Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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viernes, 1 de junio de 2012

El gato con botas


Anónimo
(españa)

Cuento

Un molinero tenía tres hijos y todos sus bienes consistían en un asno, un gato y un molino. Cuando llegó la hora de repartirlo entre sus hijos, el mayor se encerró en el molino y dijo:
‑El molino es para mí.
El segundo agarró el asno y se marchó con él, diciendo:
‑El asno es para mí.
El tercero empezó a lamentarse:
‑¿Y qué es lo que queda para mí?
En esto apareció el gato por allí y el hermano menor dijo:
‑Ahora seremos dos a pasar hambre.
Y le dijo el gato:
‑Pues ¿por qué hemos de pasar hambre?
El pequeño le explicó que no tenía nada con que sostenerse, porque sus hermanos se habían llevado el molino y el asno, y dijo el gato:
‑No te preocupes, que ya saldremos adelante. Ahora lo único que necesi­to es que me consigas un par de botas.
‑¡Toma! ¡Unas botas! ‑decía el pequeño‑. ¿De dónde saco yo unas botas? Conque se fueron a la zapatería y el gato eligió las botas que quería y cuan­do el pequeño le dijo otra vez que no tenía dinero para pagarlas, el gato arre­gló con el zapatero que el muchacho se quedaría trabajan-do con él hasta que cubriese el precio de las botas. Y el muchacho se quedó malhumorado, pero no tenía nada mejor que hacen
Entretanto, el gato, que era muy habilidoso, se fue de caza y cazó conejos, perdices, liebres... y todas se las llevó al rey.
Y dijo el rey:
‑¿Quién nos ha traído esta caza tan buena?
Y respondían los criados:
‑El gato con botas.
‑Pues ya tengo yo ganas de conocer a ese gato ‑decía el rey.
Conque al día siguiente, cuando el gato volvió con una caza aún mejor que la del día anterior, dijo el rey:
‑Decidle al gato que suba.
El gato subió:
‑Majestad, aquí estoy.
‑¿Qué es lo que buscas? ‑preguntó el rey.
‑Nada, traeros la caza ‑contestó el gato. Y se fue por donde había venido. Al día siguiente se fue a buscar al muchacho y le dijo:
‑Deja ya ese trabajo de zapatero y ven conmigo. Te pones un poco elegante con las ropas que te quedan y cuando yo te diga te echas al río y yo empezaré a gritar:
‑¡Socorro, que se ahoga mi amo, el conde de Calamancher!
Venía el rey en coche cerca del río, acompaña-do de su hija, cuando escuchó voces y preguntó qué pasaba.
Y el gato, a la orilla del río:
‑¡Socorro, que se ahoga mi amo, el conde de Calamancher!
Conque se llegó el rey con sus criados junto al río y sacaron al pobre muchacho medio ahogado y el rey reconoció al gato y le ofreció al muchacho unos vestidos que llevaba en el coche mientras secaba los suyos. Y así continuaron el viaje, el muchacho vestido de príncipe y en el coche con el rey y su hija.
Y entretanto el gato se adelantó y a los que segaban las tierras por las que habían de pasar les decía:
‑Cuando pase el coche que viene detrás, decid que éstas son las tierras del conde de Calaman-cher.
Y a ellos no les extrañaba porque eran las tierras del conde de Calamancher y contestaron:
‑Así lo diremos.
Y el gato llegó al fin al castillo del conde de Calamancher, que era un ogro que solía comer a los viajeros que pasaban por sus tierras. Y el gato le dijo al ogro:
‑He oído decir que eres capaz de convertirte en cualquier animal.
‑Así es ‑dijo el ogro‑. ¿Es que no lo crees?
‑Lo creeré ‑dijo el gato‑ si te conviertes en ratón.
El ogro se convirtió en ratón y el gato izas! lo cazó de un salto.
Al rato llegó el coche del rey y el gato salió a recibirlo a la puerta del castillo.
‑Majestad, mi fiel amo, princesa... ‑fue diciendo mientras los saludaba con reverencia.
Y el rey ya no lo dudó más y casó a su hija la princesa con el hijo pequeño del molinero. Y el gato se quedó para siempre a vivir con el nuevo conde de Calamancher, que le hizo su consejero para todos los asuntos de gobierno del castillo, y el gato sólo pidió a cambio que dejase mandado que le hicieran cuantas botas quisiera tener.

El gallo


Anónimo
(españa)

Cuento popular

Este era un gallo que iba a la boda de su tío Perico.
Yendo por el camino adelante, se encon­tró una bujana y se dijo:

-¿Picaré o no picaré?
Si pico me mancho el pico
y si no pico me muero de hambre.
¿Qué haré?

Al fin picó y se manchó el pico.
Fue andando, andando, y se encontró una malva y dijo:

-Malva, límpiame el pico
que voy a la boda de mi tío Perico.
-No quiero.

Más adelante encontró una oveja y dijo:

-Oveja, pace a la malva,
que la malva no me limpió el pico,
que voy a la boda de mi tío Perico.
-No quiero.

Más adelante encontró un lobo y le dijo:

-Lobo, come a la oveja,
que la oveja no pació la malva,
que la malva no me limpió el pico,
que voy a la boda de mi tío Perico.
-No quiero.

Más adelante encontró un perro y le dijo:

-Perro, corre al lobo,
que el lobo no comió a la oveja,
que la oveja no pació la malva,
que la malva no me limpió el pico,
que voy a la boda de mi tío Perico.
-No quiero.

Más adelante encontró un palo y le dijo:

-Palo, pega al perro,
que el perro no corrió al lobo,
que el lobo no comió a la oveja,
que la oveja no pació la malva,
que la malva no me limpió el pico,
que voy a la boda de mi tío Perico.
-No quiero.

Más adelante encontró lumbre y la dijo

-Lumbre, quema el palo,
que el palo no pegó al perro,
que el perro no corrió al lobo,
que el lobo no comió a la oveja,
que la oveja no pació la malva,
que la malva no me limpió el pico,
que voy a la boda de mi tío Perico.
-No quiero.

Más adelante encontró agua y dijo:

-Agua, apaga la lumbre,
que la lumbre no quemó al palo,
que el palo no pegó al perro,
que el perro no corrió al lobo,
que el lobo no comió la oveja,
que la oveja no pació la malva,
que la malva no me limpió el pico,
que voy a la boda de mi tío Perico.
-No quiero.

Más adelante encontró una vaca y dijo:

Vaca, bebe el agua,
que el agua no apagó la lumbre,
que la lumbre no quemó al palo,
que el palo no pegó al perro,
que el perro no corrió al lobo,
que el lobo no comió a la oveja,
que la oveja no pació la malva,
que la malva no me limpió el pico,
que voy a la boda de mi tío Perico.



El enano y el pastor


El enano y el pastor
Anónimo
(españa)

Cuento

Un pastor iba en busca de su ganado por la ladera de un monte cuando, en mitad del sendero, se encontró con un zurrón desgastado y medio roto ya. Lo vio y dudó en cogerlo, de lo viejo que estaba, pero al final pensó que al me­nos le valdría para remendar otro. Y cuando se lo colgó al hombro escuchó estas palabras, que salían del zurrón:

‑Conmigo cargaste
y la suerte voy a darte.

El pastor se quedó boquiabierto al oírlo y, como aquellas palabras no po­dían venir más que del zurrón, lo abrió con tiento y con miedo a ver qué ha­bía. Y lo que encontró fue a un enano tan pequeño como una panocha de maíz, vestido con una capa roja y un sombrerete verde.
El enano y el pastor se hicieron amigos en seguida y el enano, que estaba muy agradecido al pastor, le hacía muchos favores e iban a todas partes juntos. Así, cuando el pastor tenía sed, el enano se bajaba del bolsillo del chaleco ‑que era donde prefería que el pastor lo llevara‑, arañaba una roca y en un momento salía un agua clara y fresca que daba gusto beberla. Y cuando el pastor estaba triste, sacaba una flautita de debajo de la capa y le tocaba bonitas canciones. Y si un día al pastor le venía en gana pasarse el día durmiendo, el enano le cuidaba el ganado. Y además, avisaba al pastor cuando se avecinaba una tormenta, o cuando iba a hacer buen tiempo, y le decía dónde estaban los mejores pastos para el rebaño. Y tenía una piedra negra que era infalible: cada vez que la lanzaba contra cuervos, zorros, raposas... todos caían fulminados.
Así estuvieron juntos mucho tiempo. Hasta que un día el enano le dijo al pastor que había perdido sus poderes mágicos, que ya no podía sacar agua de una peña, ni avisar de las tormentas, ni advertir del buen tiempo.
El pastor le dijo que no se preocupase, que seguían tan amigos. Y fue el pastor el que se ocupó desde entonces de cantar canciones al enano, de buscarle abrigo del frío y aliviarle del calor, también le buscaba sus setas preferidas; en fin, que se ocupó de él lo mismo con poderes que sin poderes, porque el pastor era una buena persona.
Un día en que venía de vuelta con el ganado echó a faltar dos ovejas y no las veía por ninguna parte. Con este pesar se fue para el pueblo y cuando estaba por llegar, echó en falta también al enano. Volvió entonces a rehacer el camino, por ver dónde se le pudo haber caído del bolsillo y, en esto, vio venir a lo lejos a las dos ovejas y al enano delante tocando la flauta y bien contento. Al llegar junto a él, el enano le dijo al pastor que no había perdido ninguno de sus poderes, que sólo se lo había dicho para probar su agradecimiento.
El pastor se puso también muy contento y así continuó su vida como hasta entonces.
Hasta que una tarde, cuando seguían al rebaño, el enano le dijo al pastor que lo subiera a su hombro. El enano se agarró a la oreja para ir bien seguro y, en seguida, empezó a decirle:
‑Como eres un buen hombre, voy a contarte una cosa. Allá al otro lado de esta colina hay un bosque frondoso que si se interna uno en él por unas peñas que hay, encuentra la cueva de un ojáncano. En esa cueva tiene el ojáncano prisionera a una princesa de la que estaba tan enamorado que la raptó un día cuando la princesa iba de caza. Así que la tiene bien escondida en el fondo de la cueva, pero yo sé que quien la libere conseguirá muchas riquezas.
‑Pero ‑dijo el pastor‑ eso es imposible, porque un hombre no puede matar a un ojáncano.
‑Eso es verdad ‑dijo el enano‑ pero yo te ayudaré con mi piedra negra, que es infalible.
Nada más decir esto, vino un cuervo, cogió la piedra negra que el enano tenía en su mano y echó a volar a toda prisa.
El enano se desgañitó y se desesperó, porque sólo tenía aquella piedra y ya no podría matar al ojáncano y ayudar a su amigo a conseguir las riquezas. Y dijo el pastor:
‑No se preocupe usted, que a mí lo mismo me da ser rico que, pobre; lo siento por la pobre princesa, que no puede salir de la cueva, así que, a pesar de todo, yo voy a ver si me las ingenio para librarla del ojáncano.
Así pues, al día siguiente se fueron los dos hasta la cueva del ojáncano.
Se apostaron cerca de ella, en unos matorra-les, y el pastor comenzó a imitar el graznido de los cuervos. Al poco salió el ojáncano a ver qué noticias le traía aquel cuervo que graznaba, pues los cuervos eran los que le contaban todo lo que sucedía por ahí.
Como no vio al cuervo empezó a mirar alrededor y a alejarse un poco de la cueva; entonces el pastor le dijo al enano que siguiera dando graznidos escondido por ahí para atraer al ojáncano y que, mientras, él entraría en la cueva a rescatar a la princesa. Y cuando la hubiera sacado de allí, él daría un silbido fuerte para advertirle que ya estaba.
Así lo hicieron, y mientras el pastor se arrastraba hasta la cueva, el enano iba de un matorral a otro imitando el graznido de los cuervos y el ojáncano estaba furioso porque no encontraba al cuervo.
Entonces el pastor llegó hasta el fondo de la cueva y rescató a la princesa. Cuando salía de la cueva, vio que había una gran piedra que debía servirle de mesa al ojáncano y encima de ella estaba la piedrecilla negra del enano, conque la cogió y se la metió en el bolsillo. Luego, salieron afuera y se escondieron y el pastor lanzó un silbido fuerte, como había dicho, para avisar que ya tenía a la princesa y podían escapar.
Pero, nada más dar el silbido, el pastor escuchó unos gritos desgarradores que venían de los matorrales donde había estado escondido con el enano. Y era que el ojáncano había dado con el lugar donde graznaba el enano y lo había cogido.
El pastor echó a correr como una liebre hacia el sitio donde estaba su amigo y al llegar vio que el ojáncano lo tenía en una mano para estrellarlo contra una peña. Entonces el pastor le tiró la piedrecilla negra y, como la piedra era infalible, le dio al ojáncano en la cabeza y allí mismo cayó muerto.
Entonces el pastor llevó a la princesa a su palacio y la princesa, agradecida, se casó con él. Y el enano, aunque a veces se quedaba en el bosque, otras veces iba a pasar una temporada con ellos y les seguía otorgando los mismos favores que siempre diera al pastor.




El enano y el gigante

Anónimo (españa)

Cuento

Un enano que apenas levantaba dos palmos del suelo, pero que era más listo que el hambre, salió a buscar trabajo porque tenía mucha necesidad. Y buscó aquí y allá y nadie le daba trabajo. Hasta que se encontró con un gigante. Y le dijo el gigante:
‑Bueno, yo te voy a dar trabajo, pero con una condición.
‑¿Y cuál es esa condición? ‑preguntó el enano.
‑La condición es que tienes que hacer las cosas como las hago yo; si no las haces, te mato; y si las haces, te hago rico.
Y dijo el enano:
‑De acuerdo; si las hago bien, vale; y si no, me matas.
A la mañana siguiente el gigante le anunció que se iban juntos a robar leña a la hacienda de un rico que vivía por allí. El gigante hizo un haz de leña muy grande y se lo llevó, pero el enano cogió una cuerda y la extendió por el suelo y empezó a amontonar ramas encima. Y le dijo el gigante:
‑¿Qué es lo que haces?
Y le contestó el enano:
‑Es que lo que lleva usted no es nada; lo que es yo, hasta que no ate todas las ramas de este bosque no me marcho de aquí.
‑¡Pero hombre, tú estás loco! Entonces le dará tiempo al amo a venir y nos matará a los dos!
‑Nada, nada ‑dijo el enano‑. O me llevo el bosque entero o no me llevo nada.
‑Bueno, pues no traigas nada, que ya me has ganado, pero vámonos aprisa de aquí.
Y se fueron, el gigante con su haz y el enano con las manos en los bolsillos.
Al día siguiente fueron por agua. Había un manantial que daba agua al pueblo. El gigante llevaba dos calderos enormes colgados de un palo y el enano dijo entonces:
‑Yo no llevo calderos, que me basta con un pico y una pala.
‑¿Y para qué quieres el pico y la pala? ‑preguntó el gigante.
‑Porque yo no me molesto por llevar dos calderos, que pienso llevar todo el manantial a casa.
Conque agarró el pico y la pala, empezó a cavar y a cavar y cortó el agua del arroyo. Y le dijo el gigante, asustado:
‑Pero ¿qué haces? Si vienen los del pueblo nos matan a los dos.
‑Pues yo ‑dijo el enano‑ o llevo el manantial o nada ‑y siguió cavando.
Y le dijo el gigante:
‑Bueno, pues deja de cavar, que ya me has ganado.
Y al otro día fueron a jugar a lanzar la barra a la puerta del ayuntamiento. El gigante tiró la barra y la lanzó lejísimos, más lejos que nadie. Entonces agarró el enano su barra y dijo:
‑¡Apártense todos, que tiro yo!
Y todo el mundo se apartó; y el enano dijo:
‑¡Atrás, atrás! ¡Mucho más atrás!
Y le dijo el gigante:
‑Pero ¿adónde quieres tirar tú la barra?
Y el enano:
‑¿Ve usted aquella ventana? Pues por allí la voy a meter.
Y el gigante:
‑¡Estás loco, que ésa es la casa del alcalde y nos meten a los dos en la cárcel!
‑Pues yo ‑dijo el enano‑ o la meto por allí o no tiro la barra.
‑Pues no la tires ‑dijo el gigante‑, que ya me has vuelto a ganar.
Total, que el gigante preparó un burro con las alforjas llenas de dinero y le dijo al enano que se fuera ya, que el trato estaba terminado. Y el enano cogió el burro y se fue.
Después que el enano se hubo ido, le dijo al gigante su mujer:
‑Bien tonto que eres, que mira cómo te ha engañado ese enano, que se lleva tu dinero y el burro.
Y dijo el gigante, enfadado:
‑Tienes razón. Ahora mismo me voy a buscarle y lo mato.
El enano, en cuanto vio venir al gigante todo furioso, escondió al burro bien escondido detrás de unos arbustos y se quedó mirando al cielo con la mano haciendo visera, como si mirase con mucho interés.
Llegó el gigante y le dijo:
‑¿Qué es lo que estás mirando?
Y dijo el enano:
‑Nada, que el burro no podía con el saco y le metí una patada que lo eché por los aires y todavía no ha bajado, pero, en cuanto caiga, le arreo otra que ya no vuelve a bajar más en su vida.
Y el gigante, todo asustado, se volvió para su casa diciendo:
‑¡Madre de Dios, que si me descuido me lo hace a mí también!
Y así quedó en paz el enano con su burro y sus dineros.

El enano

Anónimo (españa)


Cuento


Había una vez un estudiante que cortejaba a una muchacha muy guapa, pero los padres de la muchacha se oponían a esas relaciones porque el estudiante era pobre. Así que la vida se les hacía cada vez más difícil a los dos y un día, hablando de sus problemas, la muchacha decidió marcharse de casa a escondidas con el estudiante para casarse en una capilla lejana donde nadie los conocería. Así que se pusieron de acuerdo y, a la noche siguiente y a la hora convenida, la muchacha se asomó a su balcón y vio en la sombra a un joven que tenía un caballo por las riendas. Echó su equipaje por el balcón, diciéndole al joven:
-Toma el equipaje y ayúdame a bajar.
El joven tomó el equipaje y lo cargó en su caballo y luego sujetó la cuerda por la que se descolgaba la muchacha, la acomodó en la grupa, montó él y se marcharon.
La muchacha estaba extrañada del silencio del estudiante, que no le dirigía la palabra, pero no dijo nada. Y cuando asomó la primera luz del día, que aún los cogió cabalgando, vio que su acompañante no era su novio sino un joven desconocido y, al darse cuenta de ello, le dijo:
-¡Por Dios, señor, que no es con usted con quien yo me quería ir! ¡No siga, por favor, y déjeme aquí!
El joven la dejó a la vera del camino con su equipaje.
Y estaba ella sola y desconsolada sin saber qué hacer cuando aparecieron unos pastores que se maravillaron al verla, pues les parecía tan bella como una Virgen, y al ver su precariedad se la llevaron con ellos. En el pueblo donde vivían los pastores había un matrimonio sin hijos que aceptó recoger a la muchacha en su casa y la trataron muy bien y con mucho cariño. Ellos no querían que la muchacha se ocupase de las labores del pastoreo, pero ella se empeñó y empezó a salir todos los días al monte con las demás pastoras del lugar.
Aquel pueblo pertenecía a un reino donde vivía un rey en un magnífico palacio. Sin embargo, los vecinos estaban atemorizados desde hacía tiempo por las cosas que ocurrían en el palacio del rey. Y era que, cada noche, una persona del reino tenía que ir a dormir a la habitación de la princesa. Cada día se elegía a una persona por sorteo y, a la mañana siguiente, esa persona amanecía muerta. Nadie sabía a qué se debía esto y causaba gran consternación e infelicidad en el reino.
Y quiso la suerte que un día fuera designada la madre adoptiva de la muchacha para acudir a palacio a dormir en la habitación de la princesa. Y cuando la muchacha se enteró dijo:
-¡No consiento que nadie de esta casa vaya a palacio a dormir en la alcoba de la princesa, pues iré yo!
Y sin más, se presentó en el palacio el día designado.
El rey, cuando la vio, dijo:
-No puedo permitir que muera una joven tan hermosa.
Que vaya a dormir con la princesa la persona a la que designó la suerte.
La muchacha era tozuda y no doblegaba su voluntad fácilmente, de manera que insistió e insistió ante el rey de tal manera y con tanta convicción que, al final, el rey no tuvo más remedio que acceder.
Conque la muchacha subió a la alcoba de la princesa y allí se quedó. Cuando avanzaba la noche, le entró un sueño tan profundo que estuvo a punto de quedarse dormida, pero la muchacha era tan voluntariosa que, decidida a no dormirse para averiguar qué era lo que sucedía durante la noche, consiguió vencer el sueño tras grandes esfuerzos.
Y era ya pasada la medianoche cuando, fingiendo dormir, pudo ver que se abría una puerta secreta y entraba por ella un enano que se dirigió a la princesa y le clavó un alfilerón detrás de la oreja. Y la pobre princesa comenzó a gritar:
-¡Ay, Dios mío, que me queman! ¡Ay, que me abrasan!
Al poco pareció calmarse y entonces se dirigió al enano y le dijo:
-Por Dios te pido que no mates a la muchacha que está aquí acostada.
Y el enano le respondió:
-No puedo complacerte, pues tengo que matarla como a las demás.
Y la princesa insistía:
-No la mates, que es una muchacha muy hermosa.
El enano se acercó al lugar donde dormía la muchacha, la observó unos momentos y luego dijo:
-Ciertamente, es muy hermosa, la más hermosa de cuantas han venido a esta alcoba, así que sólo por eso no la mataré hasta el amanecer.
Luego el enano volvió junto a la princesa e hincó un poco más el alfilerón que le había clavado tras la oreja. La princesa pareció perder el sentido y el enano desapareció por la puerta secreta.
Entonces la muchacha, que lo había estado viendo todo, se levantó a indagar qué había detrás de la puerta secreta. Y como el enano la había dejado entornada, la traspasó con mucho sigilo y se encontró con otra habitación. Y allí estaba el enano escribiendo afanosamente en unos papeles que primero llenaba y luego leía en voz alta y echaba en un caldero que tenía puesto al fuego.
Cada vez que echaba un papel al caldero, salían de éste unas llamas azules y se oía gritar a la princesa:
-¡Ay, que me abraso! ¡Ay, que me quemo!
Por fin el enano se cansó de hacer estos embrujos y se echó a dormir en un camastro que tenía junto al caldero. Y al ver esto, la muchacha se acercó con mucho cuidado y cuando estuvo junto al caldero, lo volcó vertiendo su contenido sobre el enano, que se abrasó y murió allí mismo.
En seguida, la muchacha corrió al lado de la princesa y le arrancó el alfilerón que tenía clavado y la princesa despertó como si viniera de un sueño profundo y sanó inmediatamente.
A la hora en que todas las mañanas recogían el cadáver de la persona que había dormido con la princesa, los criados entraron y encontraron a la muchacha sana y salva junto a la princesa y corrieron a avisar al rey. El rey, una vez que hubo escuchado el relato de lo sucedido de boca de la muchacha, mandó pregonar por todo el reino su hazaña. Y, corriendo de aquí para allá, llegó la noticia a oídos del estudiante, que andaba desesperado buscando a la muchacha. Y en cuanto fue a verla, la muchacha le recibió alegremente y se casaron y aquí terminó su aventura.

El cuarto prohibido

Anónimo (españa)

Cuento

Era un leñador que tenía tres hijas muy guapas. El leñador era hombre pobre y vivía pobremente. Todos los días salía al monte a cortar leña y, en una de éstas, atacó un árbol con su hacha y salió del interior del árbol un gigante, que dijo al leñador:
-¿Qué es lo que haces? ¿Es que acaso te atreves a cortar este árbol donde tengo yo mi casa?
El leñador, asustado, contestó:
-Por Dios, señor Gigante, no me haga nada que yo no sabía que ésta era su casa.
-Está bien -dijo el gigante-, no te haré nada. Pero dime: ¿cuántos hijos tienes?
A lo que respondió el leñador:
-Yo tengo tres hijas. Vengo al bosque para cortar leña con la que ganarme la vida y alimen-tar a mis hijas y a mi esposa, que es costurera, y con la costura y la leña apenas ganamos para sostenernos.
-Pues mira -dijo el gigante-, aquí te doy esta bolsa de oro si me traes a tu hija mayor.
El leñador tomó la bolsa de oro y, cuando llegó a casa, contó lo que le había sucedido y la hija mayor se avino a ir con el gigante. Volvió, pues, el leñador con su hija a donde estaba el árbol y la dejó allí. El árbol tenía una puerta grande que daba a una escalera que descendía bajo la tierra y allí estaba la casa del gigante.
Y el gigante le dijo a la muchacha:
-Tú serás la dueña y señora de todo esto si te comportas como yo te diga. Y lo primero que has de hacer es esto -le dice-: aquí tienes esta oreja, que te has de comer cruda. Yo ahora me tengo que ir, pero cuando vuelva te la habrás comido cruda y, si no, te mataré.
La muchacha vio que era una oreja de una persona y sintió un asco terrible; y se decía: «¡Ay de mí! ¿Cómo voy a comerme esta oreja, y además cruda?».
Y luego pensó: «Pero ¿ha de saber el gigante si me la comí o no?».
Y sin pensárselo dos veces la tiró detrás del pajar.
Volvió el gigante y preguntó lo primero de todo:
-¿Qué? ¿Ya te has comido la oreja?
La muchacha contestó que sí, y entonces el gigante dijo en voz alta:
-¡Oreja! ¡Orejita!
Y contestó la oreja:
-¿Qué quieres?
Y dijo el gigante:
-¿Dónde estás, oreja?
Y dijo la oreja:
-Aquí, detrás del pajar.
Y dijo el gigante a la muchacha:
-¿No decías que te la habías comido? Pues ahora verás.
Cogió a la muchacha, la llevó a un cuarto que había en la casa y allí la degolló y la dejó muerta.
Al otro día, el leñador andaba por el bosque cortando leña cuando llegó el gigante y le dijo:
-Escucha, leñador, que dice tu hija mayor que echa de menos a la mediana y que quiere que le dé compañía. Si tú me la traes, te doy esta otra bolsa de oro.
El leñador cogió la bolsa, fue a buscar a la hija mediana y la convenció para que se fuera a hacer compañía a su hermana mayor, alegando que se encontraba muy sola. Y la hija mediana fue con el leñador hasta la casa del gigante y se metió en el árbol.
Y le dijo el gigante:
-Puedes usar la casa como te plazca, excepto este cuarto -y le señaló el cuarto donde degollara a su hermana-, en el que nunca debes entrar bajo ningún pretexto. Y ahora yo tengo que salir, pero te dejo esta oreja que te has de haber comido cuando yo vuelva -y se fue.
La pobre muchacha se decía: «¡Ay, qué asco! ¿Cómo me voy a comer esta oreja que no es de animal?».
Luego pensó que el gigante no tenía por qué saber que no la había comido y fue y la tiró a un pozo.
Conque llegó el gigante y le preguntó:
-¿Te has comido la oreja?
Y dijo ella:
-Sí que la comí.
Entonces el gigante dijo en voz alta:
-¡Oreja! ¡Orejita!
Y contestó la oreja:
-¿Qué quieres?
Y dijo el gigante:
-¿Dónde estás, oreja?
Y dijo la oreja:
-Aquí, en el pozo.
Y dijo el gigante:
-Ahora baja al pozo y saca la oreja.
Entonces ella tiró el cubo y subió la oreja dentro de él. Y el gigante cogió a la muchacha, la metió en el cuarto prohibido, la degolló y la dejó muerta junto a su hermana.
Al otro día el padre se llegó hasta el árbol por ver si veía a sus hijas, a las que echaba de menos, y salió el gigante y le dijo:
-Te doy otra bolsa de oro si me traes a tu hija pequeña, que quieren estar las tres juntas y no se pueden pasar la una sin la otra.
El padre, aunque se quedó apesadumbrado, dijo que bueno y cogió a su hija pequeña, que se llamaba
Mariquilla, y le dijo:
-Mira que tus hermanas te reclaman.
La llevó al árbol donde vivía el gigante y éste se la llevó escalera abajo y cuando llegaron a su casa le dijo:
-Tú has de ser la dueña de todo esto si te comes esta oreja cruda que hay sobre la mesa.
La pequeña estaba muy extrañada de no ver a sus hermanas saliendo a recibirla y tuvo miedo, pero lo disimuló y le dijo al gigante:
-Bueno, yo me la comeré.
Cuando se fue el gigante ella pensó que no se quería comer una oreja que no era de animal y en esto decidió esconderla entre sus ropas y la escondió junto a la barriga bien apretada para que no se le cayera.
Conque al rato volvió el gigante y le dijo:
-¿Qué? ¿Ya te has comido la oreja?
Y dijo ella:
-Ya me la comí.
Entonces el gigante dijo en voz alta:
-¡Oreja! ¡Orejita!
Y contestó la oreja:
-¿Qué quieres?
Y dijo el gigante:
-¿Dónde estás, oreja?
Y dijo la oreja:
-En la barriga de Mariquilla.
Al oír esto, el gigante saltó de gozo y le dijo a Mariquilla:
-¡Pues tú has de ser mi mujer! Ya eres la dueña de todo lo que tengo y te doy mis llaves. Pero hay un cuarto que no debes abrir -y le señaló el cuarto donde se encontraban sus hermanas muertas- bajo ningún pretexto.
Dicho lo cual, se marchó más contento que unas castañuelas.
Entonces Mariquilla se dijo: «¿Y por qué será? ¿Por qué no podré abrir yo ese cuarto?», y la curiosidad pudo más que el temor.
Abrió el cuarto y, según abrió, vio un gran charco de sangre y se llevó tal susto que se le cayó la llave en mitad del charco y se manchó toda de sangre.
Pero al volver a mirar, vio a muchas personas que colgaban de los pies y de la cabeza y entre ellas reconoció a sus hermanas. Y luego vio que en una mesa había un pucherito con un mejunje y una botella de agua.
Apenas salió del cuarto, fue a todo correr a lavar la llave, pero, por más que frotaba, la sangre no desaparecía.
Entonces oyó venir al gigante y, a toda prisa, se cortó un dedo y manchó con su sangre la llave del cuarto prohibido.
Conque llegó el gigante y le dijo:
-¿Has conocido ya toda la casa?
Y ella le dijo que sí.
-¿Y qué? ¿Entraste en el cuarto prohibido?
Ella lo negó. Y el gigante le dijo:
-Pues enséñame la llave.
Al ver la llave manchada de sangre se enfureció y le dijo:
-¿Y esta mancha de sangre que veo en la llave?
Y Mariquilla le mostró su dedo herido y le dijo:
-Esa mancha es porque me corté en la cocina.
Entonces el gigante quedó satisfecho y le dio su confianza.
Al día siguiente el gigante volvió a salir para dedicarse a sus ocupaciones y le anunció que esta vez tardaría tres días en volver y que se ocupara de la casa hasta su regreso. Apenas se aseguró Mariquilla de que el gigante había partido y de que no le mentía, porque ahora ya tenía confianza, ella tomó la llave manchada y volvió corriendo al cuarto prohibido y fue a la mesa donde estaban el pucherito y el agua.
Untó con el mejunje las cabezas de sus hermanas y las unió por el cuello a sus cuerpos y después las lavó con el agua. Y al lavarlas, resucitaron las dos hermanas y se abrazaron las tres muy contentas y emocionadas.
Entonces fueron al fondo de la habitación, que daba a una cueva profunda donde había grandes tesoros y riquezas y lo cargaron todo en unos sacos.
Y después untaron a todas las personas que estaban colgadas con el mejunje y las lavaron con agua y todas volvieron a la vida. Y las tres hermanas se fueron a buscar a sus padres llenas de riquezas. Y resultó que entre las personas que había en el cuarto estaban un rey con sus tres hijas, el cual mandó a sus soldados que prendieran al gigante y le cortaran la cabeza y después invitó al leñador y a su familia a vivir en su reino y todos se fueron para allá contentos y felices y enriquecidos con los tesoros que Mariquilla encontró en la cueva y los que el rey les entregó en premio por haberlos salvado. Y ya nunca más tuvieron preocupaciones. 

El conde abel y la princesa

El conde abel y la princesa
Anónimo
(españa)

Cuento

Había un joven conde, que se llamaba el conde Abel, que estaba enamorado de una princesa y se hicieron novios para casarse. Un día, se encontraban ambos comiendo a la mesa cuando, en un descuido, al conde se le cayó una guinda al suelo. Y el joven conde pensó: «¿Qué debería hacer ahora? ¿Recojo o no recojo la guinda que se me ha caído? Porque es el caso que si la recojo, la princesa pensará que soy avariento, además de sucio, pero si no la recojo pensará que soy un descuidado y un despilfarrador». Lo estuvo pensando y, al final, decidió recogerla del suelo y se la comió. Entonces la princesa se lo reprochó y le dijo que ya no le quería, porque no estaba dispuesta a casarse con un conde que recogía la comida del suelo.
El conde Abel quedó muy entristecido por este suceso y todos los días meditaba el modo de conseguir que la princesa le volviera a querer; y entre pensamiento y pensamiento, tomó una decisión, que fue la de disfrazarse de mendigo y presentarse de esa guisa en el palacio de la princesa. Así que se vistió de mendigo tan bien que lo parecía realmente y, antes de salir, se echó al zurrón una copa de oro, una sortija y un medallón, que los tenía en su casa porque eran joyas preciadas de la familia.
Así pues, llegó hasta las puertas del palacio de la princesa pidiendo limosna y salió la misma princesa y le dio unos céntimos como a los otros pobres que merodeaban por allí. Pero él le dijo:
-Señora, ¿no tiene usted algo que yo pudiera hacer, algún trabajo?
Ella le dijo que no, que ya tenía todos los criados que necesitaba para hacer los trabajos del palacio.
Pero él insistió y dijo que haría cualquier cosa, que mirase a ver si en los jardines no necesitaban a alguien.
Y tanto insistió que, al final, la princesa le mandó a cavar en los jardines.
El mendigo se fue a cavar y estuvo trabajando afanosamente durante buena parte del día y ya a la tarde, aprovechando que nadie le miraba, sacó la copa de oro del zurrón y la echó a un hoyo que había abierto y empezó a dar grandes gritos diciendo:
-¡Miren ustedes lo que he encontrado! ¡Una copa de oro preciosa! ¡Miren qué bonita es!
Salió la princesa a los gritos para ver qué era aquello y cuando vio la copa le gustó mucho y dijo al mendigo:
-Qué copa tan bonita. ¿Me la da usted?
Y el mendigo le contestó:
-Esta copa no se la doy a nadie, que la he encontrado yo y bien mía es.
Entonces le dijo la princesa:
-Pues véndamela. ¿Qué quiere usted por ella?
Y él, insistiendo:
-No, que no la vendo, que mucho me gusta y bien mía es.
Y así estuvieron un rato, ella porfiando y él resistiéndose, hasta que el mendigo le dijo:
-Bueno, pues se la doy a usted si me enseña su pie.
Y la princesa le contestó:
-¡Pero qué sinvergüenza es usted! ¿Para qué quiere usted que le enseñe mi pie?
Y él contestó:
-Pues si no quiere, bien está. Me quedo con la copa.
La princesa deseaba tanto la copa que se dijo:
«Pues ¡y a mí qué me importa que este mendigo me vea los pies!». Y le dijo que estaba de acuerdo, se descalzó y le mostró un pie. Y el mendigo le entregó la copa.
Al día siguiente, la princesa estaba tan contenta con su copa y el mendigo volvió a trabajar el día entero en el jardín. Y ya caía el día cuando, aprovechando un surco que había estado haciendo, echó en él la sortija y empezó a dar grandes gritos otra vez, diciendo:
-¡Ahora sí que he encontrado una cosa bonita!
¡Miren ustedes qué preciosidad de sortija! -y los que estaban cerca se arremolinaron en torno a él comentando la belleza de la sortija y la suerte del mendigo.
Y en esto salió la princesa, que había escuchado los gritos, y se quedó a solas con el mendigo otra vez y cuando vio la sortija dijo:
-¡Ay, qué rebonita es! ¿Cuánto quiere usted por ella?
Y el mendigo contestó:
-Ésta sí que no la doy, que me gusta tanto que me quedo con ella.
Y la princesa insistió e insistió tanto y de tal manera que el mendigo le dijo:
-Bueno, si usted quiere quedarse con esta sortija, tiene que enseñarme las piernas.
Y la princesa le respondió, enojada:
-¡Pero mire que es usted sinvergüenza! Prime-ro le he enseñado un pie y ahora quiere que le enseñe las piernas. Pues eso no puede ser de ninguna manera.
Y él le dijo:
-Pues nada, pues entonces me quedo con la sortija.
La princesa, que deseaba lucir la sortija como fuera, se dijo: «Si a este mendigo no lo conoce nadie, ¿qué me importa que me vea las piernas?». Y se alzó las enaguas y le enseñó las piernas y el mendigo, sin poderse contener, dijo:
-¡Ay, qué piernas tan blancas y tan bonitas tiene usted! -y le entregó la sortija.
La princesa estaba contentísima de tener la sortija, pero también se sentía un poco avergon-zada.
Al otro día, el mendigo volvió al jardín y, como de costumbre, estuvo trabajando y cavando en él hasta que, en un momento en que no le miraba nadie, sacó del zurrón el medallón y lo echó al surco donde trabajaba.
Y empezó a decir:
-¡Ay, ay, que he encontrado un medallón más hermoso que nada en el mundo! ¡Qué medallón tan bonito!
La princesa acudió presurosa a sus gritos y le pidió que le mostrase el medallón. El mendigo lo hizo, pero le dijo:
-No me pregunte usted cuánto quiero por él porque éste sí que no se lo doy ni a usted ni a nadie.
La princesa estaba maravillada por la belleza del medallón e insistió lo indecible para que se lo vendiera, pero él se mantenía bien firme:
-Nada, que éste no se lo doy a nadie ni por todo el oro del mundo.
Y la princesa rogó y rogó y porfió e insistió tanto y tan tenazmente que al fin el mendigo le dijo:
-Pues verá, sólo se lo doy si me deja dormir con usted esta noche.
-Pero ¿será grosero y pícaro este mendigo? -contestó la princesa-. ¿Es que porque le haya enseñado un pie y las piernas se cree usted que puede dormir conmigo?
Y el mendigo le contestó:
-Señora, sólo por eso le doy el medallón. Pero usted me puede coser dentro de una sábana, y me echa a sus pies y así duermo con usted en su cama.
La princesa le dijo que ni así podría ser y él se guardó el medallón. Y tanto lo deseaba la princesa que por fin consintió pensando que, al fin y al cabo, el mendigo dormiría cosido y bien cosido dentro de la sábana.
Conque llegó la noche y el mendigo fue a que le cosieran dentro de la sábana. Y la princesa le dijo entonces:
-¿Y cómo se llama usted?
Y él le dijo que se llamaba Perico. Total, que entre tres criadas lo metieron en la sábana, lo cosieron, lo dejaron sobre el pie de la cama y se retiraron dejándolos solos. A eso de la medianoche, el mendigo empezó a moverse diciendo:
-¡Ay, que me descoso! ¡Ay, que me descoso!
Y tanto lo dijo y se movió que rompió la sábana, salió de ella y se acostó a la cabecera de la cama con la princesa. Entonces la enamoró e hizo lo que quiso con ella. Y a la mañana siguiente, la princesa dijo:
-¿Y qué voy a hacer yo ahora? Tendré que casarme con usted, que no sé quién es.
Y él le dijo:
-Eso no puede ser. Yo no me puedo casar con usted.
Se levantó el mendigo y se fue a trabajar al jardín.
Así pasaron unos meses y cada noche iba Perico a la alcoba de la princesa y dormía con ella. Hasta que llegó un día en que la princesa no podía esconder a sus padres el estado en que se hallaba y le dijo al mendigo:
-¡Ay, Perico, llévame contigo a donde sea, que si mis padres me ven así, me matan!
Y él le decía:
-No, no te llevo a ninguna parte.
Pero tanto insistía y lloraba ella, desesperada, que Perico le dijo al fin:
-Bueno, ¿y adónde quieres que te lleve? ¿A una casa vieja y sucia donde viven mis padres?
Y ella no paraba de llorar:
-¡Ay, Perico, llévame a donde quieras, que allí iré contigo!
Entonces pensó el conde: «Ella me quiere y se casará conmigo». Y la montó en una burra y salieron camino del palacio del conde.
A medida que se acercaban al palacio iban viendo rebaños de cabras, y decía ella:
-Mira qué cabras tan bonitas. ¿De quién serán tantas cabras?
Y él le dijo:
-Esas cabras son todas del conde Abel.
Y ella dijo entonces, con mucho sentimiento:
-¡Pobre de mí! El conde Abel me quería mucho y estábamos prometidos, pero yo lo rechacé porque una vez se le cayó una guinda y la recogió del suelo y se la comió.
Más adelante se cruzaron con grandes rebaños de ovejas. Y ella decía:
-Mira qué ovejas tan bonitas. ¿De quién serán éstas?
Y él:
-Estas ovejas son todas del conde Abel.
Y ella volvió a decir, suspirando:
-¡Pobre de mí! ¡Cuánto me quería el conde Abel y qué tonta fui, que yo no lo quise a él!
Por fin llegaron ya cerca del palacio. Y el mendigo le preguntó:
-¿Dices, princesa, que el conde Abel te quería mucho?
-Ay, sí, mucho -respondió la princesa-. Y yo también le quería, pero por lo de la guinda ya no le quise, tonta que fui.
Entonces él dio un palo a la burra y dijo:
-¡Arre, que el que te quiso te lleva!
Justo antes de llegar al palacio, metió el mendigo a la princesa en una casa vieja y sucia y allí la tuvo hasta que dio a luz. Entonces el conde le llevó ropa y comida, y criados y todo lo necesario para una princesa.
Y ella le dijo por fin:
-¿De dónde has sacado tú todo esto, Perico?
Y él:
-De la casa y la hacienda del conde Abel.
Y preguntó ella:
-Pues ¿dónde está el conde Abel?
Y él la abrazó y le dijo:
-Éste es el conde Abel, el que te quería y el que te quiere.
Se quitó el disfraz de mendigo, se vistió con sus ropas y entonces ella le reconoció. Y se casaron y se fueron a vivir al palacio del conde.