Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 19 de agosto de 2012

El rey mendigo


Una Princesa fue liberada de un dragón que la tenía presa, y su padre la casó con su libertador. Pero ella era tan orgullosa que su marido decidió darle una lección de humildad.
‑Soy Rey, pero muy pobre ‑le dijo. Así que cuando volvamos a mi Reino, te pondrás a cuidar, mis cerdos, pues no tengo más que una cabaña por Palacio y ningún criado.
La Princesa, vestida con harapos, apacentaba los cerdos cada día, y pasó muchos meses sin ver siquiera a su marido, que sólo aparecía de cuando en cuando a llevarle algo de pan.
Un día estaba sola en el prado cuando se lamentó así:
‑¡Quién diría que yo, tan soberbia como he sido siempre, estaría cuidando cerdos! Pues aun hay algo más raro, no echo de menos mis riquezas pasadas, sino la compañía de mi marido. Su falta es lo que me hace infeliz. Si él estuviera, me parece que yo llevaría con alegría mi pobreza...
Entonces salió el Rey, su marido, de detrás de un árbol y dijo:
‑¡Así te quería yo ver, buena y enamorada! Vamos a mi verdadero Palacio, que soy muy rico y vamos a ser muy felices.
¡Y así fue, comieron perdices!

999. Anonimo

El reino recuperado


Bartahí y Sahín llevaban ya mucho tiempo de camino y todos los los días el último preguntaba:
-¿Seguro que vamos por el buen camino?
Y Bartahí, sin asomo de dudas, afirmaba.
Cada mañana, a la salida del sol, consultaba su cristal de colores y veía en él la dirección a seguir.
Por fin, llegaron a la ciudad del príncipe. Los centinelas de palacio quisieron impedir el paso a los humildes caminantes y entonces Bartahí dirigió el cristal a sus ojos y ellos quedaron inmóviles.
Atravesaron lujosos salones y hallaron al rey usurpador, sentado en el trono, rodeado de sus consejeros.
-¿Quiénes son estos osados? -gritó al ver a los pobres caminantes. ¡Arrojadlos de aquí!
-Soy Bartahí, príncipe del reino y heredero del trono -exclamó el joven.
-¡Mentira! ¡Que lo demuestre! -gritó el usurpador.
Bartahí fue poniendo el cristal ante los ojos de los consejeros y, con toda claridad, uno a uno pudieron ver en el cristal todo lo ocurrido años antes, cuando su pariente le había alejado de la corte.
Y todos reconocieron en las facciones del joven las del niño hijo del verdadero rey y como a tal le aclamaron, pues estaban hartos del tirano.
En la ciudad todo era regocijo. El usurpador había sido desterrado y los habitantes del reino tuvieron un soberano justo y generoso y la prosperidad coronó a Bartahí, que nombró primer ministro a Sahín.

999. Anonimo

El reflejo del mundo


Pasaron varios años y Bartahí se convirtió en un apuesto joven. Su amigo y protector, el pastor Sahín, le instaba a que fuera al pueblo en busca de lo que necesitaban y el joven se compró libros, pues Sahín le había enseñado a leer y escribir.
Aunque modestamente, gracias al esfuerzo de cada día, la cabaña había mejorado de aspecto. Sahín le había regalado a. su joven amigo un arca para que pudiera guardar sus ropas y, entre sus viejas cosas, el príncipe encontró el antiguo cristal de colores del que no había vuelto a acordarse. Un rayo de luz que entraba por la ventana le arrancó reflejos vivísimos...
En los colores del cristal, Bartahí vio su palacio: el salón del trono, los imnumerabies salones, los jardines por donde paseaban los pavos reales... Y vio también a su ambicioso pariente convertido en rey, dictando órdenes crueles. El pueblo atemorizado y hambriento sufría su opresión.
-Sahín, tengo que regresar a mi país...
El pastor, temiendo por la vida de su amigo, trató de disuadirle. Pero visto su empeño, le dijo:
-Bartahí, mi querido amigo, si has de viajar necesitarás algún dinero. Venderemos el rebaño.
-¡Es tuyo! No puedo aceptarlo.
-Lo mío es de los dos. Permíteme que te acompañe.

999. Anonimo

El raja traicionero


Al anochecer, cansado de cabalgar, Salim pensó pasar la noche bajo un árbol y entonces el lorito le dijo:
-¡Entra en esa cueva! ¡Busca tu suerte!
Obedeció el muchacho y escuchó una voz lastimera que solicitaba ayuda. Un joven ricamente ataviado aparecía en el suelo con una herida en el pecho. Salim abrió su saco de viaje, sacó unas vendas y atendió al herido, que le dijo:
-Esta herida me la ha producido un hermano mío. Si quiso librarse de mí es porque él anhela el trono que me corresponde. Pero he logrado huir. Y hubiera muerto de no ser por vos, al que desde hoy considero mi hermano.
Añadió que su traidor hermano se llamaba Besalu. Salim le prometió poner todo su empeño en hacerle justicia. Luego el herido le explicó dónde se hallaba su reino y le entregó unos dados como señal y se quedó dormido.
Salim, comprobando que el peligro había pasado, dejó agua y provisiones junto al desterrado y desapareció sin hacer ruido.

999. Anonimo

El queso de la vieja y el viejo


Una vieja y un viejo tenían un queso.
Vino un ratón y se comió el queso que tenían la vieja y el viejo.
Vino un gato que se comió al ratón que se comió el queso que tenían la vieja y el viejo.
Vino un perro que mató al gato que se comió al ratón que se comió el queso que tenían la vieja y el viejo.
Vino un palo y pegó al perro que mató al gato que se comió al ratón que se comió el queso que tenían la vieja y el viejo.
Vino el fuego y quemó el palo que pegó al perro que mató al gato que se comió al ratón que se comió el queso que tenían la vieja y el viejo.
Vino el agua y apagó el fuego que quemó el palo que pegó al perro que mató al gato que comió al ratón que comió el queso que tenían la vieja y el viejo.
Vino un buey y bebió el agua que apagó el fuego que quemó el palo que pegó al perro que mató al gato que comió al ratón que comió el queso que tenían la vieja y el viejo.
Y el buey se durmió y el cuento se acabó.

999. Anonimo

El que recuperó lo suyo


Era un hombre que tenía una vaca y un buey, pero se había olvidado de marcarlos, así que su vecino se los robó y no podía demostrar que los animales eran suyos.
Pensó en cómo recuperarlos, y esperó a que su vecino fuese a venderlos.
Un día vio que el vecino salía de casa con la vaca hacia el mercado. Tenía que atravesar el bosque para ello. El hombre se le adelantó y se hizo el ahorcado, colgándose de un árbol.
‑¿Qué habrá hecho éste para que le ahorquen? ‑pensó el vecino al verle, pero siguió su camino.
El hombre se bajó de¡ árbol, se volvió a adelantar a su vecino y de nuevo se hizo el ahorcado en otro árbol.
‑¡Cáscaras!, ¿pues no le había visto ya? ‑exclamó el vecino.
¿Me estaré volviendo loco? Voy a regresar a donde estaba el primer ahorcado a ver si era el mismo o veo visiones.
Ató la vaca a un árbol y regresó sobre sus pasos. Pero el falso ahorcado bajó de¡ árbo'l y se llevó la vaca a casa.
El vecino, viendo que ya no estaba el ahorcado y que había perdido la vaca, volvió a su casa a por el buey para ir al mercado. Pero le sucedió lo mismo: vio un ahorcado, después al otro y esta vez regresó a ver el primero con el buey bien atado y cogido del ronzal. Pero no encontró al primer ahorcado, sino que oyó mugir a su vaca y pensó:
‑Eso es que se soltó sola. Ataré bien al buey y la buscaré.
Ató al buey a un árbol, y el falso ahorcado se lo llevó junto con la vaca a su casa, y el vecino no encontró ni a uno ni a otro.
¡Y como tampoco los había marcado, se quedó sin lo robado y el hombre recuperó sus animales!

999. Anonimo








El pueblecito blanco


Erase un pueblo pequeño y bonito. Sus casitas, bien alineadas, estaban construidas con mármol blanco. En torno al pueblo se extendía una verde pradera y sus habitantes eran felices.
Todos habían cuidado muy bien sus casitas y la pradera, por orden del alcalde estaban limpias y resplandecientes. En plena opulencia lo vecinos se dieron a la buena vida y no comían más que golosinas. Carros enteros de azúcar, chocolate y dulces llegaban diariamente al pueblecito.
Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: el azúcar se fue amontonando junto a las casitas blancas y empezó a socavar los cimientos. Llegaron los ratones y pusieron a sus crías en los agujeros. Y los habitantes perdieron el buen humor.
Pasados unos años, el pueblecito blanco había perdido su lindo aspecto. Las casas se hallaban en ruinas y la suciedad lo invadía todo.
El alcalde ya no podía más y decidió terminar con aquel desastre.

999. Anonimo