Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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jueves, 18 de octubre de 2012

Las bodas del tío perico


62. Cuento popular

Un gallo estaba envitao a ir a las bodas de su Tío Perico. Y se lavó y se peinó y se vistió muy bien y salió pa las bodas.
En el camino se encontró con una moñigada que contenía mucha cebada y dijo:
-¿Me la comeré o no me la comeré? Si me la como, me mancho el pico y no voy a las bodas del Tío Perico. No; no me la quiero comer.
Y se fué seguido, seguido.
Y caminando, caminando, se encontró con otra mo­xiigada que también tenía mucha cebada, y se paró a verla y dijo:
-¿Me la comeré o no me la comeré? Si me la como, me mancho el pico y no voy a las bodas del Tío Perico. No; que no me la voy a comer.
Y se fué seguido, seguido, caminando, pa llegar temprano a las bodas de su Tío Perico.
Y caminando, caminando, se encontró otra vez con una moñigada, y se paró un rato a verla y dijo:
-¿Me la comeré o no me la comeré? No sé si me la como o no.
Y tenía ya tanta hambre, que al fin dijo:
-Sí; me la voy a comer.
Y se la comió y se manchó el pico. Y entonces se puso muy triste. Y después de llorar un largo rato, dijo:
-Ahora sí, que me he manchao el pico y no puedo ir a las bodas del Tío Perico.
Y en el camino se encontró con una malva y le dijo:
-Malva, malva, límpiame el pico, que me lo he manchao y no puedo ir a las bodas del Tío Perico.
Y la malva respondió:
-¡No quiero! ¡No quiero!
Y entonces se encontró a una oveja y le dijo:
-Oveja, oveja, come a la malva, que la malva no quiere limpiarme el pico y no puedo ir a las bodas del Tío Perico.
Y la oveja respondió:
-¡No quiero! ¡No quiero!
Y luego se encontró el gallo con un lobo y le dijo:
-Lobo, lobo, come a la oveja, que no quiere co­mer a la malva, y la malva no quiere limpiarme el pico y no puedo ir a las bodas del Tío Perico.
Y el lobo respondió:
-¡No quiero! ¡No quiero!
Y el gallo se encontró entonces con el perro y le dijo:
-Pero, perro, come al lobo, que el lobo no quiere comer a la oveja, y la oveja no quiere comer a la malva, y la malva no quiere limpiarme el pico y no puedo ir a las bodas del Tío Perico.
Y el perro dijo:
-¡No quiero! ¡No quiero!
Y se encontró entonces con el palo y le dijo:
-Palo, palo, pega al perro, que no quiere comer al lobo, y el lobo no quiere comer a la oveja, y la oveja no quiere comer a la malva, y la malva no quiere limpiarme el pico y no puedo ir a las bodas del Tío Perico.
Y el palo respondió:
-¡No quiero! ¡No quiero!
Y el gallo se encontró con la lumbre y la dijo:
-Lumbre, lumbre, quema al palo, que el palo no quiere pegar al perro, y el perro no quiere comer al lobo, y el lobo no quiere comer a la oveja, y la oveja no quiere comer a la malva, y la malva no quiere limpiarme el pico y no puedo ir a las bodas del Tío Perico.
Y la lumbre respondió:
-¡No quiero! ¡No quiero!
Y fué el gallo entonces y se encontró con el agua y la dijo:
-Agua, agua, apaga la lumbre, que la lumbre no quiere quemar al palo, y el palo no quiere pegar al perro, y el perro no quiere comer al lobo, y el lobo no quiere comer a la oveja, y la oveja no quiere co­mer a la malva, y la malva no quiere limpiarme el pico y no puedo ir a las bodas del Tío Perico.
Y el agua dijo:
-¡No quiero! ¡No quiero!
Y se encontró entonces con la vaca y la dijo:
-Vaca, vaca, bebe el agua, que el agua no quiere apagar la lumbre, y la lumbre no quiere quemar al palo, y el palo no quiere pegar al perro, y el perro no quiere comer al lobo, y el lobo no quiere comer a la oveja, y la oveja no quiere comer a la malva, y la malva no quiere limpiarme el pico y no puedo ir a las bodas del Tío Perico.
Y la vaca respondió:
-¡No quiero! ¡No quiero!
Y entonces se encontró el gallo con el cuchillo y le dijo:
-Cuchillo, cuchillo, mata a la vaca, que la vaca no quiere beber el agua, y el agua no quiere apagar la lumbre, y la lumbre no quiere quemar el palo, y el palo no quiere pegar al perro, y el perro no quie­re comer al lobo, y el lobo no quiere comer a la oveja, y la oveja no quiere comer a la malva, y la malva no quiere limpiarme el pico y no puedo ir a las bodas del Tío Perico.
Y el cuchillo respondió:
-¡No quiero! ¡No quiero!
Y fue el gallo ande el herrero y le dijo:
-Herrero, herrero, rompe el cuchillo, que el cuchi­llo no quiere matar a la vaca, y la vaca no quiere beber agua, y el agua no quiere apagar la lumbre, la lumbre no quiere quemar al palo, y el palo no quiere pegar al perro, y el perro no quiere comer al. lobo, y el lobo no quiere comer a la oveja, y la oveja no quiere comer a la malva, y la malva no quiere limpiarme el pico y no puedo ir a las bodas del Tío Perico.
Y el herrero respondió:
-¡No quiero! ¡No quiero!
Y fué entonces el gallo ande la muerte y la dijo:
-Muerte, muerte, llévate al herrero, que el herre­ro no quiere romper el cuchillo, y el cuchillo no quie­re matar a la vaca, y la vaca no quiere beber el agua, y el agua no quiere apagar la lumbre, y la lumbre no quiere quemar al palo, y el palo no quiere pegar al perro, y el perro no quiere comer al lobo, y el lo­bo no quiere comer a la oveja, y la oveja no quiere comer a la malva, y la malva no quiere limpiarme el pico y no puedo ir a las bodas del Tío Perico.
Y la muerte le respondió:
-¡No quiero! ¡No quiero!
Y el gallo fué entonces ande Dios y le dijo:
-Dios, Dios, envía a la muerte a que se lleve al herrero, que el herrero no quiere romper el cuchillo, y el cuchillo no quiere matar a la vaca, y la vaca no quiere beber el agua, y el agua no quiere apagar la lumbre, y la lumbre no quiere quemar al palo, y el palo no quiere pegar al perro, y el perro no quiere co­mer al lobo, y el lobo no quiere comer a la oveja, y la oveja no quiere comer a la malva, y la malva no quiere limpiarme el pico y no puedo ir a las bodas del Tío Perico.
Y entonces Dios envió a la muerte a que se llevara al herrero. Y entonces la muerte quería llevarse al he­rrero, y el herrero quería romper el cuchillo, y el cu­chillo quería matar a la vaca, y la vaca quería beber el agua, y el agua quería apagar la lumbre, y la lum­bre quería quemar al palo, y el palo quería pegar al perro, y el perro quería comer al lobo, y el lobo que­ría comer a la oveja, y la oveja quería comer á la malva. Y entonces la malva le limpió el pico al gallo, y el gallo entonces se puso muy contento y fué a las bodas del Tío Perico.

Fuente: Aurelio M Espinosa

003. España

La zorra y la cigüeña .054

La cigüeña hizo su nido en un árbol y allí vivía con sus crías. Un día vino la zorra y le dijo que tenía hambre y que quería que le diera un hijo. La cigüe­ña le dió uno y la zorra se lo comió.
Otro día vino la zorra otra vez y le dijo a la ci­güeña:
-Dame otro hijo tuyo, que traigo mucha hambre.
Y entonces la cigüeña le dijo:
-No te lo doy. No tengo hijos para dar. Si quieres comer hijos, tenlos tú.
Y la zorra le dijo:
-Mira, que si no me los das, cuando vayas a bus­car comida para ellos, tiro el árbol y me los como todos.
Y mojaba la zorra el rabo en una lamiza y daba coletazos en el árbol y decía:
-Mira qué hachazos doy.
Y la cigüeña no sabía qué hacer para desunirse de la zorra, y le dijo por fin:
-Oye, zorrita, que hoy hay una boda en el cielo. Te convido a la boda y puedes ir y atracarte de pollos y chorizos.
-Sí -le dijo la zorra, tú, que tienes alas, pue­des subir, pero yo, que no las tengo, ¿cómo podré subir?
Y la cigüeña le dijo:
-Mira, que es una cosa muy fácil. Yo te subiré. Yo te subo en mis alas.
Y llevó a la zorra a un pico, donde se había de subir para llevarla de allí. Y allí la dejó. Y cuando la cigüeña se iba, le gritó la zorra:
-Dime, cigüeña, ¿cuándo será?
-Un día de muchos truenos -le respondió la ci­güeña.
Y llegó un día de muchos truenos y la zorra subió al pico, donde le había dicho la cigüeña, y se puso a aguardar. Llegó la cigüeña y la colocó sobre sus alas y emprendió su vuelo.
Y voló la cigüeña a una altura grande y se dió me­dia vuelta y tiró a la zorra abajo. La zorra se dió un buen golpazo, y cuando se levantó del suelo, medio muerta, dijo:

-Si de ésta salgo y no muero,
no quiero más bodas en el cielo.

Y por eso dice el refrán: «No quiero más bodas en el cielo.»

54. Cuento popular

Fuente: Aurelio M Espinosa

003. España

La zorra y el lobo


52. Cuento popular

Una zorra iba too lo día a un corrá a comé galli­na. Y no había otra entrá que un boquete por onde apena cabía la zorra, y la zorra siempre tenía la alvertencia de comé sólo do gallina ca ve que iba ar corrá, pa no ponerse mu gorda y no podé salí. Depué que se comía una gallina, iba y se probaba en er boquete pa ve si podía comé otra. Y aluego se comía otra y se probaba y vía que ya no podía comé má y se iba a su cueva.
Y el amo e la gallina que vía la farta too lo día de do gallina, dijo:
-La zorra me está comiendo la gallina y la vi a pillá.
Y encuéntrase la zorra con er lobo, y le dice er lobo:
-¡Hola, comae zorra! ¿De ánde viene uté tan de mañana?
Y le contesta la zorra:
-¿De ande he de vení, copae lobo? Vengo de comé gallina en un corrá que hay aquí cerca. Si quiere uté comé gallina hasta hartarse, venga uté conmigo esta noche y yo le llevaré ar corrá.
Güeno, pue er lobo le dijo que iría con ella y que­daron en í junto po la noche.
Y apena había oscurecío, cuando llega er lobo a la cueva e la zorra y le grita:
-¡Comae zorra, sarga uté, que ya e tarde! ¡Co­mae zorra, sarga uté, que ya e tarde!
Y salió la zorra y se fueron ar corrá. Y en er ca­mino le dijo la zorra ar lobo:
-Mucho cudiau, compae lobo, que no lo vaya a cogé el amo e la gallina. Uté se atraca e gallina y yo estaré cudiando en er boquete por onde tenemos que entrá y salí.
Llegan ar corrá, y la zorra entra primero por er boquete y aluego er lobo. Y va la zorra y coge una gallina y er lobo otra y en un momento la devoran. Y va entonce la zorra ar boquete y sale y entra pa vé si cabe bien y pa vé si pué comé tavía otra gallina. Y er lobo le dice:
-¿Qué anda haciendo uté allá, comae zorra?
Y le dice ella:
-Na, compae lobo. He salío a vé si no anda el amo por ai. No hay cudiau. Vaya uté a cogé otra gallina.
Y van otra ve y cogen ca uno una gallina, y depué de comé, la zorra va otra vé ar boquete y se preba a ve si cabe. Y ve que pué salí, pero que ya no pué comé má. Y er lobo le dice otra ve:
-Comae zorra, ¿qué anda haciendo uté por allá?
-Viendo a vé si anda arguno por ai -le contesta la zorra.
Y er lobo, que no tenía la alvertencia e la zorra de í a vé si podía salí por er boquete, entró otra ve a cogé otra gallina. Y ya sin hacele caso a la zorra, entró ande estaban la gallina y se atracó hasta que ya parecía una bola. Y ar caraqueo e la gallina, salió el amo con un güen garrote. Y la zorra cuando le vió vení, echó a corré y se salió por er boquete. Y er lobo echó a corré tamié, pero ar llegá ar boquete, no pudo salí, y el amo der corrá lo cogió y lo mató a palo.

Fuente: Aurelio M Espinosa

003. España

La pega y sus peguitos

55. Cuento popular

Había una vez una pega que vivía en un ponjo, donde tenía un nido con varios peguitos. Todos los días venía un zorro y le decía a la pega:

-Peguita, dame un peguito,
que si no, te corto el ponjo.

La pega, con grande dolor de su corazón, le tiraba del ponjo un peguito y el pícaro del zorro se lo comía. Volvía el zorro y pasaba siempre lo mismo. El zorro le decía a la pega que le diera un peguito y que si no, le cortaba el ponjo, y la pega, con grande dolor de su corazón, le tiraba uno.
Ya el zorro acababa con los peguitos, cuando llegó un día a visitar a la pega su primo, el alcaraván. Cuando éste se enteró de lo que pasaba, le dijo a la pega, su prima:
-Si el zorro viene otra vez, no le des un pegczito. Y si te dice que te corta el ponjo, le dices tú:

«El hocil sí corta el ponjo,
 pero no el rabo (d)el raposo.»

Se fué el alcaraván, y a poco llegó el zorro y le dijo a la pega:

-Peguita, dame un peguito,
que si no, te corto el ponjo.

Y la pega le respondió como le había dicho su pri­mo, el alcaraván:

-El hocil sí corta el ponjo,
pero no el rabo (d)el raposo.

El zorro le dijo entonces a la pega:
-¿Quién te ha dicho que me dijeras eso? Segu­ramente fué tu primo, el alcaraván. Pues yo le pillaré c arriba en un cascajal.
Y con efecto, el zorro se dió mañana para coger al alcaraván. Le cogió y se lo tragó vivo. Y el pobre del alcaraván le decía desde la tripa:
-Suéltame, hermano zorro. Déjame salir.
El zorro se negaba a ello, y por fin le dijo el alca­raván:
Ya que no quieres dejarme salir, por lo menos vete delante del ponjo de mi prima, la pega, y grita, desde allí bien alto, para que todos se enteren: «¡Alcaraván comí!»
Así lo hizo el zorro. Fué y se puso delante del pon­jo de la pega y gritó muy alto:

-¡Alcaraván comí!

Pero al gritar, abrió la boca tan grande, que el al­caraván se escapó y exclamó:

-¡A otro, que no a mí!

Fuente: Aurelio M Espinosa

003. España

La niña sin brazos .035

Era un padre que tenía una hija. Y pa mantenerla tenía que ir todos los días al monte a por leña si llovía porque tronaba y si tronaba porque llovía.
Y un día que fué al monte a por leña, le salió un hombre de una encina y le dijo:
-Diga usté. ¿Cómo viene usté hoy al monte a cor­tar leña?
Y el hombre le contesta:
-Pues vengo porque tengo una hija que mantener.
Y ya le dijo el hombre de la encina, que era el diablo:
-Pues mire, que yo le daré a usté todo el dinero que le haga falta. Tenga usté.
Y diciendo esto, le dió un talegón lleno de monedas de oro y plata. Y luego le dice:
-Váyase usté a su casa con su dinero, y esta noche aguárdeme en su casa.
Y se fué el pobre leñero pa su casa muy contento. Y llegó y le contó a su hija lo que le había pasao. Y le entregó el talegón de dinero y le dijo que iba a hacerles una visita el señor que le había dao el dinero.
La muchacha era muy cristiana y siempre que lle­gaba alguno a su casa hacía la señal de la cruz. Y le dijo a su padre:
-Pero, ¿quién será ese señor?
-Esta noche cuando venga se lo preguntaremos -le contestó el padre.
Y en éstas estaban, cuando llegó el diablo y llamó en la puerta:
-¡Tran! ¡Tran!
Y al momento la muchacha hizo la señal de la cruz y salió a ver quién era. Pero ya no encontró a nadie. El diablo se había desaparecido al hacer ella la señal de la cruz.
Conque al otro día fué el hombre otra vez a por leña al monte y le salió otra vez el diablo. Y el leñador le dice:
-¿Cómo no fué usté anoche a mi casa?
Y el diablo le contesta:
-He tenido el tiempo ocupao y no he podido. Pero mire; coja este saco de dinero y llevéselo a su casa. Y esta noche sí me espera en su casa, que ya iré. Y una cosa le ruego y es que mande a su hija tirar toda el agua bendita que haiga en la casa.
Y fué el hombre y llegó a su casa y le entregó a su hija el saco de dinero y le dijo lo que había dicho el señor de la encina. Y la muchacha, como era tan buena cristiana, le dijo a su padre:
-Pero si tiro a la calle toda el agua bendita que hay en la casa, no podré hacer la señal de la cruz.
Y el padre le dijo:
-Tírala toda, que no hace falta.
Y ella la tiró toda. Y apenas la había acabao de tirar a la calle, cuando va llegando el diablo y llama en la puerta:
-¡Tran! ¡Tran!
Y la muchacha, como no había agua en la casa, se mojó los dedos con saliva e hizo la señal de la cruz. Y salió a abrir la puerta, pero no halló a nadie. El diablo se había desaparecido otra vez al hacer ella la señal de la cruz.
Y al otro día fué el leñador al monte otra vez y salió el diablo. Y el leñador le preguntó:
-¿Cómo no ha ido usté anoche?
Y el diablo le contestó:
-Es que estoy siempre ocupao. No he podido.
Y ya le dice al leñador:
-¿Tienen ustedes corral delante de su casa?
Y el leñador le dice:
-Sí.
-¿Y suele su hija echar la siesta allí por la tarde?
-Sí.
-¿A qué hora suele ella echar la siesta?
-A las dos.
Y después de esta conversación, le dió el diablo otro saco de dinero y le dijo:
-Váyase usté a su casa con este saco de dinero, y cuando le haga falta más, venga por más.
Y se fué el leñador pa su casa con otro saco de dinero.
Y ya el diablo determinó robarse a la muchacha. Y a las dos de la tarde del día siguiente, llegó a la casa del leñador cuando la muchacha estaba echando la siesta. Y dormida como estaba la cogió y la subió en su caballo y salió corriendo con ella. Y de repente despertó la niña y levantó un brazo pa hacer la señal de la cruz. Y el diablo cogió un cuchillo grande y le cortó el brazo. Y ya iba a levantar la niña el otro brazo pa hacer la señal de la cruz, cuando cortáselo también el diablo con el cuchillo. Y entonces la niña, como pudo, hizo la señal de la cruz con las piernas. Cuando hacía la señal de la cruz con las piernas, el diablo la cogió y la dejó colgada del pelo de un árbol muy alto y se desapareció. Y ai se quedó la niña colgada del pelo del árbol y sin brazos onde el diablo la dejó. Y cerca del árbol había un palacio onde vivían un rey y una reina que tenían un hijo.
Y los perros del rey subían todos los días al árbol onde estaba colgada la niña y le llevaban pa comer lo que les daban en el palacio. Y de darle la comida a la niña, los perros se iban quedando cada día más secos. Y el rey, al verlos tan secos, dijo:
-Pero, ¿por qué es que mis perros se van quedando cada día más secos? ¿Que los criaos no les dan de comer?
Y dió en reñir con los criaos. Y los criaos dijon que no, que siempre les daban lo de siempre. Y ya dijo el rey:
-Pues acechar a los perros, a ver qué hacen con la comida.
Y acecharon a los perros, y vieron que subían siem­pre con la comida y se la daban a una hermosa dama que estaba colgada del árbol. Y la dama era tan guapa, que el hijo del rey dijo que la bajaran del árbol. Y fueron los criaos del rey y la bajaron y la llevaron al palacio.
Cuando ya la niña estaba en el palacio, el hijo del rey se enamoró de ella y les dijo a sus padres que se quería casar con ella. Y sus padres le dijon que era una deshonra casarse con una mujer sin brazos, que no podría criar a sus hijos ni nada. Y él les dijo que no le importaba que no tuviera brazos, que ha­biendo dinero y teniendo criaos, todo era fácil.
Y se casaron el hijo del rey y la niña sin brazos. Y a los pocos meses de estar casaos, se murió el rey y el hijo quedó de rey y la Niña sin Brazos de reina. Y pronto tuvo que marcharse el nuevo rey a reinar a otro reinao y dejó a la niña sin brazos en cinta.
Y en ese medio tiempo tuvo ella mellizos y se lo enviaron a decir al rey. Y el diablo cogió la carta y puso otra, onde le decía al rey que la reina su mujer había dao a luz dos ratones. Y contestó el rey con otra carta onde decía: «Pues si ha dao a luz mi mu­jer dos ratones, que los críe hasta que yo vuelva.» Y otra vez cogió el diablo la carta y puso otra, onde decía: «Coge a esos dos niños que has dao a luz y de­güéllalos. Si no, eres tú vítima.»
Y cuando llegó la carta, la coge ella y se echa a llorar, y dice que a sus hijos no los mata ni por todo lo que hay en el mundo. Y la agüela empezó también a llorar y le dijo a la niña:
-¿Qué vamos a hacer?
Y dijo la niña:
-Pues nada. Hágame usté unas alforjas pa echar a uno por delante y a otro por detrás y marcharme sola yo con ellos.
Y la agüela le mandó hacer las alforjas, y se mar­chó la Niña sin Brazos por el mundo alante con sus dos mellizos en las alforjas.
Y caminando, caminando, ya llegó a una fuente con hambre y sé. Y nadie le daba una limosna, ni agua pa beber. Y al llegar a la fuente, dijo:
-Tengo sé. Pero si bajo a la fuente, no podré subir.
Y se fué camino alante, muerta de sé y hambre, hasta que allá muy lejos vió a una señora que estaba lavando en unas filas muy majas y le dijo.
-Señora, ¿me hace usté el favor de unos bocadi­tos de agua? Porque si bajo a beber no podré subir, y si no bajo me muero de sé.
Y la señora le contestó:
-Mira; véte y llama en aquellas puertas blancas que ves allá lejos, muy lejos, y te saldrán a recibir y te darán todo lo que te haga falta.
Y la niña llamó y salió a recibirla San Pedro y la dijo que qué se le ofrecía.
Y ella le dijo:
-Quiero que me haga usté el favor de un poquito de agua, que ya me muero de sé. Si bajo por ella a la fuente no podré subir, y si no bajo me muero de sé.
Y ya le dió San Pedro un vaso de agua y le dijo:
-Si usté nos obedece, le vamos a dar todo lo que le haga falta y le pondremos sus brazos pa que pueda criar a sus niños.
Y dijo ella que obedecería. Y San Pedro le puso sus brazos y la llevó a una montería, onde nada les faltaba a ella y a sus niños. Y allí en la montería tenía una casa y muchos criaos. Y la dijo San Pedro que no almitiera a nadie en su casa sin que dijera antes tres veces, «¡Jesús, María y José!»
Y ya volvió el rey de reinar por otras partes. Y cuando llegó a su palacio, le preguntó a su madre por la reina, y ya le contó ella lo que había pasao. Y cuando supo el rey la verdá y el engaño de las cartas, sospechó que el diablo era el de la culpa de todo y empezó a maldecirle.
Y se le apareció el diablo y le dijo que no se apu­rara, que él le ayudaría a buscar a su mujer. Y es que el diablo quería cogerlos a los dos. Y se marchó el rey con el diablo y el suegro a buscar a su mujer. Y el suegro estaba tentao del diablo porque le había mandao a su hija que tirara a la calle toda el agua de la casa.
Y caminando el rey por la montería, se les hizo noche y vieron la luz de la casa de su mujer. Y se dirigieron allí, sin saber quién vivía, y llamaron en la puerta. Y salió la niña a recibirles y les dijo que entraran, pero que todos los que entraran tenían que decir tres veces, «¡Jesús, María y José!» Y el rey dijo tres veces:
-¡Jesús, María y José!
Y el suegro, aunque estaba tentao del diablo, tam­bién lo dijo y entró. Pero el diablo, como no pudo decirlo, no entró. Y allí fuera, onde estaba, quería decir ¡Jesús, María y José!, pa entrar y hacer de las suyas, pero no pudo. Todo lo que decía era:
-¡Tuddú, tudduddú, tuddú!
Y ya que todos estaban dentro, el diablo tuvo que marcharse. Y pusieron la cena y se sentaron a la mesa. Y el rey miraba y remiraba a aquella mujer tan guapa y decía:
-¿Si será esta mujer mi esposa?
Y la miraba y la remiraba y ya le iba a preguntar, pero decía:
-No; no puede ser porque mi mujer no tenía brazos y ésta tiene brazos.
Y como hacía frío, los criaos puson un brasero cerca de la mesa pa que el rey se calentara. Y cuando ya iban a comenzar a cenar la niña echó la ben­dición:
-En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. El que esté tentao del diablo, que dé un es­tampido y se salga.
Y el padre de la niña, que estaba tentao del diablo, se volvió cenizas y se desapareció. Y todos quedaron muy elevaos; pero el rey no dijo nada.
Y ya se puson a cenar. Y el rey, como estaba cerca del brasero, se le comenzó a quemar la capa. Y, los niños, que por guapos y ricos, el rey no dejaba de mirar, le dijeron:
-Papá, que se le quema la capa.
Y el rey los miraba y los remiraba, pero no decía nada. Pero se lo dijon tantas veces, que por fin le dijo el rey a la niña:
-¿Sabes que no puedo cenar porque me dicen estos niños «Papá, que se le quema la capa»?
Y en este momento fué cuando ella le echó los brazos y le dijo:
-Sí, esposo mío; éstos son tus hijos y yo soy tu esposa.
Y ya le contó todo lo que había pasao y cómo ella había venido a vivir allí. Y el rey se abrazó a ella y abrazó a sus dos hijos, loco de alegría. Y se los llevó a su palacio, donde todos vivieron muchos años muy felices y comieron muchas perdices.
Y a mí no me dieron nada porque no les dió la gana.

35. Cuento popular

Fuente: Aurelio M Espinosa

003. España

La negra y la paloma


39. Cuento popular

Éste era un rey que tenía un hijo. Y murió el padre y quedó el hijo de rey. Pero como estaba soltero, le dijo a su madre la reina que iba a salir por el mundo a ver si encontraba novia con quien casarse. Y le dib la madre mucho dinero y se marchó.
Y venga a caminar y venga a caminar, hasta que ya tenía mucha hambre y mucha sé, pero no encon­traba ni comida ni agua. Y venga a caminar y venga a caminar, hasta que ya se encontró tres naranjas. Y se apeó de su caballo y las cogió y dijo:
-Güeno, pues gracias a Dios que ya he encontrao siquiera con que mojarme los labios.
Y va y parte una naranja. Y al partirla, salió de la naranja una dama muy guapa y le dijo:
-Dame pan.
Y le dice él:
-No te puedo dar pan porque no lo tengo.
Y entonces le dice ella:
-Pues si no tienes pan, dame agua.
Y le dice él:
-No te puedo dar agua porque tampoco la tengo.
Y entonces dijo la dama:
-Pues entonces a mi naranja me vuelvo.
Y se metió otra vez en la naranja y quedó la na­ranja como antes de partirla.
Gueno, pues, entonces se puso el rey muy triste y dijo:
-¡Ay, si yo tuviera pan y agua! ¿De qué me sirve ser rey y llevar tanto dinero cuando no encuentro ni pan ni agua que comprar?
Y otra vez se marchó camino alante. Y ya otra vez se moría de hambre y sé y dijo:
-Pues no hay más remedio que partir otra na­ranja.
Y partió otra naranja y salió de ella otra dama, más guapa que la otra, y le dijo:
-Dame pan.
Y él le contesta:
-Pero si no lo tengo, ¿de dónde te lo voy a dar?
Y dice entonces ella:
-Pues si no tienes pan, dame agua.
Y él le dice:
-Pero si tampoco agua tengo, ¿de dónde te la voy a dar?
Y dice ella:
-Entonces a mi naranja me vuelvo.
Y se metió en su naranja y la naranja quedó como antes.
Y ya el rey iba muy triste y desconsolao y decía:
-¡Ay, si yo tuviera pan y agua! ¿De qué me sirve ser rey y llevar tanto dinero si no encuentro pan y agua que comprar?
Y venga a andar y venga a andar, hasta que ya no podía aguantar el hambre y la sé que llevaba. Y dijo por fin:
-Pues no hay más remedio que partir la última naranja pa mojarme los labios. Pero si no tengo pan ni agua, ¿de qué, de qué me sirve partirla, porque me pasará como con las otras dos?
Y vengar a andar y venga a andar, hasta que llegó ande estaba una fuente de agua cristalina. Y bebió agua y dijo:
-Voy ahora a partir la última naranja.
Y la partió y salió de ella una dama muncho más guapa que las otras, y al momento le dijo:
-Dame pan.
Y le dice él:
-No te puedo dar pan porque no lo tengo.
Y entonces le dijo la dama:
-Pues si no tienes pan, dame agua.
Y entonces le dijo él:
-Beba usté de esta agua cristalina.
Y bebió ella agua y le dijo él:
-Tú tienes que ser mi novia y contigo me he de casar y serás reina.
Y ella le dijo que sí, y le dijo él entonces que iba a por una carroza al palacio pa llevarla. Y la dejó en un árbol mientras él iba al palacio.
Y en ese medio tiempo que el rey se fué al palacio, llega una negra a la fuente con un cántaro a por agua. Y ve a la dama que se reflejaba en el agua y dice:
-¡Oy, siendo yo tan blanca y tan hermosa y yen­do a la fuente a por agua! ¡Rómpete, cántaro!
Y tiró el cántaro y lo rompió. Y se va entonces a su casa. Pero al llegar, se ve en el espejo y ve que está tan negra como siempre y dice:
-Pero, ¿cómo es esto?
Y se va a la fuente a por agua otra vez. Y llega y ve a la dama que se reflejaba en el agua y dice:
-¡Oy, siendo yo tan blanca y tan hermosa y yendo a la fuente a por agua! ¡Rómpete, cantarete!
Y tiró otra vez el cántaro y lo rompió. Y entonces la dama se ríe y la ve la negra. Y al punto dice:
-Oye, ¿quieres que suba a peinarte?
Pero aquélla le dice que no. Y otra vez la dice:
-Oye, ¿quieres que suba a peinarte?
Pero aquélla le decía que no. Y tanto le estuvo ensistiendo, que ya dijo la dama que estaba güeno, que subiera a peinarla. Y sube la negra a peinarla y le hinca un alfiler en la cabeza, y al punto la dama se vuelve paloma. Y echa a volar la paloma y la negra va y se pone en el árbol.
Y llega el rey a por su novia y ve a la negra y le dice:
-¡Ay, que te he dejao tan blanca y tan hermosa, y ahoraa tan negra que estás!
Y dice la negra:
-Es que con el sol me he puesto morena.
Y el rey no tiene más remedio que llevarla al pala­cio. Y la madre, cuando la ve, le dice al rey:
-Pero ¿cómo es esto? ¿No me has dicho que tu novia era muy blanca y muy hermosa?
-Y le dice él:
-Sí, que era muy blanca, pero con el sol se ha puesto morena.
Y la negra dice:
-Sí, sí; es que con el sol me he puesto morena.
Güeno, pues se casaron. Y un día llegó la palo­mita al jardín del palacio y se acercó ande estaba el jardinero y le dijo:
-Jardinerito pulido, ¿cómo le va al rey con la reina mora? ¿Canta, ríe o llora?
Y el jardinerito le contestó:
-Unas veces canta y otras veces llora.
Y al otro día sucedió lo mismo. Llegó la palomita ande estaba el jardinerito y le dijo:
-Jardinerito pulido, ¿cómo le va al rey con la reina mora? ¿Canta, ríe o llora?
Y el jardinerito le contestó como antes:
-Unas veces canta y otras veces llora.
Y ya el jardinero entonces fué y se lo contó al rey. Y dijo el rey:
-Pues mañana voy yo al jardín.
Y fue otro día al jardín y se tumbó cerca de un rosal, haciéndose el dormido. Y llegó la palomita y se puso a cantar en el rosal y él la cogió y se la llevó al palacio. Y la negra, como ya sabía todo, al momento que le vió entrar con la palomita, le dijo:
-¡Oy, qué cosa más asquerosa y fea!
Pero el rey no hizo caso y llevó la palomita a la mesa, ande iban a comer. Y cuando los criaos pusie­ron los manteles y los cubiertos, fué la palomita y echó una cagada en el plato de la negra:
Y decía la negra:
-¡Oy, pero qué cosa más asquerosa! ¡Sacarla y matarla! ¡Oy, qué asquero-sidá!
Pero el rey seguía acariciando a la palomita, y fué la palomita y echó una perla en el plato del rey. Y el rey entonces la coge y empieza a manusearla, hasta que le encuentra el alfiler y dice:
-¡Toma! ¡Si tiene la palomita un alfiler hincoe en la cabecita!
Y se lo saca y al punto se vuelve la dama que era antes. Y se abraza el rey a ella y le dice:
-Tú eres mi reina.
Y al momento que la palomita se volvió otra vez la dama, la negra se volvió un grajo muy viejo y feo, y salió volando y diciendo:
-¡Gra, gra, gra, por aquí va! ¡Gra, gra, gra, por aquí va!

Fuente: Aurelio M Espinosa

003. España

La misa de san josé


27. Cuento popular

Había una vez un hombre viudo que tenía tres hijos. Y tenía la costumbre de pagarle una misa a San José en su día cada año. Y cuando ya sus tres hijos estaban mayorcitos y ya hacía muchos años que se había muerto la madre, se murió el mayor el mismo día de San José por la tarde. Y el pobre padre se disgustó mucho con San José, y por unos días estuvo tan triste y tan acongojao que ya ni se acordaba de rezarle a San José.
Pero al llegar otra vez el día de San José, se acordó de la costumbre que tenía de decirle su misa en su día y fué a ver al cura y le pagó por la misa a San José. Y esa misma tarde se murió el segundo de sus tres hijos.
Con eso ya el pobre padre estaba tan desesperan y tanto se disgustó con San José, que ya no quiso de­círle más misas.
Y se llegó otra vez el día de San José y no le pagó su misa. A todos los santos del cielo les rezaba, menos a San José. Y como vió que el hijo menor no se había muerto el día de San José, ya no se volvió a acordar de San José pa nada.
Conque una noche cuando estaba rezando en su habitación, se le apareció San José y le dijo:
-¿Por qué no me pagas las misas que tenías cos­tumbre de decir?
Y como el pobre padre estaba tan asustao, nada contestó. Y entonces le dijo el santo:
-Te he quitao a tus dos hijos mayores porque te iban a deshonrar y se iban a condenar.
Y le dijo que mirara por la ventana. Y miró el hombre por la ventana y vió a sus dos hijos ya hom­bres horcaos de un árbol. Y le dijo entonces el santo que mirara por otra ventana. Y miró el hombre y vió a sus dos hijos ardiendo en el infierno. Y le dijo entonces San José:
-Eso les iba a pasar a tus hijos y por eso te los he quitao. Y el menor te lo dejo porque ése va a ser santo y arzobispo.
Y entonces San José desapareció. Y el pobre padre ya vió que San José le había hecho un bien en vez de un mal, y volvió a decirle la misa a San José todos los años hasta que murió.
Y su hijo menor estudió pa cura y fué obispo y después arzobispo, y murió santo.

Fuente: Aurelio M Espinosa

003. España