Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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viernes, 1 de junio de 2012

El pequeño corzo

Anónimo
(españa)

Cuento

Un niño y una niña, que eran hermanos, vivían en su casa con su madras­tra. La madrastra era una mujer malvada y no los quería. Un día el niño dijo que no podía aguantar más, que se iba de casa.
Su hermana se puso a llorar, porque no quería que el niño se fuese, pero como no quería separarse de su hermano ni quedarse sola, al final decidió ir­se con él.
Echaron a andar con lo puesto y un hatillo de ropa y se alejaron de la ca­sa. Cuando la madrastra descubrió que se habían ido, se puso furiosa y lo pri­mero que hizo fue encantar tres fuentes por las que ella sabía que los niños te­nían que pasar.
Los dos hermanos, después de mucho caminar, empezaron a sentir sed y pronto encontraron la primera fuente. Se acercaron a beber y la niña oyó una voz cristalina que decía:
‑Aquel que mi agua bebe, ligero león se vuelve.
La niña, que lo escuchó, le dijo muy asustada a su hermano:
‑Por Dios, no bebas de esta agua, que te convertirás en león y me devora­rás.
El niño, como la quería mucho, se aguantó la sed y siguieron caminando con la esperanza de encontrar pronto otra fuente. Y en esto se encontraron con la segunda fuente y se acerca-ron ansiosos a beber, pero la niña escuchó una voz cristalina que decía:





El pájaro de los diamantes


Anónimo
(españa)

Cuento

Éranse dos amigos que tenían además en común el oficio de joyero, pero, lo que son las cosas, a uno de ellos se le puso la suerte de espaldas y perdió cuanto poseía. En tal situación, se fue a ver a su amigo para ver si podía sacarle del apuro, pero el amigo era muy egoísta y se excusó diciendo que tenía mujer y dos hijos por familia, y no podía arriesgar lo poco que tenía para sostenerlos.
El empobrecido, en vista de la situación, se determinó a cambiar de oficio y habiéndose enterado de que necesitaban un guardés para una dehesa se presentó por el puesto. Como era hombre de buena fama, se lo dieron y allí se quedó a vivir. El hombre era cazador y su amo le permitía cazar de vez en cuando alguna pieza para poder comer. Un día en que estaba a la busca, vio un pájaro tan maravillosamente colorido que le entraron ganas de hacerse con él y le tiró con pólvora sola, de manera que pudo cogerlo sin hacerle casi daño. En cuanto llegó a casa, lo metió en una jaula todo contento de poseer un pájaro tan admirable.
Al día siguiente fue a echarle de comer y se encontró con que en el suelo de la jaula había una piedra muy brillante, y él, como era joyero, se dio cuenta en seguida de que no era un huevo tan deslumbrante como el plumaje del ave sino un auténtico diamante. No sabía bien qué pensar del asunto hasta que, al otro día, volvió a encontrar otro igual, y al día siguiente, otro, y al otro, otro, y comprendió que el pájaro ponía diamantes en vez de huevos. Así que tomó los diamantes, se fue a la tienda de su antiguo amigo el joyero y se los vendió sacando una bonita suma de dinero por ellos.
Como sacó su buen dinero, dejó el oficio de guardés y se volvió al pueblo. El pájaro seguía poniendo diamantes, de manera que no tardó en hacerse rico. Y su antiguo amigo joyero estaba muy inquieto tratando de saber de dónde sacaba tantos diamantes el hombre. Le preguntó y éste no quiso decírselo, claro, y entonces le amenazó con que si no se lo decía lo acusaría de haberlos robado. Y el hombre, indignado por esto y para probarle que no era ladrón, le contó cómo los obtenía.
Al enterarse del secreto, el joyero le propuso comprarle el pájaro y el otro no quiso; pero luego se lo pensó mejor y, como recelaba de su antiguo amigo y, además, era ya bastante rico, le propuso un cambio: él le daría el pájaro a cambio de la casa y la tienda del joyero. Claro, éste le dijo que sí en seguida, porque esperaba volverse mucho más rico de lo que era y comprar una casa mejor y abrir otra tienda. Total, que cerraron el trato.
El joyero, apenas consiguió los primeros diamantes, compró una casa nueva e instaló al pájaro en una jaula fastuosa en mitad del jardín. A menudo se acercaba a observarlo para regocijarse por el cambio que había hecho, y en una de éstas, vio al pájaro revolcarse y observó que había un letrero debajo de cada una de sus alas. Cogió al pájaro para ver esos letreros y leyó en uno: «El que se coma mi cabeza será rey» y en el otro: «El que se trague entero mi corazón sin masticarlo tendrá todos los días, al levan-tarse, un bolsillo lleno de oro bajo la almohada».
El joyero pensó entonces, como buen egoísta: «Esto vale más que todos los diamantes que el pájaro pueda darme, así que, si lo mato y me lo como, seré rey e inmensamente rico».
No lo pensó más, mató al pájaro y se lo entregó a la cocinera para que lo cocinase diciéndole:
‑Lo he de comer entero sin falta de nada, así que como eche algo en falta, te desuello viva.
La cocinera, con todo cuidado, preparó y guisó el pájaro y lo dejó apartado para cuando llegase la hora de comer. Y sucedió que, estando ausente de la cocina, llegaron del campo los dos hijos del joyero, que venían cansados y hambrientos y, al ver el guiso, no se lo pensaron más: el mayor se comió la cabeza y el pequeño eligió el corazón, pues pensaban que eso sería lo que menos se echase en falta, pero en esto oyeron volver a la criada y el pequeño se tuvo que zampar el corazón entero para que ella no le viera masticar y le acusase ante su padre.
Llegó la hora de la comida y la cocinera, que no había reparado en nada, llevó el pájaro a su amo. El joyero buscó inmediatamente la cabeza y el corazón y, al no hallarlos, llamó a la cocinera y le preguntó por tales despojos y la pobre mujer se echó a llorar diciendo que ella no los había comido.
Y dijo el joyero:
‑¿No te dije que te iba a desollar viva si te los comías? ¡Pues ahora verás! ‑y cayó sobre ella dispuesto a darle tal tunda de palos que los hijos no pudieron por menos de intervenir.
‑Déjela usted, padre, que no tiene razón para pegarle, que fuimos nosotros los que nos comimos la cabeza y el corazón de tanto apetito como traíamos.
Al oír esto, el padre se fue calmando poco a poco y al final pensó que del mal, el menos; pues si él no podía ser rey, al menos lo sería su hijo, con lo que bien podría aprovecharse de esta situación cuando llegara el momento. Y en cuanto al pequeño, resolvió no decirle tampoco nada y ya se ocuparía él de recoger cada mañana el bolsillo de oro. Así que los interrogó discreta-mente y supo que era el pequeño el que se había comido el corazón entero.
Conque se calló bien callado y a la mañana siguiente madrugó y se fue a la cama del menor y encontró un bolsillo lleno de oro. Y desde entonces hizo todos los días lo mismo.
En fin, los hijos fueron creciendo y un buen día un amigo invitó a los dos hermanos a cazar en una finca que él tenía y donde abundaban los conejos de monte. Al padre no le hizo gracia esto, pero como los hijos eran ya mayores no tuvo más remedio que acceder y allá que se fueron prometiendo volver lo más pronto que pudieran.
Fueron con el amigo, estuvieron cazando, se acostaron rendidos y a la mañana siguiente volvieron a salir. Y cuando regresaban por la tarde, una criada se acercó al menor y le dio un bolsillo diciéndole:
‑Tome usted este bolsillo, que se dejó esta mañana bajo la almohada.
‑Pero este bolsillo no es mío ‑dijo el muchacho.
‑Que sí, señor ‑insistió la criada‑, lo encontré al hacer la cama por la mañana en cuanto salieron, así que ha de ser de usted.
El muchacho, pensando que sería alguna broma, le contestó:
‑Bueno, pues si es mío, yo telo  regalo.
La criada, como es natural, se fue más contenta que unas castañuelas.
El muchacho se acostó aquella noche y le entraron ganas de fumar y después de liar un cigarro, por la pereza de levantarse, guardó la petaca bajo la almohada; y a la mañana siguiente, al recogerla, encontró un bolsillo lleno de oro. Y no sabía si era una broma que le estaban gastando o qué, pero decidió no decir nada a ver qué ocurría y nada ocurrió, y al otro día encontró otro bolsillo igual y ya le entró inquietud, pues no sabía lo que significaba eso. Pero al ver que aquello continuaba, recordó que su padre solía entrar por la mañana temprano a arreglarle las almohadas y no tardó en compren-der que lo que buscaba en realidad era el bolsillo de dinero. En vista de lo cual, cuando regresaron a la casa del padre, el pequeño reunió a su padre y a su hermano y dijo:
‑Padre, he notado que cada mañana, al levantarme, encuentro un bolsillo lleno de oro; y como usted no quería que yo fuese a la finca de mi amigo, me parece que ha de saber algo de esto.
El padre no tuvo otro remedio que contarles a los dos hermanos que al comerse la cabeza del pájaro el mayor estaba destinado a ser rey, y que, al tragarse entero el corazón, el menor encontraría todas las mañanas un bolsillo lleno de oro bajo la almohada.
Los dos hermanos se alegraron mucho al oír esto y el pequeño le dijo al padre que, puesto que ya era rico y además él le daba con gusto el oro que había reunido cuando estuvo en la finca, que él prefería marcharse a conocer el mundo en lugar de seguir en la casa. El padre, claro, trató de disuadirle, pero el pequeño no cejó. Y, además, su hermano dijo que él quería acompa-ñarle, así que el padre no tuvo más remedio que dejarlos partir mientras se arrepentía de haberles contado la historia del pájaro.
El caso es que los hermanos se fueron y estuvieron juntos aquí y allá corriendo aventuras. Hasta que un día, en que estaban de camino, vieron venir un ejército de numerosos caballeros hacia ellos y, cuando éstos llegaron a su altura, se acercaron los más principales para ofrecer al hermano mayor la corona del reino que atravesaban, pues tenían noticia de su llegada y se habían puesto en su busca. Naturalmente, a ninguno de los dos les extrañó este suceso y el hermano mayor aceptó inmediatamente la corona y encabezó la comitiva de vuelta al palacio real.
La llegada del nuevo rey fue acogida con el natural alborozo y se organi­zaron grandes fiestas. Pero al cabo del tiempo, el menor manifestó su deseo de seguir camino él solo, porque aún no había acabado de saciar su sed de aventuras. Y aunque el mayor le prometiera casarlo con una princesa, él de­cidió que ya encontraría la mujer que le conviniese, fuera princesa o no, y que se iba.
Eso hizo, y continuó recorriendo el mundo. Un día llegó a una casa donde vivía una mujer de modestos recursos que tenía una sobrina bellísima y el menor se prendó de ella y decidió hacerla su esposa. La tía, como viera que al hombre no parecía faltarle de qué comer, accedió al casorio y pronto celebraron la boda.
Allí se quedó, pues, a vivir el pequeño. No faltaron curiosos que se preguntasen de qué vivía aquel hombre. Él decía que de las rentas que le mandaban de lejos, pero aunque se acallaron las murmuraciones no ocurrió lo mismo con la curiosidad de la tía de la muchacha, que era una mujer muy codiciosa. Y la tía le encargó a la sobrina que viera el modo de averiguar de dónde llegaba tanto dinero.
También la sobrina sentía curiosidad y le fue interrogando con discreción y poco a poco hasta que el hombre acabó por contarle la historia del pájaro cuyo corazón se comió entero y cómo por causa de eso cada mañana encon­traba un bolsillo de oro bajo la almohada. Con eso quiso tranquili-zarla para que viera que nunca les iba a faltar de nada, pero le encargó que no dijese una palabra de lo que había oído.
En eso quedaron, pero la sobrina no pudo resistir contárselo a la tía y ésta, que a más de codiciosa era mala, preparó un cocimiento espe-cial para que se lo mezclara a su marido con la sopa, diciéndole que de este modo averiguarían si lo que le había contado era cierto.
Así lo hicieron y el hombre se tomó su sopa tan tranquilo, sin sospechar nada.
Al rato, se empezó a sentir fatigado y decidió retirarse a descansar; luego tuvo escalofríos y al final vomitó todo cuanto tenía en el estómago y por fin se quedó dormido. Entonces la vieja fue a mirar entre lo que había echado y descubrió el corazón del pájaro, que estaba tan entero como cuando se lo había tragado; lo cogió, lo lavó bien y se lo tragó ella.
A la mañana siguiente el hombre no encontró el bolsillo de oro bajo la almohada y le preguntó a su mujer si lo había cogido ella, pero ella no lo había cogido. Eso sucedió al día siguiente y al otro y ya al cuarto día estaba desconfiando y se enfadó con su mujer pensando que era ella la que se lo quitaba. Pero intervino la tía en la disputa en favor de su sobrina y le echó a la calle diciéndole que no volviera más por allí.
Entonces él se dijo: «Si me echas a la calle no es porque me estés robando el bolsillo, pues para eso necesitarías que yo me quedase a dormir en la casa. Esto ha debido ser cosa de mi mujer, que le ha contado a la tía lo que yo le prohibí que contara y ésta ha debido de hacer algo para quitarme el poder».
Entonces regresó a la casa por la puerta de atrás e interrogó a la criada y ésta le dijo que no había ocurrido nada en la casa desde el día en que él se puso malo y lo vomitó todo; y él le preguntó si ella había limpiado la habitación y la criada le contestó que no, que la tía la había echado de allí y lo había limpiado todo ella. El hombre, al oír esto, comprendió lo que había pasado y se prometió que aquello no acabaría así.
No teniendo adónde ir, se echó al campo y estuvo deambulando de un lado a otro hasta que sintió sed y buscó una fuente; luego sintió hambre y miró a ver qué podía comer y vio una higuera repleta de higos; y, sin pensarlo más, se fue derecho a ella y comió un higo; y nada más comerlo, se convirtió en burro.
Cuando se vio de esta guisa, se echó al suelo desconsolado pensando cuál no sería su mala suerte que, además de perder su privilegio de los bolsillos de oro, se convertía en un animal como aquél. Pero los lamentos duraron hasta que el hambre atacó de nuevo, con lo que se puso en pie y, como era burro, empezó a comer la hierba de por allí. Y al poco de empezar a comer, comprobó con satisfacción que se había vuelto hombre de nuevo.
Y se dijo:
‑Pues es verdad que no hay mal que por bien no venga, porque, mira por dónde, estos higos me van a proporcionar la venganza que estaba deseando.
Cogió algunos de los higos más hermosos que tenía la higuera, los puso en una cesta y se fue para el pueblo donde vivía su mujer con la tía.
Allí buscó a una persona a la que encargó que fuera a ver si le compraban los higos en la casa de la tía, que podía quedarse con lo que le dieran por ellos. Así lo hizo el hombre, y en cuanto vieron en la casa el aspecto de aquellos higos, se los compraron todos y en seguida se los comieron la tía, la sobrina y la criada sin esperar a más.
Al poco se presentó el hombre en casa y las encontró a las tres convertidas en burras; las cogió, las llevó a la cuadra y les puso unos bozales para que no comiesen yerba alguna y allí las dejó atadas. Luego fue en busca del boticario del pueblo, a quien conocía de antes, y le propuso una partida de caza. En cuanto se pusieron de acuerdo, se fueron a dormir y a la mañana siguiente el boticario se presentó en la casa y aparejaron las burras. El hombre se montó en la sobrina, montó al boticario sobre la criada y echaron toda la car­ga en los lomos de la tía.
El camino fue un suplicio para la tía, que no podía ni con su alma, pero el hombre le fue dando buenos palos hasta que llegaron a una fuente donde des­cargaron. Entonces la tía no pudo más, que se le doblaron las patas, y echó fuera todo lo que llevaba en el estómago. El hombre buscó entre lo que había arrojado, encontró el corazón, lo lavó en la fuente y se lo tragó entero, di­ciendo:
‑A ver si ahora vuelves a quitármelo.
Mandó al boticario que se adelantase y él se fue por el lado contrario, pe­ro en seguida volvió sobre sus pasos, quitó el bozal a las burras, las dejó allí que pastasen y pudieran recobrar su forma de mujeres y se marchó para siem­pre. Cuando el boticario volvió ni le halló a él ni a las burras, así que de re­greso al pueblo pasó por la casa de su compañero y allí encontró a la criada, que le dijo que la vieja estaba en las últimas y la sobrina rendida de cansan­cio; pero se cuidó muy mucho de decirle que era ella la burra sobre la que ha­bía ido montado.
Y el joven volvió con su hermano y le dijo que, ahora sí, le buscara una princesa para casarse, que ya se habían acabado sus correrías por el mundo.




El lobo que cree que la luna es queso


Anónimo
(españa)

Cuento

Andaba el lobo muy hambriento y ya no sabía qué hacer para coger algún animal para comérselo. Y por ahí se encuentra con la zorra y le dice:
-Oiga usted, señora zorra, que me la voy a comer.
Y la zorra le dijo:
-Pero mire usted que estoy muy flaca. No soy más que huesos y pellejos.
-No, que usted estaba muy gordita el pasado año.
-El año pasado sí que estaba gordita, pero ahora tengo que darles de mamar a mis cuatro zorritos y apenas hallo bastante para crear leche para ellos.
-¡Que no me importa! -dijo el lobo.
Iba a darle la primera mordida, cuando la zorra le dijo:
-Deténgase usted, por Dios, señor lobo. Mire que yo sé dónde vive un señor que tiene un pozo lleno de quesos.
Y se fueron la zorra y el lobo a buscar los quesos. Y llegaron a una casa y pasaron unas tapias y llegaron ante el pozo, y la Luna se reflejaba en el agua y parecía un queso. Y se asomó la zorra y volvió y le dijo al lobo:
-¡Ay, amigo lobo, que el queso es grandón! Mire, asómese usted.
Y se asomó el lobo y vio la Luna y creyó que era un queso grandón. Pero el lobo sospechoso le dijo a la zorra:
-Pues bueno, amiga zorra, entre usted por el queso.
Y la zorra se metió en uno de los cubos y entró por el queso. Y desde abajo le gritaba al lobo:
-¡Ay, amigo lobo! ¡Que grandón está el queso! ¡No puedo con él! Venga usted a ayudarme a subirlo.
-Pero no puedo yo entrar -decía el lobo-. ¿Cómo voy yo a entrar? Súbalo usted sola.
-Y la zorra le dijo:
-Pero no sea usted torpe. Métase en el otro cubo y verá como así entra fácilmente.
Y se metió la zorra entonces en el cubo en que había bajado. Y el lobo se metió en el otro cubo y, como pesaba más, se deslizó para abajo y la zorra subió para arriba. Y ahí se quedó el lobo buscando el queso, y la zorra se fue muy contenta a ver a sus zorritos.

El león y angelina


Anónimo
(españa)

Cuento

Un señor que era dueño de muchas y ricas tierras, tenía además tres hijas y las tres tenían fama de ser las más bellas de la comarca. El señor tenía la costumbre de recorrer sus tierras por ver cómo se encontraban, y un día en el que atravesaba un bosque que también le pertenecía, se encontró con un león que le salió al paso y que le dijo que allí mismo iba a comérselo para saciar su hambre. El señor, al verse muerto y devorado por la fiera, le ofreció volver a su casa y traerle cuanta comida deseara si a cambio le perdonaba la vida. Entonces el león recapacitó y dijo:
‑Te propongo un trato, que en vez de comida me traigas a quien salga a tu encuentro cuando llegues a tu casa.
‑De acuerdo ‑dijo el señor.
‑Y si no cumples tu palabra ‑apostilló el león‑ voy a buscarte y te mato.
El señor dio la vuelta y se volvió para su casa. Mientras cabalgaba iba pen­sando que nada más llegar saldría a recibirle su perra y que allí mismo la co­gería y regresaría al bosque para entregár-sela al león cuanto antes, porque a la perra la querían mucho sus hijas y si se demoraba, le costaría mucho más esfuerzo cumplir su promesa.
Llegó por fin el señor a su casa y ioh, desgracia! salió a recibirle la menor de sus hijas, que se llamaba Angelina. El señor se entristeció tanto que se en­cerró en su habitación y sólo al cabo de un buen rato llamó a su esposa para contarle lo que le había sucedido. Entonces la mujer le dijo:
‑Pues llévale a la perra. Total, qué ha de saber el león de quién te ha sali­do a recibir.
Al señor le pareció buena la idea, cogió a la perra y escapó al bosque.
Allí le esperaba el león que, sin dejarle bajar del caballo, le dijo iracundo:
‑¡No ha sido la perra que traes, sino tu hija Angelina, la que primero salió a recibirte! Vuelve por ella o date por muerto.
El señor volvió aún más triste que antes a su casa, reunió a su mujer y a sus hijas y les contó su dolorosa aventura. Las dos hermanas mayores dijeron que ellas nunca irían al bosque con el león y que Angelina tampoco debería ir, que la guardasen en casa, pero Angelina replicó:
‑Pues si es necesario ir para que no muera mi padre, yo estoy dispuesta a ir pase lo que pase.
Lo dijo y lo repitió con tanta decisión que el padre terminó por aceptar y la llevó consigo al bosque donde aguardaba el león. Éste, nada más ver a An­gelina, la cogió y se la llevó a una cueva lejos de los ojos de su padre. Estu­vieron caminando un buen rato y, por fin, llegaron a un palacio tan importan­te que dijo Angelina al verlo:
‑¡Qué palacio tan hermoso! ¿Quién vivirá en él?
Y dijo el león:
‑Aquí es donde yo vivo y, a partir de ahora, tuyo es el palacio.
Angelina se quedó encantada, porque el palacio era precioso y no le falta­ba de nada y vivió en él tan contenta.
Una mañana en que Angelina se encontraba en su alcoba, vio venir a la ventana un pajarillo que se quedó mirándola como si esperase algo. Volvió a mediodía y también a la tarde y entonces le preguntó al león qué significaba aquello, y el león le dijo:
‑Eso quiere decir que pasado mañana se casa tu hermana mayor.
Y ella le dijo entonces:
‑¿Me dejarías ir a la boda?
Y contestó el león:
‑Te dejo ir. Coge el caballo volador, que te llevará en un abrir y cerrar de ojos; pero cuando lo oigas relinchar, has de volverte sin perder un minuto.
Angelina lo prometió, montó en el caballo y, efectivamente, el caballo la llevó en el tiempo que dura un suspiro a la casa de sus padres, donde la recibieron con mucha alegría al ver que seguía viva. Todos querían que les contase su aventura y ella les dijo que vivía contenta y feliz.
Estuvo casi una semana en la casa hasta que una mañana oyó relinchar al caballo volador, y les dijo a los suyos:
‑Si el caballo me llama, tengo que irme.
Se despidió de su familia, montó en el caballo y, en el tiempo de un suspiro, estuvo de regreso en el palacio. El león, al verla, se alegró tanto que ya no había deseo suyo que no satisficiera con gusto.
Pasó el tiempo. Un día en que Angelina se disponía a cerrar su ventana antes de acostarse, llegó a ella un pajarillo con un ala rota y se quedó allí piando. Angelina fue a ver al león para que le explicase qué significaba aquello y el león se resistía a contestar, pero después de mucho insistir ella, le dijo:
‑Eso quiere decir que acaba de morir tu padre.
Angelina se echó a llorar sin remedio hasta que enterneció el corazón del león. Por eso, cuando le pidió permiso para ir al entierro de su padre, el león se lo concedió, pero con la misma advertencia de la vez anterior:
‑Te dejo ir. Coge el caballo volador y recuerda que, cuando lo oigas relinchar, has de volverte sin perder un minuto.
Angelina llegó a tiempo de acompañar el cadáver de su padre al cemen-terio. Y estaba tan desconsolada que se pasó la noche despierta y sólo al alba se durmió agotada; por eso, cuando relinchó el caballo, no pudo oírlo.
A la mañana despertó y no vio al caballo y comprendió lo que había ocurrido. Entonces marchó inmediatamente a la cueva del bosque y la recorrió entera camino del palacio; pero cuando llegó, el palacio había desaparecido y en su lugar sólo había una mole de piedra. Y ella empezó a llamar:
‑¡León, león! ¿Dónde estás?
Y del fondo de la tierra surgió la voz del león que decía:
‑¿Por qué me buscas ahora? ¡Déjame y vete, ya que me has encantado para siempre!
Y ella, desolada, le dijo:
‑¿Y qué he de hacer para desencantarte?
Y la voz contestó:
‑Compra unos zapatos de hierro y el día en que los gastes me desencantarás.
Angelina se quedó pensando Cómo podría ella gastar unos zapatos de hierro caminando, pues se le hacía imposible, hasta que se le ocurrió que, si sen­taba plaza de soldado, como los soldados se pasan la vida guerreando y ca­minando de un lado para otro, quizá pudiera llegar a gastarlos. Y sin más di­lación, se vistió de hombre y se hizo soldado.
Se puso a servir al rey y un buen día el hijo del rey se fijó en ella y le co­mentó a la reina que aquel soldado que tanto le llamaba la atención más le pa­recía mujer que hombre porque se había enamorado de él. La reina le acon­sejó que utilizara una argucia que consistía en salir a pasear con él por los jardines del palacio, que le observara y si veía que se acercaba a coger las flo­res para hacer un ramo, que entonces era mujer.
El príncipe hizo lo que su madre le había dicho y se fue con el soldado a pasear por los jardines, pero Angelina ni siquiera prestó atención a las flores que había a lo largo de los caminos.
Como la prueba no dio resultado y el príncipe insistía en la idea de que era mujer y no hombre, la reina le dijo esta vez:
‑Ve al lago con él e invítale a bañarse contigo y así saldrás de dudas.
El príncipe se apresuró a invitarle, mas el soldado no quiso acompañarle alegando que tenía una enfermedad que le impedía bañarse en esos días. Así que, en vista de que estas argucias no despejaban sus dudas, el príncipe se di­rigió a Angelina y le dijo:
‑Si no me confiesas que eres mujer, le diré a mi padre el rey que te has comprometido a matar a esa serpiente que se esconde en el monte ‑porque ha­bía en el monte una serpiente que cada día se comía a una persona, que había de dársele como tributo, y toda la gente de la comarca estaba atemorizada y rehuía el paso por el monte.
Angelina le contestó:
‑Eso lo dices tú, que no le he dicho nunca yo, pero si el rey me lo ordena, lo haré.
Al día siguiente el rey hizo llamar al soldado y le dijo:
‑¿Es verdad eso que me cuentan de que andas diciendo por ahí que te atre­ves a enfren-tarte a la serpiente?
Y contestó:
‑A nadie dije nada de eso, pero mañana yo iré en vez de la persona que ha de ser entregada a la serpiente y me enfrentaré a ella.
Salió Angelina del palacio dispuesta a cumplir lo que había prometido por­que, de lo contrario, el rey la llevaría a suplicio; y en esto se encontró con un grajo que vino volando hasta ella y le dijo:
‑Mañana cuando vayas a luchar con la serpiente pide al rey un caballo, una espada afilada y un odre de vino. El odre lo has de dejar abierto cerca de la cueva y cuando veas que la serpiente aparece y mete la cabeza en él para beber, espera a que se harte de vino y le cortas la cabeza con la espada. Así lo hizo Angelina y mató a la serpiente. Luego se fue a palacio y le enseñó la cabeza al rey y toda la gente de la comarca festejó grandemente esta hazaña.
El príncipe, sin embargo, no se resignaba y como cada vez estaba más convencido de que el soldado era mujer y no hombre y aún más ena-morado se sentía, amenazó otra vez a Angelina con la esperanza de que esta vez accedería a mostrarse tal como él la creía:
‑Pues si no me confiesas que eres mujer, le diré a mi padre el rey que dices que harás hablar a la cabeza de la serpiente que lleva tres días muerta. Y si no puedes hacerla hablar, te llevarán a suplicio hasta que mueras.
Y contestó:
‑Yo no he dicho eso, pero si no puedo hacer hablar a la serpiente, estoy dispuesto a morir.
El príncipe, contrariado, se lo dijo a su padre el rey y éste mandó llamar inmediatamente a Angelina y le dijo:
‑¿Es verdad que puedes hacer hablar a la cabeza de la serpiente muerta?
Y contestó:
‑Yo no lo sé, pero lo intentaré.
Entonces el rey se enfadó y mandó que llevaran al soldado al lugar del suplicio y allí le presentaran la cabeza de la serpiente y si no lograba hacerla hablar, allí mismo le dieran muerte. Lo llevaron a una celda mientras llegaba el día siguiente y al caer la tarde vio que un grajo se posaba en el ventanuco de la celda; y le dijo el grajo:
‑Cuando te lleven donde la cabeza de la serpiente llámala primero tres veces y luego pregúntale si ha llegado ya a lo profundo de la Tierra, y si te dice que sí, golpea tres veces en el suelo con tus zapatos.
A la mañana siguiente llevaron a Angelina delante de la cabeza de la serpiente y Angelina vio que junto al poste del suplicio estaba el grajo; entonces se dirigió a la serpiente y le dijo:
‑Serpiente, serpiente, serpiente.
Y la cabeza contestó:
‑¿Qué quieres de mí?
Y dijo Angelina:
‑Dime si has llegado ya a lo profundo de la Tierra.
Y le contestó la serpiente:
‑Sí que he llegado, que hace tres días que estoy allí.
En ese momento, Angelina golpeó tres veces contra el suelo y se le rompieron los zapatos de hierro que llevaba y, nada más suceder esto, apareció en mitad del patio el león a quien amaba Angelina, que se convirtió inmediata-mente en un joven muy apuesto y ricamente vestido. Y todos quedaron muy admirados de lo que acababan de ver.
Entonces el joven se acercó a Angelina, la tomó del brazo y le dijo al prín­cipe:
‑Esta persona que viste el traje de soldado es mujer, pero no es para ti.
Y la subió en su caballo y se fue con ella a su palacio en el bosque, donde se casaron y tuvie-ron muchos hijos a cual más valiente.



El joven que vendió su alma al diablo


Anónimo
(españa)

Cuento

Érase una vez un joven de familia campesina que se fue a cumplir el servicio militar. Una vez que termin6 el servicio, volvió al hogar, donde le recibieron con alborozo porque se incorporaba a la casa de la que había salido. Pasadas las fiestas de la recepción del mozo, éste se puso a trabajar en la hacienda familiar y a poco decidió que el trabajo del campo no le gustaba, que prefería dedicarse a otra cosa. Estuvo cavilando qué haría y al final decidió hacerse cazador. Cogió su escopeta, se la echó al hombro y se fue al monte a cazar, y la verdad es que no le iba mal en su nuevo oficio.
Un día en que andaba cazando, se echó a dormir la siesta a la sombra de un árbol y de pronto oyó muchos ruidos y vio que se acercaba una fiera dispuesta a devorarlo. El mozo, que era valiente, se echó la escopeta a la cara, apuntó bien y mató a la fiera. Apenas hubo hecho esto, escuchó una voz que al pronto no sabía de dónde venía, una voz que dijo:
‑Ya veo que eres un hombre bien plantado, y aquí vengo para hacer un trato contigo.
Quien hablaba era, el diablo. Y el mozo dijo:
‑Veamos ese trato y yo te diré si quiero o no quiero hacerlo.
Dijo el diablo:
‑Yo quiero que me vendas tu alma. Durante cinco años, tu alma estará pendiente de mí. En el caso de que mueras antes de que los cinco años se cumplan, tu alma es mía. Si pasan los cinco años sin que mueras, quedas libre y puedes hacer lo que quieras.
El mozo se lo pensó y dijo:
‑Si acepto, ¿qué me das a cambio?
Y respondió el diablo:
‑A cambio te doy este abrigo que traigo aquí. Este abrigo te dará todo el dinero que necesites en este tiempo; tú sólo tienes que meter las manos en los bolsillos y sacarás lo que te haga falta. Pero tengo otra condición que añadir y es ésta: en esos cinco años no podrás pelarte, ni afeitarte, ni lavarte; así irás por el mundo y siempre llevarás el abrigo encima.
El mozo volvió a pensar y dijo:
‑Está bien. Acepto el trato.
‑Pues ya sabes ‑dijo el diablo‑, en este mismo sitio nos encontraremos dentro de cinco años si es que no has muerto antes.
Y cada uno se fue por su lado después de este arreglo.
Fueron pasando los años y, al cuarto de ellos, el mozo se paseaba por el mundo convertido en un espantajo por su aspecto horripilante, pues ni se había cortado el pelo, ni afeitado, ni lavado en todo ese tiempo. Su vida era difícil porque todo el que le veía, huía horrorizado de él.
Una noche llegó a un pueblo y decidió dirigirse a la posada. Nada más entrar, el posadero se pegó tal susto que no sabía si echar a correr o pegarle un tiro. El espantajo le habló entonces con buenas palabras y le pidió posada para esa noche, ofreciendo pagar mucho dinero. El dueño de la posada, que vio el dinero, dijo que podía darle un cuarto apartado que tenía, pero con la condición de que se encerrase allí y no se presentara a los demás huéspedes, porque si éstos le veían sería su ruina. El espantajo aceptó el trato y se fue a dormir al cuarto aquel.
Al cabo del rato, llegó otro caminante a la posada y pidió cama, pero como la posada estaba llena el posadero le dijo que no tenía. El hombre insistió, y como era vecino de un pueblo cercano, y conocido, el posadero se atrevió a ofrecerle la otra cama del cuarto donde dormía el espantajo.
‑No me queda más que una cama en un cuarto apartado que tengo ‑le dijo‑, pero tengo durmiendo en él a un hombre tan horrible que yo no pasaría la noche en su compañía.
El caminante le contestó que eso no le importaba, porque estaba tan cansado que dormiría en la cueva de un ogro si hiciera falta. Y el posadero le condujo al cuarto apartado.
Entró el caminante en el cuarto y apenas vio el aspecto del espantajo se le encogió el corazón; pero el cansancio y la necesidad pudieron más y se acostó en la otra cama. El caso es que al poco rato se pusieron a hablar los dos y como el caminante estaba muy preocupado por su suerte, le contó al espantajo que se encontraba, en aquel pueblo por un pleito, que lo había perdido y que todas su propiedades no le daban para pagar lo que el juez le pedía. Entonces el espantajo le preguntó cuánto dinero necesitaba y cuando el otro se lo dijo, echó mano al bolsillo y sacó aquella cantidad y se la dio, para que pagase la deuda y volviera tranquilo a su casa y a sus tierras.
El caminante se quedó atónito al ver todo ese dinero y, después de dudarlo mucho, y animado por el espantajo, lo aceptó con una condición:
‑Mire usted ‑le dijo‑, yo le acepto el dinero, pero usted se viene a mi casa conmigo. En mi casa tengo yo tres hijas y les voy a contar lo que usted ha hecho por mí. ‑Y si después de eso alguna de ellas quiere casarse con usted, pues yo no tengo inconveniente.
Conque a la mañana siguiente, el caminante se fue para su casa y en cuanto llegó anunció a sus hijas lo que le había sucedido y el trato que había hecho.
Como este hombre se había adelantado al espantajo, las dos hijas mayores tuvieron tiempo de acicalarse para recibir la visita. La más pequeña, en cambio, como la tenían siempre metida en la cocina, no tuvo tiempo ni de lavarse siquiera.
Por fin, cuando ya caía la tarde, el espantajo llegó a la casa. Las tres hijas del caminante estaban esperándole en el salón de la casa. Y así que apareció, las dos mayores huyeron des-pavoridas al ver su horrible aspecto. La más pequeña, en cambio, se le quedó observando con curiosidad y no se movió de allí.
Y dijo el espantajo:
‑Ya veo que esta niña no se asusta de mí. ¿Es que acaso me quiere por marido?
Y dijo la hija pequeña:
‑Sí que lo quiero, que mi padre me ha contado el bien que nos ha hecho y yo no me asusto de usted.
El espantajo, entonces, se sentó junto a ella y le contó el porqué de su aspecto, el pacto que tenía hecho con el diablo, y que aún le quedaba un año para cumplirlo. La hija pequeña le escuchó atentamente y cuando terminó le dijo que por ella no se preocupase, que ella le esperaría el tiempo que hiciera falta.
‑Muy bien ‑dijo el espantajo‑, pues serán dos años; uno porque tengo que cumplir mi pacto, y el otro porque tengo que recoger el dinero que he ido guardando durante todo este tiempo. Y para que me reconozcas cuando vuelva, voy a partir en dos este anillo que llevo; tú guardarás una mitad y yo la otra; a mi vuelta emparejaremos las dos partes del anillo y así nos reconoceremos.
Así lo acordaron y él salió de la casa y siguió recorriendo el mundo.
Un día se cumplió el quinto año y el espantajo volvió al lugar donde se encontrara con el diablo; y el diablo, que le estaba esperando, dijo:
‑Reconozco que no he podido conseguir tu alma y el plazo ha vencido. Devuélveme el abrigo y aquí terminamos.
Entonces el espantajo, cuyo aspecto era más horrible que nunca, le dijo al diablo:
‑Yo te daré el abrigo, pero antes has de dejarme como el día en que nos encontramos.
Aceptó el diablo y el espantajo se convirtió en un mozo tan fuerte y hermoso que daba gusto verlo.
Entonces el joven se dedicó a recorrer todos aquellos lugares en los que había ido guardando el dinero obtenido del abrigo y al cabo del año tenía reunida una buena fortuna. Cogió su fortuna y se dirigió a la casa de las tres hermanas. Esta vez, cuando llegó, las dos hermanas mayores se quedaron prendadas de él y estaban las dos a cual más acicalada y más atenta a sus deseos, para agradarle y que se fijara en ellas. La pequeña, en cambio, ni le vio, de lo atareada que la tenían en la cocina.
Y dijo el joven:
‑¿No hay más muchachas en esta casa?
Y contestaron las dos mayores:
Solamente nosotras, y la criada, que está en la cocina.
Y dijo el joven:
‑Pues quiero ver a la criada.
Las dos hermanas volvieron a decir:
‑Para qué vamos a llamar a la criada, si está todo el día del fuego a la ceniza y de la ceniza al fuego, que no hay quien la mire de lo sucia que está.
Volvió a decir el joven que no le importaba, que a pesar de todo quería verla, y las otras dos, que bien sabían que era su hermana pequeña, no consentían en que la viera, pero él se empeñó tanto que no hubo más remedio que llamarla. Entró la hermana pequeña en el salón donde estaban los demás y no reconoció al joven, de tan arrogante y guapo que estaba; y el joven se acercó a ella y le dijo!
‑¿No tendrá usted un pedazo de anillo que hace dos años le entregó un espantajo que sacó a su padre de un apuro muy grande que tenía?
Ella contestó:
‑Sí, aquí lo tengo.
Conque sacó el pedazo de anillo de la faltriquera y entonces el joven sacó el pedazo suyo y vieron que casaban a la perfección y hacían juntos un anillo entero.
‑Yo soy aquel espantajo ‑dijo el joven‑ y ahora vengo a buscar a la que no se asustó de mí y me quiso para casarme con ella.
En vista de lo cual, se celebraron las bodas del joven con la hermana pequeña y las celebraciones duraron cinco días y cinco noches comiendo y cenando y bailando sin parar y todo el pueblo estuvo invitado.
Al ver todo esto, las dos hermanas mayores tuvieron tal ataque de envidia que un día, sin poderlo resistir más, fueron y se tiraron juntas a un pozo cercano, donde murieron ahogadas.
Y se dice que cuando murieron las dos hermanas, el joven escuchó una voz, que era la voz del diablo, que le cantaba alegremente esta copla:

‑Al final he vencido yo,
que por tu alma he ganado dos.


El hombre del saco


Anónimo
(españa)

Cuento

Había un matrimonio que tenía tres hijas y como las tres eran buenas y trabajadoras les regalaron un anillo de oro a cada una para que lo lucieran como una prenda. Y un buen día, las tres hermanas se reunieron con sus amigas y, pensando qué hacer, se dijeron unas a otras:
-Pues hoy vamos a ir a la fuente.
Que era una fuente que quedaba a las afueras del pueblo.
Entonces la más pequeña de las hermanas, que era cojita, le preguntó a su madre si podía ir a la fuente con las demás; y le dijo la madre:
-No hija mía, no vaya a ser que venga el hombre del saco y, como eres cojita, te alcance y te agarre.
Pero la niña insistió tanto que al fin su madre le dijo:
-Bueno, pues anda, vete con ellas.
Y allá se fueron todas. La cojita llevó además un cesto de ropa para lavar y al ponerse a lavar se quitó el anillo y lo dejó en una piedra. En esto, que estaban alegremente jugando en torno a la fuente cuando, de pronto, vieron venir al hombre del saco y se dijeron unas a otras:
-Corramos, por Dios, que ahí viene el hombre del saco para llevarnos a todas -y salieron corriendo a todo correr.
La cojita también corría con ellas, pero como era cojita se fue retrasando; y todavía corría para alcanzarlas cuando se acordó de que se había dejado su anillo en la fuente. Entonces miró para atrás y, como no veía al hombre del saco, volvió a recuperar su anillo; buscó la piedra, pero el anillo ya no estaba en ella y empezó a mirar por aquí y por allá por ver si había caído en alguna parte.
Entonces apareció junto a la fuente un viejo que no había visto nunca antes y le dijo la cojita:
-¿Ha visto usted por aquí un anillo de oro?
Y el viejo le contestó:
-Sí, que en el fondo de este costal está y ahí lo has de encontrar.
Conque la cojita se metió en el costal a buscarlo sin sospechar nada y el viejo, que era el hombre del saco, en cuanto ella se metió dentro cerró el costal, se lo echó a las espaldas con la niña guardada y se marchó camino adelante, pero en vez de ir hacia el pueblo de la niña, tomó otro camino y se marchó a un pueblo distinto. E iba el viejo de lugar en lugar buscándose la vida, así que por el camino le dijo a la niña:
-Cuando yo te diga: «Canta, saco, o te doy un so papo», tienes que cantar dentro del saco.
Y ella contestó que bueno, que lo haría así.
Y fueron de pueblo en pueblo y allí donde iban el viejo reunía a los vecinos y decía:
-Canta, saco, o te doy un sopapo.
Y la niña cantaba desde el saco:

-Por un anillo de oro
que en la fuente me dejé
estoy metida en el saco
y en el saco moriré.

Y el saco que cantaba era la admiración de la gente y le echaban monedas o le daban comida.
En esto que el viejo llegó con su carga a una casa donde era conocida la niña y él no lo sabía; y, como de costumbre, posó el saco en el suelo delante de la concurrencia y dijo:
-Canta, saco, o te doy un sopapo.
Y la niña cantó:

-Por un anillo de oro
que en la fuente me dejé
estoy metida en el saco
y en el saco moriré.

Así que oyeron en la casa la voz de la niña, corrieron a llamar a sus hermanas y éstas vinieron y conocieron la voz y entonces le dijeron al viejo que ellas le daban posada aquella noche en la casa de sus padres; y el viejo, pensando en cenar de balde y dormir en cama, se fue con ellas.
Conque llegó el viejo a la casa y le pusieron la cena, pero no había vino en la casa y le dijeron al viejo:
-Ahí al lado hay una taberna donde venden buen vino; si usted nos hace el favor, vaya a comprar el vino con este dinero que le damos mientras terminamos de preparar la cena.
Y el viejo, que vio las monedas, se apresuró a ir por el vino pensando en la buena limosna que recibiría.
Cuando el viejo se fue, los padres sacaron a la niña del saco, que les contó todo lo que le había sucedido, y luego la guardaron en la habitación de las hermanas para que el viejo no la viera. Y, después, cogieron un perro y un gato y los metieron en el saco en lugar de la niña.
Al poco rato volvió el viejo, que comió y bebió y después se acostó. Al día siguiente el viejo se levantó, tomó su limosna y salió camino de otro pueblo.
Cuando llegó al otro pueblo, reunió a la gente y anunció como de costumbre que llevaba consigo un saco que cantaba y, lo mismo que otras voces, se formó un corro de gente y recogió unas monedas, y luego dijo:
-Canta, saco, o te doy un sopapo.
Más hete aquí que el saco no cantaba y el viejo insistió:
-Canta, saco, o te doy un sopapo.
Y el saco seguía sin cantar y ya la gente empezaba a reírse de él y también a amenazarle.
Por tercera vez insistió el viejo, que ya estaba más que escamado y pensando hacer un buen escarmiento con la cojita si ésta no abría la boca:
-¡Canta, saco, o te doy un sopapo!
Y el saco no cantó.
Así que el viejo, furioso, la emprendió a golpes y patadas con el saco para que cantase, pero sucedió que, al sentir los golpes, el gato y el perro se enfurecieron, maullando y ladrando, y el viejo abrió el saco para ver qué era lo que pasaba y entonces el perro y el gato saltaron fuera del saco. Y el perro le dio un mordisco en las narices que se las arrancó y el gato le llenó la cara de arañazos y la gente del pueblo, pensando que se había querido burlar de ellos, le midieron las costillas con palos y varas y salió tan magullado que todavía hoy le andan curando.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. 

El herrero jugador


Anónimo
(españa)

Cuento

Hubo una vez en que san Pedro tuvo que bajar a la Tierra a hacer unos encargos y se encontró con un herrero que era un hombre de buen corazón y que le hizo numerosos favores.
Quedó tan contento san Pedro por la ayuda del herrero que le dijo que le pidiese cualquier gracia que él, con gusto, se la concedería.
El herrero que, como todos los herreros, era un gran jugador, le pidió a san Pedro que le regalase tina baraja con la que nunca pudiera perder en el juego. Y san Pedro, sin pensárselo dos veces, le concedió esta gracia.
Total, que el herrero vivió muy feliz desde entonces, pues a cada problema que se le ponía por delante, lo arreglaba con una partida de cartas y, como siempre ganaba, todo le iba bien.
Un día el herrero se murió y los demonios aprovecharon la ocasión para coger su alma y llevársela para el infierno. El pobre hombre comprendió que perdía su alma para siempre y entonces recordó que aún llevaba en el bolsillo la vieja baraja que le diera san Pedro y, sin pensárselo dos veces, propuso a los demonios una partida en la que se jugaran su alma.
Los demonios jugaron y perdieron y el herrero ganó su alma y se fue derecho al cielo. Allí le abrió la puerta san Pedro y, al reconocerle, le dijo:
‑Anda, pasa, que si juego contigo por tu alma, con la promesa que te hice ganarás de todos modos.
Y así entró en el cielo el herrero jugador.