Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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jueves, 18 de octubre de 2012

La mariposita .063

Ésta era una mariposita que estaba sentadita en su balcón, y pasó por ai un ratoncito y le dijo:
-Mariposita, mariposita, ¿te quieres casar con­migo?
Y la mariposita, como le vió tan guapao, le dijo:
-Sí, sí, me casaré contigo.
Y se casaron y se fueron a vivir en la casa de la mariposita.
El domingo por la mañana, se levantó la maripo­sita muy tempranito y puso la olla, y le dijo al ra­toncito:
-Ratoncito mío, cuida la olla, que yo voy a misa y a por flores pa la mesa.
Y se fué la mariposita. Y a poco que se había mar­chao, Lié el ratoncito a ver si la olla hervía, y en vez de coger la cuchara grande cogió la pequefla y se cayó en la olla y se hogó.
Conque en ese medio tiempo, llegó la mariposita y llamó:
-¡Ratoncito mío, abre! ¡Ratoncito mío, abre!
Pero nadie contestaba. Y dice ella:
-Estará a jugar a la plazuela con sus amigos. Voy a entrar.
Y como la puerta no estaba cerrada con llave, la abrió y entró. Y todo estaba como cuando ella se ha­bía ido a misa y a por flores. Y puso las flores so­bre la mesa y se fué a ver la olla. Y ya todo estaba muy bien cocido y dice:
-Mientras viene el ratoncito, voy yo a comer un poco.
Y empezó a comer y en cuanto más comía, más le gustaba, y decía:
-¡Ay, pero que carne más rica! ¿De dónde habrá traído el ratoncito esta carne tan rica pa echar en la olla?
Y siguió comiendo hasta que se encontró la piel y la cabecita del ratoncito. Y dice:
-¡Ay, Dios mío! ¡Si es mi ratoncito! ¡Pobre ra­toncito mío, que me lo he comido!
Y se puso al balcón a gemir y llorar.
Y ya pasó por allí un pajarito y le dice:
-Mariposita, ¿por qué lloras?
-Porque el ratoncito se ha caído a la olla, y yo como buena mariposita, le gimo y le lloro.
Y dice entonces el pajarito:
-Pues yo como buen pajarito, me corto el pico.
Y se fué volando el pajarito y se encontró con la paloma, y ésta le dice:
-Pajarito, ¿por qué te has cortao el pico?
-Porque el ratoncito se ha caído a la olla y la ma­riposita le gime y llora, y yo como buen pajarito, me he cortao el pico.
Y dice entonces la paloma:
-Pues yo como buena paloma, me corto la cola.
Y se fué volando la paloma de allí y ya llegó a su palomar. Y le pregunta el palomar:
-Paloma, ¿por qué te has cortao la cola?
-Porque el ratoncito se ha caído a la olla y la ma­riposita le gime y llora y el pajarito como buen pa­jarito, se ha cortao el pico, y yo como buena paloma, me he cortao la cola.
Y dice entonces el palomar:
-Pues yo como buen palomar, me arruino.
Y entonces la fuente que estaba debajo del palomar le dice:
-Palomar, ¿por qué te arruinas?
Y contesta el palomar:
-Porque el ratoncito se ha caído a la olla y la ma­riposita le gime y llora y el pajarito como buen pa­jarito, se ha cortao el pico, y la paloma como buena paloma, se ha cortao la cola, y yo como buen palo­mar, me arruino.
Y dice entonces la fuente:
-Pues yo como buena fuente, dejo mi corriente.
Entonces los niños que venían a por agua le dicen a la fuente:
-Fuente, ¿por qué dejas tu corriente?
Y la fuente contesta:
-Porque el ratoncillo se ha caído a la olla y la ma­riposita le gime y le llora y el pajarito como buen pajarito, se ha cortao el pico, y la paloma como bue­na paloma, se ha cortao la cola, y el palomar como buen palomar, se ha arruinao, y la fuente como bue­na fuente, dejo mi corriente.               
Y dicen entonces los niños:
Pues nosotros como buenos niños, rompemos los cantarillo y nos vamos a casa.
Y se encuentra los niños con la reina y les dice:
-Niños, ¿por qué habéis roto vuestros cantarillos?
Y los niños la dicen:
-Porque el ratoncillo se ha caído a la olla y la ma­riposita le gime y le llora y el pajarito como buen pajarito, se ha cortao el pico, y la paloma como bue­na paloma, se ha cortao la cola, y el palomar como buen palomar, se ha arruinao, y la fuente como bue­na fuente, ha dejao su corriente, y nosotros como buenos niños, hemos roto nuestros cantarillos y nos vamos a casa.
Y dice entonces la reina:
-Pues yo como buena reina, me quito la mantequilla blanca y te has puesto la negra?
Y contesta la reina:
-Porque el ratoncillo se ha caído a la olla y la ma­riposita le gime y le llora y el pajarito como buen pajarito, se ha cortao el pico, y la paloma como bue­na paloma, se ha cortao la cola, y el palomar como buen palomar, se ha arruinao, y la fuente como bue­na fuente, ha dejao su corriente, y los niños como buenos niños, han roto sus cantarillos y se han ido a casa, y yo como buena reina, me he quitao la mantilla blanca y me he puesto la negra.
Y dice entonces el rey:
-Pues yo como buen rey, me quito los pantalones y me quedo en calzoncillos y echo a correr.

63. Cuento popular

Fuente: Aurelio M Espinosa

003. España

La gaita que hacía a todos bailar

45. Cuento popular

Un hombre tenía tres hijos. Los dos mayores eran más listos que el menor, y por eso siempre le hacían burla. Por fin dijo el padre:
-Ya que este hijo mío no sirve pa nada, he pen­sao ponerlo de pastor.
Y lo pusieron de pastor.
Y ya hacía un año que estaba guardando ovejas, cuando encuéntrase con una vieja que le dice:
-Hombre, ¿qué hace usté aquí de pastor de ovejas?
Y ya le dijo el muchacho:
-Pues verá usté, que mis hermanos no me quie­ren y mi padre me puso de pastor.
-Y, ¿qué tal te encuentras? ¿Tienes buen amo y bastante que comer? -le preguntó la vieja.
-Sí, sí -respondió el muchacho. Tengo un amo muy bueno y me dan bien de comer.
Y entonces la señora le dijo:
-Pues entonces, ¿qué te hace falta?
-Una gaita.
Y la vieja entonces le dió una gaita. Y ya la vieja se fué y le dejó solo.
Y a poco que se fué la vieja, escomenzó el pastor a tocar la gaita y escomienzan las ovejitas a bailar. Y tocaba más y más, y más y más y con más gato bailaban las ovejas y las cabras. Y así pasaba de día en día. Les tocaba el pastor y bailaban las ovejas y las cabras hasta caer rendidas, y luego se tumbaban a descansar un rato. Y sus oveias y cabras siempre es­taban muy gordas.
Y los pastores de ovejas veían que las ovejas del muchacho estaban siempre gordas, y decían:
-Pero y ¿qué hará ese muchacho pa tener sus ovejas y cabras tan gordas?
Y ya otros pastores que sabían que bailaban, le di­jeron al amo que su pastor tenía una gaita que cuan­do la tocaba, las ovejas y cabras bailaban junto con él. Y el amo no lo quiso crer, y vino ande estaba el pastor y le dijo:
-Buenas tardes. ¿Por qué están las ovejas echa­das?
-Descansan -le dijo el pastor.
-Y ¿es verdá que bailan las ovejas?
-Sí, señor; bailan en cuanto yo les toco la gaita.
-A ver, a ver -le dijo el amo.
Y el muchacho se puso a tocar la gaita, y se fue­ron levantando todas las ovejitas y cabras y esco­menzaron a bailar de gusto. Y el pastor escomenzó a bailar también. Y tocaba más el pastor, y las ovejas y cabras baila que baila. Y el amo de gusto escomen­zó a bailar también, hasta que ya estaban todos bai­lando, amo, pastor, ovejas y cabras. Y el pastor ven­ga a tocar, y el amo venga a bailar. Y ya cuando el muchacho se aburrió de tocar la gaita, se tumbó a descansar, y así hicieron las ovejas y las cabras y el amo.
Y ya fué el amo y se lo dijo a su mujer. Y la mu­jer le dijo:
-Anda, no vengas con embustes. ¿Ande se han visto ovejas y cabras que bailan?
-Si no lo crees, anda a ver y verás que es verdá. Yo mismo he tenido que bailar. Cuando ese mucha­cho toca la gaita, todos tienen que bailar.
Y ya dijo la mujer:
-No lo creo, pero voy a ver si es verdá.
Y ya llegó ande estaba el pastor con las ovejas y cabras y le dijo que tocara la gaita. Y escomenzó a tocar la gaita, y se alevantan las ovejas y cabras en seguida y escomienzan a bailar. Y ya escomenzó la ama a bailar también. Y el pastor venga a tocar la gaita, y la ama venga a bailar. Y estuvieron todos bailando hasta que el pastor se aburrió y todos se tumbaron a descansar, la ama, el pastor, las ovejas y las cabras. Y cuando ya la mujer descansó, se fué pa su casa.
Y cuando llegó a su casa, le dijo su marido:
-Bueno, y ¿qué tal? ¿Han bailao las ovejas?
-Han bailao las ovejas y cabras y yo con ellas -le dijo la ama. Cuando ese pastor toca la gaita, todos tienen que bailar.
-Ya yo te lo decía -le dijo el amo.
Y ya decidieron los amos despedir al pastor porque siempre tenía a las ovejas y cabras y a todo el mundo bailando. Y las ovejitas y cabras se murieron todas de sentimiento, de ver que ya nadien les tocaba.
Y el muchacho se fué entonces pa su casa con su padre. Y cuando le contó lo que le había pasao, los dos hermanos mayores empezaron a hacerle burla. Y el padre dijo:
-Este muchacho pa nada sirve. Mejor es que se quede en casa y vosotros tendréis que trabajar pa vivir.
Y al día siguiente, envió el padre al hijo mayor a vender manzanas al pueblo. Y en el camino se en­contró con una vieja que le preguntó:
-¿Qué vendes?
Y él le respondió:
-Vendo ratas.
Y la vieja le dijo:
-Pues ratas se te volverán.
Y llegó el muchacho al pueblo y cuando iba a sa­car manzanas pa venderlas, no salían más que ratas. Y ya le dieron una paliza al muchacho, y se fué pa su casa.
Y al día siguiente, envió el padre al hijo segundo al pueblo a vender naranjas. Y en el camino se en­contró con la misma vieja que le dijo:
-¿Qué vendes?
Y él le dijo:
-Pájaros.
Y la vieja le dijo:
-Pues pájaros se te volverán.
Y cuando el muchacho llegó al pueblo y fué a abrir la cesta de naranjas, salieron volando unos pájaros y no quedó nada. Y ya el pobre se volvió pa su casa muy desconsolao.
Y entonces el hijo menor le dijo a su padre:
-Padre, yo quiero ir ahora al pueblo. Envíeme a mí y verá como me va bien.
Y los dos mayores se reían de él y decían:
-¡Qué vas a hacer tú, tonto! Si a nosotros nos ha pasao mal, a ti te irá peor.
Pero el padre le dejó ir y le dió una cesta de uvas pa vender en el pueblo. Y en el camino el muchacho se encontró con la misma vieja y le preguntó:
-¿Qué vendes?
Y él le respondió:
-Vendo uvas. ¿Quiere usté unas?
Y ella le contestó:
-No, gracias. Muchas uvas venderás.
Y llegó el muchacho al pueblo a vender sus uvas, y cuantas más vendía, más había en la cesta. Y es­tuvo vendiendo hasta que ya llenó muchos talegones de dinero, y se fué con ellos pa casa de su padre. Y por el camino iba tocando la gaita, que todavía tenía, y se encontró con la vieja que le dijo:
-No toques la gaita, hijo, hasta que no llegues a casa.
Y llegó el muchacho a su casa y salieron los dos hermanos y el padre a recibirlo. Y el padre decía:
-Otra, por cierto. Ya se habrá metido este tonto en otra.
Y llegó el muchacho y les dijo:
-Traigo muchos reales, padre, tantos, que se pe­gan a la cesta y no se pueden salir. Y otros traigo en taleguillos, que tampoco se pueden sacar.
Y dijo el padre:
-Pues, ¿cómo nos vamos a arreglar pa sacar el di­nero de la cesta y de los taleguillos?
-No se apure usté, padre -le dijo el chico. Ya verá usté.
Y escomenzó a tocar la gaita, y escomenzaron a sa­lir bailando las perras y los reales de la cesta y de los taleguillos. Y así estuvo tocando la gaita hasta que salió todo el dinero y quedaron ricos.
Conque con eso, ya sus hermanos le querían mu­cho. Y el padre les dijo:
-Ahora vamos a hacer una casa con este dinero.
Y hicieron una casa muy bonita, con el dinero. Y la hicieron tan bonita, que no les quedó nada dinero, y les dijo el padre:
-Pues ahora tenemos que salir por el mundo alan­te a hacer la vida.
Y los hermanos mayores, como que siempre esta­ban con la envidia, se fueron solos y el menor se fué con el padre por otro lao.
Y el menor y el padre se fueron por los pueblos vendiendo aceite. Y vendieron todo el aceite y siem­pre por el aceite cobraban güevos. Y de contento que estaba, el chico le dijo a sa padre:
-Padre, ya que hemos vendido todo el aceite y traemos tantos güevos, voy a tocar la gaita.
Y escomenzó a tocar la gaita, y escomenzaron los güevos a bailar en las cestas. Y el padre le dijo:
-¡Por Dios, hijo, que no toques la gaita! ¿No ves que los güevos bailan y se van a romper todos?
-No se apure usté, padre -le dijo el hijo.
Y seguía tocando la gaita, y los güevos a bailar en las cestas.
-No, hijo, no toques, que se rompen.
-No se apure usté, padre, que no se rompen.
Y venga a tocar la gaita, y vengan a bailar los güe­vos, hasta que también el padre y el hijo escomenza­ron a bailar. Y así estuvieron bailando el padre y el hijo y los güevos en las cestas, hasta que el mucha­cho se aburrió.
Y ya llegaron a casa. Y tanto eran los güevos que había en las cestas, que no los podían sacar. Y dijo el padre:
-Pero ahora, ¿cómo nos arreglaremos pa sacar tantos güevos de las cestas?
Y el muchacho escomenzó a tocar la gaita, y los güevos escomenzaron a salir de las cestas hasta que salieron todos. Y el muchacho decía:
-Con esto ya nos podemos ganar la vida.
Y ya se fueron a vender los güevos. Y cuantos más vendían, más salían de las cestas, y se hicieron ricos.
Y después los dos hermanos mayores volvieron y no trajeron nada. Volvieron más pobres que nunca. Y de envidia que le tenían al menor, le quitaron la gaita. Y ya al menor no le hacía falta porque ya estaban ricos él y su padre. Y salieron ellos con la gaita tocando pa ver si se hacían ricos ellos también. Pero no pasaba nada. La gaita sólo al chico le servía.

Fuente: Aurelio M Espinosa

003. España

La bruja en forma de galga .049

Estaba un bisabuelo mío arando y vió entrar una mujer en un arroyo, en una quebrantada que llama­mos aouí. Y se fijó que había entrao una mujer y salía una galga. Tuvo la curiosidad de ir a la que­brantada y halló el hatillo de la mujer recogido entre una junquera.
Y a la postura del sol, se presenta la mujer en forma de galga y viene derecha a la quebrantada donde había dejao el hatillo de ropa y se encuentra que no había nada. Y se fué derecha a donde estaba el labrador, que era mi bisabuelo.
Y el hatillo de ropa lo había colgado él de la cos­tilla del yugo del ganao. Y ella se tiraba a ver si podía arrancar el hatillo de donde estaba colgao. Y el ganao sudaba cada pelo una gota y no querían arar. Y dice entonces mi bisabuelo:
-¡Carajo! ¿No queréis arar? ¡Pues a casa, pero con el hatillo colgao!
Echó la ropa y se vino a casa. Y al llegar a un término que llamamos el Huerto Raso, se presenta una mujer en cueros -de galga se volvió en mujer­- y le dice:
-Señor Silvestre, déme usté la ropa, que no le haremos daño ni a usté ni a su familia.
Y la dice mi bisabuelo:
-Tienes que decirme donde habéis estao.
Y le respondió la mujer:
-Pues hemos estao a acabar de chupar las caña­das de la hija de un médico.
-Pues si no vais a darla la saluz, no te doy la ropa.
-Pues ya no podemos. Haga usté lo que quiera. Ya no puede ser el darla la saluz.
Y mi bisabuelo le dió la ropa.
Y se terminó el cuento.

49. Cuento popular

Fuente: Aurelio M Espinosa

003. España

La asadura del muerto .050

Éste era un matrimonio. Y vivían cerca del cemen­terio y no tenían qué comer. Y una noche fué la mujer y desenterró un muerto y le sacaó la asaúra y la asó. Y cuando llegó el marido, se la puso en la mesa con patatas.
Conque cenaron y no pasó nada. Y luego después de cenar, se acostaron. Y cuando ya estaban en la cama, se oyó una voz que dijo:

¡Dame mi asaúra dura
que me sacaste de la sepultura!

Y la mujer gritó:
-¡Ay, maridito mío! ¿Quién será?
Y el marido le contestó:
-¡Cállate, remonona, que ya se irá!
Pero la voz le dijo entonces:

-¡No me voy,
que en la puerta de la sala estoy!

Y la mujer, más espantada, le gritó a su marido:
-¡Ay, maridito mío! ¿Quién será?
Y el marido le dijo otra vez:
-¡Cállate, remonona, que ya se irá!
Y la voz contestó:

-¡No me voy,
que debajo de la cama estoy!

La mujer entonces se agarró de su marido y em­pezó a gritar:
-¡Ay, maridito mío! ¿Quién será?
Y el marido le decía:
-¡Cállate, remonona, que ya se irá!
La voz entonces dijo:

-¡No me voy,
que encima de la cama estoy!

La mujer estaba ya casi loca de espanto, y gritaba:
-¡Ay, maridito mío! ¿Quién será?
Y el marido le dijo:
-¡Cállate, remonona, que ya se irá!
Pero entonces dijo la voz:

-¡No me voy,
que agarrándote de los pelos estoy!

Y agarrando a la mujer de los pelos, el muerto se llevó a la mujer al cementerio, la mató y le sacó la asaúra y se la puso y se enterró otra vez.

50. Cuento popular

Fuente: Aurelio M Espinosa

003. España

La ahijada de san pedro .047

47. Cuento popular

Eran dos ancianos que no habían tenido familia. Y siempre le rogaban a San Pedro que les diera una hija. Y al fin, ya de viejos, les dió Dios una hija. Y vino San Pedro a verlos y lo convidaron de padrino. Y le pusieron Pedro, como el padrino.
Y cuando ya la chica estaba grande, murió el padre y tuvo que salir a servir. Y la madre no sabía cómo vestirla. No la vestían de mujer porque no pegaba con el nombre que tenía. De manera que la madre la vistió de hombre, y se marchó a servir.
Y apenas había salido de su casa, cuando le salió San Pedro al encuentro y la dirigió a un palacio. Y se dirigió la chica al palacio y llegó y llamó en la puerta. Y salió una criada y la chica la dijo que si querían un criao. Y ya subió la criada y dijo que había un chico a la puerta que decía que si hacía falta un criao, y le dijon que subiera. Y subió y le gustó a la reina y se quedó de criao en el palacio.
Y ya se llegó el tiempo que el rey tuvo que irse a la guerra. Y en ese medio tiempo la reina se enamo­ró de Pedro, creyendo que era hombre. Y una noche fué tres veces a la cama de Pedro, pero Pedro le dijo que no, que no podía ser, que ella era la reina y él no era más que su criao. Y entonces la reina le envió a decir al rey que necesitaba varón, que se viniera pronto. Y vino el rey y le dijo ella:
-Hay que matar a Pedro. Tres veces bajó a mi cama y hay que matarlo.
Y fué el rey y mandó llamar a Pedro y le dijo que lo iba a matar, pero que no lo mataría si le traía un anillo que se le había caído en la mar. Y se fué Pedro llorando, sin saber qué hacer, cuando se le apareció San Pedro y le preguntó por qué estaba tan triste. Y cuando Pedro le contó lo que le pasaba, San PQdro le dió un pito y le dijo:
-Toma este pito y te vas a la orilla del mar y lo tocas, y saldrá un pececito con el anillo en la boca.
Y se fué Pedro con el pito y cuando llegó a la orilla de la mar, empezó a tocarlo y en seguida salió un pececito con el anillo en la boca. Y fué Pedro y le entregó el anillo al rey. Pero el rey le dijo:
-Para que no te mate, tienes que traerme una hija muda que se robaron los ladrones:
Y se fué el chico muy triste a ver si se encontraba con San Pedro. Y le salió San Pedro al encuentro y le preguntó por qué estaba tan triste. Y le contó Pedro lo que le pasaba, y San Pedro le dijo:
-No te apures por nada. Tú vas a la casa de los ladrones y te pones a la puerta. Cuando dan las doce, las puertas se abren y a la repetición se cierra. Entonces entras y coges a la muda y la sacas antes de que dé la repetición.
Y así lo hizo Pedro. Fué y se puso a la puerta, y al momento que dieron las doce, se abrieron las puer­tas. Y entró a escape y cogió a la muda, y salió antes de que diera la repetición. Y al cerrarse las puertas, la muda pegó un grito, y en el camino pegó otro grito, y al entrar en el palacio, otro.
Y llegó Pedro con ella y se la entregó a la reina; pero la reina dijo que no, que tenían que matarle. Pero dijo el rey que no le mataban, si dividía esa noche tres fanegas de trigo, tres de cebada y tres de cente­no para las tres de la mañana.
Y salió Pedro y se puso a llorar. Y llegó San Pedro y le preguntó por qué lloraba. Y ya le conté Pedro lo que le pasaba. Y San Pedro le dijo:
-Pide que te den una silla pa la habitación donde te encierren, y te tumbas a dormir.
Y así lo hizo Pedro. Pidió una silla y la llevó a la habitación donde lo iban a encerrar con las tres fanegas de trigo, las tres de cebada y las tres de centeno. Y cuando lo encerraron, se tumbó a dormir.
Y a la una de la mañana se asomó la reina y se puso muy contenta porque vió que todavía Pedro no dividía nada y que lo iban a matar. Y al dar las dos y media, se asomó otra vez, y más contenta se puso cuando vió que Pedro estaba tumbao en la silla durmiendo y nada había hecho y de seguro lo iban a matar. Y al dar las tres, se asomó otra vez la reina y vió que todo el grano estaba dividido y Pedro esta­ba sentao en la silla.
Y ya fueron a ver si Pedro había dividido todo aquel grano, y al ver que todo lo había dividido, se que­daron asombraos.
Pero la reina todavía no estaba satisfecha y dijo que no, que le iban a matar, y que tenía que ponerse él solo en la horca pa que le ahorcaran.
Y subió Pedro a la horca. Y al ponerse él solo la horca, se le apareció San Pedro, y le dice Pedro:
-Yo de ésta no me desenredo.
Y San Pedro le dijo:
-No temas, que nada te pasará.
Y ya se pusieron a un lao el verdugo y a otro el rey y la reina, y pidió Pedro que le dejaran hablar tres palabras. Y le dijon que las dijera, y le dijo a la muda:
-Di, Ana, ¿por qué pegaste el grito al salir de Granada?
Y Ana, la muda, dijo:
-Porque mi madre bajó tres veces a la tu cama.
Y todos se quedaron asombraos. Y le dijo entonces Pedro:
-Di, Ana, ¿por qué pegaste otro grito en medio del camino?
Y la muda contestó:
-Porque San Pedro es tu padrino.
Y más asombraos quedaron todos. Y ya faltaba to­davía la tercera palabra, y dijo Pedro:
-Di, Ana, ¿por qué pegaste otro grito al entrar en el palacio?
Y contestó la muda:
-Porque eres hembra y no macho.
Y tan asombraos quedaron todos, que por largo rato guardaron silencio. Y después de volver de su asombro, el rey mandó matar a la reina y se casó con Pedro, que era una muchacha muy guapa.
Y ellos se quedaron allí, y a mí me enviaron aquí a que te lo contara a ti.

Fuente: Aurelio M Espinosa

003. España

Gorda, flaca y sostra


56. Cuento popular

Éstas eran tres cabritas que iban todos los días a comer a un ribazo, y un día se encontraron al lobo. Y el lobo les dijo:
-Cabritas, os voy a comer.
Y las cabritas le dijeron:
-No, amigo lobo, no nos comas, que vamos a co­mer a un ribazo, y cuando volvamos, estaremos muy gorditas y entonces nos comes.
El lobo dijo que estaba güeno. Y las cabritas ya no volvieron al monte por tres meses. Y cuando iban ya pa el ribazo, encontraron otra vez al lobo. Y les dijo el lobo:
-Ahora sí os voy a comer.
-Y las cabritas le dijeron:
-No, amigo lobo, no nos comas, que nosotras no somos las del otro día.
Y el lobo les preguntó:
-Pues, ¿cómo os llamáis?
Y ellas respondieron:
-Nos llamamos Gorda, Flaca y Sostra.
Y el lobo dijo entonces:
-Es verdá; no sois las del otro día.
Y se escaparon las cabritas, y el lobo se quedó esperando a las otras.
Ya fueron a los dos meses las cabritas al mismo monte a comer, y otra vez encuéntranse al lobo. Y el lobo les dijo:
-Ya no me engañáis, embusteras, que ahora sí os voy a comer.
Y las cabritas, muy sorprendidas, dijeron:
-Pero hombre, si nosotras no le hemos engañao a usté, señor lobo. Si nosotras no somos las del otro día.
-Pues, ¿cómo os llamáis? -les preguntó el lobo.
-No nos acordamos -dijeron las cabritas.
-Yo sí me acuerdo -dijo el lobo. Os llamáis Gorda, Flaca y Sostra.
Y como a ese tiempo llegaba el amo con dos galgos, las cabritas echaron a correr, y le gritaron al lobo:

-Sí, nos llamamos Gorda, Flaca y Sostra
Y tú, alza el rabo y sopla.

Fuente: Aurelio M Espinosa

003. España

Estrellita de oro


38. Cuento popular

Éstos eran un rey y una reina que tenián una sola hija. Y se murió la madre y se volvió a casar el rey. Y todo iba muy bien hasta que la nueva reina tuvo una hija. Desde entonces la madre reina ya no quiso a la primera y comenzó a maltratarla. Y cuando ya creció la hija de la nueva reina, más mal trataban a la primera. La enviaban a lavar la ropa, a por agua a la fuente y a hacer otros quehaceres, y la hija de la reina se quedaba en casa y no hacía nada.
Conque un día envió la madrastra a la muchacha a lavar y le dió ropa llena de tizne, una cortecilla de jabón y un puchero de sopa. Y le dijo la madras­tra:
-Tienes que traer la ropa mu blanca, mu blanca, dos libras de jabón y el puchero lleno de sopa.
Y salió la muchacha muy triste y se encontró con una agüelilla, que era la Virgen. Y le dice la Virgen:
-¿Por qué vas tan triste?
Y la muchacha le contesta:
-Mire usté, que me ha enviao mi madrastra a la­var estas ropas al río y están llenas de tizne, y me ha dao esta cortecilla de jabón pa lavarla y este pu­chero de sopa pa comer. Y me ha dicho que vuelva con la ropa nm blanca, mu blanca, con dos libras de jabón y con un puchero lleno de sopa.
Y la Virgen le dice:
-Pues mira; no te apures. Toma esta cesta y mete en ella la ropa y el jabón, y cómete la sopa y después mira pal cielo.
Y así lo hizo la muchacha. Y cuando miró pal cie­lo, le cayó una estrellita de oro en la frente. Y lue­go fué a ver la cesta y la ropa estaba ya blanca, mu blanca y había dos libras de jabón. Y fué y se comió el puchero y en seguida se volvió a llenar.
Conque cogió todo la muchacha y se marchó pa su casa. Y cuando la madrastra la vió, le dijo:
-¿Has hecho lo que te he dicho que hicíeras?
Y le entregó la muchacha todo. Y cuando le vió la estrellita en la frente, le preguntó cómo había si­do eso. Y ya le contó la muchacha como la agüelilla le había dao todo eso y que le había dicho que mirara pal cielo y le había caído la estrellita de oro.
Conque la madrastra envidiosa entonces llamó a su hija y le dice:
-Ahora vas tú a lavar al río y llevas lo que la otra pa que vuelvas tú también con una estrellita de oro en la frente.
Y fué su hija con lo mismo que la otra. Y la en­contró la agüelilla y por envidiosas que eran ella y su madre, Dios las castigó. La Virgen le dijo que metie­ra toda la ropa y el jabón y el puchero en la cesta yy que mirara pal cielo. Y así lo hizo la muchacha. Y miró pal cielo y le cayó un rabo de burro en la frente. Y cuando fué a sacar la ropa de la cesta, la encontró negra, negra, el puchero estaba vacío y no había jabón. Y así se marchó a su casa con el rabo de burro en la frente.
Cuando llegó a casa, la madre se puso muy fu­riosa y más y más maltrataba a la otra. Y la gente le decía Rabo de Burro y a la otra Estrellita de Oro. Y la madrastra metió a Estrellita de Oro en la ceni­cera pa limpiar la cocina y sacar las cenizas. Y cuan­do llegó el domingo, dejaron a Estrellita de Oro en la cenicera y la madre y Rabo de Burro fueron a misa en coche. Y a pesar de que tenía un rabo de burro en la frente, la madre la vestía siempre mu bien pa que no pareciera tan fea. Y la gente decía:
-¡Riao, riao, riao! ¡Estrellita de Oro en la ceni­cera está! ¡Y Rabo de Burro en el coche va!
Conque ya una vez tuvo que ir el padre a un viaje mu largo. Y fué y les preguntó a sus hijas qué querían que les trajera. Y la Rabo de Burro dijo que ella que­ría un traje muy bonito, un sombrero de plumas y unos zapatos. Y Estrellita de Oro le dijo a su padre que todo lo que ella quería era que le trajera una varillita del primer árbol que encontrara.
Y se marchó el rey y lo primero que vió al salir fué un árbol y se apeó y cortó una varillita pa su hija. Y ya llegó a una ciudá y allí compró el traje, el sombrero y los zapatos pa la otra. Y volvió y les dió a sus hijas lo que le habían pedido.
Cuando unos días después, dió un rey vecino un baile porque era soltero y quería buscar novia. Y la madrastra fué y vistió a Rabo de Burro mu elegantepa que fuera al baile. Y a Estrellita de Oro le echó lantejas en las cenizas y le dijo que las limpiara. Y la dejaron en la cenicera y se fueron al baile en un coche mu rico.
Y la Estrellita de Oro cogió entonces su varillita, que era una varillita de virtú que la Virgen le envia­ba, y fué y dijo:
-¡Pajarillos, pajarillos, veniz a ayudarme!
Y vinieron muchos pajarillos y le limpiaron las lantejas en un momento. Y entonces le pidió la Estre­llita de Oro a la varillita de virtú un vestido inu rico de plata, de oro y de encajes y unos zapatos de oro pa ir al baile. Y se salió por la chimenea y se fué al baile tan campante en un coche muy elegante.
Y llega al baile y sale en seguida el rey a bailar con ella. Y venga a bailar y venga a bailar el rey con ella. Y se enamoró de ella y le dijo que si quería casarse con él. Y Estreliita de Oro sólo le decía cue más tarde le contestaría. Y Rabo de Burro y su madre, muertas de envidia, sin conocerla.
Y cuando ya era tarde, dijo Estrellita de Oro que tenía que irse. Y el rey montó en su coche y la acom­pañó a la puerta de su casa. Y en el camino ya le dió ella promesa de casamiento y ya eran novios, y dijo ella que vendría otra vez al baile. Y en seguida cuando llegó a su casa, le dijo a su varillita de virtú que la volviera como antes, y otra vez se víó en la cenicera.
Y ya llegaron Rabo de Burro y su madre del baile y decían:
-¡Ay, qué muchacha más bonita estaba en el baile! ¿Quién será? ¿Quién será? Y venga a bailar y venga a bailar con el rey toda la noche. ¿Quién será? ¿Quién será?
Y contestaba Estrellita de Oro:
-Mas si sí, más si no, ¿sí sería yo? Mas si sí, más si no, ¿si sería yo?
Y le decía la madrastra:
-¡Anda, gorrina, qué has de ser tú!
Y ya se llegó la segunda noche de baile y otra vez vistió la madre a Rabo de Burro mu elegante y se marcharon pal baile. Y a la Estrellita de Oro le echaron otra vez lantejas en las cenizas y le dije­ron que las limpiara. Y cogió ella su varillita de virtú y llamó otra vez a los pajarillos a que le ayu­daran a limpiar las lantejas:
-¡Pajarillos, pajarillos, veniz a ayudarme!
Y en seguida vinieron y le limpiaron las lantejas. Y le pidió entonces a la varillita un traje de oro y de plata y de los colores de todas las flores del mundo. Y se fué al baile en un coche más elegante que la noche primera.
Y el rey ya la estaba esperando porque ya eran novios. Y al momento que llegó, la sacó a bailar. Y venga a bailar y venga a bailar toda la noche con ella otra vez. Y ya muy tarde, dijo ella que tenía que irse a su casa, que otra noche vendría otra vez. Y el rey la acompañó a su casa. Y cuando llegó, le pidió a su varillita de virtú que la pusiera como antes. Y cuando llegaron las otras, hallaron a Estrellita de Oro en la cenicera y todas las lantejas ya limpias co­mo antes. Y otra vez decían:
-¡Ay, qué guapa estaba esta noche la princesa! ¿Quién será? ¿Quién será?
Y contestaba Estrellita de Oro:
-Mas si sí, más si no, ¿si sería yo? Mas si sí, más si no, ¿si sería yo?
Y la madrastra, llena de envidia, le decía:
-¡Cállate, gorrina! ¡Qué has de ser tú!
Otro día, cuando se llegó la noche, vistió la reina a Rabo de Burro más elegante que nunca y se mar­charon al baile. Y a Estrellita de Oro le echaron otra vez las lantejas en las cenizas pa que las lim­piara. Y luego que se marcharon, llamó otra vez a los pajarillos:
-¡Pajarillos, pajarillos, veniz a ayudarme!
Y vinieron en seguida y se las limpiaron. Y le pi­dió entonces a su varillita de virtú un traje más rico y más precioso que los otros y de campanillas de oro y de plata que fueran sonando. Y se vistió y se mar­chó al baile en un coche tirao por seis caballos blancos.
Y el rey ya la estaba esperando y en seguida la sacó a bailar. Y venga a bailar y venga a bailar con ella toda la noche. Y la llevó al comedor a comer y Rabo de Burro y su madre, llenas de envidia. Y se descuidó y se estuvo mu tarde en el baile, y cuando le dijo al rey que ya tenía que marcharse, echó a correr y se le salió un zapato y el rey lo cogió. Y se marchó ella sola esa noche pa su casa. Y llegó y la varillita la puso como estaba antes.
Y llegaron otra vez aquéllas a casa y decían:
-¡Ay, pero y qué guapa estaba la princesa esta noche! ¿Quién será? ¿Quién será? Y al salir del baile se le perdió un zapato y lo cogió el rey. Y dice el rey que se casa con la dueña de ese zapato. ¿Quién será? ¿Quién será?
Y contestaba Estrellita de Oro:
-Mas si sí, más si no, ¿si sería yo? Mas si sí, más si no, ¿si sería yo?
-¡Callate, tú, gorrina sucia! ¡Qué has de ser tú! -le decía la madrastra.
Otro día salió el rey por el pueblo donde vivía la reina, buscando a la muchacha que le viniera el za­pato de oro. Y por todas las casas iba el rey con el zapato y una se cortaba un dedo y otra dos, pero a ninguna le venía el zapato.
Y ya llegaron a la casa de la reina y fué Rabo de Burro y se cortó medio pie, pero ni así le vino el zapato. Y entonces preguntó el rey si había otra mu­chacha en la casa. Y contestó la reina que no, que sólo quedaba la que estaba en la cenicera, pero que ésa era mu fea y mu sucia. Y dijo el rey que la llamaran. Y cuando fueron a llamarla, salió Estre­llita de Oro vestida con su traje de oro y plata y de campanillas y con solo un zapato de oro. Y el rey al verla, la reconoció y le puso el otro zapato, que le vino perfectamente. Y se la llevó a su palacio y se casó con ella. Y a la madrastra y a la hermana las perdonó.
Y fueron mu felices y comieron muchas perdices y a mí me dieron con los güesos en las narices.

Fuente: Aurelio M Espinosa

003. España