Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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jueves, 24 de mayo de 2012

Cómo la sabiduría se esparció por el mundo

En Taubilandia vivía en tiempos remotos, remotísimos, un hombre que poseía toda la sabiduría del mundo. Llamábase este hombre Padre Ananzi, y la fama de su sabiduría habíase extendido por todo el país, hasta los más apartados rincones, y así sucedía que de todos los ámbitos acudían a visitarle las gentes para pedirle consejo y aprender de él.
Pero he aquí que aquellas gentes comportáronse indebidamente y Ananzi enfadóse con ellos. Entonces pensó en la manera de castigarlos.
Tras largas y profundas meditaciones decidió privarles de la sabiduría, escondiéndola en un lugar tan hondo e insospechado que nadie pudiera encontrarla.
Pero él ya había prodigado sus consejos y ellos contenían parte de la sabiduría que, ante todo, debía recuperar. Y lo consiguió; al menos así lo pensaba nuestro Ananzi.
Ahora debía buscar un lugarcito donde esconder el cacharro de la sabiduría; y, sí, también él sabía un lugar. Y se dispuso a llevar hasta allí su preciado tesoro.
Pero... Padre Ananzi tenía un hijo que tampoco tenía un pelo de tonto; llamábase Kweku Tsjin. Y cuando éste vio a su padre andar tan misteriosamente y con tanta cautela de un lado a otro con su pote, pensó para sus adentros:
-¡Cosa de gran importancia debe ser ésa!
Y como listo que era, púsose, ojo avizor, para vigilar lo que Padre Ananzi se proponía.
Como suponía, le oyó muy temprano por la mañana, cuando se levantaba. Kweku prestó mucha atención a todo cuanto su padre hacía, sin que éste lo advirtiera. Y cuando poco después Ananzi se alejaba rápida y sigilosamente, saltó de un brinco de la cama y dispúsose a seguir a su padre por donde quiera que éste fuese, con la precaución de que no se diera cuenta de ello.
Kweku vio pronto que Ananzi llevaba una gran jarra, y le aguijoneaba la curiosidad de saber lo que en ella había.
Ananzi atravesó el poblado; era tan de mañana que todo el mundo dormía aún; luego se internó profundamente en el bosque.
Cuando llegó a un macizo de palmeras altas como el cielo, buscó la más esbelta de todas y empezó a trepar con la jarra o pote de la sabiduría pendiendo de un cordel que llevaba atado por la parte delantera del cuello.
Indudablemente, quería esconder el Jarro de la Sabiduría en lo más alto de la copa del árbol, donde seguramente ningún mortal había de acudir a buscarlo... Pero era difícil y pesada la ascensión; con todo, seguía trepando y mirando hacia abajo. No obstante la altura, no se asustó, sino que seguía sube que te sube.
El jarro que contenía toda la sabiduría del mundo oscilaba de un lado a otro, ya a derecha ya a izquierda, igual que un péndulo, y otras veces entre su pecho y el tronco del árbol. ¡La subida era ardua, pero Ananzi era muy tozudo! No cesó de trepar hasta que Kweku Tsjin, que desde su puesto de observatorio se moría de curiosidad, ya no le podía distinguir.
-Padre -le gritó- ¿por qué no llevas colgado de la espalda ese jarro preciado? ¡Tal como te lo propones, la ascensión a la más alta copa te será empresa difícil y arriesgada!
Apenas había oído Ananzi estas palabras, se inclinó para mirar a la tierra que tenía a sus pies.
-Escucha -gritó a todo pulmón- yo creía haber metido toda la sabiduría del mundo en este jarro, y ahora descubro, de repente, que mi propio hijo me da lección de sabiduría. Yo no me había percatado de la mejor manera de subir este jarro sin incidente y con relativa comodidad hasta la copa de este árbol. Pero mi hijito ha sabido lo bastante para decírmelo.
Su decepción era tan grande que, con todas sus fuerzas, tiró el Jarro de la Sabiduría todo lo lejos que pudo. El jarro chocó contra una piedra y se rompió en mil pedazos.
Y como es de suponer, toda la sabiduría del mundo que allí dentro estaba encerrada se derramó, esparciéndose por todos los ámbitos de la tierra.


009. Anónimo (africa)

Cómo el sastre casó a su hija

Un sastre tenía una hija casadera, una negrita guapísima. Dos rivales se presentaron un día delante de la muchacha y, al pretenderla, le dijeron:
-Por ti venimos.
-¿Y qué pretendéis? -exclamó la bella negrita, sonriendo.
-Los dos te amamos -contestaron los jóvenes negritos- y ambos deseamos casarnos contigo.
Como la linda negrita era una chica harto bien educada, llamó a su padre, quien, después de escuchar a los pretendientes, les dijo:
-Retiraos ahora, porque es tarde; pero volved mañana; lo pensaré, y entonces os indicaré cuál de los dos se llevará a mi bella hija por esposa.
Al día siguiente, al amanecer, los dos opuestos y gallardos negritos se presentaron nuevamente en casa del sastre y así hablaron:
-Aquí nos tenéis para recordamos vuestra promesa de ayer y saber cuál de los dos llevará vuestra hija por esposa.
-Esperad un momento -contestóles el padre; he de llegarme al mercado para comprar una pieza de paño, y, en cuanto regrese, que será enseguida, sabréis mi respuesta.
Efectivamente, estando de vuelta el sastre, llamó a su hija y habló en estos términos a los pretendientes:
- Sois dos y yo no tengo más que una hija. ¿A quién se la doy? ¿A quién se la niego? En mí incertidumbre y deseando ser imparcial, vamos a hacer una cosa: de esta pieza de paño cortaré dos vestidos enteramente iguales para que la labor sea la misma en su confección. Cada uno de vosotros coserá una, y el que primero concluyo la tarea, será mi yerno.
Los negritos rivales aceptaron la idea feliz y tomaron su labor respectiva, disponiéndose a coser en presencia del maestro.
El padre llamó a su hija y le ordenó:
-Aquí tienes hilo; prepáralo para esos dos obreros.
La muchacha obedeció a su padre; tomó el hilo y se sentó junto a sus rivales. Pero la linda negrita era muy astuta. El padre no sabía a quién amaba, ni los pretendientes sabían cuál de los dos era el preferido. Ella guardaba su secreto en el fondo de su corazón.
Fuése el sastre y ella preparó el hilo con el cual los mozos habían de coser. La pícara negrita daba hebras cortas al negro que amaba, mientras que se las ofrecía muy largas al rival que su corazón desechaba.
Los obreros cosían con idéntico afán, pues su pasión era grande. A las once de la mañana, no obstante el incesante trabajo, apenas la labor llegaba a la mitad; pero, a eso de las tres de la tarde, el negrito de las hebras cortas tanto había adelantado, que tenía su obra terminada.
Cuando regresó el sastre, el vencedor mostróle el vestido terminado, en tanto que su rival seguía dando puntadas.
-Hijos míos -exclamó el padre-: no quise favorecer a ninguno de los dos y por eso corté mi pieza de paño en dos porciones iguales, para que mi hija fuese el premio del que más se afanara en la obra. "El que primero concluya, éste será mi yerno." Así lo comprendisteis y así lo aceptasteis, ¿verdad?
-Padre -respondieron los dos apuestos negritos-, comprendimos tus palabras y aceptamos la prueba. Lo hecho, bien hecho está.
El raciocinio del padre había sido éste: el que primero acabe, será el más diestro y por tanto el más indicado para sostener la casa con prosperidad y decoro; pero no había podido sospechar que la picaruela de su hija daría hebras cortas al que amaba y largas al negro que no quería. Así, con su malicia, decidió la prueba, y ella fue quien se eligió el esposo y la suerte de su hogar.


009. Anónimo (africa)

Aua, la huerfanita

Había una vez un hombre viudo que tenía una hija llamada Aua. El hombre casó de nuevo y de este matrimonio hubo otra hija, que era tan querida como odiada aquélla.
Una noche, mientras la pequeña Aua dormía, se le apareció su madre y le habló de esta manera:
-Hija mía, mañana tu madrastra te dará una piel de carnero para que la laves en el río Amarillo. No le contestes. Ponte en camino para lavar la piel que tu hermanastra Alimata ha ensuciado. Vete sin temor, pues dondequiera que tú vayas, yo estaré siempre cerca de ti.
A la mañana siguiente, sucedió cómo había advertido la aparición.
Y Aua fue enviada al río Amarillo a lavar la piel de carnero.
Hallábase en camino cuando estalló una espantosa tormenta. Aua divisó una choza a lo lejos y corrió para refugiarse en ella.
Pero la choza huía, huía de la muchacha. Hasta que Aua consiguió darle alcance, no sin haberse calado hasta los huesos.
Un perro peludo guardaba la choza y el perro dijo:
-Linda Aua, puedes entrar.
Aua no se hizo rogar. Penetró en la choza y en el fondo del albergue vio colgada una enorme pierna de buey.
El peludo perro era el esclavo y guardián de esta pierna de buey que, a su vez, dijo al perro:
-Haz sentar a esta niña en la esterilla.
El enorme perro peludo invitó a Aua a sentarse, y la niña se sentó.
Al cabo de un rato, la Pierna de Buey ordenó al perro, su esclavo:
-Dale a la niña algo con que pueda preparar su comida.
Y el perro dio a la niña dos granos de arroz, y cuando ella los puso a cocer en la marmita, los granos se hincharon hasta llenarla por completo.
Cocido el arroz, Aua lo sacó de la marmita y vio, sorprendida, que estaba condimentado con grasa. Y comió, Aua, hasta que hubo satisfecho su apetito y, entonces, lo que quedaba en la marmita desapareció como por encanto.
Aua pasó así ocho días en esta choza, habiendo por compañía al perro fiel y a la hospitalaria Pierna de Buey. Día y noche se alimen-taba de arroz con carne grasa, y el manjar mucho le apetecía.
En la noche del octavo día, la Pierna de Buey dijo al perro:
-Di a la niña que venga a darme masaje.
Sin hacerse rogar, la niña prestó sumisa el servicio pedido.
Entonces la Pierna de Buey dijo:
-Veo que realmente eres una niña dechado de bondad. Vuelve a casa de tu padre, pero, antes de partir, toma estos dos huevos. Cuando llegues a un sitio donde no oigas ninguna voz, rómpelos.
Aua tomó los dos huevos y se puso en camino para regresar a la choza paterna. No se hallaba muy lejos de la de Pierna de Buey, cuando oyó voces de gentes invisibles que le gritaban:
-¡Rompe los huevos, que nosotros los sorberemos!
La pequeña Aua prosiguió su ruta sin impresionarse por las voces misteriosas que le gritaban órdenes.
Por fin llegó a un sitio solitario; no había ni un solo guijarro y no se percibía el menor ruido.
Entonces dejó caer uno de los huevos sobre el suelo y el huevo se rompió.
Caballeros, guerreros armados de fusiles, esclavos y esclavas, salieron de aquel huevo.
Aua rompió el otro huevo: montones de alhajas, vestidos suntuosos y toda clase de animales domésticos salieron de éste.
Mandó entonces a uno de los caballeros:
-Di a mi padre que estoy de vuelta para abrazarle.
El caballero entró en el pueblo en el momento en que el jefe, habiendo convocado a todos los hombres por medio del tambor, tomaba disposiciones para rechazar a la escolta de la huerfanita, a quien tomara por una columna enemiga.
El rey, acompañado del padre de Aua, salió al encuentro de la joven y la condujeron, montada en un soberbio caballo, a la choza paterna.
Pasaron unos días, y la madrastra, celosa de ver a Aua tan parecida a una reina, dio a su hija Alimata la piel de carnero que antes confiara a su hijastra, para que fuera a lavarla, también, al río Amarillo.
Alimata obedeció. Como anteriormente su hermanastro, ella encontró la choza fugitiva.
Como Aua, también la persiguió en medio de una espantosa tormenta y se caló hasta los huesos.
Llegó por fin delante de la choza de Pierna de Buey. El enorme perro peludo la invitó a entrar.
-¡Ah! -exclamó ella-. ¡Cuanto más vieja una se hace, más cosas se ven! ¡Un perro que habla!
Y así que hubo entrado, la Pierna de Buey ordenó al perro que la invitase a sentarse.
-¡Otra maravilla! -exclamó-. ¡Carne que habla!
A la noche, siempre obedeciendo las órdenes de Pierna de Buey, el enorme perro peludo dio a Alimata dos granos de arroz para que preparase su cena.
La atolondrada se enfadó y gritó:
-¡Ah! ¿Así obsequian a los forasteros? ¿Qué plato puede preparar-se con dos granos de arroz?
Y acostóse sin haber comido.
A la mañana siguiente, Pierna de Buey la despidió, no sin haberle regalado dos huevos, que le recomendó no rompiera hasta pasar por un lugar donde no se percibiera voz ninguna.
Alimata partió sin dar ni siquiera las gracias.
Pronto oyó voces que le gritaban:
-¡Rompe los huevos! ¡Rompe los huevos!
Y apresuróse a romperlos, dejándolos caer sobre una piedra.
Al instante, ciegos, cojos, bestias feroces, sapos, escorpiones y alacranes, salieron de los dos huevos rotos contra las recomendaciones de Pierna de Buey.
Y se lanzaron todos sobre ella, y la mordieron, picaron y destrozaron, teniendo Alimata un fin tan horroroso, como feliz había sido el de la obediente y bondadosa Aua.

009. Anónimo (africa)

Analia tubarí y samba gana

En el país de Wagana reinaba la hermosa Analia Tubarí. El padre de la bella reinante había sido el rey de Wagana. Vencido en la guerra, tuvo que entregar una de sus ciudades. Su orgullo no pudo soportar aquel baldón y murió de pesar. Y la hermosa Analia Tubarí heredó el reino de su padre.
Apuestos y gallardos caballeros y guerreros de renombre presentáronse en la ciudad de Wagana a solicitar su mano, pero ella les exigía que reconquistaran la ciudad perdida y que ganaran, además, otras cien ciudades.
Ningún pretendiente, con ser incontables, se atrevió a emprender hazaña tan singular. Y pasaron los años y la hermosa Analia Tubarí perdió toda su alegría; cada día estaba más triste pero con la melancolía aumentaba su encanto.
Y en aquellos mismos días reinaba en un país vecino un rey que tenía un hijo llamado Samba Gana.
Gana era joven y de carácter jovial. Cuando fue mayor salió un día, acompañado de un trovador y varios escuderos, a recorrer el ancho mundo, en busca de aventuras maravillosas.
Y un día Samba Gana se batió con el príncipe de una ciudad. Todos sus habitantes presenciaron el rudo combate. Venció Samba Gana. El príncipe vencido le pidió que le perdonara la vida y le ofreció su ciudad.
Samba Gana se echó a reír y dijo:
-Tu ciudad nada me importa; quédate con ella.
Y Samba Gana siguió, alegre y risueño, su camino.
Venció, uno tras otro, a todos los príncipes vecinos, y los príncipes vencidos le ofrecían, como premio de su brillante victoria, una ciudad.
Pero Samba Gana les contestaba siempre con idénticas palabras:
-Tu ciudad no me importa nada; quédate con ella.
Y poníase de nuevo, alegre y risueño, en camino, en busca de nuevas y mayores aventuras.
Descansaba un día con su trovador a orillas del Níger, cuando el trovador cantó la canción de la hermosa Tubarí, triste y solitaria. Y el canto decía:
-Ganará a Analia Tubarí y la hará sonreír el caballero que conquiste cien ciudades.
Cuando Samba Gana oyó la canción púsose en pie súbitamente, y gritó:
-¡Vamos al punto al país de Analia Tubarí!
Montaron a caballo y Samba Gana rompió la marcha con su trovador y sus escuderos.
Cabalgaron siete días y siete noches sin cesar, y llegaron a la bella ciudad de la hermosa Analia Tubarí, flor triste y solitaria.
Al verla, tan hermosa y tan triste, Samba Gana exclamó:
-¡Analia Tubarí: yo conquistaré las cien ciudades para ti!
Y antes de partir a la conquista ordenó al trovador:
-Quédate con la hermosa Analia Tubarí. Cántale, distráela, hazla reír.
Y quedóse el trovador en la ciudad junto a la hermosa. Todos los días le cantaba canciones de los héroes de su país, de sus bellas ciudades, y de la serpiente del río que hace crecer su cauce a capricho, fecundando las tierras abundantes en cosechas de arroz, sostén de sus habitantes, o condenando a éstos a la miseria y el hambre...
La hermosa Analia Tubarí escuchaba, triste y silenciosa.
Samba Gana batióse cien veces con cien príncipes diestros y a todos abatió. Y a todos los vencidos así hablaba:
-Preséntate a la hermosa Analia Tubarí y dile que tu ciudad le pertenece.
Los cien príncipes y numerosos guerreros presentáronse ante Analia Tubarí a hacer acto de sumisión. Y la hermosa Analia Tubarí reinaba sobre todos los príncipes y guerreros de la vasta región.
Samba Gana se presentó entonces a Analia Tubarí y le dijo:
-Ya son tuyas las cien ciudades.
Analia Tubarí respondió:
-Has triunfado y seré tu esposa.
Samba Gana repuso:
-¿Por qué estás tan triste, hermosa Analia Tubarí? No me casaré contigo hasta que logre verte sonreír.
-Antes entristecíame la vergüenza de mi padre vencido -respon-dió Analia.
-Ahora no puedo sonreír, porque nadie puede cumplir mi deseo.
Samba Gana preguntó:
-¿Cuál es tu deseo, hermosa Analia Tubarí? Indícame lo que debo hacer.
-Mata a la serpiente del río, que un año trae abundancia y otro escasez y miseria, y me verás sonreír.
Samba Gana repuso:
-Nadie se ha atrevido a hacerlo, pero yo lo haré.
Encaminóse al río y buscó a la poderosa serpiente. Anda que te anda, llegó a una ciudad que bañaba el río; no encontró a la serpiente y siguió río arriba. Llegó a otra ciudad, pero tampoco allí estaba la serpiente y prosiguió su persecución, río arriba siempre.
Por fin encontró a la poderosa serpiente y luchó con ella. Tan pronto vencía el infernal reptil como Samba Gana, La caudalosa corriente iba ya en una dirección, ya en otra. Las grandes y altísimas montañas se desplomaban y la ancha tierra se abría.
Siete años luchó Samba Gana con la infernal serpiente, al cabo de los cuales, después de titánicos esfuerzos, la venció. Durante, estos años de lucha, Samba Gana perdió mil lanzas y cien espadas; una espada y una lanza ensangrentadas le quedaban tan sólo.
Y dio al trovador la última de sus lanzas, ensangrentada con la sangre de la victoria, diciendo:
-Lleva esta lanza a la hermosa Analia Tubarí; dile que he vencido a la serpiente y observa si sonríe.
El trovador entregó la lanza a la hermosa Analia Tubarí.
Ésta le dijo:
-Dile a Samba Gana que traiga la serpiente para que, como esclava mía, sea yo la que conduzca el cauce del río a mi placer y antojo. Cuando yo vea a Samba Gana con la serpiente a cuestas, sonreiré.
Fue el trovador y transmitió el deseo de Analia Tubarí a Samba Gana, y cuando éste oyó las palabras de la hermosa, dijo:
-¡Es excesivo el antojo!
Y cogió la ensangrentada espada y se la clavó en el pecho; sonrió el héroe por última vez y cayó muerto.
Recogió con devota unción el trovador la ensangrentada espada y se presentó ante Analia Tubarí, la hermosa, a quien dijo:
-Ésta es la espada de Samba Gana. Teñida está de sangre, ¡oh, bella entre las más bellas! Sangre es ésta de la serpiente y del héroe que la batió. ¡Samba Gana ha sonreído ya por última vez!
Analia Tubarí reunió a todos los príncipes y guerreros, y montados a caballo llegaron a donde estaba el cadáver de Samba Gana.
Entonces la hermosa dijo:
-Fue el más sublime de todos los héroes. ¡Levantadle una tumba alta como jamás se haya levantado para príncipe, rey, emperador y héroe conocido!
Diez veces mil hombres cavaron la tierra. Cien veces mil hombres edificaron una colosal pirámide. Cien veces mil hombres amontonaron tierra sobre la colosal pirámide. Y la pirámide subía, subía...
Todas las mañanas la hermosa Analia Tubarí ascendía con sus príncipes y guerreros a la cima de la colosal pirámide. Todas las mañanas cantaba el trovador la canción de Samba Gana, el héroe inmortal que batió a la serpiente del río.
Todas las mañanas la hermosa Analia Tubarí decía:
-La pirámide no es bastante alta. ¡Levantadla hasta que se pueda divisar mi ciudad de Wagana!
Cien veces mil hombres siguieron acarreando tierra y la aplanaban. Siete años siguió subiendo, subiendo la pirámide. Y al fin del séptimo año salió el sol.
Entonces el trovador miró en torno suyo y gritó un canto de júbilo:
-¡Analia Tubarí, la muy hermosa: hoy se divisa Wagana!
Y Analia Tubarí miró hacia el Oeste y exclamó:
-¡Ya veo Wagana! ¡El sepulcro de Samba Gana, el héroe de los siglos inmortales, es todo lo grande que su nombre merece!
Y la hermosa, en un transporte de divino arrobo, sonrió. Sonrió y ordenó:
-¡Ahora, príncipes y guerreros, dispersaros por toda la faz de la tierra y sed héroes como Samba Gana!
Y nuevamente sonrióse la bella, por última vez, y cayó muerta.
Enterraron a la hermosa Analia Tubarí en la cripta de la colosal pirámide, junto a Samba Gana, el héroe inmortal por los siglos de los siglos.

009. Anónimo (africa)

El quirquincho

El quirquincho
Anónimo
(argentina)

Cuento

El quirquincho[1] fue un tejedor tan hábil como haragán. Una vez, como llegaba el invierno y no tenía con qué abrigarse, decidió tejerse un poncho.
Preparó la urdiembre[2] en su telar de palos[3] y comenzó a tejer con su maestría de siempre. La tela salía fina, apretada, flexible. Sería seguramente su obra maestra; él lo comprendía, y la miraba con orgullo.
A los dos días de trabajo firme y entusiasta, la pereza lo dominó y descuidó el tejido. No sólo iba quedando floja y desprolija la trama, sino que, para terminar pronto, agregó hilos gruesos y groseramente retorcidos.
Con el tejido burdo aligeró el trabajo y ganó tiempo.
Pronto estuvo la tela casi terminada. Antes de sacarla, el tejedor tuvo un remordimiento de conciencia, y volvío a tejer apretadamente y a manejar con prolijidad los hilos; pero la lista[4] delicada constrastó visiblemente con le resto de la prenda basta.
Cuando para castigar su haraganería y falta de prolijidad Dios lo convirtió en animal, el quirquincho llevaba puesto su poncho ridículo, que se endureció en forma de caparazón. Las placas pequeñas y apretadas de los extremos contrastan con las grandes y desiguales del medio.
Las tejedoras comarcanas, que conocen la historia del quirquincho, ponen todo su amor y se celo en las hermosas mantas criollas que trabajan.

Tomado del libro: Antología Folklórica Argentina para las Escuelas de Adultos - Consejo Nacional de Educación. (1940)

                  




[1] Quirquincho, también peludo.
[2] Urdiembre, es la palabra que usa el pueblo en el interior. Urdimbre pertenece al lenguaje del culto.
[3] El telar criollo, primitivo.
[4] Lista . "franja".

El queo

El queo
Anónimo
(argentina)

Cuento

El queo es un ave de la familia de la perdiz, aunque de mayor tamaño y de carne más delicada. Habita generalmente en las ciénagas y faldas de los cerros jujeños donde hay vertientes. Cuando va a hacer un buen tiempo, canta por la mañana alegremente, y si lo hace por la noche, con seguridad que al día siguiente soplará viento.
Es muy original la manera de ser de estos animales; cuando se reunen ocho o más queos forman una especie de rueda afirmando el pico cada animal sobre el ala izquierda del compañero, y así unidos cantan todos a una voz muy fuertemente, dando vueltas alrededor de uno de ellos que está colocado en el centro y que parece ser el que los dirige en aquella especie de danza o baile. 
Cuando se sienten algo mareados, dan a media vuelta, y en la misma forma siguen girando por espacio de algunos minutos.
                        
Tomado del libro: Antología Folklórica Argentina para las Escuelas de Adultos - Consejo Nacional de Educación.(1940)

El mole poblano

El mole poblano
Anónimo
(argentina)

Cuento

Cuenta la leyenda, que en una ocasión Juan de Palafox, Virrey de la Nueva España y Arzobispo de Puebla, visitó su diócesis, un convento poblano le ofreció un banquete, para el cual los cocineros de la comunidad religiosa se esmeraron especialmente.
El cocinero principal era fray Pascual, que ese día corría por toda la cocina dando órdenes ante la inminencia de la importante visita. Se dice que fray Pascual estaba particularmente nervioso, y que comenzó a reprender a sus ayudantes, en vista del desorden que imperaba en la cocina.
El mismo fray Pascual comenzó a amontonar en una charola todos los ingredientes para guardarlos en la despensa, y era tal su prisa, que fue a tropezar exactamente frente a la cazuela, donde unos suculentos guajolotes estaban ya casi en su punto.
Allí fueron a parar los chiles, trozos de chocolate y las más variadas especias, echando a perder la comida que debía ofrecerse al Virrey.
Fue tanta la angustia de fray Pascual, que éste comenzó a orar con toda su fe, justamente cuando le avisaban que los comensales estaban sentados a la mesa.
Un rato más tarde, él mismo no pudo creer cuando todo el mundo elogió el accidentado platillo.
Incluso hoy, en los pequeños pueblos, las amas de casa apuradas invocan la ayuda del fraile con el siguiente verso: "San Pascual Bailón, atiza mi fogón".