Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 8 de febrero de 2015

El potrillo basuriento .1064

Era un viejo que tenía tres hijos. Le dijo el mayor un día:
-Padre, hi dispuesto de salir a rodar tierra.
Ensilló el caballo y se jue. A los pocos días de andar encontró un viejito, y le dijo:
-¿Cómo le va, tata viejo?
-Bien m'hijo, ¿cómo te va a vos?, ¿qué andás haciendo?
-Ando buscando trabajo.
-¿Querís trabajar conmigo? -le dijo el viejito.
-Bueno -le dijo el muchacho.
Entonce le dijo el viejito:
-Le vas a llevar esta carta a mi madre. Tomá este camino derechito y vas a ir a la casa de ella.
Entonce se jue el muchacho. Tomó la carta y se jue por el camino que le decía el viejito. A poco andar se encontró con un río crecido, muy crecido. Cuando vio así el río, no se animó a pasar, echó la carta a l'agua, y agarró y se volvió.
Jue ande 'taba el viejito y le dijo:
-Ya 'toy de vuelta, señor anciano.
-¿Entregastes la carta?
-Sí, sí, la entregué.
-¿Cuánto te debo -le dijo el viejito, cien pesos o un Dios te lo pague?
-Cien pesos -le dijo el muchacho.
Se despidió y se jue pal lau de la casa d'él. Cuando llegó le dijo al padre:
-Yo en diez días m'hi ganau cien pesos.
-'Tá bien, m' hijo.
Entonce el segundo hijo le dijo al padre:
-Yo me voy a ir a rodar tierra también, padre.
-Vaya hijo, que Dios lo ayude -que le dijo. Jue y dio con el mismo viejito.
-¿Para dónde va m' hijo? -le dijo.
-Yo voy buscando trabajo.
-¿Querís trabajar conmigo?
-Bueno -le dijo el muchacho.
-Le vas a llevar esta carta a mi madre. Seguí por este camino y vas a llegar a la casa d'ella.
Tomó el camino el muchacho y se jue. Al poco andar dio con el río crecido. Hizo lo mismo que el hermano, echó la carta al agua y se volvió.
Cuando llegó ande 'taba el viejito le dijo:
-Ya jui y entregué la carta.
Le dijo el viejito:
-¿Qué querís que te pague, cien pesos o un Dios te lo pague?
Y le contestó el muchacho:
-Cien pesos, señor.
Se los pagó el viejito y el muchacho se jue para la casa d' él. Cuando llegó le dijo al padre:
-Ya 'toy de vuelta, padre. Yo también en diez días m' hi ganau cien pesos.
-Muy bien, hijo -le dijo el padre, todo 'tá bien, siempre que Dios te ayude.
Entonce dijo el hermano más chico:
-Yo también, padre, me voy a ir a rodar tierra.
-Entonce le dijo el padre:
-¿Ánde te vas a ir, hijo? ¡Vos sos muy chico! ¡No tenis ánde ir!...
-Sí -le dijo, dejemé ir.
-Bueno -le dijo el padre, que Dios te ayude.
El muchacho más chico no tenía caballo, no tenía más que una burrita, así que la ensilló y siguió viaje. Lejo se jue y dio con el mismo viejito.
-Güenas tardes, señor -que le dijo.
-Güenas tardes m'hijito, ¿qué ándas haciendo?
-Ando buscando trabajo, señor.
-¿Querís ucuparte conmigo?
-¡Cómo no, señor!
-Bueno, me le vas a llevar esta carta a mi madre. Seguí este camino y vas a llegar a la casa d'ella.
Le dio la carta y se jue.
Al poco andar dio con el río crecido. L'orilló un poquito, y dijo:
-¡Obra 'e Dios!
Encaró y pasó. Siguió no más. Más allá encontró un río 'e leche. Otra vez dijo:
-¡Obra 'e Dios!
Y pasó. Más allá encontró un río de sangre. Pasó lo mismo. Más allá encontró dos muchachos colgados de la lengua. Más allá encontró dos toros en un arenal, que 'staban inmóvil de gordos. Más allá encontró en un pastizal di alfa dos toros que no podían caminar de flacos. Más allá s' encontró en dos caminos, uno ancho y lleno de flores, y una sendita angosta llena d'espinas. Y siguió, y al poco andar encontró la casa 'e la madre del viejito y le entregó la carta. Ya volvió, y cuando llegó le dijo al viejito:
-Ya lleví la carta, señor anciano.
Entonce le dijo el viejito que le conversara de lo que había encontrau por áhi. Y el muchacho le dijo:
-Lo primero que encontrí es un río muy crecido con una agua muy turbia.
-Ésa es la mala conciencia -le dijo el viejito.
-Más allá encontrí un río de leche -dice el muchacho.
-Ésa es la leche que mamaste vos, cuando eras chico.
-Más allá encontrí un río 'e sangre -le dijo el muchacho.
-Ésa es la sangre que derramó Jesucristo por nosotros.
-Más allá encontrí a dos colgados de la lengua.
-Ésos son tus hermanos pícaros, que me vinieron a engañar.
-Más allá encontrí dos toros flacos en un pastizal.
-Ésos son los ricos avarientos.
-Más allá encontrí dos toro muy gordo en un arenal.
-Ésos son los pobres bien avenidos.
-Más allá encontrí dos caminos: uno ancho lleno de flores y uno angosto lleno de espinas.
-Ese camino ancho va a la gloria y el camino angosto va al infierno.
-Bueno -le dijo, ¿qué querís que te pague: cien pesos o un Dios te lo pague?
Entonce le dijo el muchacho:
-Prefiero un Dios.
Le dijo el viejito:
-Mirá, acá tengo tres yeguas, te las vas a llevar. Estas dos yeguas zainas van a tener dos potros zainos overos, y esta colorada, un potrío colorau. A este potrío colorau le vas a poner el potrío basuriento. Cuando tengan las yeguas los potros, los vas a matar a todos, con yegua y todo, y sólo te vas a dejar el potrío basuriento para vos. También te regalo una espada y un pretal.
Entonce el muchacho se jue a la casa del padre. Entonce le dijeron los hermanos que qué es lo que había tráido, que qué ganancia había ganau. Él les dijo que había tráido esas yegüitas, que no había ganau más. Entonces se empezaron a réirse los hermanos y a burlarlo. Y lo corrieron de las casas. Entonce él se jue y s' hizo una casita cerca di un monte. Al poco tiempo tuvieron potríos las yeguas. Se dispararon al campo. Sólo sí, quedó el potrío basuriento. Entonce le dijo el potrío basuriento:
-Mirá -le dijo, a los otros potríos hay que matarlos, de no, ellos los van a matar a nosotros. Mirá -le dijo, yo me voy a poner en el medio 'el corral, y voy a pegar un relincho. Todos van a venir a matarte. Vos te ponís con l' espada al lau 'e la puerta y el que va entrando le vas cortando la cabeza.
Así lo hiceron. El potrío se puso en medio 'el corral y pegó un relincho. Áhi no más se vinieron los otros a matarlo. Entonce el muchacho se puso en la oría, atrás de la puerta 'el corral y, animal que iba entrando, lo iba matando. Entonce ensilló el potrío basuriento y se jueron. Habían caminado unos días. Por áhi, se encontró una pluma de un pájaro. Se bajó el muchacho a alzarla. Le dijo el potrío:
-Nu alcís esa pluma, que vas a ser perdido.
Entonce le dice el muchacho:
-¿Qué sabís vos, bruto?
Y l' alzó y se la puso en el sombrero.
Ya lejo, iba pasando por la casa de un Rey. Entonce lo vido la hija 'el Rey, y le dijo al padre:
-Papá, áhi va un hombre que lleva una pluma del pájaro que se los jue de acá.
Entonce lo hizo llamar el Rey y le dijo:
-¿Di ánde saca esa pluma, amigo?
Él le dijo:
-La encontrí en el camino, señor.
Y entonce le dijo el Rey:
-Yo no sé nada, agora me va a trair el pájaro de esa pluma, y si no me lo trai, palabra de Rey no puede faltar, le corto la cabeza.
Bueno, el muchacho no tuvo más remedio que obedecer y salió en busca del pájaro.
Entonce le dijo el potrío:
-¿No te dije que a causa de esa pluma te ibas a ver perdido?
Llegaron a la oría de una laguna. Entonce le dijo el potrío que áhi venía todos los días a bañarse el pájaro de la pluma. Entonce le dijo:
-Lo vamos a esconder. El pájaro cuando se quiere bañar se quita las plumas del ala, y cuando se meta al agua, corré vos a apreta-selás.
Bueno, ya cuando llegaron las once del día, más o menos, vieron un pájaro que venía revolotiando, revolotiando. Y le dijo el potrío:
-Aquél es, tené cuidado.
Vino el pájaro y se asentó y se empezó a quitar las plumas. En seguida se tiró al agua. Corrió el muchacho y le apretó las plumas. Y se encontró el potrío, y lo agarró en l' agua y lo sacó. Y l' empezaron a dar las plumas que se las fuera poniendo. Una vez que se las puso, se jue el muchacho y le llevó el pájaro al Rey. Le dice:
-Acá le traigo el pájaro de la pluma.
-'Tá muy bien, mi amigo -le dice el Rey. Agora me va a buscar -le dice- el anío de m' hija que se le cayó a esa misma laguna, hace tres años. Y si no me lo trae, le corto la cabeza.
Entonce se jueron a la laguna otra vez. Entonce le dijo el potrío:
-¿Has visto que por alzar la pluma, todos los contratiempos que vamos a tener?
El muchacho no le decía nada, se quedaba callado no más, muy triste.
Y se jueron. Una vez que llegaron a la laguna, le dijo el potrío:
-Mirá, yo me voy a meter abajo 'e l'agua. Si yo no salgo a los tres borbollones que dé l' agua, tirate vos para que los dos seamos perdidos.
Cuando se metió el potrío a l'agua, en seguida dio un borbollón l'agua. En seguida dio el otro. Y ya no borbollaba más l' agua. Ya 'taba por tirarse el muchacho, cuando dio el otro borbollón y ya se asomó el potrío con el anío en la boca. Se fueron y se lo llevaron al Rey.
Entonce, el Rey l' hizo echar muchísima leña a un horno para quemarlo al muchacho con el potrío y todo, porque créia que era un brujo.
Entonce, cuando l'estaban haciendo juego al horno, le dijo el potrío, por áhi a solas al muchacho:
-Mirá, los están por quemar, pero no te aflijás. Pedile vos al Rey por las dos gauchadas que le has hecho, que te deje dar tres galopes ante de echarte al horno, y que te envuelva en una sábana y que t' eche no más al horno.
Bueno, en seguida no más que le dijo el Rey:
-Bueno, amigo, apruentesé, que lo voy a echar con caballo y todo al horno.
-'Tá bien, señor Rey -que le dijo. Sólo, sí, le voy a hacer un pedido, que me deje hacer tres galopes y me eche envuelto en una sábana.
Entonce, le dijo el Rey:
-Haga cuatro, también, si quiere, amigo.
Bueno, se jue el muchacho a hacer los tres galopes. Cuando vino lo envolvieron en una sábana y lo echaron al horno. 'Tuvo toda esa noche en el horno, y al otro día, temprano, mandó el Rey a los piones que tenía, que fueran a botar lejo esas cenizas. Cuando fueron y abrieron la puerta 'el horno, se encontraron con el muchacho vivo, montado en el caballo y los dos más lindos que antes, y con un hermoso apero que todo era de plata y oro. Así que no tuvo más remedio el Rey que darle la libertá, que se fuera.

Julián Aguilera, 39 años. El Saladillo. Pringles. San Luis, 1948.

Se amalgama a este cuento el de El camino del cielo.

Cuento 1064. Fuente: Berta Elena Vidal de Battini


0.015.1 anonimo (argentina) - 072

El pompiño .1055

Había una vez un viejo que tenía tres hijos. Tenía una quinta de manzanas que producía muchos frutos y se le perdían en la noche. No sabía quién los robaba. Una noche dispuso ponerlo al hijo mayor que ronde la quinta para ver quien robaba. Le dio una guitarra vieja para que no le dé sueño. Tocó un rato hasta que se durmió. Igual se le perdieron las manzanas, y agarró el viejo y le dio una felpa de azotes. Y a la otra noche mandó al del medio. También le dio la guitarra. Tocando hasta tarde de la noche, lo dominó el sueño y se durmió. También le robaron las manzanas y también el viejo le dio otros azotes, y lo corrió a la leña.
A la noche siguiente lo mandó al shulco. Éste se había provisto de una guitarra y un lazo, y se fue a rondar. Tocó la guitarra hasta tarde de la noche y se puso panza abajo en la oscuridá de una planta, y en cuanto siente un ruido en el cerco, miró, y apareció un caballo blanco que empieza a comer las manzanas. Y ya se levantó el muchacho y preparó el lazo y se va sin hacer ruido. Se acerca en donde está el caballo y lo enlaza y lo tira. Abre la puerta. Luego le avisa al viejo que le había pillado al dañino. Entonces el viejo le dice que lo ate en el bramadero hasta que se levante él. Cuando lo estaba el chango, lo habla el caballo y le dice que le deje la precilla desprendida a ver si se salvaba, que en todo peligro que él tenga, él lo va a salvar.
Entonces lo dejó y se va a la cocina hasta que amanece. Entonces el viejo se arma con un hacha y se viene listo para matar al caballo. Llegó, le tiró un hachazo a partirle la cabeza. El caballo da un tirón y se suelta y no lo vuelve a ver más el viejo. Entonces se enoja, agarra el lazo y los hace sonar a azotes a los más grandes por flojos porque no le ayudaron a acomodar el caballo.
Claro, los muchachos del dolor de los azotes dispusieron irse a rodar tierra. Se hincaron al viejo a pedir la bendición, y se fueron por un camino que no habían andado nunca. Entonces el shulco dispone seguirlos. Y éstos durmieron sentados en los montes porque no tenían en qué dormir. A los tres días sienten unos gritos detrás de ellos que les decía que lo esperen, que él era el hermano menor. Y cuando lo vieron los otros, porque por culpa de él estaban sufriendo, lo agarraron a golpes y le pegaron hasta que quedaron cansados y lo dejaron por muerto.
Siguieron caminando y cuando ya se alejaron llega el caballo blanco, y le da tres vueltas y lo ole, y el chango reacciona y sana, quedando más donoso. Y en vez de volverse sigue detrás de los hermanos.
Cuando éstos iban sumamente lejos, sienten de nuevo los gritos de su hermano, que lo esperen. Cuando llegó, sacaron el atacalzón, lo horcaron hasta que murió, y siguieron. Después que se fueron llegó el caballo, le dio de nuevo tres vueltas y lo orinó en cruz y se levantó más donoso. Y en vez de volverse siguió tras de los hermanos. Cuando los volvió alcanzar, determinaron matarlo y quemarlo, y así lo hacen.
Cuando se fueron, el caballo volvió y lo curó de la misma forma y él volvió a seguirlos. Cuando los alcanza no sabían qué hacer porque estaba más simpático, y determinaron dejarlo con ellos pensando que tendría algún arte. Después le untaron carbón en la cara para que parezca más fiero y en la frente le pusieron el nombre de Pompiño. Después de unos cuantos días de viaje llegaron a la casa de una vieja que los recibió muy halagüeña. Ahí lo presentaron como esclavo a Pompiño.
Los hospedan muy bien y después, en la noche, la vieja que era bruja, les dijo que iban a dormir con sus hijas cada uno, y para distinguirlos les puso a sus hijas un gorro con campanillas de oro. En la noche, cuando estaban durmiendo, la vieja estaba afilando un cuchillo para degollarlos y Pompiño la sintió. Se levantó y cambió los gorros de las hijas a sus hermanos, y el de su compañera para él. En seguida, la vieja, por degollar a ellos, degolló a sus hijas, y se fue a dormir tranquila. Cuando Pompiño la sintió dormida, despertó a sus hermanos y les avisó lo que pasaba, para que lo siguieran y se fueran. Se levantaron llenos de susto y se fueron. Pompiño se acomodó los gorros bajo la camisa y siguieron viaje.
La vieja se levanta sol alto a ver los viajeros, y se da con las hijas de ella muertas, y se puso muy enojada. Se puso unas botas que corrían más ligero que el viento y salió a buscarlos. Cuando los iba acanzando, había una raya entre el campo de ella y el del Rey, y ellos se pasaron al otro lado, y no les pudo hacer nada. Entonces le dice el Pompiño que él les dio muerte a sus hijas. Entonces la bruja dice:
-Yo no los lloro perdidos, algún día han de volver acá y van a recibir su merecido.
-No sé señora, no le aseguro -le contestó Pompiño- pero puedo volver.
Siguen hasta que llegaron a una ciudá muy linda y buscaron conchabo en el palacio del Rey. Trabajan los más grandes y Pompiño los atendía en la comida y en la ropa. Entonces ellos salían y el pobre no podía, tenía que estar en la casa. Y por ahí se anoticiaron que le habían robado el cordero astas de oro del Rey y se fueron hasta el Rey, los hermanos, y le dijeron que Pompiño había dicho que era capaz de traerlo.
El Rey lo llamó y le dijo que si era cierto. Le contestó que no, pero el Rey le dijo que a palabra de Rey no podía faltar y tenía que traer el cordero antes de tres días, y sinó le cortaba la cabeza.
Pompiño salió llorando a ver si daba con el paradero de la vieja que lo había robado. Entonces se juntó con el caballo blanco y le dice que porque estaba triste, y él le dijo que los hermanos lo habían malquistado con el Rey. El caballo le dice que no se dé cuidado, que entre los dos harían el trabajo, y que vaya a la misma vieja que robó el cordero, que ella tiene un loro adivino que va a sacar la cabeza y va decir: Vieja, allí viene el Pompiño a llevar el cordero astas de oro.
-Entonces vos te escondés para que no te mate, hasta hacer que la vieja se canse y no te va a molestar más. Después te entrás, y cuando ella ronque, sacás tranquilamente el cordero y te vas.
Así lo hizo el Pompiño y le trajo el cordero al Rey.
Al otro día temprano se levanta la vieja y le pregunta al loro:
-¿Y el cordero?
A lo que contestó el loro:
-Pompiño se lo llevó temprano no más. Yo lo hi estao viendo cuando se lo llevó. Vos me has dicho que te deje de joder, así es que yo no tengo la culpa.
Pompiño se fue hasta el Rey y le entregó el cordero. El Rey quedó muy agradecido, en tanto que los hermanos no, porque querían que la vieja lo matara.
Los hermanos salieron a chupar para ver si tenían otra noticia y así podían deshacerse de Pompiño. Entonces éste aprovechó para lavarse bien la cara con jabón de olor y se puso bien canfle con un gorrito de la vieja bruja que lo quiso matar, paseandosé luego por frente del cuarto que tenía. En ese momento sale la Princesa al balcón y lo mira tan simpático. Entonces le dice a una sirvienta que le diga al joven que por la plata que quiera le compraría el gorro. Entonces él dijo que no se lo vendería de ninguna forma, sólo de un modo, que él quiere ir a la pieza y tocarle la rodilla, para regalarle el gorrito. Entonces la Princesa no quiso, y la negra le dijo que qué le iba hacer, que ella le limpiaría la rodilla. Entonces Pompiño fue a la pieza y le tocó bien la rodilla y le regaló el gorrito. Después se volvió y se pintó como antes para esperar a sus hermanos.
Entonces los hermanos le dijeron que el Rey se había anoticiado que la vieja bruja tenía un loro adivino y que Pompiño era capaz de traerlo. Entonces el Rey quiera o no quiera lo mandó que fuera a traerlo al loro.
Saliendo de la ciudá se encontró con el caballo blanco, y le dijo que comprara pan, queso y vino, que lo llevara y le diera al loro, y así lo hizo. Cuando llegó Pompiño el loro dijo:
-Vieja, allí viene Pompiño a llevarme.
Entonces la vieja lo busca y no lo puede encontrar hasta la tercera vez, que la vieja le dijo al loro que si la seguía molestando lo iba a matar de un palo. Entonces Pompiño, cuando la siente dormir se acerca a conversar con el loro. Le dice:
-Vamos al palacio del Rey.
El loro le contesta:
-De día no voy. Sos muy pícaro, me quieres llevar a mí. Quiero vino, queso y pan.
Comió el queso y el pan y asentó con vino, y el loro se pone medio chumado. Entonces lo convidó de nuevo. El loro le dijo que estaba bien, y se lo lleva. Cuando amanece, la vieja se da cuenta que Pompiño le llevó el loro. Llega al palacio del Rey y le entrega el loro. El Rey se puso muy conforme y los hermanos más enojados salieron a buscarlo para matarlo. Y él aprovechando, vuelve a ponerse el segundo gorro. Y lo vuelve a ver la Princesa con otro gorro mejor que el primero y se interesó, y la manda a la sirvienta para que se lo comprara. Y le dijo que no se lo vendería. Sólo de un modo, que permita que él le toque el muslo y se lo regalaba. Y ella no quiso, pero la negra la hizo consentir. Le regala el gorro, pero primero le tocó el muslo, y se retiró. Se pintó como de costumbre para esperar a sus hermanos.
Cuando vinieron le dijieron al Rey que la vieja bruja tenía un caballo de siete colores bajo de siete llaves, con tranco de una legua, cuidado por una negra bruja adivina. Llama el Rey a Pompiño y le ordena que fuera a traerlo. En el camino se encontró con el caballo blanco y le dijo que vaya donde estaba la bruja y que haga como las otras veces, hasta que se canse la vieja y se duerma. Se entre y le meta la mano en el bolsillo de la pollera, que allí estaba la llave grande, y que se vaya pal lado que se entra el sol, que cuente cuarenta trancos y se pare. Que se le iba aparecer una puerta, que la abra con la llave, que vaya con mucho cuidado y en cada paso estaba una llave, y a las siete estaba el caballo. Así hizo y cuando abre la tercera puerta lo siente la negra, y empieza a gritar; entonces vino la vieja y lo pillaron y lo traen hasta un horcón donde lo atan de pie a cabeza y se van a dormir hasta que amanece. Cuando amanece pusieron una paila de agua, a hervir. La vieja le dice a la negra que se iba para unos compadres a invitarlos para que vengan a comer a las doce. La negra se pone a desastillar un palo para leña y no podía desastillar. Entonces Pompiño le dice que él iba hachar la leña, y mil de ruegos, hasta que le larga una mano. Pero no podía hachar con una mano hasta que la engañó y le largó las dos. Sacó unas astillas, le dijo que se agache a alzarlas, que estaban estorbando. Cuando se agachó, le puso un hachazo y la descogotó al tiro, y con la misma hacha cortó la soga y se puso a salvo. Luego la descuartizó a la negra, la echó a la paila y la dejó lista hasta que venga la vieja. A la cabeza la puso en la cama con palos, imitando el cuerpo. Sacó el caballo y se fue.
Cuando llegó la vieja le dice a los convidados que ésos eran los pucheros de ese pícaro, y la quiere despertar a la negra, y se da cuenta que está muerta, poniendosé a llorar. Se puso las botas y salió a perseguirlo. Cuando pasó la línea, le dice que algún día tendrá que venir a llevarla a ella. La vieja casi murió de rabia viendo que Pompiño le llevaba el caballo. El Rey quedó muy agradecido y los hermanos no hallaron cómo deshacerse de él.
Entonces dispuso Pompiño hacerlos quedar mal a los hermanos ante el Rey. Le dijo que los hermanos le habían dicho que eran capaces de meterse en un horno caliente y salir más jóvenes y donosos que antes. Los llamó el Rey y les dijo lo que sabía. Entonces los hermanos dijeron que no son capaces. Les  ordenó que lo hicieran y les dio un plazo de dos días para cumplir. Los muchachos entraron y se quemaron.
Así se libró Pompiño de sus hermanos. Quedó tranquilo, se lavó y se puso otro gorrito, poniéndosé de novio con la Princesa. Luego se casaron. Hicieron una boda que duró varios días.

Pasó por un zapato roto
para que usté me cuente otro.

Justo Leiva, 42 años. Pagancillo. General Lavalle. La Rioja, 1950.

Lugareño rústico. Aprendió el cuento de un viejo del lugar que era un gran narrador.

Cuento 1055. Fuente: Berta Elena Vidal de Battini


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La ciudad de los tres picos de amor .1005

El pescador

Era un viejo que tenía sólo una hija muchacha. La mujer de él era también vieja. Él, todos los días se iba a pescar.
Pasó un tiempo, no pudo sacar ni un pescado. Se puso a llorar porque no podía sacar el pescado.
Un día se le apareció un señor del río y le dice:
-Yo te daré mucho pescado, pero si usté me da primero lo que su ojo ve, cuando llegue a su casa.
El viejo como tenía esa hija y un perro, y siempre salía a encontrale el perro, él se imaginó que sería el perro que salía primero. Le dijo que bueno. Y él sacó mucho pescado.
Resultó que salió a encontrarle la hija, de contenta que traía tanto pescado. Se asustó porque salió la hija, y que tenía que entregale a ese hombre, que le pidió que tenía que entregale lo primero que su ojo vio cuando llegue a la casa.
El plazo de tres día el pueblo le pedía mucho pescado. Todo lo día él se iba y traía mucho pescado, pero taba triste porque pensaba que tenía que traer la hija.
Le preguntó la mujer:
-¿Y cómo sacás tanto pescado?
Llorando le dijo que prometió la hija a un hombre que le dio tanto pescado, a un hombre que vive en el fondo del río.
La chica oyó que él dijo así a su mujer.
Y la mujer le dijo:
-Bueno, a los tré días llevesé la hija como quien va a pasear y a buscar pescado, y la entrega.
Ella oyó eso y ató unas cositas de ella porque sabía que la iba a entregar a ese hombre.
-Andate con tu papá a buscar pescado por la orilla del río le dice la madre a la muchacha.
Se despidió de la madre, le dio un abrazo, y se jue. Bueno... Llegaron a la orilla del río y sale el hombre que iba a llevar la chica. Bueno... Áhi dice que le dio un abrazo al padre y se jue con el hombre.
Y la chica le fue siguiendo al hombre. Y se abrieron las aguas. Le llevó a una casa linda en el fondo del mar. Tenía de todo. No le faltaba nada. Pero no veía personas, sólo sombras. Le servían la comida. Tenía de todo. Nada le faltaba.
Ella lloraba, no se hallaba. Y oyó una voz que le decía:
-¿Querés ir a ver a tu papá y a tu mamá?
Le contestó que sí.
-Mañana te llevaré, pero no me vaye a traer nada, ni como lo negro de la uña, ni como la cabeza de un alfiler.
Le prometió que sí, y entonce una sombra la llevó. Se abrió la agua y ella volvió a su casa, pero con mucho dinero que le dio la sombra. Ésa era una persona encantada. Y cuando se arrimó a la costa del río, el padre siempre pescando, porque era pescador.
El viejo contento, lo que vio su hija, la abrazó. La trajo contento donde 'tá su madre.
La madre la recibió má contenta.
La sombra le dio plazo de tres día para buscarle.
La madre contentísima. Que ella le dijo:
-¿Qué ves por ahí?
-Sólo sombra veo. Yo vivo bien, no me falta nada. Estoy sola no más.
Entonce le dice la madre:
-¿Y con quién dormís?
-Sola, mamá. Después que me duermo viene uno y se acuesta al lado mío, pero no me da la cara nunca. No sé qué es. Y después se duerme y ronca.
Le dice la madre:
-Mire, lleve este fóforo. Y cuando esté roncando, prendé este fóforo y repará qué é ése que ronca.
Ella no le quería lleva. Pero tanto exigile, como era la madre, llevó.
Bien... Siguió así. Cuando llegó el plazo, se fue. Llegó al río. Se abrió el agua y ella siguió atrás de una sombra que la esperaba. Cuando iba la sombra le preguntó:
-¿No traés nada? ¿Ni como lo negro de la uña, ni como la cabeza de alfiler?
Ella contestó que no.
Pasó unos días. Ella curiosa por ver el que roncaba, como ya tenía ese fóforo, quiso ver.
Una noche vino la sombra. Cuando ya roncó fuerte, prendió el fóforo. Y vio una persona, un joven muy lindo, que 'taba durmiendo. Y de emocionada se le cae el fóforo en la cara del que 'taba durmiendo. El joven que 'taba roncando se levantó y le dijo:
-¡Qué traición me ha hecho! Qué te dije que no trajiera nada de la casa de su madre. Faltaba sólo quince días para salirme de este encanto y iba a casarme con vos. Pero ahora no me vas encontrar más. Si querés encontrame, busquemé en la Ciudá de los Tres Picos de Amor.
Porque quedó él en otro nuevo encanto por siete años má. Y se jue de ella.
Y quedó en un monte ella. Todo desapareció. Y quedó sola. Se le terminó ropa, se le terminó qué comer. Quedó una méndiga en el mundo.
Bueno... Ella pensaba en volver en la casa, pero no sabía cómo hacer. Y dice:
-Que me traicionó mi madre porque dentro de quince días yo iba a casame. Yo le voy a seguir a él a la Ciudá de los Tres Picos de Amor. Si Dios me ayuda yo he de llegar.
Caminó por el monte tres años. Llegó en una casa de una viejita, vieja, vieja. Bueno... Dice que salió la viejita y le dice:
-¡Oh, hija, carne humana por acá!
-Sí, madre, yo soy la pobre méndiga que busco la Ciudá de los Tres Picos de Amor. Usté, como es viejita, puede darme noticia.
-¡Ah, hija! -le dijo, usté ve la edá que yo tengo y jamás he oído nombrar a esa Ciudá. Escuendasé un momentito porque yo soy la madre del viento sur. Le vamo a preguntá a él.
Dice que venía un viento muy juerte. Y dice que llegó un mozo lindo. Y que llegó y se sentó a comer.
La muchacha se fijaba en ese mozo pero no era el mozo que ella vio cuando alumbró con el fóforo. Y ella le preguntó:
-Joven, ¿usté no sabe dónde es la Ciudá de los Tres Picos de Amor?
Él le dijo a ella:
-Yo cuando soplo, mi fortaleza no va hasta allá. Pero si quiere le voy a llevar un poco.
Ella le atetó con tal de que le llevara má cerca.
La viejita sacó un anillo y le dio a la méndiga, a la muchacha, y le dijo:
-Cuando alguna vez que usté encuentre su novio, pidalé algo al anillo, que le ha de dar.
Porque la gurisa le contó que iba buscando su novio.
Áhi dice que ella se despidió de la viejita y el viento le hizo llegar hasta donde él iba y la bajó en un monte. Y ella caminó otro año para encontrar otra casa. Y llegó, y 'taba otra viejita. Y ella le dijo:
-Bueno día, madre.
La viejita le dice:
-Bueno día, hijita. Nunca he visto carne humana por acá, y ya 'taba muriendo de vieja.
Bueno... Entonce que le dice:
-¿Usté comió algo, hija?
Y ella le dijo que no. Entonce le dio de comer a la muchacha. Estuvo un rato. Y ella le contó que era una muchacha que iba a la Ciudá de los Tres Picos de Amor.
-Pero yo nunca he oído nombrar -dijo.
Y ahí le dice que puede ser y le dice:
-Como mi hijo é el viento norte y sopla muy juerte, vamo a ver si conoce ese lugar.
Bueno... Entonce le dice a la muchacha que se escuenda un poco. Y llega, y le dice a la madre:
-Apurate, mamá, que vengo con hambre. ¡Y qué olor de carne humana!
-Es un pollito que maté para vos.
-¿Está preparado?
-Sí -le dice la vieja.
Y después se sentó y comió. Y en eso va y le trae la niña a presentale al hijo. El hijo quedó encantao en la niña y le preguntó a dónde iba.
-Voy a la Ciudá de los Tres Picos de Amor.
Él le dice:
-Pero, mire, niña, es muy lejo. Son tre celaje que se ve. Yo voy hasta cerquita pero nunca entré en la ciudá.
Ella le dice:
-¿No me quiere decir para qué lado queda?
Él le contesta:
-No tengo permiso de Dios, pero te voy a llevar hasta cerca, para hacer una caridá.
Entonce la viejita sacó una peineta con un pavito arriba, y le regaló a la niña. Y le dice:
-Cuando usté llegue a la Ciudá de los Tres Picos de Amor si necesita algo, pidalé que en algo te ha de servir.
Dice que la niña muy alegre le besó a la viejita y el viento le hizo volar. Y le bajó cerca, que ella distinguía los tres celajes de la ciudá donde ella tenía que seguir. Ella se jue de a pie, pero llevó tres años de viaje. Por fin que llegó a la ciudá, rotosa y descalza. Sólo llevaba el anillo y la peineta que le dio las viejitas.
Bueno... Llegó en la casa de una señora rica, que tenía tres hija muchacha. Linda muchacha. Una de ella era novia del novio que ella iba persiguiendo. Ya había terminado el encanto del novio, que era siete año.
En esa casa mismo ella jue a llegar. Pidió trabajo. Y la señora va y le pregunta a la hija si necesitaba mucama. La que se estaba por casar le dice:
-Tengalé, mamá, lo que yo me case le voy a llevar para mi mucama.
Entonce le hicieron pasar. Le dieron ropa.
Trabajaba ella en esa casa. Llega el sábado. Estuvieron de grande apronte para esperá el novio. Y llegó el novio. Y ella conoció que era el que ella iba buscando. Ella se emocionó, pero no dijo nada.
Trató de velo adónde paraba el hombre ése.
Estaba en una pensión. Tenía un sirviente.
Ella jue y trató de velo. Ella pidió para hablar con el mozo. Le hizo pasar el sirviente.
Bueno... Le dijo si a ella le conocía. Él le dijo:
-Dejame pensar porque no recuerdo.
Bueno... Antonce llegó el sábado. Que lo novio iba a la Iglesia, que iba a seguir la amonestación, para ya casase.
Él pensaba todo el día lo que le había dicho esa gurisa de la casa donde él tenía la novia.
Y jue a la iglesia con la novia.
Y la muchacha pidió para ir también.
Antonce dice la novia:
-No, mamá, no le voy a llevar. Está muy mal vestida.
Y todas las tre, dijo:
-A una méndiga no hay que tener con uno, porque puede ser para un compromiso.
Y ella era muy humilde y le dijo a la patrona:
-Pero, dejemé.
Y ella le dio lástima y le dice:
-Pero, llevale, que vaye ni que sea atrás de ustede.
Dice que antonce le dice:
-Mirá, che señora, yo voy a ir y me voy a vestir bien como sus hijas.
-De dónde vas a sacar para vestite como mi hija.
-No es nada -que dice ella. Antonce, bueno... ya va a ver.
-Andá aprontate -le dijieron la otra.
Ella dentró adentro, desató el anillo y dice:
-Anillito, por la virtú que Dios te ha dado, déme ropa mejor que de las tre hermanas y de la novia.
Y ahí dice que dio como un relámpago y sacó ropa mejor que nadie, como no se vio nunca. Y salió mejor que las otra.
Y la novia lo que vio ese anillo, ella quería ese anillo.
Y bueno, dentraron a la Iglesia.
Y la niña tenía ese anillo tapado porque daba luce como un relámpago. El cura vio y preguntó quén tenía eso que daba luz como un relámpago.
-Una chica desconocida -le dijieron.
Bueno. De ahí le dijieron que esa chica vivía en la casa de la novia. Antonce el cura la hizo llamar para preguntarle de dónde sacó esa alhaja. Y ella le contó todo al Padre.
Antonce el cura resolvió llamar al novio para darle un consejo con cuál se iba casar. Porque él tenía ese compromiso con la niña y por lo mal que ella pasó ya 'taba salvada. Le llamaron a lo padrino del casamiento y a mucha gente. La novia no 'staba. Antonce la chica lo hizo hablar al pavito de la peineta que le dio la madre del viento norte, que era de virtú. Y el pavito contó toda la vida de la niña. Contó como lo salvó del encanto al joven y como vino a buscalo.
Bueno... El novio antonce, cuando oyó al pavito y vio esa chica tan preparada con ese vestido tan lindo, reconoció a la niña que él dejó en el monte. Entonce le dice a todo:
-Mire, va ser una comparación. Yo tenía un candado y se me perdió la llave. Y he mandado hacer otra. Y ahora encontré la llave vieja. Ahora, ¿cuál de las dos llaves debo ocupar?
Todos les contestaron que debe ocupar la llave vieja porque fue hecha por la misma cerradura.
Antonce dice que él le dijo al cura y a los padrinos que él se había de casar con la méndiga, porque él dejó esa chica tirada en el monte y ella lo salvó del encanto. Y la abrazó a la niña.
La novia no sabía nada, pero 'taba interesada en el anillo. Llegó y le trateó a la niña el anillo. Antonce dice que le contesta:
-Mire, el anillo yo se lo voy a dar a cambio de su novio. Y la muchacha se enojó mucho y no quiso acetarlo. Y fue a hablarle al novio. Y todo la miraba. Y entonce se enojó tanto y quebró con el novio. Y el novio se casó con la méndiga y ella quedó brava.
Y la concurrencia sabía todo y dijieron que 'taba muy bien.
Y vivieron felice para toda la vida.

Narcisa Ramírez de González, 48 años. Yapeyú. San Martín. Corrientes, 1952.

La narradora, semianalfabeta, es bilingüe guaraní-español.

Aprendió este cuento de la madre, que sabía muchos cuentos y murió en 1921. Es una gran narradora. Es, además, curandera y payesera de fama. Me narra este cuento en una piecita a media luz; frente al altarcito con velas prendidas, ante el cual hace las curaciones a sus enfermos. Afuera, bajo la enramada, espera turno un buen número de hombres y de mujeres que han venido a consultarla.

Yapeyú, pueblo de las antiguas misiones jesuíticas, cuna del general José de San Martín, es de los más tradicionales de la provincia.

Cuento 1005. Fuente: Berta Elena Vidal de Battini


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El pajaro dorado .1056

    El potrillo protector

Éste que era un hombre que le había dado a un joven una manada de yeguas para que le cuide, pero quesque le 'bía recomendáu que el primer potrillo que paran las yeguas que lo mate. Entó que recibe la yeguada y al poco tiempo, quesque una yegua pare un potrillo y como era muy bonito y overo, no lo mató y lo crió.
Siguió cuidando y cuidando hasta que otra yegua un día, pare un potrillito zaino; fierito el potrillo. Entós el hombre que le dice al joven que vaya al corral y le tire el ponchito y el potrillo que venga a olerlo quesque se lo daba y lo cuide mucho. Bueno, así lo hizo el joven, y al siguiente día quesque se le 'bía perdido la yeguada con el potrillo overo y todo. Entós que el joven los buscaba por todas partes y no las hallaba.
En fin, que no hallando qué hacer, le cuenta al hombre y éste que le dice que las siga buscando y quesque en el último corral que las va a hallar, pero que tenga cuidado, porque el potrillo overo se le va a venir como a comerlo.
Quesque lo va atropellar fiero, y quesque le dio una espada pa que cuando lo venga a atropellar le pegue con la espada en las rodillas. Bueno, así hizo el joven y tal como le 'bía dicho el hombre 'bía sido: el potrillo overo lo atropelló y el joven le pegó en las rodillas con la espada y trajo otra vez la yeguada pa las casas.
Bueno, un día que se va para el campo el joven éste, en el potrillito zaino y se van lejos, pero muy lejos, hasta que suben a una montaña muy alta. Y en lo que estaba arriba, quesque ve una pluma dorada muy bonita. Entó que se baja del potrillito a levantarla. Entés que el potrillito le dice:
-No la alcís. ¿Para qué la vas a llevar?
Bueno, que la alzó no más y subió y se vino otra vez a la casa. Un día que sale pa'l pueblo y se le 'bía ocurrío llevar la pluma dorada en el sombrero. En fin... Quesque iba pasando por una calle y al cruzar por frente a una casa en que estaba un hombre parao en la puerta, quesque lo llama el hombre éste, ¿no? Había sío el Rey y que le pregunta de dónde había sacau esa pluma del pájaro dorado. Entós que el joven le dice que la ha hallau.
-Bueno -que le dice el Rey, ya que has traído la pluma del pájaro dorado, agora me vas tráir el pájaro.
El joven que no sabía quí hacer. Entós que el potrillito le dice al joven:
-¿Has visto? ¿No ti hi dicho que no alcís la pluma?
-Bueno -que le sigue diciendo el potrillo, vamos a hacer una cosa. Yo te vuá ayudar. Le vas a pedir una sábana que no haiga pecau y con ella te vas a ir adonde ha estau la pluma, la vas a extender bien tendida y vos vas a estar escondido y pronto para envolver al pájaro dorado, porque éste va a venir volando muy lindo. Se va a revolcar en la sábana y ahí vos lo vas a pillar envolviendoló pronto.
Bueno, así hizo el joven. Pilló el pájaro dorado y se lo trajo al Rey. Cuando el Rey recibió el pájaro, que dice:
-Palabra de Rey que no puede faltar; ya que me has traído el pájaro dorado, me vas a buscar el anillo de la Princesa que lo ha perdío en la Fuente de los Leones.
Le dio mucho, mucho trabajo, pero con la ayuda del potrillo lo halló y lo trajo hasta lo del Rey. El Rey, que no sabía cómo este joven lo pudo sacar de la Fuente de los Leones, pero que dijo:
-Palabra de Rey que no debe faltar, ahora me vas a buscar las llaves de la Princesa que se han perdío.
¡Ah!, según parece que el Rey le había ofrecido la mano de la Princesa, si le traía el pájaro dorado, pero después no quería dejarla casar con el joven, y por eso lo sometía a nuevas pruebas. Bueno, el hecho es que también trajo las llaves. Y el Rey, no hallando cómo no cumplir, puesto que había comprometido la mano de su hija y por otra parte, no quería dejarla casar, ahí no más pensó que a este joven había que quemarlo. Y llamó a los sirvientes para que prendieran fuego al horno. Entó el joven que se asustó mucho, y estaba triste. Pero el potrillito quesque le dijo que le pidiera como último deseo al Rey, una sábana que no haiga pecao. Y que lo haga galopar a él hasta que haiga sudao bien, y entós que lo seque con la sábana, y después que se envuelva en ella y que dentre al horno. Bueno, que así hizo el joven y el potrillito se 'bía ido porque había sido un ángel y se fue.
Al otro día que sentían el Rey y la Princesa una guitarra que tocaba muy lindo. Entós que van y destapan el horno y se dan con el joven que estaba vestido mejor que el Rey y tocaba la guitarra. Entós que la Princesa que dice:
-Éste va a ser mi marido y ningún otro.
Bueno, que se quedó la Princesa con el joven y el Rey envidioso porque había visto el joven mejor vestido que él, quiso hacer lo mesmo. Quesque 'bía ensillao el mejor caballo que tenía, lo galopó, lo hizo sudar y lo secó con una sábana tal cual lo había hecho el joven. Hizo prender fuego al horno, se envolvió en la sábana y se metió en el horno. Al otro día van a verlo, ¡qué!, escoria no más había; nada de Rey. Los jóvenes se casaron y vivieron felices.

Y pasó por un zapato roto
pa que me cuente otro.

Napoleón Castro, 63 años. El Zapallar. General Lavalle. La Rioja, 1950.

Cuento 1056. Fuente: Berta Elena Vidal de Battini


0.015.1 anonimo (argentina) - 072

El padre de los cincuenta hijos y la sirena .972

Un viejo que tenía cincuenta hijos, vivía sumamente pobre. Un día se fue a la orilla de una laguna que hoy ha desaparecido, casi tan grande como el mar. Tenía un perro, y un día cuando fue por la orilla de la laguna salió una sirena y le dice que le hacía un trato. Que ya que era tan pobre, para que pase más feliz la vida, que durante la semana llevaría todos los días, de la laguna, bolsas de plata, él y todos sus hijos, siempre que le diera lo primero que vaya a encontrarlo cuando regrese a la casa. El único que salía a encontrarlo era el perro y esta vez salió el hijo veintiséis, el más lindo y simpático de todos los muchachos. Y ya había dado la palabra. Tenía que cumplirla. Cuando llegó a la casa le avisó a la señora y ella encantada cedió. Vinieron a la oración cada uno con una bolsa. Cuando llegaron a la orilla de la laguna estaba un montón de plata. El viejo le dijo al hijo el trato que había hecho. Entonces el hijo le dijo que espere que el día lunes recién lo llevaría a las doce de la noche y que llegue y lo deje y que no lo entregue en la mano de la sirena, que dé la vuelta y que se venga y que no mire para atrás. El viejo así lo hizo.
El muchacho no se dejaba tocar con la sirena. La cansó y no lo pilló. Entonces la sirena le dijo que si iba por allí sería perseguido por ella. El muchacho se perdió. Después de tanto andar, los animales salvajes lo perseguían, hasta que encontró un árbol grande donde pasó las últimas horas de la noche. Esperó que salga el sol para orientarse, pero no sabía dónde estaba. Había ido a dar sumamente lejos. Lo único que había alcanzado a mirar muy lejos eran dos hombres que venían a pie por una loma, y han sabido ser Manuel y Pedro, quienes tenían el poder divino. El muchacho les gritaba que lo socorrieran; Manuel le dio una virtú, lo transformó en un halcón, el más poderoso, capaz y inteligente del mundo.
Inmediatamente el muchacho se transformó en halcón y siguió volando hasta que llegó a una ciudá que nunca había visto, maravillosa. Se asentó en la casa de un rico señor que tenía una hija muy linda y cuando ésta vio este lindo pájaro, mandó a unos peones para que lo pillaran. El halcón como estaba cansado no dio mucho trabajo. Entonces lo enjaularon y la muchacha lo cuidaba personal-mente con mucho esmero, hasta que un día el halcón se transformó en el muchacho y habló a solas con ella. Pronto los dos se enamoraron. Cada día la niña se preocupaba más del halcón. Al poco tiempo el padre sospechó algo. Tomó un arma para matar al halcón, pero éste inmediatamente se volvió a transformar en persona y le quitó el arma al padre de la niña, diciéndole que estaba resuelto a casarse con ella, y así lo hizo. Al poco tiempo la muchacha lo invitó que fueran a pasar un día a la orilla de la laguna. Después de mucha insistencia, el joven aceptó, y una vez que estuvieron allí aparece la sirena y se lo lleva al fondo de la laguna.
La flamante señora regresó a la casa. Y siempre cuando se acordaba del marido frecuentaba ese lugar con la esperanza de encontrarlo, hasta que un día aparece un muchacho pelado y desnudo a la orilla de la laguna, y le pregunta el motivo por el cual lloraba ella. Le contó todo lo que le pasaba. El pelado le prometió ayuda, diciendolé que entre los dos lo iban a rescatar, que trajera cincuenta husos y él conseguiría el cáñamo para hilar a la orilla de la laguna, y como a la sirena le gustaba tanto el hilo, saldría a comprarlo. La señora así lo hizo y mientras hilaba apareció la sirena a comprarle el hilo. Entonces ella le hizo el trato que le entregue el esposo, pero la sirena no quería porque era esclavo de ella. La señora le dijo que para ver si era cierto que se lo haga ver aunque sea en el centro de la laguna, y apenas lo sacó a flote el muchacho se transformó en halcón y voló directamente a la casa. La niña tomó los husos y todo, y corrió a unirse con el marido, y vivieron felices y contentos muchos años.

Justo Leiva, 42 años. Pagancillo. General Lavalle. La Rioja, 1950.

Buen narrador.

Cuento 972. Fuente: Berta Elena Vidal de Battini


0.015.1 anonimo (argentina) - 072