Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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lunes, 3 de septiembre de 2012

Las cosas de casa


Érase una vez una niña que vivía con sus padres y su mascota. Un día al salir de casa, cerraron la puerta de la calle y la televisión empezó a hablarle a las estanterías del salón.
"Que aburrimiento, a mi me tienen todo el día encendida" -dijo la televisión.
"Pues tu no te quejes" -dijo la estantería "a mi me tienen llena de libros y nunca me quitan el peso de encima".
"Pues anda que a mi" -dijo el sofá "yo tengo que estar aguantando su peso y sus brazos".
"Yo, que soy una mantita, tengo todo el día al perro encima".
"Y nosotros" -dijeron las cintas de vídeo "tenemos que estar siempre una encima de la otra".
"Pues yo" -dijo la estantería de la televisión "tengo que estar soportando a la señora televisión que siempre se calienta y hace mucho ruido".
El frigorífico dijo "yo tengo que estar abriendo y cerrando todo el día la puerta y se me escapa el frío".
En fin, nadie estaba contento con su papel en la casa. Así que decidieron cambiar sus puestos, el sofá quería ser la nevera y se puso encima toda la comida; las tres estanterías de libros querían ser cada una un sofá y se tumbaron en el suelo; la estantería de la televisión quería ser la cama del perro; la televisión quería ser la estantería de los libros y se puso todos los libros encima; las cintas de vídeo se metieron en la nevera y la manta del perro que quería ser cuadro se puso en la pared.
Cuando llegó la familia a su casa se encontraron todo patas arriba y se pusieron a chillar: "¡Que escándalo es este!, ¿quien ha hecho todo esto?"
La familia salió horrorizada de la casa y llamaron por teléfono desde una cabina a la policía. Cuando llegó la policía y entraron con la familia a la casa, se encontraron todos los muebles en su sitio. La policía regañó a la familia diciendo: "la policía no tiene tiempo para bromitas". La familia se quedó alucinada.
Al día siguiente, pasó exactamente igual, todos los muebles de la casa habían cambiado de sitio y su trabajo era otro.
Al tercer día, cuando se iban a ir, la madre fue la última en salir. Cerró la puerta de un portazo y se quedó dentro de la casa. Vio como los muebles se ponían a hablar, pero antes de que pudieran moverse de su sitio, dijo: "quietos, que nadie se mueva". Los muebles se quedaron asombrados, los habían pillado.
"Quiero hablar con vosotros un momento, antes de que hagáis el loco" -dijo la madre "¿Porque todos los días os cambias vuestros puestos?"
Contestaron los muebles "Es un rollo estar haciendo todos los días lo mismo".
Pero la madre les dijo, "para eso estáis hechos".
"Pero vosotros nos tratáis muy mal" -dijeron los muebles "así que no os haremos caso y todos los días estaremos haciendo lo mismo, hasta que aprendáis que a las cosas, por muy inútiles que sean, siempre tienen un corazón".
La madre les pidió perdón e hicieron un acuerdo: "Desde este momento el perro, mi hija, mi marido y yo os trataremos con cuidado y cariño".
Y así cuando los muebles vieron que no les trataban con indiferencia decidieron estar en paz y ser todos felices.

999. Anonimo

La zorra y la gata


La zorra era conocida por su presunción y su gracia. Participaba en todos los bailes del bosque dándose mas importancia que una princesa.
Un día encontró una gata que le dijo admirada: ¡Oh, querida zorra! ¿Que haces para ser tan lista? Me gustaría tanto poder ser así. La zorra casi reventó de orgullo.
-Quién no lo consigue es solo por estupidez -dijo con soberbia. No sabes hacer nada especial, ¿gata inútil?
-¡Oh, no! respondió la gata. Ya es bastante si consigo subirme a un árbol cuando veo un perro.
-Entonces estupendo -sonrió la zorra.
Yo tengo un montón de recursos, engaños e ideas geniales para cada uno de los perros que encuentro. ¡Ven conmigo!
En ese momento, llegaron al bosque unos cazadores con sus perros, y las cosas se pusieron muy feas. Sin pensarlo dos veces, la gata se subió de un salto al árbol; .
Pero los perros se abalanzaron sobre la zorra presuntuosa y la mataron.
-Te han dejado bastante apanada, señora zorra -maulló la gata. Mi único y modesto recurso valía mas que todo un ingenio.

 999. Anonimo

La vendedora de fosforos


La víspera de Año Nuevo todo el mundo transitaba con prisas sobre la nieve para refugiarse al calorcito de sus hogares. Sólo la pequeña vendedora de fósforos no tenía dónde ir, y pregonaba incansable su modesta mercancía.
No podía volver a la casa de su madrastra porque todavía no había vendido todos sus fósforos. Miró a través de una ventana iluminada y pensó que sería maravilloso estar con esos niños que habían adornado aquel árbol navideño.
-Quiere usted fósforos, señor?, preguntó a un caballero que pasó a su lado.
-No, gracias. Además, con este frío sacar las manos de los bolsillos no debe ser muy agradable, respondió el hombre, marchándose muy deprisa.
La nieve empezó a caer con mas fuerza y la vendedora se refugió en un portal. Y como el frío era muy intenso, encendió uno de los fósforos para calentarse las manos. En medio de aquella luz, se le apareció un árbol navideño.
CUANDO el fósforo se apagó, el árbol se desvaneció. Al encender otro vio en el círculo de la llama la figura de su madre, que estaba en el Cielo.
-Mamá, mamá, ¿por qué no me llevas contigo?. Le gritó la pequeña vendedora.
Sonriendo, su madre le cogió la mano y le invitó a subir por una larguísima escalera de nubes. A pesar de eso, la niña no sintió cansancio alguno ni la fría caricia del viento. Nuestra amiga era feliz por estar junto a su madre.
A la mañana siguiente, los transeúntes encontraron a la pequeña vendedora de fósforos en el portal, como dormida. Su alma había volado al Cielo.
A la mañana siguiente el pueblo descubrió, al pasar, a la vendedora de fósforos, acurrucada y muerta, en un portal.
-Pobre niña... Ha intentado calentarse las manos con sus fósforos, dijo alguien.
Lo que todos ellos ignoraban era que la vendedora de fósforos había encontrado la felicidad. Ahora estaba en el Cielo con su madre, jugando con los angelitos. Y nunca más, nunca más, volvería a pasar frío.

999. Anonimo

La television con olor


RESULTA QUE Franca quería hacer algo porque estaba aburrida. El Tío Chiflete le prestó su diario para que lo mirara.
-Es muy aburrido. Este diario no tiene colores -dijo Franca.
Entonces el tío le prestó una revista.
-Es muy aburrida. Esta revista no se oye.
Entonces el tío le prestó una radio.
-Es muy aburrida. En esta radio no se ve nada.
Entonces el tío le prestó un televisor.
-Es muy aburrido. En este televisor no se huele nada.
Entonces el Tío Chiflete le llevó el televisor al Vecino Inventor para que le pusiera olor. El vecino le dijo que lo fuera a buscar al día siguiente.
Cuando el tío finalmente trajo el televisor, lo prendió y notó que tenía algo de olor. Franca se puso a mirar los dibujitos.
Al rato vino la mamá y dijo:
-¿Qué es ese olor?
-La tele ahora viene con olor, -explicó Franca
-¿qué estás diciendo? ¿cómo es posible? -se asombró la mamá.
-El Vecino Inventor la arregló -dijo el Tío.
-Qué bárbaro, las cosas que se hacen hoy en día. En mis épocas, teníamos la radio y gracias.
-¿Porqué no tenías tele, mamá? -preguntó Franca.
-Porque no se había inventado, -contestó Peta con cara de oler feo. -Me parece que le voy a preguntar al vecino si no le puede bajar un poco el olor. Está muy fuerte.
La mamá fue a lo del vecino y le preguntó como se hacía para bajar el olor.
-¿El qué? -preguntó el Vecino Inventor.
La mamá le explicó lo que pasaba y el Vecino Inventor le contestó que él no le había podido poner olor a la tele. Que la había desarmado y vuelto a armar, dejándola igual que antes.
-Qué raro -dijo la mamá. Entonces le voy a pasar un trapo húmedo.
Al rato Franca le dijo a la mamá:
-¿Sabés que ahora la tele hace pis y caca?
-¿Cómo? -dijo la mamá asombrada. Esto ya pasa de castaño oscuro. Que tenga olor vaya y pase, pero ¡qué haga pis y caca no puede ser!. Tío Chiflete, llamalo al Vecino Inventor por favor. ¡qué barbaridad!. Lo único que faltaba, va a haber que ponerle pañales a la tele.
El Tío Chiflete y el Vecino Inventor desarmaron la tele para ver que pasaba. Llenaron la casa de piezas y tornillos y cablecitos, hicieron un lío bárbaro y discutieron sobre televisores hasta que se hizo de noche. Hasta que por último se encontraron algo raro: ¡Había un ratoncito escondido en el televisor!.
Cuando lo sacaron y limpiaron todo, el olor desapareció.
Tardaron un rato largo en volver a armar todo, y si bien sobraron un par de piezas, anduvo bastante bien.
-Qué lástima -dijo Franca después de mirar un rato.
-Me gustaba más como estaba antes, con olor y ratoncito.

999. Anonimo

La rosa pretenciosa


Érase una vez una rosa muy coqueta y vanidosa que, como veía que todos se detenían ante ella para alabar su belleza, ni siquiera quería hablarles a las otras flores del jardín.
Por la mañana ella amanecía toda cubierta de rocío y luego se iba abriendo lentamente, mostrando uno a uno sus pétalos, creyéndose mejor que las demás.
En eso, una abeja se posó en una hoja de un árbol cercano y viéndola tan engreída le preguntó:
-¿Por qué eres así con las otras flores del jardín? Tú eres sin duda la más bella, pero no eres la más dulce, ¿qué te hace pensar que tú eres la mejor?
La rosa escuchó sin mover una espina y se hizo la desentendida. Porque, pensó ella, quién era esa abeja para pedirle explicaciones. Ella se sentía la reina de las flores y a una reina no se le habla así no más.
La abeja a su vez, al verse ignorada, no insistió, y se fue volando hacia otra flor más agradable.
Al otro día, a una mariposa que revoloteaba por el jardín también le llamó la atención el aíre de superioridad de la rosa y acercándose le preguntó:
-¿Quién eres tú que te estiras y miras con desprecio a las demás flores del jardín?, Tú eres sin duda la más bella, pero no eres la más dulce ¿ qué te hace pensar que eres la mejor?
Otra vez la rosa escuchó sin decir una palabra y la mariposa que no estaba de humor para soportar a una pesada como esa, también se marchó.
Así pasaron los días y la rosa seguía creyéndose la mejor. Las otras flores del jardín murmuraban entre ellas y por supuesto, esa rosa no les caía muy bien.
Yo soy la más bella -se decía la rosa- no hay otra como yo.
Pero entonces, sucedió algo inesperado.La dueña del jardín apareció con unas tijeras en las manos y a esa rosa, que era por cierto la más bella, fue la única que cortó.
Se la llevó adentro de la casa y la puso con un poco de agua en un jarrón. Al poco tiempo, como era de esperarse, la rosa comenzó a marchitarse y sus pétalos se pusieron tristes y empezaron a caerse.
Su belleza desaparecía mientras podía ver a través de la ventana a las otras flores del jardín.
Ellas continuaban perfumando el jardín con sus dulces fragancias y las abejas y las mariposas seguían revoloteando alrededor.
Entonces, la rosa comprendió que su belleza le había traído su desgracia al llamar tanto la atención. Y que a veces es mejor no serlo demasiado, sino que le habría sido mucho más provechoso ser dulce y sencilla como las otras flores del jardín. Porque mientras ella se moría triste y fea en ese jarrón, las dulces flores continuaban gozando del sol y del rocío. Cosas que ella, que se creía la más bella y apreciada, no vería nunca más.

999. Anonimo

La reina mora


Había un rey que tenía un hijo, y cuando éste llegó a la edad casadera, dijo a sus padres:
-Quiero casarme con la mujer más hermosa del mundo. Así es que voy a recorrer el mundo entero hasta encontrarla. Salío del palacio y caminó hasta que llegó a una fuente en donde se detuva a tomar a gua. Al inclinarse a beber el agua, vió que ahí se reflejaban tres naranjas, alzó la vista y notó que de un frondoso naranjo pendían tres grandes y hermosas naranjas.
-Que sabrosas se ven, dijo el príncipe, y diciendo y haciendo, subío al árbol y cortó las tres preciosas naranjas.
Partió la primera, y como por encanto, salió del corazón de aquella naranja una joven muy hermosa, quien al ver al príncipe le dijo:
-Dame pan.
-No puedo, contesto él, -porque no tengo.
-Entonces a mi naranja me vuelvo, dijo la joven, y desa-pareciéndose, la naranja quedó intacta. Partió el príncipe otra naranja y de la fruta salió otra joven mucho más hermosa que la primera.
-Dame pan, le dijo al príncipe.
-No puedo, porque no tengo, le contestó.
-Entonces a mi naranja me vuelvo. La naranja se cerró y quedó como antes.
Se quendó pensativo el príncipe y decidiose ir a conseguir pan por se de la última naranja otra joven aun más hermosa, pidiéndole pan.
Así pensaba el joven, cuando acertó pasar por allí un gitano en su coche.
-Amigo, le gritó el príncipe, -te doy una moneda de oro se me das un pedazo de pan. Apresurosa a bajar del coche el gitano y corriendo le llevó el pan al príncipe.
El príncipe ya contento y satisfecho, partió la tercer naranja y tal como lo había pensado, del corazón de la fruta saltó una joven muchísimo más hermosa que las dos anteriores.
-Dame pan, le dijo ésta.
El príncipe gustoso le dió pan a la joven quien luego le dijo:
-Ahora, te pertenezco, puedes hacer de mi lo que quieras.
-Contigo me caso, le dijo el príncipe.
Como la joven no tenía vestido, el príncipe quería vestirla para poder llevársela a su palacio. Dió un vistazo a la ropa del gitano que aun permanecía allí, pero notó que aquellas prendas estaban muy sucias. El príncipe entonces le dijo a la joven:
-Quédate aqui con este gitano mientras voy a traerte ropa.
El gitano tenía una hija que viajaba con él en el coche, pero que habiéndose quedado dormida no se dió cuenta de lo que cuando llegaron al lugar sucedió con el príncipe, ni que había pasado. Despertose en el momento en que el príncipe se alejaba en su caballo, y al verlo se enamoró de él.
Bajó luego del coche la gitana y fué a reguntar a su padre que ocurría. Este le contó lo sucedido. La gitana viendo a la joven le dijo:
-Déjame peinarte para que estes más bonita cuando regrese el príncipe.
Consintió la joven, y mientras la gitana peinaba su hermosa cabellera sintió que esta le clavaba un alfiler en la cabeza. Al momento la dama de la naranja se volvió paloma. La gitana entonces se quitó la ropa y se colocó en el sitio donde había estado la joven.
Regresó el príncipe y cuando vió a la gitana le dijo:
-Señora, ¡cómo te has puesto negra!
La gitana le contestó:
-Es que me ha quemado mucho el sol.
El príncipe creyendo que era la misma joven de la naranja, se llevó a la gitana a su palacio y se casó con ella.
Un día llegó una palomita al jardín del rey y le dijo al jardinero:
-Jardinerito del rey ¿cómo esta el príncipe con su mujer?
-Unas veces canta, pero más veces llora, -contestó el jardinero. Todos los días llegaba la palomita al jardín y le hacía la misma pregunta al jardinero, hasta que éste contó lo sucedido al príncipe.
El príncipe dió orden al jardinero para que atrapara la palomita cuando regresara. El jardinero untó de goma el árbol donde diariamente se posaba la palomita y cuando ésta hizo su visita diaria, al querer emprender el vuelo quedó pegada al árbol pudiéndola coger el jardinero fácilmente y llevársela al príncipe.
El príncipe se enamoró de la palomita. La cogió con cariño y al estarle acariciando la cabecita encontró el alfiler que tenía clavado y se lo sacó al momento. Inmediatamente la palomita se convirtió en la bella dama de la naranja.
La hermosa joven le contó su aventura al príncipe, y entrando los dos al palacio le comunicaron lo sucedido al rey.
El rey indignado dió órdenes para que inmediatamente quemaran a la gitana, y el príncipe y la dama de la naranja se casaron y vivieron muy felices

999. Anonimo

Las aventuras de meñiquin


Èrase una vez... un gigante que, al repartir un tesoro con un hechicero muy codicioso, se peleó con él y le amenazó: "¡No ves que podría aplastarte con mi meñique si quisiera! ¡Anda, esfúmate!" Cuando el hachicero se hubo distanciado lo suficiente, lanzó al gigante su maléfica venganza: "¡Abracadabra! ¡Hágase el sortilegio! ¡Que el hijo que tu mujer espera no sea mayor ni crezca más que mi dedo meñique!" Cuando Meñiquín nació, sus progenitores estaban desesperados. Les apenaba verlo y tocarlo y, al hablarle, debían susurrar al oído para no romperle los tímpanos. Meñiquín, tan diferente de sus padres, prefería jugar con los pequeños moradores del jardín. Se divertía cabalgando a lomos de un caracol o bailando con una mariquita. Total, que aunque diminuto de talla, era feliz en este mundo en miniatura. Pero un día desapacible, tuvo la mala idea de ir a visitar a una rana amiga suya. Apenas había descendido de la hoja que le hacía las veces de barca, un enorme lucio al acecho se lo comió de un solo bocado. Sin embargo, el destino le reservaba una suerte distinta. Al cabo de poco, el lucio mordió el anzuelo de un pescador al servicio del rey y, en un abrir y cerrar de ojos, estuvo delante del cuchillo del cocinero real. Tras la sorpresa general, Meñiquín, un poco maltrecho, pero todavía vivo, salió de la barriga del pescado. "Y ahora, ¿que haré de este hombrecito en miniatura?" Se preguntó atónito el cocinero. En esto que tuvo una idea: "¡Haré de él un paje real! Pequeño como es, podré meterlo en la tarta que estoy preparando y, cuando salga del puente levadizo haciendo sonar la trompeta, todo el mundo gritará... ¡milagro! Jamás en la corte había sucedido nada parecido. Todos aplaudieron a rabiar la ocurrencia del cocinero, el rey el primero. Este tuvo a bien premiar al artífice del acontecimiento con un saquito de monedas de oro. A Meñiquín la suerte le fue todavía más propicia: sería paje con todos los honores de su rango. Le fue asignado un ratoncillo blanco como montura, un alfiler de oro como espada y, además, obtuvo el privilegio de probar los alimentos que comía el rey. Durante los banquetes se paseaba por la mesa entre los platos y copas, alegrando a todos con el toque de su trompeta. Pero, sin saberlo, Meñiquín se había creado un enemigo: el gato, que hasta entonces había sido el favorito del rey, quedó relegado a un segundo lugar, y juró vengarse del intruso tendiéndole una trampa en el jardín. Meñiquín, cuando vio al gato, en vez de huir según lo previsto, montó a lomos del ratoncillo y desenfundó su alfiler de oro al tiempo que ordenaba a su montura: "¡Al ataque!¡Al ataque!" El gato al verse amenazado por tan diminuta espada, huyó vergonzosamente. Puesto que no pudo consumar su venganza, pensó emplear la astucia. Fingiendo encontrarse allí por casualidad, aguardó a que el rey subiera la escalera y le susurró: "¡Atención Majestad! ¡Alguien quiere atentar contra su vida!" Y le contó una soberbia mentira: " Meñiquín quiere envenenar vuestra comida. Lo sorprendí el otro día en el jardín cogiendo hojas de cicuta, y escuché cómo murmuraba esta terrible amenaza contra vos." El rey, que desde hacía algún tiempo estaba en cama aquejado de fuertes dolores de barriga, por haber ingerido demasiadas cerezas, tuvo el convencimiento de haber sido envenenado, y mandó llamar a Meñiquín. El gato, para reforzar su acusación, escondió una hoja de cicuta debajo de la silla de montar del ratoncillo. Meñiquín no se sentía con el estado de ánimo apropiado para poder replicar las acusaciones hechas por el gato, y el rey, ordenó que lo encerraran en un reloj de péndulo. Pasaron las horas y los días hasta que una noche, una mariposa que revoloteaba por la habitación, se percató de que Meñiquín golpeaba el cristal pidiendo ayuda: "¡Sálvame!", gritaba. La mariposa, que había estado encerrada mucho tiempo en una caja de cartón, se apiadó de él, y lo liberó. "¡Date prisa! ¡Sal! ¡Sube encima de mí antes de que nos descubran! Te llevaré al Reino de las Mariposas donde todos los habitantes son tan pequeños como tú y enseguida harás amigos." Y así fue. Todavía hoy, si tenéis la ocasión de visitar este reino, veréis el monumento que Meñiquín construyó en honor a la mariposa que lo liberó y dio pie a esta maravillosa aventura.

999. Anonimo