Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 21 de octubre de 2012

El rey, el mar y el delfín



Érase una vez un hombre que vivía muy lejos del mar y soñaba con la inmensidad.
Había días felices, con paseos por el jardín y muchas risas.
Entonces los amigos de este hombre solían decir:
-Míralo cómo se ríe, míralo qué contento está, se está acordando del mar.
Y había días tristes, de melancolía, de pena:
Míralo qué triste está, mira cómo se pierde su mirada, se está acordando del mar -solían decir.
Cierto día llegó a palacio un duende porque este hombre era un rey y le dijo:
Señor, si dejaras de soñar terminaría tu tristeza.
-Pero tengo miedo de que termine también mi alegría -repuso el rey.
-¿Por qué no emprendes un viaje, alteza, y ves el mar? -preguntó el duende.
El rey lo pensó dos veces, luego cepilló la crin de su caballo, ensilló, montó y se perdió detrás de los montes Urivales, que eran los montes de aquel reino.
Unas semanas después, cerca de la Pascua, el rey regresó a palacio.
Traía la mirada profunda y la sonrisa a flor de labios.
Encargó los asuntos del reino a un primo de nombre Archibaldo y declaró:
Debo volver cerca del mar.
Cepilló la crin de su caballo, ensilló, montó y se perdió detrás de los montes Urivales, que eran los montes de aquel reino.
El rey pasaba los días sentado a la orilla del mar, mojándose las manos y chapoteando con los pies descalzos. La corona le estorbaba, así que se la regaló a una anguila.
A la hora del crepúsculo el rey paseaba, recogía conchitas y disfrutaba el sonido espumoso que hacía la arena cada vez que una ola se retiraba.
Así pasaron muchos años.
Justo un día antes de que el rey empezara a ponerse viejo llegó un visitante de largas barbas. El visitante venía de las profundidades del mar, lo acompañaban sirenas y peces de todos tamaños.
-¿Qué te trae por aquí? preguntó -el rey.
-Soy Neptuno y vengo a ofrecerte que vivas con nosotros, dentro del mar -respondió el visitante.
-¡Acepto! -se apresuró a decir el rey.
Neptuno tronó los dedos y el rey se convirtió en delfín. Entró al agua, se dio varios chapuzones, aleteó alegremente. Los otros delfines miraban complacidos al rey que se había convertido en delfín.
El rey estaba tan contento de ser delfín que empezó a reírse.
-Oye, los habitantes del mar no acostumbramos reírnos, eso es cosa del hombre -dijo Neptuno.
Pero ya era demasiado tarde: todos los delfines imitaban al rey y reían en el momento de alzar su cuerpo sobre las olas.

999. Anonimo

El rey y la mariposa

No había duda; era inútil forjarse ilusiones: ¡la reina se había extraviado!... Tampoco podía caber duda acerca de otra verdad, tan palpable y evidente como la anterior: ¡el rey estaba desesperado!...

El monarca envió un verdadero ejército de mensajeros a todas partes. Unos tomaron en dirección al norte, otros en dirección al sur; otros hacia el naciente, y otros hacia el poniente. Las tropas no dejaron un rincón de la tierra sin registrar, pero no descubrieron en parte alguna al menor rastro de la reina; y, como es natural, el semblante del rey se ponía cada vez más torvo y cejijunto. El espectáculo que ofrecía sentado junto a una ventana del palacio real paseando sus miradas por los jardines sin poder apartar de su conturbado pensamiento la imagen de la reina, perdida ¡ay! para siempre quizá, era como para hacer llorar hasta las piedras.
Buena era la reina, cariñosa y complaciente con su esposo, pero nunca había sabido apreciarla éste en todo su valor hasta que se vio privado de su compañía. Nada encontraba bien, le parecía triste todo cuanto le rodeaba, antipáticas e insoportables las personas, e intolerable su propia vida. Hasta el tiempo, sin duda por no ser menos, se había puesto malo desde la desaparición de la reina.
La víspera del día en que principia este cuento fue muy dura, como que ni por un momento dejó de caer el agua torrencialmente; llegó la mañana siguiente, y el cielo apareció cubierto de negros nubarrones, que sólo por breves instantes se entreabrían para dar paso a unos rayos de sol blancuzcos y mortecinos como la ciudad que iluminaban. un hilo de luz más brillante que fue a caer sobre la mano del rey lo obligó a alzar la vista, y el pobre alicaído se sintió un tanto animado al divisar una hermosa mariposa blanca que revoloteaba alegremente sobre las copas de lo árboles, que ya no enviaban, como antes, al cimbrar, arrullos y armonías, sino plañidos y lamentos.
La mariposa se aproximaba cada vez más a la ventana, y acabó por posarse sobre el alféizar, cerca, muy cerca de la cara del rey, sin dejar de mover airosamente sus pintadas alas.
Pretendió el rey alejar al insecto con un movimiento de su mano, pero la mariposa sólo alzaba el vuelo para volver con insistencia la mismo sitio. Ya principiaba el rey a pensar que ese animalito se propondría deliberadamente llamar su atención, cuando se abrió la puerta de la estancia para dar paso a un paje que anunció al chambelán.
Dio el rey media vuelta, alejándose de la ventana, pero la mariposa se quedó en el antepecho como si no quisiera perder una palabra de la conversación.
El chambelán puso en conocimiento del rey las nuevas traídas por los mensajeros que en busca de la reina habían salido. Todos confesaban su fracaso; pero un noble barón sostenía haber conseguido noticias importantes, que deseaba transmitir al rey en persona.
Mandó el monarca que lo introdujeran al punto, y el barón se explicó en la forma siguiente: "Cruzábamos, señor, el Bosque Temeroso, en cumpli-miento de las órdenes de Vuestra Majestad. El día llegaba a su ocas, y nuestras fueras al último límite de la resistencia, pues la jornada había sido fatigosa por demás. De pronto veo al borde del camino a un hombrecito. Era un paje diminuto, ricamente vestido y apoyado sobre descomunal espada. Nos contempló con mirada curiosa y sutil, y dijo:
"¿Qué buscas por aquí, valiente guerrero?
"---¡Atrás! ¡No sigas por este derrotero!
"El tono de impertinencia que el rapazuelo dio a sus palabras me dejó tan atónito como enojado; empero, por si podía obtener de él alguna noticia referente al asunto que a todos nos tiene abrumados de pena, procuré poner freno a mi cólera y le manifesté el objeto de nuestra expedición.
Cuando acabé de hablar, el pajecillo prorrumpió en carcajadas chillonas e irrespetuosas, que por poco hicieron estallar violentamente la indignación que en mi pecho ardía.
"¡Atrás! ¡atrás! ¡atrás! Es tu rey mismo quien debe buscar la reina en el abismo"
"Llevé la mano al pomo de la espada, resuelto a castigar al desvergonzado paje, cuando mi caballo, movido por causas que no acierto a comprender, dio un bote violentísimo, volvió grupas y partió como flecha despedida por el arco por el camino que habíamos recorrido. Todos los demás caballos del séquito, presas de pánico inexplicable, imitaron el ejemplo del mío. Mientras huíamos con una velocidad comparable a la del viento, iban persiguiéndonos las burlonas carcajadas del pajecillo. ¿Detener, sujetar a nuestros espantados caballos? ¡Imposible! Hasta que llegaron a tiro de piedra de Palacio, nuestros puños fueron impotentes para dominarlos"
Dejó de hablar el noble barón. Sus palabras sumieron al rey en profundas meditaciones. ¡No! A él no se le había ocurrido la idea de salir personal-mente en busca de la reina. ¿Cómo?... él era una monarca perezoso, holgazán y acostumbrado a que siempre se lo dieran todo hecho.-
Después de larga incertidumbre, pidió al barón detalles precisos sobre el sito en que el paje le había salido al paso, y una vez que supo eso lo despidió.
Cuando el rey se quedó solo se puso a pensar en las bondades de la rey, en lo feliz que había sido siempre al lado de ella, y en la desgracia en que su desaparición le había sumido; pero, por otra parte, pensó también que estaba por llover entonces, que tal vez le sorprendería el aguacero en un lugar donde no hubiera refugio alguno, que la lluvia le calaría las ropas y los huesos, y que, después de todo, el paje podía ser un impostor que quería reírse a sus costa.
La mariposa fue a posarse en aquel momento a su mano, reanudando sus singulares maniobras, y el rey se decidió al fin. Sí; seguiría al pintado insecto para ver lo que ocurría.
Sin detenerse a pensarlo más, saltó por la ventana al jardín, siguiendo a la mariposa, que había partido delante como para indicarle el camino. El rey atravesó el jardín en toda su extensión, y cuando al llegar al extremo, abrió la puerta, el animalito revoloteaba ya alegremente sobre el camino. Entonces no le cupo ni sombra de duda al rey; la intención del insecto era guiarlo a un lugar determinado.
Siguió, pues, con ánimo resuelto, pensando siempre en la reina y sintiéndose cada vez más alegre a la idea de que estaba haciendo algo por ella.
Transpuso anchurosos valles, dejó atrás altas montañas, cruzó ríos caudalosos, chapoteó en ciénagas y matorrales, aquí desgarradas las carnes por punzantes zarzas, allá heridos los pies por púas, acullá luchando con un torrente impetuoso, unas veces soportando terribles aguaceros, otros oyendo ensordecedor retumbo del trueno en cualquier parte mientras caía el agua a mares, pero el rey no siempre lograba esquivar la furia de los elementos. Sus vestiduras reales estaban mojadas y cubiertas de barro, sus pies sangraban, sus fuerzas físicas principiaban a resentirse de la fatiga, pero no decaían las energías de su corazón porque tenía la seguridad absoluta de que cada paso que daba le aproximaba más y más a su buena e idolatrada esposa.
Llegó al fin a la linde del Bosque Temeroso, y el valor del rey decayó no poco al ver que su alada guía, sin un instante de vacilación, se aventuraba por entre los pinos frondosos, negros, amenazadores. Vióse obligado a abrirse paso por entre gigantescos zarzales que entrelazaban sus ramas cual si quisieran oponerse a su avance. Sangraban sus pies, la piel de sus manos presentaba extensas desgarraduras, pero, haciendo acopio de valor, prosiguió la marcha hasta llegar a la horrible boca de una caverna espaciosa, obscura como la noche.
La mariposa revoloteó algunos momentos afuera, como para dar tiempo a que el rey recobrase su animosa decisión, y entró pausadamente por la tétrica abertura. Siguióla el rey, a cuyos oídos no tardó en llegar un bramido que por poco desarmó todo su valor. Un dragón inmenso, terrorífico, cuya cola inconmensurable estaba cubierta de ásperas escamas, le cerraba el paso... La mariposa seguía internándose en la caverna... ¿qué hacer? El rey desenvainó la espada y siguió. El dragón se agitó irritado y levantó su disforme cabeza. El rey gritó entonces con todas sus fuerzas:
"¡Mónstruo! ¿Qué has hecho de mi reina? ¡Devuélvemela!"
Muy bien sabía el rey que había sido el dragón quién se la había robado.
El monstruo contestó con un rugido que sólo podría compararse con un horrísono trueno; alzó el rey la espada, y fijando la vista en el sitio en torno del cual giraba la mariposa, asestó allí el golpe.
Oyóse un estruendo espantoso, ensordecedor, se tambalearon las paredes de la caverna amenazando venirse abajo, y todo hizo creer al rey que su última hora había llegado.
No ocurrió así, sin embargo; al contrario, se encontró fuera de la caverna, a la luz de un sol esplendoroso y junto a su querida esposa. A un paso de distancia, yacía sin vida el cuerpo del dragón formidable.
La reina le refirió que había sido convertida en mariposa por el malvado monstruo, y que sólo podía recobrar su forma anterior viniendo el rey en persona a buscarla y a matar al dragón.
Felices y rebosantes de júbilo, los monarcas regresaron a su palacio, donde fueron recibidos por sus súbditos con muestras de delirante regocijo.

999. Anonimo

El rey midas


Había una vez un rey muy bueno que se llamaba Midas. Sólo que tenía un defecto: que quería tener para él todo el oro del mundo. Un día el rey midas le hizo un favor a un dios.
El dios le dijo:
-Lo que me pidas te concederé.
-Quiero que se convierta en oro todo lo que toque -dijo Midas.
-¡Qué deseo más tanto, Midas! Eso puede traerte problemas, Piénsalo, Midas, piénsalo.
-Eso es lo único que quiero.
-Así sea, pues -dijo el dios.
Y fueron convirtiéndose en oro los vestidos que llevaba Midas, una rama que tocó, las puertas de su casa. Hasta el perro que salió a saludarlo se convirtió en una estatua de oro.
Y Midas comenzó a preocuparse. Lo más grave fue que cuando quiso comer, todos los alimentos se volvieron de oro.
Entonces Midas no aguantó más. Salió corriendo espantado en busca de dios.
-Te lo dije, Midas -dijo el dios, te lo dije, Pero ahora no puedo librarte del don que te di. Ve al río y métete al agua. Si al salir del río no eres libre, ya no tendrás remedio.
Midas corrió hasta el río y se hundió en sus aguas.
Así estuvo un buen rato. Luego salió con bastante miedo. Las ramas del árbol que tocó adrede, siguieron verdes y frescas. ¡Midas era libre!
Desde entonces el rey vivió en una choza que él mismo construyó en el bosque. Y ahí murió tranquilo como el campesino más humilde.

999. Anonimo

El rey buho


Hace mucho tiempo, los pájaros eran mucho más sabios que los hombres y no necesitaban que los gobernasen ni reyes ni ministros. Ni siquiera el Consejo de Pájaros se preocupaba de promulgar leyes y, durante las reuniones, se contaban una historia tras otra y hablaban de quien había nacido, de quien había muerto o de los pajarillos que se habían quedado huérfanos. Se preocupaban de cosas mucho más importantes que de ordenes o prohibiciones. Los pájaros vivían bajo la sabia ley del amor y la amistad. No conocían ni el odio ni la ira. Pero, un día, un hombre malvado llego a su reino. Miro a su alrededor y sintió envidia de la felicidad de los pájaros.
-¿Por que no te pones a la cabeza de los demás? -preguntó al pavo. Eres sin duda el más bello. El pavo se sintió muy halagado.
-¿Porque eres amigo de la humilde codorniz? -preguntó el hombre al águila. ¡Con lo noble y fuerte que tú eres! ¡Bajando en picado desde lo alto, conseguirías abrirle la cabeza con tu fuerte pico!
Entonces el águila se inflo tanto de orgullo que agarro el nido de la codorniz con sus afiladas garras y lo destruyo. Así, poco a poco, pero con éxito, aquel hombre malvado fue esparciendo la semilla de la discordia entre los pájaros.
Muy pronto en el reino de los pájaros solo hubo desorden. Los pájaros se peleaban, se insultaban, se gritaban. Al final, los más fuertes empezaron a perseguir a los más débiles. Cada uno estaba orgulloso de su especie y no se preocupaba de los demás.
"No podemos continuar de esta forma", se dijo un día el minúsculo colibrí, y convoco a una reunión de todos los pájaros más pequeños. Todos juntos se dirigieron volando a la cima de la montaña donde el águila tenia su nido.
-¡Queremos justicia! -gritaron. Eres la mas fuerte y debes ponerte a la cabeza de los pájaros obligándoles a no hacerse mas daño.
El águila, halagada por la elección, se dispuso a coger rápidamente el cetro. Pero el hombre malvado le dijo:
-Águila eres tonta. Un rey solo es esclavo de sus súbditos. Siempre debe estar pendiente de su bienestar, de resolver sus ridículos litigios y proteger a los débiles de los fuertes. Deberíais elegir rey al búho, tiene unos ojos preciosos porque ve de noche, pero de día, cuando los demás pájaros vuelan felices bajo el esplendor del sol, el búho esta completamente ciego. No se entrometerá en vuestros asuntos y cada cual hará lo que más le plazca.
El águila decidió que era buena idea y el búho se convirtió en el rey de los pájaros. Rey búho duerme de día y, de noche, cuando los demás están acurrucados en sus nidos, ejerce su poder. Y así, hasta hoy, todavía no hay paz entre los pájaros.

 999. Anonimo

Un hombre, su caballo, su perro y el cielo



Hombre, su caballo y su perro, caminaban por una calle. Después de mucho caminar, el hombre se dio cuenta de que los tres habían muerto en un accidente.
Hay veces que lleva un tiempo para que los muertos se den cuenta de su nueva condición. La caminata era muy larga, cuesta arriba. El sol era fuerte y los tres estaban empapados en sudor y con mucha sed. Precisaban desesperadamente agua. En una curva del camino, avistaron un portón magnífico, todo de mármol, que conducía a una plaza calzada con bloques de oro, en el centro de la cual había una fuente de donde brotaba agua cristalina. El caminante se dirigió al hombre que desde una garita cuidaba de la entrada.
-Buen día -dijo el caminante.
-Buen día -respondió el hombre.
-¿Qué lugar es este, tan lindo? -preguntó el caminante.
-Esto es el cielo -fue la respuesta.
-Qué bueno que llegamos al cielo, estamos con mucha sed -dijo el caminante.
-Usted puede entrar a beber agua a voluntad -dijo el guardián, indicándole la fuente.
-Mi caballo y mi perro también están con sed.
-Lo lamento mucho -le dijo el guarda. Aquí no se permite la entrada de animales.
El hombre se sintió muy decepcionado porque su sed era grande. Mas él no bebería, dejando a sus amigos con sed. De esta manera, prosiguió su camino. Después de mucho caminar cuesta arriba, con la sed y el cansancio multiplicados, llegaron a un sitio cuya entrada estaba marcada por un portón viejo semiabierto. El portón daba a un camino de tierra, con árboles de ambos lados que le hacían sombra. A la sombra de uno de los árboles, un hombre estaba recostado, con la cabeza cubierta por un sombrero; parecía que dormía...
-Buen día -dijo el caminante.
-Buen día -respondió el hombre.
-Estamos con mucha sed, yo, mi caballo y mi perro.
-Hay una fuente en aquellas piedras -dijo el hombre indicando el lugar. Pueden beber a voluntad.
El hombre, el caballo y el perro fueron hasta la fuente y saciaron su sed.
-Muchas gracias -dijo el caminante al salir.
-Vuelvan cuando quieran -respondió el hombre.
-A propósito -dijo el caminante- ¿cuál es el nombre de este lugar?
-Cielo -respondió el hombre.
-¿Cielo? ¡Mas si el hombre en la guardia de al lado del portón de mármol me dijo que allí era el cielo!
-Aquello no es el cielo, aquello es el infierno.
El caminante quedó perplejo. Dijo:
-Esa información falsa debe causar grandes confusiones.
-De ninguna manera -respondió el hombre. en verdad ellos nos hacen un gran favor. Porque allí quedan aquellos que son capaces de abandonar a sus mejores amigos.

999. Anonimo

La princesita daisí


Erase una vez una Princesita muy pobre que vivía con su anciana abuelita. Si os parece raro que Daisí fuera pobre y que viviera con su abuelita, yo os explicaré: su madre murió cuando Daisí era pequeña y su padre pereció defendiendo el imperio Chibcha. Toda clase de desgracias ocurrieron sobre la familia y he aquí a la niña aprendiendo a cultivar el maíz con su abuelita para poder comer.
La pequeña niña cultivaba el maíz con un amor increíble pero pronto se distrajo, pues encontró que crecían bellas flores salvajes cerca al maíz y se puso a cultivar flores.
Al principio la abuela se enorgullecía de que una niña tan pequeña cultivara flores y fuera tan dedicada. Pero a medida que pasaron los años y la niña crecía, la abuelita también envejecía y se fué viendo que Daisí era perezosa y rebelde. Nada le interesaba excepto cultivar sus flores y jardín y no ayudaba a la pobre y sufrida vieja.
Con el tiempo, la chica se volvió una bellísima moza, la más hermosa muchacha que se hubiera visto en esa zona, y gustaba de mirar su propia imagen reflejada en el agua y admirar y peinar su hermosa cabellera.
Los vecinos opinaban que nunca habían visto un pelo más hermoso y una joven más atractiva, pero se compadecían de la desgracia de la abuela de tener una nieta tan perezosa y desobediente. Sólo le importaban sus flores y jardín...
No valieron los castigos de quitarle la comida a la rebelde, ni los regaños. Después de muchas peleas, la abuela convenció a la nieta de que fueran al templo del Sol en la ciudad sagrada de Suamox. La abuela tuvo que engañar a la vanidosa diciéndole que iba a ser muy admirada y que todos los príncipes se iban a enamorar de la más hermosa cabellera y la más perfecta de las bellezas.
LLegadas al templo del Sol, la nieta se negó a entrar convencida de que se le tendía una trampa. Pero el Sumo Sacerdote sabía por una visión que vendría y algunos guardias y sacerdotes obligaron a entrar a la rebelde.
En el recinto del templo, la vanidosa fué obligada a postrarse contra el suelo, pues era prohibido mirar al Sumo Sacerdote. Este no dejó que la abuela expusiera su caso sinó que habló y dijo:
"Tú abuela, tienes que dejar que tu nieta cultive sus flores, pues así me lo han comunicado los Dioses. Pero tú, muchacha indolente, vas a tener que aprender a respetar y cuidar de tu abuela, pues los Dioses están disgustados con tu altanería para con la mujer que le dió la vida a tu propia madre".
"Tú, joven Daisí, has sido destinada por los Dioses para recibir un regalo que Ellos nos dan a los hombres, pero tu sufrimiento muchacha, será mayor si no respetas a tu abuela! Debes aprender desde ahora a sacrificarte ayudando y cuidando a tu abuela".
La muchacha quedó muy impresionada con los conocimientos y adivinaciones del Sacerdote y al salir del templo se puso a llorar y le pidió perdón a la abuela.
Las cosas marcharon mucho mejor, la hermosa siguió cultivando flores pero ayudó a su abuela con el cultivo del maíz, y cuando la pobre viejita enfermó, la cuidó con la mayor de las bondades y cariño.
Al fin la abuela murió y la nieta quedó muy triste y muy sola, sólo el cultivo de las flores le causaba gusto pero a veces oía una música bellísima que la llamaba, sonaban las más delicadas melodías en flautas.
Una tarde con un crepúsculo hermoso, la música se hizo más bella y la chica se internó en el bosquecillo donde estaba su jardín de flores. De pronto vió un inmenso árbol que antes no había notado con un gran hueco en el tronco.
Daisí quiso ver que había dentro del hueco y metió la cabeza, pero de pronto sintió que la agarraban unas poderosas manos y un resplandor de luz divina.
Todo fué muy rápido la muchacha perdió su cabellera arrancada y en medio del dolor vió que con su pelo las manos divinas tejían una extraña estructura con celdillas y que de estos hexágonos salían unos hermosos insectos que zumbaban alegremente a su alrededor.
Muy angustiada y triste volvió a su casa y no quiso salir al otro día avergonzada de verse sin nada de pelo en la cabeza. Sólo salía de noche para recoger el maíz. Pasaron unos días y los nuevos insectos entraron zumbando alegremente por su ventana.
Llena de curiosidad siguió a los nuevos animalitos, y estos la llevaron a su propio jardín, donde bebían el néctar de las flores. Siguiendo a las abejas llegó a una colmena y una fuerza hizo que abriera el panal. Así probó Daisí la miel y le pareció el manjar y el dulce más exquisito jamás conocido.
En esos días había siembras, y todos los caciques y dignatarios fueron al templo del Sol a ofrecer sus regalos para pedir al Dios una cosecha favorable. En último lugar llegaban los regalos de los súbdtitos menores.
Cuando el Sumo Sacerdote vió a Daisí atrás, cubierta su cabeza con un pañuelo para cubrir su verguenza, la hizo pasar adelante y así habló a los caciques prosternados en tierra:
He aquí el regalo de los Dioses para los hombres... He recibido una visión ayer y sé que esta joven trae la Miel, delicioso manjar. Ella ha debido sacrificar su cabellera por el bien de todos nosotros. Debemos alabar a los Dioses y honrar a esta joven…
Daisí nunca recobró su cabellera, pero se dedicó al cultivo de las flores y a cuidar abejas. Y fué muy feliz y respetada. Todos los años llevaba su Miel al Sumo Sacerdote que quería y honraba a esta Princesa.

 999. Anonimo

La princesa del agua de la vida


Presentación del cuento
Erase una vez, cuando no había tiempo, en el país del NO-LUGAR, allí vivía, solitaria en una pequeña cabaña, una pobre muchacha cuyo nombre era Jayda.

La miel
Caminando por el bosque un día Jayda vio que una colonia de abejas había abandonado su miel, y decidió recorgerla.
La llevaré al mercado, la venderé y trataré de mejorar mi vida con el dinero que consiga -se dijo a sí misma.
Jayda corrió a casa y volvió con un frasco, que llenó con la miel. Pero ella no sabía que la causa de su pobreza era un Jinn maléfico, que intentaba por todos los medios evitar que ella tuviese éxito alguno.
El Jinn despertó, ya que algo le dijo que Jayda estaba comenzando a hacer algo útil, y corrió al lugar con la intención de causar problemas. Tan pronto como vio a Jayda con la miel, el Jinn se convirtió en una rama ligada a un árbol, y empujó su brazo, de modo que el frasco cayó y se rompió, y toda la miel se esparció por el suelo.
El Jinn, aún en la forma de una rama, se reía, moviéndose de un lado a otro con regocijo.
Esto la enfurecerá -se dijo a sí mismo.
Pero ella contempló la miel y pensó:
-"No importa, las hormigas se comerán la miel y quizás algo surja de ello".
Jayda había visto una hilera de hormigas, cuyas exploradoras ya estaban probando la miel para ver si era útil para ellas.
Las moras
Cuando comenzó a caminar a través del bosque de regreso a su cabaña, Jayda se dio cuenta que un hombre montado a caballo se estaba aproximando hacia ella.
Cuando estuvo solo a unos metros, el jinete levantó ociosamente su látigo y golpeó una rama al pasar.
Jayda vio que era un árbol de morera, y el golpe había hecho que la fruta madura cayese al suelo.
Ella pensó: "Ésa es una buena idea. Recogeré moras y las llevaré al mercado para venderlas. Quizá algo surja de esto"
El Jinn la vio juntando la fruta y se rió interiormente.
Cuando Jayda hubo llenado el cesto, el Jinn se convirtió en un burro y la siguió silenciosamente en su camino al mercado.
Cuando Jayda se sentó para reposar, el Jinn en forma de burro se acercó a ella, hocicando su brazo.
Jayda le golpeó la nariz, y entonces, de repente, la horrible criatura se revolcó sobre el cesto de moras, machacándolas sobre el camino y el asno Jinn se alejó galopando muy contento entre los arbustos.

La Reina y Jayda
Jayda miró la fruta con consternación. En ese momento, sin embargo, la reina se estaba aproximando en su ruta hacia la capital.
¡Parad al instante! -ordenó a los portadores del palanquín -porque esa pobre muchacha lo ha perdido todo. Su burro ha aplastado la fruta y ha escapado. Ella quedará arruinada si no la ayudamos.
De modo que la Reina tomó a Jayda en su palanquín, y se hicieron amigas rápidamente. La Reina dio a Jayda una casa, y Jayda pronto se convirtió en una próspera comerciante por propios méritos.

Jayda y el incendio de su casa
Cuando el Jinn vio lo bien que le iba a Jayda, examinó la casa para ver que podía hacer para arruinarla. El Jinn se dio cuenta de que ella mantenía todas sus mercancías en un almacén detrás de la casa; de modo que prendió fuego a la casa y ala mercancía, y el lugar se quemó hasta los cimientos en menos tiempo que toma el contarlo.

Jayda y las hormigas
Jayda había salido corriendo de la casa cuando olió el humo, y contempló las ruinas con tristeza. Entonces se dio cuenta de que una línea de pequeñas hormigas se estaba formando, y estaban trasladando su reserva de maíz, grano a grano, desde debajo de la casa un lugar de mayor seguridad.

La fuente del agua de la vida
Para ayudarlas, Jayda levantó una gran piedra que cubría su nido. Debajo de ella brotó una fuente de agua.
Mientras Jayda la probaba, la gente de la ciudad se agrupó alrededor de ella y exclamó:
¡El Agua de la Vida! ¡Esto es lo que ha sido profetizado!
Y le contaron a Jayda, como había sido profetizado que un día, después de un fuego y muchos desastres, una joven que no se afligía por las calamidades encontraría una fuente.
Está sería la última fuente de la vida.

Jayda Princesa
Y así es como Jayda se convirtió en la Princesa del Agua de la Vida, la cual ella aún custodia, y que se puede berber para dar inmortalidad a aquellos que la encuentran al no afligirse por las calamidades.

999. Anonimo