse y se querían demasiado para estar la una sin la otra.
-¡Oh, hermana mía! -dijo la madre del niño-. Cuan­do nuestros maridos vean los hijos que les hemos dado nos separarán. ¿Qué podemos hacer para seguir juntas?
-Creo que he encontrado una solución -contestó la ma­dre de la niña-, podemos educar a nuestros hijos como si fueran dos niñas, les hacemos juguetes de niña, los vestimos igual... y así quizá nuestros maridos no se den cuenta.
Así lo hicieron. Al niño lo llamaron Nehry Bugam y a la niña, que era muy hermosa, Dayesmus, que significa «luz de los soles».
Regresaron los maridos de su largo viaje y estuvieron muy contentos al conocer a sus hijas. Entregaron a cada un de ellas una sortija muy especial, diciéndoles que nunca deberían separarse de ella. Pasaron los años y éstas fueron creciendo juntas.
Uno de los hombres había observado que en los juegos no se comportaban igual, pues una de las niñas era más fuer­te que la otra y acostumbraba a pegarla y a empujarla más. Contó a su hermano sus sospechas de que una de ellas fuera un niño y trazaron un plan.
Invitaron a jugar a los demás niños del frig y les hicieron cavar unos pozos en la arena. Avisaron a un chiquillo que me­recía su confianza para que no se alejase mucho de las niñas y escuchara bien todo lo que decían.
Antes de empezar el juego, uno de los hermanos llamó a su hija y le dijo:
-No te dejes pegar más por tu prima. Cuando vuelva a hacerlo la empujas dentro del pozo y no la saques por mucho que te suplique...
Mientras duraba el juego una de las niñas empujó a la otra dentro y ésta le pidió:
-Por favor, prima, hija de mi tío, no me dejes aquí.
Pero la otra se alejó sin hacerle ningún caso en busca de su padre.
Los dos hermanos habían preguntado al niño lo que las chiquillas habían dicho y éste se lo contó.
Fueron a ver a sus esposas y les ordenaron que dijeran la verdad, pues de lo contrario no sacarían a la niña del pozo. Las dos hermanas les contaron lo sucedido y les suplicaron que las dejasen seguir juntas.
-Nos habéis engañado -respondieron- y tal como os dijimos, deberéis separaros.
Los padres de Dayesmus se marcharon con ella hacia donde se pone el sol. Esta se alejó de su primo con gran tristeza.
Los padres de Nehry Bugam se quedaron donde estaba acampado el frig. Pasaron los días y Nehry Bugam estaba cada vez más melancólico, no hablaba, no quería comer... sólo se acordaba de Dayesmus y la echaba mucho de menos.
Su padre procuraba aliviarle la tristeza con todos los rega­los que pudiera desear, incluso con el caballo más hermoso. Pero no sirvió de nada. Seguía tan triste como siempre.
Llegó a traerle un santón por si podía curarle su mal, pero tampoco sirvió de nada. Su tristeza seguía igual.
Una vez alguien le aconsejó que fuese a ver a una hechi­cera. Esta le dijo que debía matar dos cabras, una rolliza y otra flaca y preparar su carne junta en el interior de una venia nueva y ella se quedaría observando desde fuera lo que hacía.
Vio que cuando tomaba un trozo de la cabra rolliza lo apar­taba y se lo dedicaba a Dayesmus. Si cogía un trozo de la ca­bra flaca se lo comía él.
Luego fue a contarle al padre las preocupaciones de su hijo y así éste supo el motivo de su tristeza.
El padre decidió emprender un viaje para averiguar el pa­radero de la familia de su hermano. Y tras una laboriosa bús­queda logró la información que deseaba.
Supo que su hermano era el jefe de una próspera comarca, fértil y bonita. Para llegar a ella había que superar muchos pe­ligros, y para vivir allí también se tenían que correr muchos riesgos. Le contaron que había una enorme serpiente de siete cabezas, que exigía el pago de una joven doncella a cada fa­milia para seguir viviendo en aquel lugar, y que no había nadie capaz de vencerla.
Regresó a su casa y encontró a Nehry Bugam que había juntado siete animales, un avestruz, un camello y un caballo para montar, un camello y una camella jóvenes, un perro y un cuervo y los estaba adiestrando. Se alegró mucho del cam­bio operado en su hijo, pero no le contó nada de su viaje.
Al cabo de un tiempo, Nehry Bugam supo todo sobre el paradero de su prima y decidió marchar en su busca, acom­pañado de sus siete animales.
Tras un largo camino, llegó a un uad lleno de serpientes y víboras. Nadie se había atrevido jamás a cruzar por él. Nehry Bugam las saludó diciéndoles:
-¡Alá es grande!
Correspondieron a su saludo preguntándole:
-¿Qué te trae por aquí, Nehry Bugam?
-Os lo voy a contar ahora mismo si me abrís camino.
Éstas le dejaron paso y Nehry Bugam atravesó el uad en­gañán-dolas, sin contarles nada.
Siguió su camino llegando a dos montañas que estaban muy juntas y debía pasar entre ellas. Volvió a saludar y ellas le respondieron:
-¿Qué te trae por aquí, Nehry Bugam?
-Si me abrís paso os contaré mi historia -les contestó.
Empezaron a abrirse y él pasó rápidamente entre ellas con sus animales. Se cerraron de golpe al darse cuenta de que ya casi había recorrido el camino y sólo pillaron el rabo de la ca­mella joven.
Siguieron caminando día y noche hasta llegar a la comar­ca donde habitaba la familia de sus tíos.
Rogó a Dios que le encaminara hacia una persona que pudiese darle información sobre lo que ocurría en aquel lugar. Tuvo suerte y se encontró al pastor de su tío, quien le contó todo sobre la comarca y el problema de la serpiente de siete cabezas. Por su culpa ya no quedaban doncellas y al día si­guiente iba a serle entregada la última, la hija del jefe de la comarca.
Después de escuchar atentamente las explicaciones del pastor, Nehry Bugam le dijo:
-Voy a confiarte un secreto, que no debes decir a nadie. Mira esta sortija. Sólo tienes que colocarla en el tazón donde cada noche toma la leche la hija del jefe. Te aseguro que nada malo va a ocurrirle.
El pastor le prometió no contárselo a nadie y cogió la sor­tija que Nehry Bugam le entregaba. Por la noche la puso dentro del cuenco antes de llenarlo de leche y llevárselo a Dayesmus.
Cuando ésta hubo acabado de beber la leche vio la sortija y la cogió con gran alegría. En seguida adivinó que su primo se hallaba cerca, pues su madre le había contado con frecuen­cia la historia de su familia y que ambos poseían una sortija idéntica.
Fue a ver a su madre y le dijo:
-Madre querida, dame todas mis joyas, pues quiero arre­glarme bien...
La buena mujer empezó a llorar y entre sollozos dijo:
-¿Cómo quieres estar hermosa si mañana te van a sacri­ficar?
-No te preocupes, madre -le dijo con mucho cariño.
A la mañana siguiente Nehry Bugam fue al encuentro de la gran serpiente. Cuando llegó a su guarida la saludó y ella le contestó:
-¡Bienvenido, Nehry Bugam! ¿Qué te trae por aqui?
-Vengo de muy lejos atraído por tu fama. Sólo tengo un deseo: poseer una de tus cabezas.
Tras unos momentos de reflexión, respondió:
-Pues córtala.
Cuando la hubo cortado le dio las gracias y se alejó. De repente se detuvo pensativo y volvió de nuevo hacia la ser­piente. Le dijo:
-He pensado que una cabeza no es suficiente. La gente no va a creer que has dejado que te la corte así, por las buenas.
Después de unos momentos de silencio la serpiente acce­dió a que le cortase otra cabeza.
Así lo hizo Nehry Bugam. Como vio que la serpiente iba debilitán-dose por la mucha sangre que perdía, pensó que aquella era su única oportunidad para vencerla y empezaron a luchar. Tras un mortal enfrentamiento, Nehry Bugam consi­guió cortarle las restantes cabe-zas y así acabó con ella.
Buscó un lugar adecuado donde poder esconder las siete cabezas y encontró una enorme roca, que sólo podían le­vantar cuarenta hombres, y metió debajo de ella las cabezas cortadas. Luego arrojó el resto de la serpiente sobre la copa de un árbol.
Momentos después apareció Dayesmus, más hermosa que nunca, acompañada por algunos notables del frig, quienes al no ver a la serpiente por ninguna parte se miraron sorprendi­dos, mientras la doncella lo observaba todo tranquilamente.
Empezaron a buscar por los alrededores y al rato descu­brieron los restos de la serpiente encima de la copa de un ár­bol y fueron corrien-do y cantando de alegría a explicarlo a todos los habitantes del frig.
La comarca entera se dispuso a celebrar la muerte de la serpiente y el fin de sus preocupaciones, organizando gran­des festejos.
Todo el mundo se preguntaba quién habría tenido la auda­cia de enfrentarse a un animal tan peligroso. Muchos jóvenes y hombres se adjudicaban el mérito y cada cual daba su pro­pia versión de los hechos. Pero había un problema, no había aparecido ninguna de las siete cabezas de la serpiente.
El jefe de la comarca dijo que sólo reconocería como autor de la hazaña a quien le entregara las siete cabezas. Y, ade­más, concedería la mano de su hija, la bella Dayesmus, a tan valiente hombre.
Nehry Bugam, ante el alboroto que se organizó después de las palabras de su tío, dijo que las siete cabezas se hallaban debajo de una gran roca y que quien consiguiera levantarla demostraría que era el verdadero autor de los hechos.
Se dirigieron todos hacia allá y, tras infructuosos esfuer­zos, muchos hombres se dieron por vencidos, pues la roca no se había movido de su lugar. Nadie había conseguido le­vantarla.
El jefe de la comarca dijo entonces:
-Sólo hay una persona capaz de mover esta roca, si es que ha llegado ya. Es Nehry Bugam, el hijo de mi hermano.
Al oír su nombre se dirigió el joven hacia la roca, la levan­tó y debajo de ella aparecieron las siete cabezas cortadas a la serpiente.
Inmediatamente se iniciaron los preparativos para celebrar la boda de Dayesmus con el valiente Nehry Bugam.
Las fiestas duraron siete días y siete noches y, al finalizar éstas, Nehry Bugam expresó a su tío el deseo de partir con su esposa hacia la casa de sus padres, a quienes había dejado viejos y solos, y hacía mucho tiempo que no tenía noticias suyas.
Su tío intentó disuadirle, recordándole los peligros que tendría que volver a pasar, y muchos otros que podrían apa­recérsele de impro-viso. Pero Nehry Bugam logró al fin con­vencerle de que nada malo les sucedería a él ni a su esposa, pues había demostrado sobrada-mente su valentía.
Una vez acabados los preparativos del viaje emprendie­ron el camino acompañados de los siete animales adiestrados. Nehry Bugam sólo tenía un temor, que alguno de los muchos hombres que querían casarse con su mujer, pues era famosa por su belleza, intentara arrebatársela. Por ello le explicó a Da­yesmus que si eran atacados por un gazi, sólo debía preocu­parse si éste estaba formado por jinetes expertos.
Unos días más tarde apareció el primer grupo de asaltan­tes, pero eran todos muy jóvenes e inexpertos y los fue de­rrotando uno tras otro, hasta vencerlos a todos sin ninguna dificultad.
Al día siguiente, mientras continuaban su camino, apare­ció otro gazi. Pero esta vez fue muy difícil la lucha, pues estaba formado por hombres muy expertos. Consiguieron vencerle y, maltratado y herido, lo llevaron ante su mujer, a quien secuestraron.
Se quedó solo, con la única compañía de sus siete anima­les, quienes se encargaron de cuidarle. El perro usaba su ol­fato para encontrar comida y le lamía las heridas. El cuervo le traía jalmas [1] y al mismo tiempo le extraía los restos de bala. La camella joven le desinfectaba las heridas orinándose en ellas.
Empezó a escasear la comida y el avestruz le dijo:
-Sacrifícame y con mi carne y mi grasa te fortalecerás y lograrás restablecerte completamente.
Nehry Bugam amaba infinitamente a sus animales y se negó a hacer lo que le decía el avestruz. Pero tanto y tanto insistió que al final, con gran dolor, decidió sacrificarlo.
Y así empezó a recuperarse rápidamente, comiendo la car­ne del avestruz y bebiendo su grasa, que usaba también como ungüento para sus heridas.
Transcurridos siete días estaba completamente restableci­do e inició los preparativos para salir en búsqueda de su amada.
Guiado por el olfato de su perro y el sentido de orienta­ción de su cuervo, consiguió llegar a un frig por el que había pasado el gazi que raptó a su esposa.
Allí le informaron que no la habían devuelto a su familia, sino que la habían entregado como trofeo al jefe de una co­marca, que era viejo y muy poderoso, y al que todos temían, y que éste se había casado con ella.
Siguieron su camino y al acercarse a otro frig el perro, guia­do por su olfato, le dijo:
-Aquí tampoco está.
Y continuaron su búsqueda.
Durante varias semanas siguieron su pista y pasaron por cinco frigs, pero no se hallaba en ninguno de ellos: Cuando se acercaban de nuevo a otro frig, el perro y el cuervo le avi­saron de que se encontraba allí, prisionera y casada con el viejo y poderoso jefe.
Nehry Bugam empezó los preparativos para atacarlos al día siguiente. Al amanecer entró por sorpresa y mató en pri­mer lugar al viejo. Luego arrasó todo el frig, rescató a su mu­jer y se la llevó llorando de alegría.
Los hombres del gazi llegaron al frig y, al encontrar a su jefe muerto y no ver por ninguna parte a Dayesmus, salieron en su per-secución.
Ella había sufrido mucho durante su cautiverio y se en­contraba muy débil. Le confesó a su marido que antes de caer de nuevo en manos de esta gente tan cruel se mataría. Por ello, cada vez que veían el gazi a lo lejos los camellos grita­ban, el perro ladraba y el caballo relinchaba para que acelera­sen la marcha.
Por fin los hombres del gazi lograron alcanzarlos y Nehry Bugam volvió a enfrentarse a ellos. Después de un durísimo combate logró vencerlos y pudieron continuar su viaje.
Llegaron de nuevo a las montañas que se juntaban y se­paraban. Nehry Bugam las saludó y ellas le respondieron:
-¿Qué haces tú aquí otra vez?
Nehry Bugam les relató toda su historia y les suplicó que no mataran a su bella esposa y los dejaran pasar. Las monta­ñas, al contemplar la hermosura de Dayesmus, se apartaron admiradas.
Más tarde llegaron al uad lleno de serpientes y ocurrió lo mismo.
Por fin llegaron donde estaban los padres de Nehry Bu­gam, quienes los recibieron con mucha alegría y organizaron grandes fiestas en su honor.
Nehry Bugam se curó tras recobrar a su amor perdido y se convirtió en uno de los hombres más felices del mundo.

051 Anónimo (saharaui)


[1] Jalma: Animal pequeño que vive entre el pelo del camello.