Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 4 de enero de 2015

La botella de vino

Se cuenta en las Asambleas de los Sabios que existió un hombre que quería agasajar a un amigo con gran hospitalidad.
Cuando él y su amigo estuvieron un rato de sobremesa, después de comer, el anfitrión dijo:
-¿Quizá podríamos beber algo de vino, para evitar aburrirnos y estimular la agudeza de nuestros sentimientos?
Su invitado estuvo de acuerdo. Pero como el hombre sólo tenía en casa una botella de vino, se lo dijo a su invitado. Mandó por el vino a su hijo, que estaba mal de los ojos, y veía doble, de modo que, cuando regresó, dijo:
-Padre, hay dos botellas: ¿cuál de las dos quieres que traiga?
Avergonzado, al pensar que su invitado podría creer que no le estaba dando todo lo que tenía, el padre respondió:
-Rompe una botella y trae la otra.
Por supuesto, el joven lanzó una piedra sobre la única botella que había, y pensó que, sin querer, había roto las dos. No hubo, pues, vino esa noche, ni para el anfitrión ni para el invitado.
El invitado pensó que el joven era un tonto, cuando en verdad sólo sufría una enfermedad. El orgullo del anfitrión sobre su hospitalidad fue la causa de la destrucción de la botella. El muchacho sufrió por pensar que había hecho algo mal.
Todo sucedió porque el anfitrión tuvo miedo de decir a su invitado que su hijo estaba enfermo de los ojos y veía doble, pensando que quizá su invitado supusiera que sólo se trataba de un pretexto para no darle todo el vino.


0.187.1 anonimo (asia) - 065

Kilidi y las piezas de oro

El maestro sufí Kilidi supo que muchos de sus discípulos pasaban gran parte de su tiempo contando historias sobre sus increíbles virtudes y poderes inauditos, y sobre su capacidad para anticiparse a los pensamientos y necesidades de instrucción de sus discípulos.
Les reprochaba esto una y otra vez, pero la tendencia humana de alardear sobre alguien a quien se sirve o admira era en ellos demasiado fuerte.
Un día les dijo:
-A menos que dejeis esta práctica, que no sólo hace que yo esté rodeado de fisgones, sino también que no pueda impartirles conocimientos de importancia, tendré que hacer algo que os desagrade, o haceros pasar como personas risibles y ridículas por haberme seguido.
Puesto que este aviso no tuvo el efecto deseado, Kilidi, poco después, en presencia de numerosos discípulos y público en general, dio cien piezas de oro a un mendigo que pasaba.
Poco después, el mendigo regresó con el oro, diciendo:
-Este oro no me ha hecho ningún bien. Mi esposa dice que le corresponde la mitad, o que incluso tiene derecho a recibir de usted una cantidad igual a la mía, puesto que ella es tan pobre como yo.
Kilidi tomó el oro y se lo dio a un hombre rico que estaba presente, diciendo:
-La gente rica no se queja de su dinero -y, dirigiéndose al mendigo, le aconsejó: Ya eres nuevamente tan pobre como antes, reanuda tus buenas relaciones con tu esposa.
Volviéndose hacia sus discípulos, añadió:
-Así vereis que Kilidi se equivoca y también lo ha visto el mundo ajeno a nosotros.


0.187.1 anonimo (asia) - 065

Hospitalidad

La gente de Turquestán es famosa por su generosidad, el respeto que se tienen a sí mismos y su afición a los caballos.
Cierto turquestano, llamado Anwar Beg, poseía un hermoso caballo, ágil y de garantizado pedigrí; todos lo codiciaban, pero él se negaba a venderlo, por alto que fuera el precio que le ofrecieran.
Reiteradamente, un amigo suyo tratante en caballos, llamado Yakub, le visitaba con la esperanza de conseguir que se lo vendiera. Pero él declinaba siempre aceptar sus ofertas.
Un día, habiendo oído decir que Anwar atravesaba una época difícil, y que disponía de muy escasos medios, Yakub se dijo:
-Esta es mi oportunidad. Iré a verle una vez más, y, en esta ocasión, estoy seguro de que se desprenderá del caballo, porque es tan valioso que, con su venta, recuperará su buena posición económica.
Y no perdió tiempo. Entró en su casa.
Como era costumbre en el país, Anwar dio la bienvenida a Yakub y, antes de ocuparse de negocios, él tuvo que dar a su visitante muestras de su hospitalidad como dueño de la casa. Le sirvió una suculenta comida, y la compartieron con verdadero deleite.
Cuando por fin Yakub pudo hablar del objeto de su visita, el paupérrimo Anwar respondió:
-Ya no es posible que mantengamos discusión alguna sobre el negocio de la venta del caballo. Lo primero es la hospitalidad. Y puesto que me visitaste en mi pobreza y mi obligación era agasajarte, tuvimos que matar al caballo para obtener alimentos y de esa manera resolver mis deberes como anfitrión.


0.187.1 anonimo (asia) - 065

Fatima, la hilandera

Una vez, en una ciudad del lejano Occidente, vivía una joven llamada Fátima. Era la hija de un próspero hilandero. Un día, su padre le dijo:
-Ven, hija: haremos una travesía, pues tengo negocios que hacer en las islas del mar Mediterráneo. Tal vez tú encuentres a un joven atractivo, de buena posición, que podrías tomar por esposo.
Se pusieron en camino y viajaron de isla en isla, el padre haciendo sus negocios mientras Fátima soñaba con el esposo que pronto podría ser suyo. Pero un día, cuando estaban en camino a Creta, se levantó una tormenta y el barco naufragó. Fátima, semiconsciente, fue arrojada a una playa cercana a Alejandría. Su padre había muerto y ella quedó totalmente desamparada.
Podía recordar sólo vagamente su vida hasta entonces, ya que la experiencia del naufragio, y el haber estado expuesta a las inclemencias del mar, la habían dejado completamente exhausta.
Mientras vagaba por la arena, una familia de tejedores la encontró. A pesar de ser pobres, la llevaron a su humilde casa y le enseñaron su oficio. De esta manera, ella inició una segunda vida y en el lapso de uno o dos años volvió a ser feliz, habiéndose reconciliado con su suerte. Pero un día, estando en la playa, una banda de mercaderes de esclavos desembarcó y se la llevó, junto con otros cautivos.
A pesar de lamentarse amargamente de su suerte, no encontró ninguna compasión por parte de ellos, quienes la llevaron a Estambul y la vendieron como esclava.
Por segunda vez, su mundo se había derrumbado. Ahora bien, sucedió que en el mercado había pocos compradores. Uno de ellos era un hombre que buscaba esclavos para trabajar en su aserradero, donde fabricaba mástiles para barcos. Cuando vio el abatimiento de la infortunada Fátima, decidió comprarla, pensando que de este modo, al menos, podría ofrecerle una vida un poco mejor que la que habría de recibir de otro comprador.
Llevó a Fátima a su hogar, con la intención de hacer de ella una sirvienta para su esposa. Pero cuando llegó a su casa, se enteró de que había perdido todo su dinero al ser capturado un cargamento por piratas. No podía afrontar los gastos que le ocasionaba tener trabajadores, de modo que él, Fátima y su mujer quedaron solos para llevar a cabo la pesada tarea de fabricar mástiles.
Fátima, agradecida a su empleador por haberla rescatado, trabajó tan duramente y tan bien, que él le dio la libertad y ella llegó a ser su ayudante de confianza. Fue así como llegó a ser relativamente feliz en su tercera profesión.
Un día, él le dijo:
-Fátima, quiero que vayas a Java, como mi agente, con un cargamento de mástiles; asegúrate de venderlos con provecho.
Ella se puso en camino, pero cuando el barco estuvo frente a la costa china, un tifón lo hizo naufragar y, una vez más, se vio arrojada a la playa de un país desconocido. Otra vez lloró amargamente, porque sentía que en su vida nada sucedía de acuerdo con sus expectativas. Siempre que las cosas parecían andar bien, algo ocurría, destruyendo todas sus esperanzas.
-¿Por qué será -exclamó por tercera vez- que siempre que intento hacer algo, se malogra? ¿Por qué deben ocurrirme tantas desgracias?
Pero no hubo respuesta. De manera que se levantó de la arena y se encaminó tierra adentro.
Ahora bien, sucedía que nadie en China había oído hablar de Fátima ni sabía nada de sus problemas. Pero existía la leyenda de que un día llegaría allí cierta mujer extranjera, capaz de hacer una tienda para el emperador. Y puesto que en aquel entonces en China no existía nadie que pudiera hacer tiendas, todo el mundo esperaba el cumplimiento de aquella predicción con la más vívida expectativa.
A fin de estar seguros de que esta extranjera, al llegar, no pasara inadvertida, los sucesivos emperadores de China solían mandar heraldos una vez por año a todas las ciudades y a todas las aldeas del país, pidiendo que cada mujer extranjera fuera llevada ante la Corte.
Fue justamente en una de esas ocasiones cuando Fátima, agotada, llegó a una ciudad costera de China. La gente del lugar habló con ella por medio de un intérprete, explicándole que tenía que ir a ver al emperador.
-Señora -dijo el emperador cuando Fátima fue llevada ante él, ¿sabéis fabricar una tienda?
-Creo que sí -dijo Fátima.
Pidió sogas, pero no las había. De modo que, recordando sus tiempos de hilandera, recogió lino y fabricó las cuerdas. Luego pidió una tela fuerte, pero los chinos no tenían la clase de tela que ella necesitaba. Entonces, utilizando su experiencia con los tejedores de Alejandría, fabricó una tela resistente para hacer tiendas. Luego vio que necesitaba los palos para la tienda, pero no existían en el país. Entonces, Fátima, recordando cómo había sido enseñada por el fabricante de mástiles en Estambul, hábilmente hizo unos sólidos palos. Cuando estos estuvieron listos, se devanó los sesos tratando de recordar todas las tiendas que había visto en sus viajes; y he aquí que una tienda fue construida.
Cuando esta maravilla fue mostrada al emperador de China, le ofreció a Fátima dar cabal cumplimiento a cualquier deseo que ella expresara. Ella eligió establecerse en China, donde se casó con un atractivo príncipe, y donde, rodeada por sus hijos, vivió muy feliz hasta el fin de sus días.
Fue a través de estas aventuras como Fátima comprendió que lo que había parecido ser, en su momento, una experiencia desagradable, resultó ser parte esencial en la elaboración de su felicidad final.


0.187.1 anonimo (asia) - 065

Falsos testigos

El astuto Owglass fue al mercado, en el que se vendían todo tipo de cosas, para ver qué podía obtener por nada.
Después de buscar un rato, divisó a un campesino comprando una buena pieza de tela verde. «Esto -pensó- me servirá, me apoderaré de la tela...»
-Buenos días -dijo el granjero. ¿Dónde has comprado ese fino rollo de tela azul?
-No es azul, es verde -contestó el campesino.
-Qué tontería -dijo Owlglass. Debes de estar ciego, cualquiera puede ver que es el más profundo y definitivo azul.
La discusión continuó y el campesino parecía enojarse cada vez más hasta que decidieron que preguntarían a la primera persona que pasara de qué color era.
-Si esta tela es azul, entonces yo renunciaré a ella y tú te la podrás quedar a cambio de nada -concluyó el campesino.
Owlglass tenía un amigo con el cual ya había arreglado el truco. Ante su señal, un falso sacerdote salió de donde estaba escondido, fingiendo ser uno que pasaba.
-¡Eh, usted! -gritó el villano. ¡Señor cura! ¿Nos puede decir el color de esta tela para acabar con una discusión?
-Claro que lo haré, hijo mío -dijo el falso sacerdote. Es, indudablemente azul, como todos lo pueden ver.
-Ahora entrégame la tela, ignorante patán -exclamó Owlglass.
-No tan aprisa -el campesino era astuto. Ya que ¿cómo puedo saber que no has arreglado esto con el cura, para robar mi tela?
-Muy bien -dijo el pillo. Esperaremos a que se acerque otra persona.
Un minuto o dos más tarde, apareció otra persona, a quien se la llamó para que diera su juicio. Él también era cómplice de los otros dos e insistió en que la tela era azul.
De esta manera, Owlglass logró su propósito, la tela fue entre-gada y los tres maleantes se repartieron el botín.


0.187.1 anonimo (asia) - 065

Esperanza

Había una vez un rey, descendiente de una antigua y poderosa casta, que había sido despojado del trono por la adversidad y estaba huyendo de sus enemigos.
El rey estaba empapado por la lluvia, en medio de un pantanoso desierto, cuando llegó a una pequeña choza de pastores. Pensó descansar allí por algún tiempo, pero cuando entró se encontró que dos pastores se le habían anticipado y descansaban envueltos en mantas para protegerse del frío.
Amablemente le dieron la bienvenida y compartieron con él algo de queso y cebollas, que era la única comida que tenían.
El rey dijo:
-Algún día, cuando recobre mi reino, les pagaré con moneda propia de un rey.
Sucedió que, aunque los dos pastores habían ofrecido comida al rey y habían sido igualmente generosos, no se comportaban en todo de la misma forma.
El primer pastor comenzó a decir a toda la gente que él era mejor que un noble, pues había dado comida a un rey, cuando no había nadie más que lo hiciera.
Pero el segundo pastor, reflexionando, se dijo a sí mismo:
«El haber estado en la choza y el haber tenido un poco de comida fueron simples accidentes. El haber ofrecido comida al rey fue una acción normal. Pero el rey, con una generosidad realmente noble, quiso interpretar estos hechos como algo de mérito. Ahora, yo debo inspirarme en su ejemplo y hacerme digno de tal nobleza.»
Dos o tres años después, el rey recuperó su reino y mandó llamar a los pastores. A cada uno se le dieron valiosos regalos, y los dos tuvieron posiciones poderosas en la corte.
Pero el primer pastor, no habiendo hecho ningún esfuerzo por mejorar y prepararse, no tardó en tomar parte en una intriga de la corte y fue ejecutado en castigo a su conjura.
Por el contrario, el segundo pastor trabajó tan bien y con tal lealtad que, cuando el rey llegó a una edad avanzada, fue nombrado y aceptado como su sucesor.


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El viaje del principe atila hacia el fin del mundo

Erase una vez un rey que tenía un hijo llamado Atila. Un día llamó a los sabios del reino y les dijo:
-¿Cómo puedo poner a prueba a mi hijo para saber
si es realmente valiente y digno de sucederme como rey? Uno de los consejeros dijo:
-Mándalo a buscar el jardín mágico donde crecen las manzanas de la vida y que traiga una para su Majestad. Otro dijo:
-Envíalo a buscar el anillo de la verdadera felicidad. Y un tercero dijo:
-El príncipe debe traer el espejo de la verdad del palacio del rey Mendoza que vive en el reino del fin del mundo.
Así fue como el rey despidió a sus cortesanos y envió por su hijo. Cuando Atila se presentó ante él, le dijo:
-Hijo mío, ahora, a fin de probarte quiero que salgas al mundo y que me traigas una manzana del jardín de la vida, el anillo de la verdadera felicidad y el espejo de la verdad del reino del fin del mundo.
El príncipe, de inmediato, consintió en ir en busca de estas cosas maravillosas y el rey dio una gran fiesta en honor de la partida de su hijo.
Esa noche el príncipe yacía agitado en su lecho preguntándose cómo realizar tan extraño viaje cuando, de repente, una luz brillante surgió en un rincón de su cuarto y allí, en medio de la luz, vio una forma brillante y fantástica.
-No tengas temor de mí -dijo la centellante y hermosa criatura, soy tu hada protectora y estoy aquí para ayudarte en las tareas que tu padre te ha impuesto.
Atila se incorporó en el lecho y abrió los ojos, mudo de asombro.
-Estas tareas no son tan difíciles como tú supones -continuó diciendo el hada, duerme bien esta noche y, mañana cuando partas, yo te protegeré.
El hada sonrió, y puso en su mano una cadena de plata con un talismán mágico.
-Ponte esto alrededor del cuello, Atila, y cuando me necesites, frótalo tres veces.
Antes de que Atila pudiera darle las gracias, desapareció.
A la mañana siguiente, el príncipe salió a caballo del patio del castillo con gran excitación, ya que nunca antes había salido del reino de su padre y tenía todo el mundo por delante.
Cabalgó y cabalgó y cabalgó, y el hada siempre fue hacia él cada vez que necesitaba saber qué camino tomar. Durante tres días cabalgó, durmiendo junto a su caballo cuando llegaba la noche.
Por fin llegó a un país desconocido y vio en el valle un jardín rodeado de murallas. Galopó hasta llegar a una pesada puerta en la muralla del jardín que se abrió cuando la tocó. Ató las riendas de su caballo a la puerta y vagó por el huerto donde los manzanos mostraban sus ramas cargadas de fruta. Miró en derredor y en ese instante la voz del hada protectora volvió nuevamente a su oído:
-Toma una de las manzanas, éste es el jardín mágico donde crecen las manzanas de la vida.
Atila estiró la mano y tomó una manzana roja y brillante. En ese momento tina gran cantidad de pequeñas criaturas voladoras zumbó a su alrededor picándolo furiosamente en las manos, la cara y el cuello. Frotó el talismán y gritó:
-¡Socorro! ¡Socorro!
Inmediatamente las criaturas desaparecieron y todas las pica-duras dejaron de dolerle. Rápidamente montó y cabalgó y cabalgó hasta dejar muy lejos el jardín mágico. Sólo entonces suspiró con alivio. Había pasado la primera prueba y la manzana de la vida estaba ya en su bolsillo.
Ahora cabalgaba por el paisaje más hermoso que hubiera podido imaginar, con capullos en flor en todas partes y un arroyo de plata corriendo entre márgenes cubiertas de musgo. Bajó de un salto para beber del arroyo y su caballo también sació su sed. El caballo comenzó a mordisquear un delicioso pasto verde y el príncipe comenzó a sentir mucha hambre. Tres bonitas niñas vinieron con canastos de ropa lavada y la extendieron sobre los arbustos a secar.
En cuanto vieron al príncipe dejaron todo y se le acercaron.
-¿Podríais decirme dónde puedo encontrar alojamiento para pasar la noche? -dijo el príncipe Atila. Mi caballo y yo estamos muy cansados.
Entonces la niña más pequeña lo llevó colina arriba y le mostró una granja donde podía quedarse por un tiempo.
Esa noche, mientras el granjero y su mujer estaban con el príncipe sentados a la mesa, se oyó golpear a la puerta.
-¿Quién podrá ser a estas horas de la noche? -dijo el granjero y fue a abrir.
En la puerta había un anciano mendigo empapado por la lluvia.
-Entre abuelo, entre rápido y caliéntese en el fuego -exclamó el granjero, y la buena esposa le dio una taza de caldo. Luego lo envolvieron en una manta caliente y se durmió junto al fuego cuando los demás se fueron a la cama.
El príncipe Atila tenía un cuarto pequeño que daba a la cocina y en medio de la noche le despertó el sonido de alguien quejándose. Se levantó y fue a la cocina donde vio al anciano tendido muy enfermo. La voz del hada protectora susurró en su oído:
-La manzana de la vida, dále la manzana de la vida.
Entonces Atila sacó de su bolsillo la preciosa manzana. Le dio al anciano un mordisco y luego otro y en cuanto terminó de comer la manzana el anciano pordiosero dejó de quejarse y súbitamente se produjo en él un cambio milagroso. Sus ojos se volvieron brillantes, su pelo se volvió negro, sus miembros se volvieron fuertes y se levantó con un aspecto cincuenta años más joven que diez minutos antes.
-Gracias príncipe Atila -le dijo, a cambio de tu bondad te daré algo: el anillo de la verdadera felicidad que sé que estás buscando.
Y Atila vio que tenía en la mano un anillo de oro con una piedra de ópalo de extraño brillo.
-Pero ¿cómo sabes quien soy? -dijo Atila, ¿eres un mago?
-No. Fui mandado aquí por tu hada protectora para traerte este anillo que he tenido durante muchos años. Ahora, como me has dado la manzana de la vida, podré seguir mi búsqueda, que es secreta, durante otros cincuenta años.
A la mañana siguiente cuando el príncipe se despertó, el viajero había partido. El granjero y su mujer trataron de convencer al joven para que se quedara más tiempo con ellos, pero él decidió partir hacia el reino del fin del mundo. Así que les dio una pieza de oro, les agradeció su hospitalidad y se alejó en su caballo. Atila dejó que su caballo lo llevara más y más lejos hasta que llegaron a un lugar totalmente desolado, con montañas hasta donde llegaba la vista. Por la noche encontraron refugio en una gran caverna y, en la oscuridad de la misma, el hada protectora volvió a aparecérsele al príncipe.
-No estás lejos del fin del mundo, Atila, mañana atravesarás la montaña y llegarás al palacio del rey Mendoza. Yo te ayudaré a obtener el espejo de la verdad y a volver a tu propio país.
Luego desapareció.
A la mañana siguiente cuando el príncipe despertó, el sol brillaba alto en el cielo. El caballo lo llevó a través de un angosto sendero, con enormes rocas como torres a los lados y en la distancia, vio un castillo gigante colgado de la cima de la montaña, justo en el fin del mundo. Había en él cien torres y en cada una brillaba una estrella dorada. El camino hacia el castillo era difícil, pero Atila llevó su cabalgadura con cuidado a lo largo de la senda, y pronto ante ellos aparecieron las doradas puertas del castillo del rey Mendoza.
-¿Qué es lo que deseas? -dijo el capitán de la guardia cuando el príncipe golpeó el gran llamador en forma de cabeza de león.
-He venido a ver al rey Mendoza -dijo Atila valientemente, y el principal consejero del rey llegó para llevarlo ante el rey, porque el rey había visto la llegada de Atila en el mágico espejo de la verdad, hacía unos minutos. El rey Mendoza estaba sentado en su trono de marfil labrado, pero no se le veía feliz. Le dijo a Atila:
-Vivo en este castillo dorado y tengo una cámara del tesoro llena de joyas, mis establos están llenos de caballos magníficos y mis dominios son los más ricos de la tierra y sin embargo no conozco la paz del espíritu, ¿por qué?
-Majestad -dijo Atila quitándose el anillo de la verdadera felicidad, ponte esto y te dará lo que no tienes.
En cuanto el anillo tocó el dedo del rey Mendoza, el rey sintió la felicidad en cada vena de su cuerpo y en cada cabello de su cabeza. Saltó del trono y gritando exclamó:
-Tendrás lo que quieras, cualquier cosa que nombres que esté en mi reino, porque ahora soy el hombre más feliz del mundo.
-¿Podrías darme el espejo de la verdad? -dijo Atila. Y el rey de inmediato contestó:
-¡De todo corazón!
Atila se quedó unos días en el reino del fin del mundo y fue homenajeado durante siete días y siete noches, y finalmente partió rumbo a su hogar con el espejo de la verdad en su alforja.
Viajó durante muchos días por el largo camino de regreso hasta que estuvo cerca de su casa. A pocas millas de su palacio, vio un enorme dragón en la senda y notó que la bestia tenía entre sus fauces a una joven. Frotó tres veces su talismán y, de pie sobre los estribos con la espada desenvainada, cargó sobre la criatura gritando con todas sus fuerzas. Con un poderoso golpe mató al dragón que cayó muerto. La joven que había salvado era la hija de un carbonero y se lo agradeció de todo corazón.
-Ven -dijo el príncipe, sube delante de mí en el caballo y te llevaré a tu casa.
Y decidió que nunca jamás había visto una joven tan hermosa, por lo que le pidió que fuera su esposa.
Así que cabalgaron alegremente hacia el palacio, pero todas las casas estaban cerradas y los comercios también, y nadie llegó a saludar al príncipe que volvía a su hogar. Las puertas del palacio estaban herméticamente cerradas y por más que el príncipe las golpeó con todas sus fuerzas, permanecieron sin abrirse. Entonces, sacó el espejo de la verdad de sus alforjas, miró en él y vio que toda la gente de la ciudad estaba mortalmente asustada de la gran bestia que acababa de matar.
Entonces gritó mientras agitaba su espada:
-¡Salgan! !Salgan de sus casas y sus comercios y abran el palacio, el dragón está muerto! ¡He matado al dragón!
De inmediato, todo el pueblo salió corriendo de sus casas y comercios y todos se alegraron al verle de regreso y le llevaron en volandas hasta el palacio. La hija del carbonero se perdió entre la multitud pero el príncipe muy pronto la encontró y la llevó ante su padre. El rey estaba muy feliz de volverlo a ver; le felicitó por su hermosa prometida y dijo:
-¿Y qué pasó con la manzana de la vida, y el anillo de la verdadera felicidad y el espejo de la verdad?
Entonces Atila le contó a su padre toda la historia, de principio a fin, sin olvidar un solo detalle y le dio el espejo de la verdad.
Dijo el rey:
-Mi querido hijo, me has traído lo mejor que pueda poseer un ser humano, aun cuando sea un rey. Porque sin la verdad, ¿qué es la felicidad?, ¿qué es la vida?


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