Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 2 de septiembre de 2012

Vaya banquetes

Había en una aldea lejana dos animalitos que vivían en sus casitas, una frente a otra. Uno de ellos se llamaba don Cigüeño Zanquilargo. Su vecino, don Zorillo Chungoncete, era un zorro que siempre estaba urdiendo bromas para divertirse a costa de los demás.
-¿Cómo me arreglaré para burlarme de don Cigüeño? -cavilaba el zorro. Estuvo pensando y pensando, y finalmente halló la solución.
-Don Cigüeño -dijo un día al pescador, acercándose hasta él, somos vecinos, pero apenas nos hablamos más de lo indispensable. ¿No le parece que no está bien? Por mi parte, deseo que entablemos una gran amistad, y como prueba del mejor deseo que me guía, le invito a usted a comer en mi casa.
-Me parece una idea excelente, señor vecino. Cuente conmigo. ¿Le parece bien mañana?
-¡Estupendo, don Cigüeño! Mañana le espero a usted sentado a la mesa.
-Así, cuando, al día siguiente, se presentó el invitado don Cigüeño, encontró sobre la mesa dos grandes platos de natillas.
-¡Oh, natillas! ¡Con lo que a mí me gustan las natillas...! -exclamó, haciéndosele el pico agua.
-Pues, adelante -dijo riendo el zorro. ¡Empecemos a comer!
Y comía y comía. Pero no así el infeliz don Cigüeño, que picaba en el plato, pero no conseguía retener en su largo pico la golosina.
Don Cigüeño Zanquilargo picaba y picaba, ansioso del dulce festín; pero inútilmente. Aquel largo pico no lograba coger la más pequeña porción del apetitoso manjar. Las carcajadas de don Zorillo se oían desde la calle.
Por fin, don Cigüeño se marchó de la casa de su vecino, conteniendo su mal humor. Y, entretanto, la risa del burlón zorro sonaba más y mejor.
Transcurrieron dos o tres días, y una tarde que el burlón zorro se paseaba por la alameda, vio llegar junto a la casal a don Cigüeño, que le dijo:
-Señor don Zorrillo: tengo preparadas dos raciones de natillas que están diciendo: "Comedme". ¿Quiere venir y las saborearemos tranquilamente?
-¿Natillas...? ¡Son mi bocado predilecto! -aprobó el zorro. Vayamos allá, amigo don Cigüeño. Precisamente hoy no he logrado encontrar caza y estoy en ayunas desde ayer.
-Hemos llegado a mi casa -dijo a este punto don Cigüeño. Pase usted y sentémonos a la mesa.
Penetró don Zorrillo en la casa, pero bien pronto desapareció de su rostro el gesto de contento, al echar una mirada sobre la mesa. Allí había, sobre el limpio mantel, dos altas jarras de estrecho cuello, conteniendo la sabrosa comida.
-Siéntese el señor don Zorrillo y empecemos a comer -ofreció el amo de la casa, al tiempo que introducía el pico por el estrecho cuello de una de las jarras y comenzaba así a saborear su contenido.
El zorro daba vueltas alrededor de la otra jarra. No podía meter el hocico por la estrecha abertura, y sufría viendo las natillas tan próximas a su lengua y, al mismo tiempo, tan lejos de ella.
Y empezó a lamer el cristal de la jarra, ya que no podía hacer mejor cosa, preguntando después a don Cigüeño:
-¿No tiene usted, señor vecino, alguna otra cosa que darme para postre de este convite?
-Sí -contestó el otro, terminando de comerse las dos raciones.
A continuación abrió un cajón de la mesa, y, sacando un paquete, se lo entregó a don Zorrillo. Al abrirlo éste, vio que dentro de él había solamente un cartel que decía: Donde las dan, las toman.
Escarmentó desde entonces y ya nunca volvió a burlarse de los demás.

999. Anonimo

Unos buenos amigos

Iba el pordiosero de casa en casa, cuando acertó a llamar en la de la ape­nada viuda. Como siempre, el viejo, con un palo, hizo cantar a su zurrón. Al momento, la mujer reconoció la voz de su hijita y, astuta, dijo:
-El viento arrecia, la noche se acerca y no podéis quedaros a la in­temperie, buen hombre. Si queréis quedaros en mi casa, os daré de cenar.
Al viejo le agradó la invitación. Y tanto le dio de comer la viuda, y tam­bién de beber que, nada más cenar, el pordiosero se quedó dormido.
La madre aprovechó para sacar a su hijita del zurrón, le dio muchos besos y la acostó. Luego, metió en el zurrón al perro y al gato que tanto querían a la niña.
A la mañana siguiente, el viejo se marchó para seguir pidiendo de casa en casa. Al llegar a la primera, exigió:
-¡Zurrón, canta, si no, te doy con esta lanza!
Y replicó el perro:
-¡Pícaro viejo! ¡Guau, guau!
Y el gato, casi al mismo tiempo:
-¡Perverso viejo! ¡Miau, miau!
Enfurecido el pobre, creyendo que aquello era un canto de la niña, abrió el zurrón para castigarla. Entonces sa­lieron, rabiando, el perro y el gato. Este le arañó y aquel le lanzó un mordis­co. Dominado por la ira el viejo se ale­jó abandonando el zurrón y tanto el perro como el gato, contentos y reto­zones, volvieron junto a su dueña.

999. Anonimo

Una muchacha prudente

En otro tiempo hubo un rey, llamado Ina, que era hombre alto, valiente y hermoso. Pero tenía un gran defecto: la cólera. Por ello resolvió casarse con una muchacha prudente que supiera moderarle. Una tarde salió a caballo por el interior de un extenso bosque y, sintiendo sed, se paró junto a la cabaña de un leñador para beber leche. La bonita hija del labrador, Edit, se la trajo; y, cuando él le devolvió el vaso, le dijo:
-Soy el rey Ina. Vacía todos los mares del mundo con este vaso, y te haré mi reina.
Edit entró en la cabaña y salió luego con un puñado de estopa; la entregó al rey Ina y le dijo alegremente:
-Detened con esta estopa todos los ríos y haré lo que vos deseáis.
-Tú eres la muchacha que busco -repuso el rey lna.
Y la condujo a su palacio. Pero poco antes de ir a casarse, Edit le dijo:
-Vos sabéis que tenéis un temperamento muy brusco, por lo cual me habéis de prometer que si os enfadáis conmigo y me arrojáis del palacio dejaréis que tome al irme un recuerdo.
El rey Ina aceptó; y estando cierta noche cenando, Ina se molestó por un buen consejo que su esposa le dio, y enfadado le dijo que volviese a la cabaña con su padre.
Aprovechando un momento en que su esposo estaba de espaldas echó ella una droga en la bebida que él iba a ingerir, cuando quedó dormido le hizo llevar a la cabaña del bosque.
-¿Quién me ha traído aquí? -vociferó al despertar a la mañana siguiente.
-Yo fui, querido mío -contestó la reina Edit. Vos sois mi recuerdo.
-¡Ah! -dijo el rey Ina, besándola-. Hice bien en casarme con la más bonita a la par que la más prudente muchacha de mi reino.

999. Anonimo

Una moneda de ¡ay!

Cuento popular recogido por Juan de Timoneda
(S. XVI) en su libro
Sobremesa y alivio de caminantes (Cuento LI)
(Versión infantil, "El huevo de chocolate")

Tenía un caballero un criado nuevo, un mozo llamado Pedro que parecía un poco tonto. Para burlarse de él, le dio dos monedas y le dijo: 
-"Pedro, vete al mercado y cómprame una moneda de uvas y otra de ¡ay!" 
El pobre mozo compró las uvas, pero cada vez que pedía una moneda de ¡ay! todos se reían y mofaban de él.
Al darse cuenta de la burla de su amo, puso las uvas en el fondo de una bolsa y sobre las uvas un manojo de ortigas.
Cuando regresó a su casa, le dijo su amo:
-"¿Lo traes todo?" 
Contestó el mozo: 
-"Sí, señor, está todo en la bolsa"
El caballero extrañado metió rápidamente la mano y al tocar las ortigas, exclamó:
-"¡Ay!" 
A lo que dijo el mozo:
-"Debajo están las uvas, señor"

999. Anonimo

Una maravilla en el cielo


La vida del nuevo matrimonio transcurría felizmente. La bellísima Dama de la Lluvia, cada amanecer se despedía de su esposo. Pero a éste se le hacía muy dura la separación y planeó un ardid para evitarlo. Durante su ausencia, cubrió con cuidado las rendijas de la cabaña por donde se filtraba la luz del sol.
Por ello, aquella mañana, su esposa durmió más tiempo del acostumbrado. Y al despertar, viendo que era de día, exclamó:
-¡Qué desgracia! He faltado a mi deber y los reyes del espacio me castigarán.
Y se marchó, pero entonces se produjo un hecho insólito bajo los ardientes rayos del sol: una pequeña nube fue a envolver el cuerpo de la Dama de la Lluvia. Kalúa y todos los maoríes que se le habían unido, pudieron ver cómo la Dama de la Lluvia se evaporaba juntamente con la nube misteriosa.
El desgraciado Kalúa se encerró en su cabaña y durante muchas noches tuvo la esperanza de ver aparecer a su esposa, mas al fin comprendió que había sido víctima de su argucia y se murió de melancolía.
Este amor tan intenso conmovió sin duda a los reyes del espacio. Y así, transformaron el cuerpo de Kalúa en un brillante y espectacular arco de colores, que en los días de lluvia, bajo la luz del sol produce esa maravilla que se conoce como Arco Iris, y que envuelve el bellísimo cuerpo de la Dama de la Lluvia.

999. Anonimo

Una leccion de humildad


En casa de los Carson había un hermoso jardín donde la exuberante rosa competía con el orgulloso tulipán y la blancura del lirio.
A Kitty, la hija de los Carson, le producía extrañeza que su joven mamá cuidase con tanto esmero un matojo de humilde hierba cuando había tantas flores hermosas que se sucedían unas a otras.
-No sólo debemos cuidar lo bello -explicó la joven madre. También lo humilde y lo sencillo tiene derecho a nuestras atenciones. Esta planta insignificante, tiene un aroma apenas perceptible, pero delicioso y sobrevive hasta el otoño, cuando las demás flores ya se han marchitado.
Kitty pudo comprobar, al llegar los primeros fríos, que el aroma del reseda lo invadía todo dulcemente.
-Tiene la imagen de la virtud -le explicó la señora Carson. Con su humildad y modestia, permanece cuando el boato y la belleza ya han desaparecido, desvanecidas en el sucederse del tiempo.
Kitty comprendió la lección. Y se propuso ser como el reseda, humilde y siempre igual, huyendo de toda loca y cambiante presunción, que de ordinario es sólo flor de un día.

999. Anonimo


Una serpiente


Esto era una vez una serpiente

que se cayó y se partió los dientes.



071. Minimo