Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 27 de mayo de 2012

La suegra del diablo

Los sucesos narrados en esta historia acontecieron a fines del siglo XVIII. Un escocés que había combatido en los ejércitos del rey Luis XVI, de Francia, una vez terminadas las guerras vióse sumido en la mayor pobreza, de igual modo como les ocurrió a muchos de sus compatriotas, que se hallaban en circunstancias parecidas.
Pero como el soldado a que nos referimos, llamado Patricio MacTavish, no se conformaba con vivir en la miseria que lo amenazaba, decidió irse a América, donde, según había averiguado en el curso de sus andanzas por el mundo, podía un hombre hallar trabajo, bien pagado y aun conquistar lo necesario para ponerse al abrigo de la miseria en sus últimos años.
En aquella época eran poco numerosos los europeos que emigraban hacia el Nuevo Continente y ésta era, precisamente, una razón de que la vida fuese allí mucho más fácil que en nuestros días. MacTavish buscó un velero que zarpando de Liverpool había de dirigirse a Norteamérica y, con más precisión, a Nueva York, y reuniendo todo el dinero que le fué posible conseguir, quedándose sin más que lo puesto, tomó pasaje y se embarcó confiando en la divina Providencia.
Nada de particular le ocurrió durante aquel viaje largo, incómodo y pesado. El tiempo fué bueno, no sufrieron ninguna calma chicha y con muy poca diferencia sobre el tiempo calculado, el barco fondeó ante Nueva York.
MacTavish desembarcó en una playa arenosa y a cierta distancia vió unos cuantos arbustos enanos, matas de plantas inútiles y ninguna vivienda en cuanto alcanzaba la mirada. Habíanle dicho que al desembarcar encontraría la ciudad de Nueva York a un extremo hacia la derecha y que allí un hombre de sus condiciones y deseoso de trabajar, no solamente podría ganarse muy bien el diario sustento, sino que todavía, con un poco de suerte, lograría hacer una fortunita.
Hacia el mediodia, MacTavish se sentó a la sombra de un arbusto, con objeto de tomar un poco de pan y de beber la última copa de vino que le quedaba. Una vez hubo terminado aquella ligera colación, oyó en la soledad que lo rodeaba una voz lamentable y quejumbrosa, que exclamaba:
‑¡Dejadme salirl ¡Oh, devolvedme la libertad!
MacTavish, muy extrañado, miró a su alrededor, pero no pudo ver a nadie a quien pudiera atribuirse aquella exclamación. Pero, al fijarse mejor, descubrió a corta distancia del lugar en que se hallaba una botella de vidrio, de color verde obscuro, muy bien tapada y provista de un sello muy curioso.
‑¡Oh, dejadme salir! ¡Devolvedme la libertad! ­volvió a exclamar aquella voz.
MacTavish se aproximó a la botella y pronto pudo tener la certeza de que la voz en cuestión procedía del interior de aquel recipiente.
‑Por mi parte ‑dijo MacTavish, dirigiéndose a quienquiera que estuviese dentro de la botella‑, no te dejaré salir. Si me dirijo ahora a Nueva York, provisto de una botella que habla, voy a ganarme una fortuna.
‑Si es dinero lo que andas buscando ‑replicó la voz­ -suéltame y nunca más volverás a tener el bolsillo vacío. Soy el Diablo y, desde luego, el dueño de las maravillosas riquezas de toda la Tierra.
‑Pues si eres el Diablo, según dices ‑replicó MacTavish-, ¿cómo te falta poder para salir?
‑Fijate en el sello que cubre el tapón de la botella­ -replicó la voz, con triste acento.
MacTavish obedeció y pudo observar unos extraños signos de aquel sello blanco, y dijo:
‑Sí, en efecto. Me parece que este sello, por sus virtudes mágicas, debe de ser capaz de retenerte encerrado. Pero yo podría romperlo fácilmente y sacar el corcho.
‑Hazlo ‑replicó la voz‑. Hazlo en seguida.
‑Ante todo, quiero saber por qué razón te hallas encerrado aquí.
Entonces la voz del Diablo, encerrado en la botella, empezó a relatar sus infortunios.
-Estaba ocupado en mis asuntos, es decir, en tentar a uno y a otro, y en engañar a varios, cuando, de pronto, y en el momento en que menos lo esperaba, me enamoré perdidamente de una muchacha de ojos azules, a quien su madre adiestraba para convertirla en bruja. Como te digo, me enamoré como un tonto y llegué al extremo de casarme con ella. Desde luego, como comprenderás muy bien, no es la única esposa que he tenido, sino que tiene el número siete mil novecientos seis en la lista de las que, sucesiva-mente, han sido mis mujeres, desde la creación del hombre. Ahora que desde luego, puedo asegurarte que ésta es la última, pues ni aun cuando me aspen me atreveré a reincidir. No. Nunca más me expondré a tales peligros. Estoy decidido.
El Diablo dió un suspiro de pena y tras de una ligera pausa añadió:
-Inmediatarnente después de la boda, mi mujer me metió en una habitación pequeña, donde vi algunas cosas que no podría nom­brar aunque quisiera. Había una sobre la chimenea y otra al lado de cada una de las dos ventanas.
‑iVamos, hombre! ‑exclamó mi suegra, desde el otro lado de la habitación‑. ¿Te figurabas, acaso, que ignorábamos quién eres? Has sido un idiota y ahora estás ya en nuestro poder.
Yo, tonto de mí, cometí el error tremendo de no sentir ningún miedo de aquellas dos mujeres. Nunca me perdonaré esta imbecilidad. En el acto adquirí mi aspecto verdadero, hermoso como un rayo y más mortífero que él. Pero mi mujer tuvo la necesaria inteligencia para no mirarme siquiera y en cuanto a la suegra se hallaba en el lado exterior de la puerta de la habitación. Yo me disponía a atravesarla, para destruir a la vieja, pero ella había tenido la precaución de poner sellos mágicos no sólo en las ventanas sino que también en el umbral de la puerta.
‑Sal si quieres ‑dijo m¡ suegra‑. Pasa por el agujero de la cerradura, porque todas las demás salidas están perfectamente cerradas.
Me convencí de que, en efecto, era así y, por lo tanto, no tenía más recurso que seguir la indicación de aquella maldita vieja. Con­trayendo mi cuerpo hasta adquirir la delga­dez que me permitiera atravesar el agujero de la cerradura, pasé por él, en forma de relámpago, pero la maldita tenía apoyado en el lado exterior de la cerradura el cuello de esta botella verde. Como un idiota, me metí en esta prisión y ella, sin darme tiempo de salir cuando noté la trampa en que acababa de caer, tapó y selló la botella, como la ves.
En el sello hay algo que no me atrevo a nombrar. ¡Oh, desdichado de mí! Esa mujer me ha burlado de un modo indigno, insultante.
Lo peor fué que mi mujer ayudó a aprisionarme. Luego ambas se dispusieron a salir de Nueva York, para ir a Boston, pero antes de emprender el viaje vinieron aquí y aban­donaron la botella donde ahora está, figurán­dose que nadie podría encontrarla.
MacTavish profirió una carcajada, que al Diablo le pareció una burla.
-No hay duda ‑dijo luego ‑que podré ganar mucho dinero enseñando la botella parlante y refiriendo, además, su historia.
El Diablo se asustó mucho al oír aquel propósito. Rogó una y otra vez a MacTavish con voz tan dulce como los sonidos de un arpa y, para acabar de convencer al ex soldado, le dijo:
‑El alcalde de Nueva York tiene gravemente enferma a su hija. La pobrecilla sufre mucho, tanto que si pudieras verla, no hay duda de que la compadecerías con toda tu alma. Tiene el cabello tan fino como hebras de seda, rubio como el oro, los ojos azules como el cielo y el alma mucho más pura que el agua del mejor manantial de toda América. Ahora bien, conviene decirte que yo soy la causa de su enfermedad. Me irritó mucho ver que no era capaz de hacerla caer en una de mis tentaciones y en venganza le clavé una espina de pescado en la parte posterior de la lengua. La dejé así y los doctores no han podido encontrar la causa de su mal. Su padre, desesperado y apenado a más no poder, ofrece como recompensa el peso de la joven en esmeraldas, en oro o en rubíes al que sea capaz de curarla. En cambio, si alguno se ofrece a curarla y no lo consigue, es condenado a muerte y ahorcado.
Toda Nueva York está rodeada de horcas y eso, te lo aseguro, es un espectáculo magnífico y muy curioso. Déjame salir de la botella y, en cuanto esté libre, me dirigiré a la ciudad, precediéndote, para ocultarme en la garganta de la jovencita. Tú te presentas luego al alcalde, para decirle que vas a curar a su hija, pero, antes de hacerlo, fija tus condiciones. Por ejemplo, podrías pedir la mano de la muchacha y su peso en diamantes. Más o menos su padre había prometido ya esa recompensa. Y cuando tú me lo ordenes, yo abandonaré su garganta, quitando, antes, la espina que allí tiene clavada. Y añadiré, pues conviene que lo sepas, que si logras casarte con esa joven, podrás envanecerte de tener la esposa más bella y más virtuosa del mundo entero. Ten en cuenta que perdí cinco años procurando hacerla caer en una tentación y no lo consegui a pesar de todos mis esfuerzos. No puedo, estoy convencido de ello, penetrar en su corazón.
En cuanto MacTavish oyó hablar al Diablo de la belleza y de la bondad de aquella joven desistió inmediatamente de su propósito de exhibir la botella parlante, en la que estaba encerrado el Diablo. Llevó los dedos hacia la Santa Hostia que constituía el sello cuyo nombre no podía pronunciar siquiera el Diablo y en cuanto la hubo quitado, saltó disparado el corcho y de la botella empezó a salir un espeso vapor, que se convirtió en la figura del Diablo. Luego éste, en alas del viento, emprendió su camino hacia Nueva York.
MacTavish echó a correr hacia allá y, en cuanto estuvo en la ciudad, no tardó en convencerse de que el Diablo le había dicho toda la verdad. Por doquier vio horcas de las que aun pendían los ajusticiados, rodeadas de cuervos que graznaban alegremente. En el acto se dirigió a la casa del alcalde y, presen-tándose a éste, manifestó su deseo de intentar la curación de la jovencita, aunque poniendo la condición de que, en el caso de lograrlo, además de recibir como premio su peso en piedras preciosas, le otorgarían, también, su mano. El alcalde aceptó aquellas condiciones e inmediatamente llevó a MacTavish a la habitación de la enferma.
La cual era tan hermosa, que el ex soldado se sintió enamorado de repente.
‑iOh! ‑exclamó ella ‑idos antes de perder la vida. Nunca vi a otro hombre de rostro más simpático y bondadoso que el vuestro y me apenaría mucho que os condenasen a muerte por mi causa.
‑Voy a curaros, sin ningún género de duda, hermosa doncella. Luego, si me aceptáis por esposo, seremos muy felices.
Y sin esperar respuesta, ordenó al Diablo que abandonase inmediatamente la garganta de la enferma, y le recomendó, además, no olvidarse de sacar la espina de pescado que estaba clavada en aquélla.
‑Estoy muy cómodo aquí ‑contestó el Diablo asomándose a los dientes de la joven, convertido en un diminuto hombrecillo que apenas media un centímetro de estatura.
MacTavish, irritado al observar aquella falta de formalidad, le dirigió ásperas palabras, pero el Diablo no le hizo ningún caso.
Al día siguiente el Diablo siguió desafiando las iras de MacTavish. Cada uno de los que habían intentado la curación de la joven, pudieron realizar tres tentativas. Y en vista del fracaso de la segunda, se erigió ya la horca destinada al escocés.
‑En fin, no me asusta la muerte ‑se dijo éste‑. Iré a su encuentro como valeroso soldado.
Al día siguiente, antes de dirigirse a la casa de enferma, MacTavish contrató a todos los músicos de Nueva York y los congregó en torno de aquella morada, en las azoteas, en los sótanos y, en una palabra, en cuantos sitios le fué posible. Luego Mac­Tavish se dispuso a realizar la última tentativa para curar a la enferma.
Al observar su llegada, el Diablo se asomó, de nuevo, mostrando la espina en su mano.
‑Aquí está, amigo mío ‑dijo en tono burlón‑. Y cuando te balancees, colgado de la cuerda, volveré a clavar la espina en la garganta de la enferma.
MacTavish no contestó, pero, obeciendo sus órdenes, empezó a resonar un estruendo infernal, producido por todos los instrumentos músicos reunidos a corta distancia.
‑¿Qué pasa? ‑preguntó el Diablo.
Sencillamente ‑contestó MacTavish-, que se han reunido todos los músicos de la ciudad para celebrar la llegada de tu suegra. Salió de Boston en dirección a Nueva York y, al parecer estará a punto de desembarcar.
Al oír estas palabras, el Diablo saltó al suelo, llevando en la mano la espina. Sin pensarlo dos veces, saltó por la ventana y emprendió el vuelo con la mayor rapidez posible. La hija del alcalde se levantó de la cama ya curada, y, de acuerdo con las condiciones aceptadas por su padre, a los pocos días se celebró la boda. Durante el banquete, todos los presentes rogaron al novio que pronunciara un brindis.
¡Por la mentira más grande que he dicho en toda mi vida! -exclamó.

035. Anónimo (escocia)

El toro rojo de norroway

En una época muy remota hubo un rey que tenía tres hijas y, como suele suceder con respecto a las princesas de los cuentos, las dos mayores eran orgullosas y feas, pero la menor era la doncella más gentil y hermosa que se vió en el mundo, de modo que no sólo era el orgullo de su padre y de su madre, sino también de todo el país.
Cierta noche, cuando ya las princesas se habían retirado a sus respectivas estancias, reuniéronse en la sala de la hermana mayor y empezaron a bromear y a charlar de cosas sin importancia. De pronto, en la conversación surgió un tema muy interesante para ellas: el de saber con quién querría casarse cada una, en el caso de que las circunstancias se lo permitiesen.
‑Por mi parte ‑dijo la mayor de las tres princesas ‑­no querré casarme con quien sea menos que rey.
‑Yo ‑dijo la segunda hermana ‑me contentaría con un príncipe y aun, quizá, con un gran duque.
‑iQué orgullosas sois! ‑exclamó la menor, riéndose‑. Yo me contentaría con el Toro Rojo de Norroway.
La conversación tomó otro camino y, al poco rato, las tres jóvenes se acostaron. Y no volvieron a acordarse de la conversación que habían sostenido.
A la mañana siguiente, cuando estaban las tres sentadas a la mesa tomando el desayuno, oyeron, en extremo asustadas, un espantoso mugido a la puerta del palacio. Las tres se pusieron en pie, de un salto, y acudieron a la ventana para ver qué sucedía. El espectáculo que se ofreció a sus ojos las dejó heladas de espanto, pues vieron al Toro Rojo de Norroway, que venía en busca de su prometida.
Es preciso tener en cuenta que aquel toro rojo era el ser más espantoso que ha habido en el mundo.
La mala nueva cundió rápidamente por todo el palacio. El rey y la reina estaban desesperados y no sabían qué pensar ni qué hacer para salvar a su hija menor de tan horrible destino. Por último y gracias al consejo de un cortesano muy astuto y, en aquel caso, bien intencionado, resolvieron enviar al toro a la anciana esposa del encargado de cuidar los gallineros.
Sin explicar nada a la pobre mujer, la montaron sobre el lomo del Toro Rojo y éste se alejó con su carga. Avanzaba rápidamente y, de este modo, llegó, por fin, a un bosque enorme y tenebroso. Entonces dejó a la vieja en el suelo y, dándose cuenta del engaño de que había sido víctima, emprendió el regreso a palacio, rugiendo y mugiendo con mayor fuerza que antes y de un modo que dejó aterrados a cuantos lo oyeron.
Deseosos los reyes de hacer cuanto pudieran para salvar a su hija, quisieron repetir el engaño y, en efecto, una a una entregaron al Toro Rojo de Norroway a todas las criadas de palacio y, por fin, a las dos princesas mayores. Pero ninguna de ellas recibió mejor trato que la vieja a quien le entregaran en primer lugar. Y así fué cómo, por último, no tuvieron los reyes más remedio que entregar a su hija menor, que, como se ha dicho, era su favorita y a la que más querían.
La princesita y el toro viajaron rápidamente, a través de muchos bosques desiertos y tenebrosos, de llanuras inhabitadas, de montañas enormes y al fin llegaron ante un noble castillo, donde se habían reunido gran número de invitados. El señor del castillo rogó al Toro y a la princesa que se detuviesen allí a descansar y no hay que decir cuál fue la admiración de todos al contemplar a la bellísima princesa y a su extraño compañero.
Mientras ambos estaban en la sala principal del castillo, en medio de los demás invitados, la princesita notó, extrañado, que en la piel del toro asomaba la punta de un alfiler. Tiró de él y entre la sorpresa general, el toro se transformó, en un abrir y cerrar de ojos, en uno de los príncipes más gallardos que se pudieran imaginar.
Fácil es coraprender la alegría de la princesa al observar aquella trans-formación. El, inmediatamente se arrojó a sus pies y con tiernas palabras le manifestó su profunda gratitud por haberlo librado de su cruel encantamiento.
Aquel suceso maravilloso fué causa de que en el castillo se organizara una magnífica fiesta. Pero, iay!, cuando estaban todos en lo mejor de ella, el príncipe desapareció de repente y por más que lo buscaron en todo el edificio, sin olvidar los más apartados rincones, nadie fué capaz de encontrarlo.
Era evidente que no estaba allí. En cuanto a la princesa quedó sumida en el mayor dolor, al observar tan extraña desaparición y como se había enamorado del apuesto principe, decidió dedicar su vida entera, si fuese necesario, a buscarlo incansablemente por toda la Tierra.
A los pocos días y a pesar de las instan­cias del señor del castillo, que, muy apenado, se enteró del propósito de la joven, ésta empredió el viaje a pie, animosa y resuelta. Anduvo de un lado a otro, en busca del gallardo príncipe, pero no pudo adquirir la menor noticia de su paradero.
Cierto día atravesaba un obscuro bosque y se extravió. Al observar que llegaba la noche, temió perecer de hambre y de frío. Mas, por suerte, no tardó en descubrir una lucecita que brillaba a través de los árboles. Segura de que en ninguna parte podría hallarse peor que en medio del bosque, se dirigió a ella y, al fin, llegó a una diminuta cabaña, en la que vivía una pobre mujer vieja. Acogió cariñosamente a la joven princesa, le dió cena y un montón de hierba seca para que se tendiese en ella. Y después de haber oído la historia de la joven, le dió tres nueces, advirtiéndole que no debía romperlas hasta que su corazón estuviese a punto de estallar de dolor.
A la mañana siguiente, la princesa se despidió con el mayor afecto de la bondadosa anciana, quien, tras de indicarle el camino, le deseó buena suerte.
La joven princesa reanudó su búsqueda incansable, siguiendo, al azar, los caminos que se le ofrecían y preguntando a todos cuantos encontraba si habían visto al principe a quien consideraba su prometido.
Aquel mismo día se cruzó con un alegre grupo de damas y caballeros que hablaban entre sí de la magnífica fiesta a la que se dirigían, y que, al parecer, daba el duque de Norroway, con ocasión de su boda.
Al poco rato la princesa encontró a otro grupo de gente, que conducía gran cantidad de carros, cargados de toda suerte de ricas y sabrosas viandas. También ellos se dirigían al castillo del duque y aquellas provisiones estaban destinadas al banquete nupcial.
Siguió la princesa el camino de unos y de otros, y, de este modo llegó a un castillo magnífico.Vió gran número de cocineros y de pasteleros que iban corriendo de un lado a otro, muy atareados y como si, al parecer, no supiesen por qué cosa debían empezar.
Mientras la princesa contemplaba aquel animado cuadro, oyó a su espalda el ruido de la llegada de numerosos cazadores a caballo. Luego los picadores que iban delante, exclamaron:
‑¡Paso al duque de Norroway!
La princesa fue a situarse en el borde del camino y pudo ver al príncipe que andaba buscando, montado en un magnífico caballo y acompañado por una hermosa dama.
Fácil es comprender que su corazón estuvo a punto de estallar de pena al presenciar aquel espectáculo. Mas, recordando las instrucciones que le diera la buena anciana, rompió una de las nueces y de ella salió una mujercita diminuta, de una estatura que no excedería de tres centimetros y que con la mayor actividad se ocupaba en cardar lino.
La princesa la tomó en su mano, se dirigió al castillo y solicitó hablar con la novia.
El buen aspecto de la solicitante le facilitó el logro de su deseo, de modo que, a los pocos momentos, se hallaba en presencia de la dama a quien viera al lado del duque de Norroway. Sin decir palabra, le mostró aquella mujercita que trabajaba con el mayor ahinco. Y la dama, encantada al verla, ofreció a la princesa cuanto quisiera a cambio de que se la cediese.
‑No tengo inconveniente en dárosla, señora ‑contestó la princesa‑, con la condición de que aplacéis un día vuestro casamiento con el duque de Norroway y yo pueda pasar la noche en la habitación contigua a su dormitorio.
Tan encaprichada estaba la dama y tanto deseaba la posesión de aquella linda mujercita, que consintió en las condiciones impuestas por la princesa.
Al llegar la noche y cuando el duque estuvo profundamente dormido en su cuarto, la princesa fue llevada a la sala inmediata. Entonces ella se sentó al lado de la puerta y empezó a cantar:

Mucho te he buscado y ahora te hallo dormido.
¿Por qué no despiertas, duque querido?
Y ¿por qué no me miras y no hablas conmigo?­

Y aunque repitió muchas veces esta can­ción, el duque no despertó en toda la noche, de modo que la princesa, con gran dolor por su parte, tuvo que retirarse por la mañana, sin que el duque se hubiese enterado de su presencia.
Entonces rompió la segunda nuez y de ella salió otra mujercita del mismo tamaño que la anterior, que con la mayor agilidad se ocupaba de hilar un copo de lino.
La presentó a la dama que había de casarse con el duque de Norroway y tan encantada y encaprichada quedó de aquella linda figurita, que trabajaba con tal actividad, que no tuvo inconveniente en aplazar la boda para el día siguiente y en consentir que la princesa pasara también la noche en la habitación inmediata al dormitorio del duque.
Pero la Princesa no tuvo más suerte aquella noche que la anterior de modo que a la mañana siguiente se vió obligada a retirarse sin que el duque se hubiese enterado de su presencia.
Entonces rompió la tercera nuez y apareció otra mujercita, del mismo tamaño que las dos anteriores, que, con la mayor actividad, se ocupaba en hacer madejas de hilo.
La ofreció, igualmente a la futura esposa del duque de Norroway, a cambio de la misma condición que le pusiera los días anteriores.
Cuando el duque se vistió aquella mañana, su criado le preguntó qué significado tenían aquel extraño canto y aquellos sollozos que, durante las dos noches anteriores, se habían oído en el dormitorio inmediato al suyo.
‑No he oído cosa alguna ‑contestó el duque‑. Seguramente lo has soñado.
‑Pues si el señor duque me permite una indicación ‑­contestó el criado‑, sería conveniente que, al llegar la próxima noche, no tomase su acostumbrada copa de vino. Tal vez esté narcotizado. Así es seguro que oirá lo mismo que yo, y que no me ha dejado dormir durante las dos noches anteriores.
Al duque le pareció bien el consejo y al llegar la noche se abstuvo de tomar la copa de vino. Al poco rato oyó los pasos de la princesa y no tardó en percibir su voz, más triste que en las noches anteriores, persuadida como estaba de que aquélla era la ultima vez en que podría hacer llegar su voz hasta él.
El duque se sobresaltó en extremo al oír la voz de su amada princesa. Se apresuró a saltar de la cama, y tras de vestirse convenientemente, fué al encuentro de la joven y se arrojó a sus pies, besándole las manos. Luego ambos se hicieron mutuamente el relato de sus respectivas aventuras y el duque le explicó que durante largo tiempo se había visto bajo el poder de una mala bruja, cuyos encantamientos habían terminado ya, gracias a su encuentro con la princesa.
Esta se sintió en extremo feliz por haber sido el instrumento de su segunda liberación y a las instancias del duque consintió en ser su esposa. En cuanto a la encantadora, huyó de aquella comarca, temiendo la cólera del duque. Y nunca más se ha sabido de ella.
Dos días después, reinaba en el castillo la misma actividad que en el momento de llegar la princesa, pues se preparaba el espléndido banquete y los magnos festejos con que se celebraría la feliz boda del duque y de la princesa.
Y así terminaron las aventuras del Toro Rojo de Norroway y la vida errabunda de la princesa, que, con tanta constancia, supo ser fiel al gallardo príncipe que había conquistado su corazón.

035. Anónimo (escocia)

Historia de los dos hermanos

Anapou y Bitou eran dos hermanos que, hace mucho, muchísimo tiempo, vivían en Egipto. Habian heredado una hacienda bastante considerable de su padre; pero, por disposición de éste y según las leyes existentes en aquella época, al hermano mayor pertenecían la casa, el ganado y los campos, y Bitou, el hermano menor, tenia la obligación de trabajar en favor de su hermano, aunque, naturalmente, recibiendo la retribución necesaria.
Bitou era un muchacho en extremo inteligente, hábil y laborioso en cuanto se refería a la agricultura y a la ganadería, y llegaba al extremo su conocimiento de estas cosas, que incluso había podido aprender el lenguaje de las reses que constituían los ganados y comprendia muy bien lo que los pobres animales quedan decirle a veces y, del mismo modo, cuanto se comunicaban entre sí.
Anapou también trabajaba en beneficio de su heredad, pero no tanto como el hermano menor. Un día, mientras ambos estaban ocupados en preparar la siembra de sus tierras, Anapou envió a su hermano menor a la casa en busca de cierta cantidad de semillas con objeto de diseminarlas en los surcos que acababanvde abrir en el campo.
Obedeció Bítou y partió en dirección a la vivienda, en donde tomó la semilla destinada a la siembra. Realizaron los dos hermanos esta operación y, en cuanto hubieron termi­nado el trabajo del día, regresaron a la casa.
Al llegar Anapou encontró a su esposa llorando y gimiendo, cosa que le extrañó sobremanera, pues, al parecer, no tenía motivo alguno de queja. Le preguntó con el mayor afecto cuál era la causa de su pesar, y ella, después de hacerse rogar mucho y como si tuviera reparo en dar las explicaciones pedidas, acabó por decir a su esposo que cuando Bitou llegó en busca de las semillas para la siembra, habíale dado una paliza, en venganza de que ella no quiso acceder a una petición de Bitou.
Tales noticias encolerizaron extremadamente a Anapou y en el acto formó el propósito de dar muerte a su hermano. Sin embargo, supo contener su furor, pues no quería ejecutar su venganza a sangre caliente, exponiéndose a ser acusado por todo el mundo como fratricida, y así, después de corta deliberación consigo mismo, creyó preferible aprovechar una ocasión favorable, de manera que nadie pudiese sospechar su intento.
Bitou, que era inocente del crimen de que le acusaba su cuñada, habíase dirigido a su habitación y no pudo darse cuenta del coloquio habido entre ambos esposos. No sospechaba, pues, cosa alguna y como su hermano resolvió disimular para cogerlo desprevenido, tampoco, al llegar la hora de la cena, le fue posible descubrir la suerte que le aguardaba. Anapou, y su mujer lo recibieron con igual afecto que en otras ocasiones, y el pobre mu­chacho cenó tranquilamente. Al llegar la ho­ra de acostarse se disponía a hacerlo, cuando se le ocurrió la idea de ir a dar una vuelta por el redil, para ver si al ganado le faltaba alguna cosa.
Penetró en el cercado y vió que la mayor parte de carneros y de ovejas estaban tendidos en el suelo, algunos rumiando y otros durmiendo, aunque unos pocos, sus preferidos, se apresuraron a levantarse en cuanto él llegó, con objeto, sin duda, de solicitar sus caricias.
Bitou pasó la mano por el lomo de dos o tres de aquellos mansos y pacíficos animales, y se disponía a continuar su camino, cuando, gracias al conocimiento que tenía de su lenguaje, oyó claramente que uno de ellos le avisaba de que cuanto antes emprendiese la fuga, porque su hermano estaba irritadísimo contra él y se proponía darle muerte.
Bitou se quedó sin saber qué pensar. No acertaba a adivinar la causa del mal deseo de su hermano, y por unos instantes per-maneció inmóvil, en el mismo lugar en que se hallaba, sumido en penosas y hondas reflexiones, Por fin, dijose que debía de ser cierto lo que acababa de oír, pero que, aun en caso de duda, más valía alejarse, porque siempre tendría tiempo de convencerse de lo contrario.
Así, pues, en vez de encaminarse a su habitación y de entregarse al sueño, emprendió aquella misma noche la fuga.
Pero Anapou debió de oír sus pasos al alejarse de la casa, pues salió a su vez de ella, dispuesto a impedir su marcha.
Corría Bitou con objeto de alejarse lo más posible de la casa de su hermano antes del amanecer, pero Anapou le perseguía con la mayor rapidez y era evidente que lo habría alcanzado poco después, si el dios Phra­Harmakhis que, por casualidad, miraba entonces hacia la Tierra, no se diera cuenta de lo que ocurría. Convencido como estaba de la inocencia de Bitou, quiso protegerle y, al efecto, hizo surgir entre los dos hermanos un ancho río poblado de numerosos cocodrilos. El ímpetu de la corriente impidió a Anapou pensar siquiera en cruzarla, y así, muy a su pesar, no tuvo más remedio que quedarse en la orilla.
Convencido Bitou de que, por el momento, se había salvado, sentóse a descansar en la orilla opuesta, pues, con toda seguridad, su hermano no intentaría cruzar la corriente hasta que apareciese la aurora.
En cuanto la luz del día permitió a los dos hermanos verse uno a otro, Bitou se volvió a su perseguidor y le preguntó:
‑¿Por qué me persigues? ¿Qué te he hecho yo? ¿Por qué quieres darme muerte?
De momento Anapou. no contestó, escandalizado como estaba por las preguntas de su hermano, aunque luego la duda entró en su corazón y se resolvió a responderle, comunicándole la causa de su cólera. Pero Bitou le contestó negando aquella acusación y asegurándole, por lo más sagrado, que no había pensado siquiera en ofenderle a él ni a su esposa.
Anapou se quedó avergonzado y pesaroso, e invitó a su hermano a abandonar sus proyectos de fuga, jurándole que no tenía nada que temer, pero Bitou se negó, porque ya no podría seguir viviendo al lado de aquella mujer mentirosa y falsa y añadió:
‑Debo marcharme. Y no tengo inconveniente en comunicarte que me marcharé al Valle de las Acacias. Ahora escúchame y te diré lo que sucederá. Gracias a mis artes mágicas me arrancaré el corazón y lo depositaré en la rama más alta de una acacia. Cuando este árbol sea cortado y derribado, mi corazón caerá al suelo y tú podrás ir a contemplarlo. En cuanto lo hayas buscado durante siete años, no pierdas el ánimo, sino que deberás tomar mi corazón y ponerlo en un recipiente de agua fría. Esto bastará para devolverme a la vida. De este modo resucitaré y podré vengarme de mis enemigos. Y sabrás que habrá llegado el momento de que se cumplan estas cosas con respecto a mí, cuanto te ofrezcan un vaso de cerveza del que rebose la espuma para caer al suelo. Luego te darán un jarro de vino, cuyas heces se elevarán hasta el borde. Y cuando ocurra todo eso no pierdas más tiempo.
Anapou se volvió a su casa, triste por la pérdida de su hermano y encolerizado, en cambio, por la mentira y la falsedad de su mujer. Una vez en su morada cogió a su esposa, traidora y mentirosa, y, a pesar de sus protestas y de sus ruegos, le dió muerte. Y luego lloró a su hermano Bitou.
Este, en el Valle de las Acacias, pasaba el día cazando y por la noche dormía al pie del árbol en cuya rama más elevada había depositado su corazón. Un dia encontró a los nueve dioses, que le dieron por esposa a la hija de los dioses; pero las siete Hathors [1] le juraron que la joven moriría atravesada por una espada.
Casóse Bitou con su divina compañera y en cuanto fué su esposa le comunicó el secreto de que su corazón estaba en lo alto de un árbol y también le avisó de que quien encontrase la acacia, tendría que luchar antes con él.
Era tan hermosa la mujer de Bitou que la fama de su belleza llegó a oídos del Faraón. Deseando convencerse de ello, el monarca hizo expresamente un viaje al Valle de las Acacias, pero, con objeto de que nadie recelase el motivo, fue solo hacia allá, sin acompañamiento o séquito alguno y convenientemente disfrazado. De este modo, pudo aproximarse sin ser visto al lugar en que vivian Bitou y su mujer, y en cuanto tuvo ocasión de ver a esta última, con-vencióse, en efecto, de que la fama no mentía y se enamoró perdidamente de ella, deseando hacerla su esposa y su favorita preferida.
Volvió, pues, a su palacio y dió las órdenes oportunas para enviar un numeroso grupo de soldados al Valle de las Acacias, con orden de matar a Bitou y apresar a su esposa. Pero no se figuró el Faraón que las cosas pudiesen ocurrir al revés de lo que pensaba, porque en cuanto los soldados se dispusieron a atacar al joven, éste, con el mayor valor, luchó como un león y consiguió matarlos a todos.
El Faraón se irritó sobremanera al enterarse de ello y, no queriendo renunciar a la posesión de aquella hermosa mujer, llamó a sus adivinos y les consultó el caso, rogándoles que le indicasen el modo de conseguir sus propósitos. Después de largas reflexiones; los preguntados le dijeron que no podría conseguir por la fuerza lo que se proponía y que más valía apelar a la astucia. Por consiguiente, el Faraón volvió a disfrazarse y se dirigió nueva mente al Valle de las Acacias, en donde aguardó, oculto, la ocasión de hablar con su adorada.
Poco tuvo que esperar para ello. En cuanto hubo revelado a la joven quién era él y le ofreció compartir su trono y sus riquezas con ella, asegurándole que la haría la mujer más dichosa de la Tierra, ella consintió en traicionar a su marido y comunicó al Faraón el hecho de que el corazón de aquél estaba en la rama más alta de una de las acacias, y que, para matarle, seda suficiente hacer derribar el árbol.
El Faraón llamó a dos leñadores, les dio las órdenes oportunas, y, efectivamente, en cuanto el hermoso árbol cayó al suelo, se desplomó muerto el desgraciado Bitou y el soberano pudo llevarse a su hermosa mujer.
Entonces ocurrió lo que Bitau profetizara a su hermano. Llegó un día en que le ofrecieron a éste un jarro de cerveza, cuya espuma rebosaba por el borde. del recipiente hasta caer al suelo, y luego le dieron un jarro de vino que se enturbió mientras lo sostenía en la mano.
Estas señales le dieron a entender que había llegado el momento de obrar, y, proveyéndose de ropa, de sandalias y de armas, emprendió el camino hacia el Valle. Al llegar allí encontró a su hermano muerto y en su cama. Acercóse a la acacia, en busca del corazón, pero sólo encontró una baya, en la que se había transformado. Púsola en agua fría y en el acto Bitou resucitó.
Abrazáronse los dos hermanos y Bitou dijo:
‑Ahora me convertiré en el sagrado buey Apis. Llévame, pues, a presencia del Faraón, que te recompensará dándote mucho oro y plata, a cambio de mí. Entonces yo encontraré medios de castigar a mi esposa por haberme hecho traición.
Anapou siguió exactamente las instruccciones de su hermano y, en cuanto salió el sol del del día siguiente, llevó a la corte a su her­mano Bitou que, habla asumido la forma del buey sagrado. Al verlo hubo gran regocijo en palacio y el Faraón recompensó ricamen­te a Anapou, concediéndole también muchas más distinciones que al principal de sus cor­tesanos.
Algunos días después el buey entró en el harén y, dirigiéndose a su antigua esposa, le dijo:
‑Ahora podrás convencerte de que, a pesar de todo, sigo viviendo.
‑¿Quién eres? ‑replicó ella.
‑Bitou ‑replicó él‑. Bien sabías lo que hacias al indicar al Faraón la conveniencia de cortar la acacia.
Ella se asustó en extremo y, deseosa de evitar los peligros que ya preveía, rogó al Faraón que le otorgase un favor que quería pedirle. El monarca, que la amaba extremadamente y que no podía negarle cosa alguna, consintió en ello.
‑Pues si es así ‑replicó ella‑ dame, señor, para que me lo coma, el hígado del toro sagrado, porque ninguna otra cosa me gustará tanto como ésta.
El Faraón se disgustó mucho al escuchar semejante petición; pero, como había jurado satisfacerla, acabó consintiendo. Por consiguiente, un día, mientras el pueblo ofrecía sacrificios al toro sagrado, mandó llamar a sus matarifes y les ordenó dar muerte al hermoso animal.
En cuanto le hubieron clavado el cuchillo, dos grandes gotas de sangre cayeron de su cuello y, acercándose a la puerta del Faraón, dieron origen a dos grandes árboles, cada uno de ellos junto a una de las jambas.
Al presenciar aquel segundo milagro, el pueblo se llenó de júbilo y empezó a ofrecer sacrificios a los dos árboles.
Mucho tiempo después el Faraón, llevando en las sienes su corona de lapislázuli y con una guirnalda de flores en torno del cuello, sentóse en su trono de electro [2] y se hizo transportar al lugar en que habían nacido los dos árboles, con objeto de contemplarlos. Tras él iba su favorita principal, la que fué esposa de Bitou y ambos tronos fueron colocados al pie de los dos árboles. Entonces Bitou, que era el árbol bajo el cual su esposa estaba sentada, le dijo en voz baja:
‑Mujer infiel, soy Bitou y, a pesar de cuanto has hecho, sigo viviendo. Obligaste al Faraón a cortar la acacia, para darme muerte. Luego me convertí en buey sagrado y también me hiciste matar. Pero he vuelto a renacer.
La infiel esposa oyó, aterrada, aquellas palabras y más tarde, cuando, aquel mismo dia, estaba sentada a la mesa, en compañía del Faraón, hizo jurar a éste que le otorgaría cualquier favor que le pidiera, y así que tuvo la certeza de ser complacida, dijo:
‑Haz, señor, que corten esos dos árboles que crecen ante la puerta, para convertirlos en dos hermosas vigas.
Hízose tal corno pedía, pero cuando llevaban a cabo aquella operación, una diminuta astilla de la madera saltó, impulsada por la herramienta, y se introdujo en la boca de la infiel mujer.
Algún tiempo después ésta tuvo un hijo, que no era, ni más ni menos, que Bitou, nuevamente reencarnado, en forma humana, aunque ella lo ignoraba. El Faraón estaba embelesado con el chiquillo y lo nombró Príncipe" del Alto Nilo. El niño creció felizmente y en cuanto hubo llegado a la pubertad, el monarca de Egipto murió y, como habla sido nombrado su sucesor, Bitou pasó a ocupar el trono de los Faraones.
Una vez en posesión del poder, llamó a los grandes dignatarios de la corte, ordenó que también se presentara la antigua favorita del Faraón, y entonces, ante todos, reveló la verdad de lo que había sucedido. Aquella mala mujer fue condenada a muerte, y así Bitou pudo castigarla por sus maldades.
El nuevo Faraón reinó por espacio de veinte años y luego su hermano Anapou, a quien había nombrado su sucesor, ocupó, a su vez, el trono.

034 Anónimo (egipto)


[1] Hadas o genios femeninos que generalmente se aparecían cuando nacía un niño y le profetizaba su futuro.
[2] Aleación de plata y oro, usada por los pueblos antiguos.

Harpocrates en peligro

Esta vez ayuda a Isis y a Horus. 

Nuestro Harpócrates se está muriendo 

y no hay muchas esperanzas de devolverlo a la vida.


Una vez más, mi sabio Thot aparece.

Horus, el hijito de Isis y Osiris, tuvo una infancia llena de peligros. Nuestro pequeño nació en los sagrados pantanales de Tshemmis, lugar donde estaría a salvo de su tío Seth.
Un día, cuando Isis y su pequeñín se encontraban fuera de los pantanales, fueron secuestrados por Seth.
Nuestra bella diosa fue encerrada en una casa de hiladas con su hijo.
Thot al poco tiempo se enteró del lugar donde se encontraban. Entró sin ser visto y le dijo a Isis:
-¡Rápidamente! ¡Regresen a los sagrados pantanales de Tshemmis!
De nuevo, nuestro sabio se dirigió a Isis y le explicó:
-Allí no podrá seguirlos Seth. Estarán a salvo hasta que Horus sea más mayor y pueda acceder al trono de su padre.
Dicho esto, le entregó a la diosa siete escorpiones mágicos para que los protegieran durante el camino de regreso a los sagrados pantanales.
Isis estaba agotada después de haber estado toda la noche andando con su hijito a cuestas. Ya llevaba medio día sin poder casi ni andar. Se detuvo delante de una casa para buscar cobijo y descanso. Les abrió la puerta una mujer, la cual al ver los escorpiones, cerró de inmediato la puerta y no los dejó pasar. Era una mujer con muchas riquezas, pero ni se detuvo a escucharlos.
Un poco más adelante, la hija de un pescador muy pobre compartió con ellos la poca comida que tenía y su humilde choza.
Cuando Isis y Horus descansaban en aquella cabaña, los siete escorpiones no paraban de criticar a la señora rica que no había querido ayudarlos. Se fueron hacia la casa de ésta con el propósito de envenenar a su hijo. Unieron el veneno de todos en el aguijón de su jefe, Tefen, e hicieron lo que se habían propuesto.
La señora cogió a su hijo en brazos y se fue de su casa buscando ayuda.
Isis se enteró de lo ocurrido, y dijo pensando en su pequeño:
-No voy a consentir que muera por mi culpa un inocente bebé.
La diosa hizo venir a la mujer, y dijo:
-¡Que Horus esté sano para mí y que este pequeño esté sano para su madre!
También añadió:
-Soy Isis, la Gran Madre, y con mis poderes haré que el veneno se muera y el pequeño viva.
La mujer no sabía cómo agradecérselo a la diosa y tomó todas las cosas más valiosas que tenía y se las entregó a la hija del pescador.
Nuestra Isis se puso muy contenta.
Al poco tiempo ya se encontraban en los pantanales de Tshemmis.
Isis escondió a su bebé entre las malezas de papiro y salió a buscar comida.
Esta vez no dejó a ningún guardián con Horus, pensando que no le ocurriría nada en aquel sitio tan tranquilo. Pero cuando regresó su hijo estaba muy grave y la magia de Isis fallaba porque no sabía qué enfermedad tenía su niño. Isis se alarmó y no tenía a quién recurrir pues su marido estaba muerto, y los dioses estaban lejos.
Pronto recordó que había un pueblecito cerca de donde se encontraban y corriendo fue hacia allí en busca de ayuda.
Isis no hacía más que gritar, estaba muy angustiada. A los pocos minutos apareció una anciana, en la cual se reflejaba, al mirarla, una gran sabiduría. Tenía en las manos el amuleto del “Signo de la Vida o anj”. Se acercó a nuestra diosa y le dijo:
-Seth no puede entrar en los sagrados pantanales, pero seguro que ha mandado a una criatura venenosa. Ha podido ser una serpiente o cualquier otro ser.
La anciana se quedó mirando a la diosa y ésta se dio cuenta de que tenía razón: «Nuestro Harpócrates había sido envenenado»
Horus lloraba y lloraba.
Poco después aparecieron allí Neftis, hermana de Isis, junto a Selkis, la diosa escorpión.
-¡Isis, no pierdas tiempo! ¡Horus se está muriendo! Tienes que detener la Barca del Sol, así el viento cósmico no soplará y el tiempo se detendrá hasta que nuestro pequeño sane.
Isis sabía que tenía mucho poder, pues ella era la única que sabía el nombre secreto de Ra.
Miró hacia el cielo y logró detener la Barca del Sol.
Ra estaba muy alarmado porque se dio cuenta de que algo muy grave estaba pasando, pues la Barca del Sol no avanzaba. Se dirigió a Thot para pedirle que fuera a Egipto a enterarse de qué estaba ocurriendo. El sabio dios enseguida cumplió con los deseos de nuestro Rey de los Dioses.
-Isis, ¿qué ha pasado? -preguntó Thot.
-Horus está muriéndose. Seth es el culpable. Ha mandado una criatura para envenenarlo -contestó Isis.
Thot, dirigiéndose a Isis y a Neftis, respondió:
-Tranquilícense.
Entonces mi sabio Thot empezó a recitar una serie de palabras mágicas y terminó diciendo:
-¡Veneno! Ra te ordena salir de este pequeño. La Barca del Sol no podrá seguir avanzando y la mitad del mundo se quemará y la otra mitad se encontrará en la más profunda oscuridad hasta que Horus sane.
Seguidamente Harpócrates sanó.
Thot tuvo que regresar al cielo pues sin él los demás dioses no podían remar. Ra se puso muy contento al saber las buenas noticias que le traía Thot.
Isis abrazó a nuestro Horus el Niño.
A partir de entonces nuestra bella divinidad puso todas sus esperanzas en su hijo. Lo educó para que más adelante vengara a su maléfico tío Seth que fue también el responsable de la muerte de su padre, Osiris.

034 Anónimo (egipto)

El ojo del sol

Ra, el rey de los dioses, sabía que su hija Hathor, cuando tenía apariencia humana, era la diosa más agraciada en virtudes. Llenaba de alegría y de encanto todos los lugares. Era la protectora de los dioses.
“El Ojo Del Sol” era el lado más negativo de la diosa Hathor. Ella adquiría muy variadas formas. Cuando se enojaba todos los dioses la temían.
Un día Ra tuvo que discutir con su hija. El Ojo Del Sol tenía muchísimos celos de los dioses que creó su padre. Éste no pudo consentir ese comportamiento tan injusto y Hathor se enfadó muchísimo y se marchó hacia Nubia, teniendo que atravesar desiertos. La diosa ya no mostraba su forma humana, tenía la apariencia de un gato salvaje o la de una leona furiosa. Cualquier criatura que se le acercase sería víctima de ella. Cazaba y mataba, vivía de ese modo.
Ra entristeció y cayó en una profunda melancolía, hasta tal punto que “ El dios Sol” ocultó su rostro y la tierra se quedó sin luz, en una profunda oscuridad.
Yo me pregunto una cosa:
-¡Ra! ¿Cómo pudo ocurrir tal cosa, tú, que eres el que envía la alegría al mundo y ahuyentas las desgracias y las penas?
Egipto estaba desconocido. Era muy cruel ver ese panorama en la tierra. ¡Qué tristeza!
Ra pidió ayuda a los dioses y le dijo a Thot, el dios más sabio, uno de mis dioses favoritos, que fuera a Nubia a convencer a Hathor para que volviera a Egipto. Thot estaba atemorizado, pues sabía que en cuanto lo viera, Hathor lo mataría. Entonces pensó que lo mejor sería adquirir la forma de un mandril para ser más insignificante.
Después de seguir los pasos de la diosa, la encontró y se acercó a ella. Thot le dio conversación haciendo referencia a Ra y recordándole que era la hija del sol, pero ella bajo la forma de gato salvaje le dijo:
-¡Dime lo que tengas que decir y muere!
Thot comenzó a contarle una historia para distraerla y a su vez para recordarle que el rey de los dioses, Ra, su padre, siempre hacía justicia. Comenzó contándole la historia de un buitre hembra que había tenido pollitos y una gata que había tenido gatitos. Ambas mamás habían hecho un pacto y habían jurado por Ra que ninguna atacaría a las crías de la otra.
Un día uno de los pollitos se escapó del nido en una de las ausencias de la madre, y al no saber volar fue a caer donde estaban los gatitos y les quitó un poco de comida. La madre gata sin pararse a pensar atacó al polluelo y lo hirió, después le dijo que se fuera.
El pequeñín no podía volar todavía porque era un pollito, pero le dijo a la gata:
-¡Has roto el pacto y Ra te lo hará pagar!
El polluelo murió. Su madre lo buscó y finalmente lo encontró en la otra montaña muerto. El buitre se dirigió enseguida hacia los gatitos y cuando estuvo ausente la gata, entonces los mató y se los llevó al nido como alimento para sus polluelos.
La gata se enfureció y le pidió a Ra vengar al buitre. El dios Sol decidió castigar a las dos mamás por haber roto el juramento que habían hecho en su nombre. Entonces ocurrió lo siguiente: El buitre vio a un cazador que se estaba asando una pierna para comérsela. Enseguida se lanzó a cogerla para llevársela a su nido como alimento, pero resulta que la carne contenía todavía brasas que estaban encendidas y éstas cayeron sobre los pollitos, muriendo éstos y sin poder hacer nada la madre por ellos.
Thot terminó de hablar y El Ojo Del Sol se quedó pensativa y recordó lo poderoso y lo justo que era su padre. Hathor había cambiado su carácter completamente. Thot le había recordado a su padre, a su hermano Shu, a su tierra “Egipto“... Y en ese momento recordó lo mucho que los hombres la adoraban.
También el más sabio de los dioses le comentaba cómo estaba Egipto sin ella: en tinieblas, triste, sin alegría...
Pero cuando más confiado estaba Thot en hacerla regresar, ésta se dio cuenta de que el mandril quería disuadirla para volver a Egipto y entonces montó en cólera por haberla hecho llorar, y se enfureció de tal manera que se convirtió en una enorme leona.
-¡En nombre de Ra, perdóname! ¡Antes de atacarme escucha la historia que te voy a contar! -dijo Thot.
Mi sabio Thot comenzó enseguida a contarle otra historia para tran-quilizarla:
«Dos buitres se pasaban el tiempo discutiendo sobre cual de ellos poseía más dones:
-Yo soy capaz de... -decía uno de ellos.
-Pues yo puedo... -replicaba el otro.
De repente uno de ellos se empezó a reír y dijo:
-Si supieras lo que he visto.
-¿Qué has visto? -contestó el otro.
-Como tú ya sabes tengo una poderosa vista y he podido contemplar lo siguiente: He visto cómo una lagartija se comía una mosca. Después una serpiente se comía la lagartija y posteriormente un halcón se llevaba la serpiente, pero como ésta pesaba mucho, el halcón cayó al mar y los dos fueron comidos por un pez. Y seguidamente ha pasado un pez más grande y se ha comido al primero. El pez grande se había acercado a la orilla del mar y había sido capturado por un león. Después apareció una criatura extraña, mitad león y mitad águila, y se lo ha llevado a su nido para comérselo.
Uno de ellos dijo:
-Seguramente que esa criatura extraña es un mensajero de Ra. Los que matan mueren. Y no hay nada que se pueda comparar con la justicia del rey de los dioses.»
Thot le dijo a El Ojo Del Sol:
-Tu propio padre es quien da bien por bien y mal por mal.
En ese momento la diosa se sintió muy orgullosa de su padre y le dijo al mandril:
-No te preocupes que no te voy a matar.
El sabio Thot emprendió el viaje hacia Egipto acompañado por el gato salvaje (la diosa). Como no se fiaba todavía de ella comenzó a contarle otra historia:
-“Dos chacales que vivían en el desierto...”
Cuando terminó de contarle la historia le dijo:
-Como me has perdonado la vida yo te protegeré durante todo el camino.
La diosa se empezó a reír y le dijo que El Ojo Del Sol no necesitaba su protección, pues el mandril era mucho más débil que ella.
El mandril, es decir, Thot, comenzó a hablar:
-Te voy a recordar una historia: «Trata de un león que buscaba desespera-damente al hombre para matarlo. El león pensaba que él era el más fuerte. Se había enfurecido pensando que una criatura que no conocía, “el hombre”, pudiera con una pantera que se había encontrado medio muerta. Con un león y con varias criaturas que se habían cruzado por el camino y que habían sido víctimas del hombre. Con lo que no contaba el león era con el arma más poderosa del hombre: ”la astucia”. En su búsqueda desesperada se encontró con un ratoncillo, y éste le dijo:
-Oiga, por favor, no me aplaste. Si me aplasta para luego comerme, no le va ha merecer la pena, pues soy tan diminuto que no le voy a saber a nada. Dejándome en libertad algún día le devolveré el favor.
El león no lo mató y se fue riéndose a carcajadas.
-Un ratoncillo ayudarme a mí, ja, ja,ja -dijo el león.
Al poco tiempo sucedió que el león fue a caer en una trampa que había preparado el hombre. El león cayó en un agujero que estaba tapado con ramas, y éste había quedado atrapado en una red. Quedaba poco tiempo para que el hombre lo matara. A media noche pasó el ratoncillo por allí y enseguida ayudó al león para que éste pudiera escapar. El diminuto animal comenzó a roer todas las redes, todas las cuerdas. Y el león se fue lejos de aquel lugar, donde no le pudiese atrapar el hombre. Pero la experiencia le hizo comprender que un ser más débil puede ayudar al que tiene más fuerza.»
Hathor lo escuchó y comenzó a tenerle mucho más respeto al mandril.
En El-Kab, al pasar la frontera de Egipto, Hathor tomó la apariencia de un buitre, y en el siguiente pueblo volvió a cambiar de aspecto. Hasta acercarse a Tebas, allí adquirió la apariencia de un gato salvaje.
Todo Egipto estaba pendiente del regreso de su bella diosa. También estaban los enemigos de Ra, y mientras Hathor dormía, una serpiente venenosa se le acercó, pero Thot, que estaba vigilante, avisó a su diosa y ésta saltó como una fiera hacia la serpiente y la mató.
Hathor recordó la historia del ratón y el león y se fue dándole las gracias a su amigo el mandril.
Al llegar a Tebas por la mañana se transformó en una bella mujer, llena de bondad y alegría, como ella era. La bella Hathor se juntó con su padre en la ciudad sagrada de Heliópolis y se dieron un fuerte abrazo. Todo Egipto saltó de alegría. Thot volvió a mostrar su apariencia normal y la diosa lo reconoció.
Ra agradeció a Thot el regreso de El Ojo Del Sol y formaron una gran fiesta.
Como se puede ver, Thot tenía una gran sabiduría.

034 Anónimo (egipto)