Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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viernes, 24 de agosto de 2012

La campesina en palacio


Hace muchos años existió una joven bellísima, pero pobre y perezosa. No quería trabajar y su madre no lograba ni que hilase ni que le ayudara en los trabajos de la casa.
Un día, harta la madre de la pereza de la hija, la castigó. Y quiso el azar que en aquel momento pasara la reina ante la puerta de la humilde casa. Y como la soberana era bondadosa, al escuchar los gritos desgarradores de la joven abandonó la carroza y entró en la vivienda. Quería saber qué estaba sucediendo allí.
-Mi hija llora -explicó la madre, que no quería dejar en mal lugar a la muchacha, porque no puedo darle todo el lino que ella necesita para su tejido, ya que soy muy pobre.
-¡Qué lástima que una joven tan preciosa se disguste tanto! -exclamó la reina. Me la llevaré a palacio y allí podrá hilar cuanto desee.
En efecto, la soberana se llevó a la muchacha y le regaló una rueca de oro y una montaña de lino.

Las tres hilanderas

Al verse sola, la joven campesina empezó a llorar. Cuando regresó la reina, viendo que no había comenzado el trabajo, quiso saber la razón. La muchacha, para no confesar que no sabía hilar, murmuró:
-Es que me acuerdo de mi madre... 
-Siendo así... -se conformó la soberana, que era muy afectuosa.
Al verse sola de nuevo, la joven, sin dejar de sollozar, se asomó a la ventana y vio a tres mujeres de raro aspecto. La una tenía terriblemente grueso el labio inferior; la otra, el dedo pulgar de la mano derecha tan grande que parecía una porra; la tercera, un pie tan aplastado y ancho quedaba lástima mirarla.
-¿Porqué lloras? -le preguntó una de ellas a la muchacha.
La joven, entre sollozos, confió su pena a las desconocidas.
-Note preocupes -le contestaron-. Nosotras somos expertas en hilar toda clase de lino y te ayudaremos. Pero has de prometernos que nos llevarás a tu boda.
-Lo prometo, aunque no sé si me casaré algún día.
Luego, la muchacha ayudó a las tres mujeres a entrar por la ventana y ellas se pusieron a hilar a velocidad de vértigo. La primera mojaba el hilo en su ancho labio, la segunda lo retorcía hábilmente con su gigante dedo; y la tercera hacía girar la rueda con su enorme pie aplastado.
La muchacha no cabía en sí de gozo.

Bodas reales

Cuando la reina entró a ver el trabajo de la joven, las tres mujeres se escondieron bajo la cama. La reina, asombrada del buen trabajo realizado por la muchacha, se la llevó para presentársela a su hijo, el príncipe heredero. Este se enamoró inmediatamente de ella, pues además de las cualidades que tanto alababa su madre, era bellísima.
Se concertaron las bodas y la linda novia solicitó del príncipe:
-Quisiera invitar a tres viejas primas mías a nuestra boda.
-¡Naturalmente, querida!
Llegó el gran día y se presentaron las tres chocantes mujeres. El príncipe, lleno de curiosidad, preguntó a la primera:
-¿Por qué tienes el pie tan grande?
-Por pedalear la rueca -contestó la hilandera.
-Y tú -dijo a la segunda, ¿por qué tienes ese labio tan grueso?
-Es de mojar el hilo, señor -dijo ella.
-Y tú ¿por qué tienes el pulgar tan crecido? -preguntó a la última.
-¡Ay, señor! Por estar siempre retorciendo el hilo.
El príncipe, asustado de tanta fealdad, exclamó:
-¡No quiero que mi esposa vuelva a hilar en su vida! En adelante no quiero ver ni una rueca en palacio.
Y el príncipe amó mucho a la muchacha y fueron muy felices.

La caja magica


Siendo Eduardo muy pequeño, su abuelito le regaló una hucha. Ciertamente, el regalo no agradó mucho al niño, que se gastaba todo el dinero en fruslerías y nunca pensó en guardar ni una moneda de las muchas que le regalaban.
-La llamaremos la caja mágica -dijo el abuelito. Guarda en ella todo cuanto te den y algún día te alegrarás.
Aunque a regañadientes, Eduardo obedeció. Un día y otro día, un año y otro año, la caja iba aumentando su peso. Eduardo había perdido la cuenta de lo que podía contener. Por entonces estudiaba Medicina.
Repentinamente, el padre murió y la familia se encontró en la ruina.
El estudiante recordó su caja mágica. Gracias a los ahorros de muchos años, y a no satisfacer algunos caprichillos podría terminar su carrera de médico.
Más tarde, Eduardo hablaba de la sabiduría de su abuelo y ponderaba el magnífico regalo que le había hecho con la "caja mágica", no sólo a él, sino a toda la familia, de quien se convirtió en protector.

999. Anonimo,

La cabeza de mama


Sabías que a muchos les iba a parecer increíblemente atroz lo que contabas; que desde algún improbable infierno alguien desearían poder estar vivo para detener tu mano, para impedir, matándote, que narrases esa historia. Ese alguien era tu madre, a quien habías asesinado. Según tú, en cumplimiento de una justa venganza. Así lo escribías en el primer párrafo, e inmediatamente aconsejabas al pusilánime que se detuviera en esas líneas y no siguiera adelante. Puesto que «las manchas de mi infamia - le salpicarán en los ojos». Era el precio que el lector iba a pagar por conocer «a qué insondables terrores puede conducir la mezcla de dos sentimientos tan dispares como el odio y el remordimiento».
Te temblaba la mano, y ese temblor se comunicaba a los trazos en el papel cuando expresabas que «matar es lo más fácil del mundo. Basta disponer de un buen cuchillo de cocina y cerrar los ojos en el momento justo. Lo difícil es soportar la idea de que uno ha sido capaz de hacerlo, de que el imposible regresar al tiempo en que todavía no se ha matado, cuando el cuchillo todavía está en el aire, antes de que se descargue el golpe mortal». Luego vomitaste otro párrafo, sin que por ello dejaras de temblar: «Pero más insoportable es comprobar que, pese a que la carne se haya convertido en una piltrafa sanguinolenta, de que aparentemente el ser que nos produjo la desgracia ya no exista, el veneno del odio sigue circulando por nuestra sangre, condensándose malignamente en las venas al desaparecer el objeto en que era posible descargarlo. Porque entonces se descubre que ya sólo puede haber misericordia en la humedad del sepulcro.»
No había futuro en tu vida y la angustia te dificultaba insidiosamente la respiración. Estabas descubriendo también al vana utilidad de la literatura. Puesto que, aunque tu mano corría emborronando convulsivamente las hojas, no por ello lograbas aplacar la inexorable obsesión de aquella escena monstruosa. Tu madre durmiendo al calor del brasero, con la cabeza apoyada entre los brazos, sobre la mesa camilla, un anochecer transparente de diciembre, triunfante el frío por los intersticios de la ventana. Y tú acercándote de espaldas, con el filo del cuchillo enhiesto a la altura de los hombros, caminando con sigilo para que no se despertase, experimentando, a pesar de todo, una ternura insobornable al contemplar su cabello grisáceo, su adusta pelambrera de muñeca abandonada. Y luego dejándote caer con todo el peso de tu cuerpo, hasta manchar de sangre la empuñadura, sintiendo el temblor chorreante y cálido de la carne abierta en los nudillos, traspasándote los oídos su grito leve, distorsionado como un chirrido.
Dejaste de escribir y, por enésima vez, te preguntaste por que la habías matado. No era porque, según habías escrito, descubriste en sus ojos «un brillo maligno». La razón era mucho más sencilla y mucho más monstruosa: te resultaba insoportable la idea de su amor desinteresado; no podías aguantar el hecho de que alguien pudiera quererte sin pedir nada a cambio, de que llevara haciéndolo años y años y que deseara consumir a tu servicio los últimos de su vida. Era vieja, insufriblemente vieja, y la muerte exhalaba ya sobre ella su hálito infecto. ¿Por qué no acelerar su fin y preservarla, en consecuencia, de una triste agonía? Una muerte inesperada, rápida, que penetrase por sus espaldas a fin de que nunca llegara a conocer la identidad de su asesino. Y luego la tranquilidad, la independencia absoluta, la posibilidad de respirar a tus anchas, de hacer en aquella casa lo que te viniera en gana.
Abandonaste la pluma con la intención de volver a cogerla en otro momento más propicio, y la sustituiste por el cuchillo, determinado como estabas a dar los siguientes pasos de tu plan. Te desharías del cuerpo y luego, al cabo de unos días, denunciarías a la policía la desaparición de tu madre, atacada en los últimos tiempos -ibas a precisar al inspector- de una cierta demencia senil.
El cuchillo, aún sangrante, te manchó las manos. Pensaste en lo que ibas a hacer y tus tripas se revolvieron. Pero era absolutamente necesario. Así que trataste de no ver en el cadáver ensangrentado de tu madre, cuya humedad humeaba aún al calor de la mesa camilla, otra cosa que la materialidad de un volumen carnoso, como el de las reses sacrificadas que algunos obreros se ven obligados a transportar sobre sus hombros. Al amparo de esta idea creíste haber reunido el valor suficiente para acercarte, con el cuchillo en la mano, al cuerpo de tu madre. Pero esa mano temblaba y la náusea envenenaba tu corazón. Al fin pudiste hacerlo, empezando por la cabeza. Qué mal momento al levantarla, sujetándola por los cabellos, y enfrentarte con su mirada ciega, carente del más pequeño asomo de resentimiento, pero con la espantosa evidencia de tu identidad reflejada en su último gesto. De nada te había servido, pobre loco, asesinarla por la espalda. Ella sabía que eras tú, y fue ese conocimiento, más que la cuchillada, lo que la mató. Todo eso lo leíste en el brillo de sus ojos muertos, y cerraste los tuyos, mientras segabas el cuello a cuchilladas torpes y frenéticas. ¡Qué horrible dureza del hueso!, ¡qué resistencia imprevista! Pero al fin pudo más tu encarnizada voluntad, la histérica necesidad de colocar aparte cuanto antes, como un trofeo, sobre la bandeja de plata, la cabeza de tu madre. ¡Qué sensación, el peso de aquella cabeza chorreante, suspendida en el aire! Te olvidaste, por un momento, de que en aquel cerebro estaban impresas dos huellas indelebles: el placer de tu fecundación y el dolor de tu parto.
No eras un monstruo. Tus entrañas se conmovían y querías borrar la realidad de tus actos con un caudal de lágrimas, recriminándote una y otra vez por la sangrante monstruosidad que había anidado en tu corazón. Pero cuando al fin dejaste la cabeza derecha sobre la bandeja creíste descubrir en aquella expresión desfigurada un gesto de asentimiento, como si tu madre, perdonándote, te alentara también a proseguir la necesaria tarea. La extraña lucidez de tu cerebro empañaba cuanto te rodeaba con los colores que más te convenían. Y así, la horrorosa cabeza sangrante, de cabellos retorcidos como inmóviles serpes de la Górgona, te parecía un receptáculo de una expresión dulce y consentidora. Y así, aquel cuerpo decapitado, sedante aún junto a la mesa camilla, cuyo rojo sangriento se extendía hasta confundirse con el color de las faldas de la mesa, no era tu imaginación sino el cordero del sacrificio, la vieja carne vencida por la muerte que ansía el putrefactor contacto de la tierra para librarse de un Pecado primordial y perenne. Muchas otras palabras altisonantes retumbaron en tu cabeza, fueron a musitar incluso en la punta de tus labios, mientras abrías, cercenabas, partías y al fin descuartizabas manos, brazos, hombros, costillas, senos, vísceras. Te consolaba pensar que un demonio ciego guiaba tu mano, que la repulsiva carnicería (¡aquella piel desnuda, blanca, de tu madre, vista por primera vez!) era el precio justo de la vida, la consumación de un término inexorable, y que tu mano no era más cruel que la mano del Tiempo. Pero llorabas, sí; llorabas y te estremecías convulsivamente y deseabas que aquello no fuera real; deseabas no ser otra cosa que un niño asustado por las primeras brumas del deseo, flotando inerme en el cenagal de una espantosa pesadilla. ¿Por qué, entonces, lo habías hecho?
No quisiste encontrar la respuesta en tu cerebro agitado. Miraste a la cabeza de tu madre, que sobre una mesa contigua asistía imperturbable al horrendo espectáculo. La bombilla que pendía del techo fue sacudida involuntariamente por uno de tus movimientos, mientras el cuchillo se hundía en las sanguinolentas entrañas. Eso hizo que proyectara móviles sombras sobre su rostro, y aquella cabeza, ya pálida y endurecida, parecía reír y llorar alternativamente, contemplar su propio cuerpo destrozado y luego mirarte a ti desde la insufrible profundidad de sus ojos entornados.
-¡No soy yo, madre! ¡No soy yo! ¡No me mires!
Lo gritaste a pleno pulmón, dándote apenas cuenta de tu imprudencia. Todavía no eran las doce de la noche y algún vecino, quizá, pudo haberte oído. Pero más imperiosa que la prudencia era para ti entonces la necesidad de gritar, de acercarte a aquella cabeza y hacer girar la bandeja hasta colocarla de cara a la pared. Llegaste a la terrible conclusión de que el mal no necesita razones para manifestarse, de que a veces surge como un animal rabiosamente puro desde las más oscuras profundidades de la conciencia. Pero también descubriste que el remordimiento le acompaña siempre como su sombra. Por eso, aunque momentáneo, fue muy real tu alivio al no tener que enfrentarte nuevamente con el rostro de tu madre, cuyos ojos muertos descansaron en la piadosa nada de la pared.
Apaciguados tus fantasmas, volviste a la tarea de la carne y de la sangre. El cuerpo despedazado era ahora una masa humeante y rojiza, un montículo descuartizado y espeluznante del que emergían manos y pies como únicos vestigios de humanidad. De la cocina trajiste un paquete de bolsas de basura y fuiste colocando en ellas los despojos. Empleaste casi dos horas en ellos y en borrar las huellas de la sangre. Ambos trabajos amortiguaron los acusadores zumbidos de tu cerebro. Luego abriste la puerta de tu casa (ya era «tu casa»). Comprobaste que estaban apagadas todas las luces de las casas vecinas. Saliste entonces al jardín y cavaste tantos hoyos como bolsas habías acumulado. El frío de la noche te mordía en las manos; la tierra, endurecida, se negaba tenazmente a ser violada por tu azadón. Pero al fin lograste tu propósito, y lo que había sido tu madre se desparramó para siempre en la futura fertilidad del jardín.
¡Qué alivio regresar al calor de la casa, lavarse las manos, acogerse a la tibieza de las sábanas, que esperaban el regalo de tu cuerpo como dos labios entreabiertos! Te quedaste dormido de inmediato. Pero con el sueño te penetró también el asqueroso veneno de una pesadilla. Soñabas que un delgadísimo hilo blanco, de hielo, te iba cortando el cuello hasta separártelo del tronco. Sentiste también la tensión de una mano viscosa sobre la cara. Llamaste repetidas veces a tu madre, en la desesperación de la pesadilla, buscando el consuelo de su presencia, porque en el sueño ignorabas que la habías matado. Al fin, la presión de esa mano viscosa y fría se hizo tan insoportable que despertaste. ¡Nunca lo hubieras hecho!
Porque allí, sobre la almohada, pegada firmemente a tu rostro, con sus cabellos entre-lazados en torno a tu cuello, estaba la cabeza de tu madre. Al darte cuenta plenamente de ello diste un alarido. Sentiste como si un nido de serpientes heladas se desparramase por el interior de tu piel. Saltaste de la cama tratando de sacudir a saltos y gritos el horror que te poseía, deseando morir, incapaz de realizar el más mínimo razonamiento. Pudiste, aunque temblando, llegar hasta la cocina. Allí, tu instinto te guió hasta el armario donde guardabas la botella de güisqui. Vaciaste la mitad de un largo trago, sintiendo en aquel fuego que roía tus entrañas la única realidad aceptable. El asco, el horror y la rabia se desprendieron a chispazos de tus ojos. Y te agarraste entonces, como a un clavo ardiendo, a la única posibilidad razonable que explicara lo que había sucedido: la tensión nerviosa no había desa-parecido con el sueño, sino que se había manifestado, inconscientemente, por medio de un mecanismo sonambúlico. Eso era, sin duda. Durante el sueño, tú mismo te habías acercado a la bandeja de plata, y los últimos vestigios de amor que sentías hacia tu madre te empujaron a coger su cabeza y llevarla hasta el útero simbólico de tu cama.... Pero ahora era necesario, absoluta-mente necesario, acabar para siempre con esos lacerantes restos de amor.
Te habías vuelto completamente loco. De eso ya no te cabía ninguna duda. Pero tu locura era un odio brillante y poderoso, infinitamente preferible a los tibios y acomodaticos fulgores del sentido común. Por eso fuiste resueltamente hacia la cama, cogiste la cabeza de tu madre entre ambas manos... Sí, también escupiste, también proferiste un insulto. Debo recordár-telo ahora, en tus últimos momentos. Debo recordártelo, aunque ese recuerdo provoque una oleada de angustia tan espantosa, a pesar de que hubieras preferido que tal cosa no hubiera sucedido nunca, como no quisieras que hubiera sucedido lo que sucedió antes y lo que habría de ocurrir inmediata-mente después.
Ya sabes lo que fue. Con la cabeza de tu madre sujeta por ambas manos te acercaste a la chimenea. Vaciaste el resto de la botella de güisqui sobre los troncos y les prendiste fuego. Una intensa llamarada rugió de inmediato, provocando horribles brillos en los ojos ya completamente abiertos de la cabeza. La colocaste encima de la llamas. Por un milagro del equilibrio permaneció vertical, mirándote, mientras se consumía. Un hedor nausea-bundo comenzó a extenderse por toda la casa. Los cabellos, chamuscados, se retorcían como gusanos de fuego. Con el calor surgieron grandes bolsas en las mejillas, y era como si tu madre, con los carrillos llenos de aire, se dispusiera a apagar el fuego. Pero éste se acercó a los labios produciendo una horrible mueca, una macabra sonrisa que devoró la carne hasta mostrar, entre jirones, le nitidez completa de unos dientes amarillentos. El fuego mordisqueó luego su nariz hasta hacerla desaparecer. Pero lo más espantoso fue que el calor produjo, uno tras otro, el desprendimiento de las órbitas, de las cuales se desprendió también una mirada siniestra antes de que se entregaran a la purificación del fuego. Todo al fin quedó reducido a una calavera renegrida, chamuscada y maloliente. No contento con ello la aplastaste con el pie,  y cuanto quedó de la cabeza de tu madre fueron unos pequeños trozos oscuros resaltando entre la blancura de la ceniza. A partir de entonces -te felicitaste- ya podrías empezar a dormir en paz.
Nunca más volverías a dormir. Vuelto a la cama achacaste primero tu insomnio al olor de la carne chamuscada. No era eso. Te revolvías inquieto entre las sábanas. Un frío terrible se adentraba en los huesos. Ya no tenías fuerzas para lograr que tu mente, desbocada, regresara a los cauces de la normalidad. Porque creíste que la habitación se poblaba de ruidos, de chispazos fosfóricos. Sentías miedo a algo no material y, por tanto, no dominable. Jamás habías creído en fantasmas de ultratumba. Pero el miedo que te hacía tiritar no era, pese a tus creencias positivistas, menos real.
-¿Por qué no duermes, hijo mío? Estoy aquí a tu lado. No tengas miedo...
¿Lo oíste? ¿Lo oíste de verdad? ¿Realmente sentiste cómo surcaban el aire las amorosas vibraciones de tu madre? No, quizá no lo oíste. Tal vez fue una alucinación. Pero ¿también fue una alucinación lo que viste después? ¿Qué era aquella sombra blanquecina que, en medio de la oscuridad, se levantaba a los pies de la cama? ¿De dónde procedía esa mano larga y grisácea, translúcida, que iba lentamente acercándose a tu cuello? El terror te mantenía paralizado en el lecho, pero lograste reaccionar ante aquella equívoca fantasmagoría. Encendiste la luz, te vestiste a toda prisa y comenzaste a deambular por las oscuras, frías solitarias calles de la noche, sintiendo continua-mente una presencia a tus espaldas. Intuías que, fueses donde fueses, el implacable amor de tu madre no dejaría de seguirte. Hubieras seguido caminando el resto de tu vida, huyendo siempre de ti mismo. Pero el organismo, aún frente a los terrores más espantosos, acaba siempre por hacer prevalecer sus derechos. El cansancio te ahogaba. Por supuesto, te sentías incapaz de regresar a casa, pero tal vez podrías encontrar alojamiento en cualquier hotel.
Al doblar una esquina, alguien, agazapado entre las sombras, se te acercó para pedirte fuego. Ignorabas entonces, pese al inquietante aspecto de aquel individuo, que ibas a ser víctima de un atraco. Cuando iluminaste su rostro cetrino con el encendedor viste también el brillo de su larga navaja, y cómo ésta se acercaba al centro mismo de tu vientre. Reaccionaste con celeridad y, con un rápido movimiento, lograste arrebatarle la navaja. Ibas a convertirte de agredido en agresor, pero aquel individuo tenía un cómplice. Lo supiste cuando ya no había más remedio, cuando la otra navaja se hundió certeramente en tus espaldas, justo en el mismo sitio donde la tuya se había hundido en las espaldas de tu madre.
Con aquella cuchillada te cercenaron el aliento. Caíste al suelo envuelto en sangre. Pero tu mente seguía despierta, como lo sigue ahora todavía. Fuiste plenamente consciente de la forma frenética con que aquellos ladrones hurgaban en tus bolsillos hasta lograr arrebatarte la cartera. La abrieron y cogieron su contenido.
-¡Sólo veinte libras! ¡Pobre imbécil!
Luego la cartera cayó, abierta, delante de tus narices. De tal forma que ahora, en el último momento de tu vida, estás contemplando, a través de la fotografía, el amoroso rostro de tu madre.

999. Anonimo,

La buena gallinita y el mal rey


Una buena gallinita encontró una esmeralda entre el trigo y decidió regalársela al Rey. Por el camino, pasó junto a un lago, lo tocó con la piedra preciosa y el lago se convirtió en una gota de agua, que la gallina se bebió.
Llegó a Palacio, le dio la esmeralda al Rey y éste dijo:
‑¡Que la asen para el almuerzo!, pues era muy desagradecido.
Cuando la gallina estaba en el horno, escupió la gota de agua, que se convirtió de nuevo en lago, apagó el fuego e inundó todo el Palacio. El Rey quiso saber qué pasaba cuando el agua le llegó al cuello, y la gallinita le pidió su esmeralda, pues estaba claro que no la merecía.
‑Devuélveme la piedra, que no haré irse al lago ‑dijo ella.
El Rey se la dio, temeroso de ahogarse. Ella tocó el agua con la esmeralda, el lago se convirtió otra vez en gota y la gallinita se la bebió de nuevo.
De camino hacia su casa, resolvió darle la piedra a su ama, que siempre le daba trigo y no quería comérsela.
¡Y el Rey, por malo, se quedó sin ella!

999. Anonimo,

La bondad recompensada


Erase un matrimonio de campesinos. Tan bien se llevaban que no habían dis­cutido jamás. Un día, el marido dijo a la mujer:
-Voy a vender el caballo, que ya está viejo.
-Lo que tú quieras, esposo mío.
Se fue el hombre con el caballo y, co­mo hallara más adelante a un pastor que llevaba una oveja, le preguntó.
-¿Quieres cambiarme la oveja por el caballo?
-¡Hecho! -replicó el pastor.
El trato fue presenciado por dos elegan­tes viajeros que iban de camino en un co­che tirado por buenos caballos y que rie­ron del cambio.
Más adelante, una mujer que llevaba una gallina, vio la oveja del campesino y le propuso hacer un cambio. El buen hom­bre entregó la oveja y se quedó con la gallina.
Más tarde, el hombre llegó a la posa­da, justamente al tiempo que lo hacían los dos viajeros.
-Te cambio tu gallina por un saquillo de manzanas -le dijo el posadero.
-Aceptado.
Apenas realizado el cambio, llegaron dos zagales y suplicaron al campesino:
-¿Por qué no nos das alguna de tus manzanas? Tenemos hambre.
-Ahí está el saquillo, comed las que queráis -dijo el buen campesino.
Y los chicos se las comieron casi to­das. Los dos elegantes caballeros dijeron a nuestro hombre:
-Tu mujer va a darte una buena paliza cuando llegues a casa. Has salido con un caballo y vuelves con sólo unas manzanas.
-¡Quiá, no lo creo! ¿Qué nos aposta­mos?
-Este saquillo lleno de oro -dijo uno de los dos elegantes caballeros.
Los tres en compañía se dirigieron a ca­sa del campesino.
-Mira, mujer -dijo el marido, cuando ella apareció en la puerta-. Te traigo es­tas manzanas a cambio del caballo. ¿Es­tás conforme?
-Siempre estoy conforme con lo que tú haces, esposo mío. Estoy muy conten­ta con las manzanas.
Los elegantes caballeros comprendie­ron que habían perdido la apuesta y en­tregaron a la mujer el saquillo con las mo­nedas de oro.

999. Anonimo, 

La bendicion del pobre


En un día cálido del verano, caminaba un anciano por un sendero. Agotado y sin fuerzas, fue a sentarse cerca de un manantial. El agua surgía profunda entre las piedras y él no podía bajar hasta ella.
En esto, con ánimo de beber, llegó un pastorcillo que saludó al anciano. Luego, saltó entre las peñas y el anciano le dijo:
-Yo también tengo sed, pero temo resbalar.
-No se mueva; yo le llevaré agua.
El pastorcillo llenó su cantimplora y fue a ofrecérsela al viejo. El agua fresca reanimó a éste, que murmuró:
-¡Gracias, muchacho! ¡Dios te lo pague!
Y el pastorcillo le dijo:
-¿Acaso no ha comido? y repartió con el desconocido su merienda. Y hablaron mucho y se entendieron, como se entienden los corazones nobles.
Por fin, el pastorcillo fue a recoger su rebaño para guardarlo y ayudó al anciano a ponerse en pie. Como despedida, el hombre dijo al muchacho:
-Has sido muy bueno conmigo y nada tengo que ofrecerte. Pero te daré mi bendición. La bendición de los ancianos y de los pobres trae felicidad. Te deseo salud y suerte.
Muchas veces a lo largo de su vida, el pastorcillo recordó al anciano, pues su bendición le había dado la felicidad y desde entonces comprendió que la ambición era mala consejera.

999. Anonimo,

El koala y el arco iris


Ha estado lloviendo por días , semanas meses y años. El agua corre cerro abajo , formando arrollos y ríos que fluyen a través de las planicies, llenando los hoyos de agua. El agua sube imperceptiblemente, golpeando gentilmente a los pies de los cerros.
Como una profunda depresión llena de agua, crecieron en vastos océanos, las áreas de terrenos disminuidas y divididas en muchas islas. Grupos de animales y hombres eran divididos el uno del otro por redondeados mares.
En una isla muy distante del continente que ahora es llamada Australia, donde los hombres eran muy diestros lanzadores del boomerang ellos podían partir una pequeña piedra en cientos de pedazos o más, echar por tierra al pájaro mas veloz en vuelo, y enviar sus boomerang tan lejos que se perdían de vista antes de volver a quien lo había tirado.
Ellos gustaban de realizar competencias de habilidad en mostrar cuan lejos o cuan exacto ellos podían maniobrar sus armas. Entre ellos había uno que se destacaba por su fuerza y por su alarde. A menudo se le escuchaba decir:
-Si yo deseara podría lanzar mi boomerang desde acá a la isla mas distante de todas las islas.
-Y si tú pudieras hacer eso, como podrías saber si has tenido éxito?, preguntó uno de los hombres menos creyentes.
-La respuesta es simple, respondió el hombre fornido. ¿Que sucede cuando se lanza el boomerang? Regresa a quien lo lanzó por supuesto.
-Que sucede si el boomerang golpea un árbol o una roca? El boomerang permanece ahí especialmente si se rompe.
-Tú has respondido tu pregunta, dijo el hombre fornido con una sonrisa burlona. Si yo lanzara mi boomerang tan lejos como la isla mas lejana y fallara en volver, entonces tú sabrás que no he tenido éxito. No crees?, pregunto.
-Si supongo que sí, pero que sacamos con hablar de esto, a menos que realmente lo hagas?
-Muy bien, dijo el fornido hombre. Observa.
Eligió un boomerang muy bien balanceado. Dándole vuelta alrededor de su cabeza varias veces, le soltó. El arma salió desde su mano tan rápido que sólo algunos pudieron ver como aceleraba a través del océano. Expectativamente los observadores esperaron, pero en la medida que pasaban la horas y no había señal de regreso, incluso el viejo no creyente estuvo obligado a reconocer que podría haber aterrizado en una isla distante.
-Pero hay otra posibilidad!, dijo molesto por la forma que el hombre fornido se había inflado, ganando miradas de admiración de las mujeres. Puede que haya aterrizado en el mar.
-No mi boomerang, gritó el hombre fornido. Podría acortar su camino de regreso a mi, a través del mar, si no hubiese alcanzado a llegar a la isla. Tú estas celoso de mi habilidad viejo.
-Hay una sola manera que podamos saber con certeza, fue la respuesta. Alguien debe ir allá para ver que se puede encontrar.
-Yo sé como lo podemos hacer! El viejo le miro desaprobándole.
-Hemos escuchado mucho de ti hasta ahora, regañó. Sería mucho mejor si te comes la comida que te han dado como a los otros niños. He visto como escupes comida de tu boca, comida que es buena para ti tanto como para comerla.
-Eso es porque nadie nunca me ha traído un Koala para comerlo. Eso es lo que mas me gusta.
-Como puedes saber tú que es lo que más te gusta si nunca lo has probado?
-Como puedes saber tu que hay una isla allá muy lejos sobre el mar si tu nunca la has visto?, preguntó el niño pícaramente.
-Porque yo sé que esta ahí. Es parte de lo que los hombres que han vivido y muerto antes de que yo naciera, respondió el viejo.
-Espero que a ellos les gustará la carne de Koala también, dijo el niño. El esposo de mi hermana atrapó uno esta mañana. Ahí esta detrás de ese árbol.
El viejo cogió el animal y se lo tiró al joven, botándole. Tomando con el mismo arrebato el cuerpo del koala y corrió con el a la playa. Sacando el cuchillo del cinturón que llevaba, cortó el estomago y sacó los intestinos. Poniendo la punta en su boca sopló en ellos hasta que se hincharon en un largo tubo que alcanzaba el cielo. Y continuó soplando el tubo se dobló como un arco mágico y su final mas allá de la curva que da el océano.
-¿Que estás haciendo?, preguntó el viejo. Si tú quieres realmente probar la carne de koala, llévaselo a tu mamá y ella lo cocinara para ti.
-No!, exclamó el cuñado del niño. Mira lo que el ha hecho. El ha hecho un puente a la isla más allá del mar. Ahora podemos cruzarla y encontrar donde el boomerang ha aterrizado. Por seguro será un lugar mejor que el que estamos viviendo ahora.
El puso sus pies en el puente de intestinos y comenzó a escalar el arco. Le siguió el niño luego el tío de su mamá, su papá y mamá, sus tías y hermanos y hermanas. Viendo que todos estaban subiendo al puente, el viejo les siguió también .
La travesía duró muchos días, días sin comida y el quemante calor del sol, pero eventualmente llegaron al término de la escalada. Se deslizaron por el lado mas lejano del arco y se encontraron en la isla lejana. Era un buen lugar. El pasto era más verde que en su propia tierra, sombreado por eucaliptos, con frescas y claras aguas que ellos no habían visto o probado. Y sin saberlo porque esas tierras a las cuales habían ido era la costa este de Australia.
Cuando toda le gente de la tribu estaba ahí, dejaron que el puente del arco se fuera. El sol brilló en él volviéndose en muchos resplan-decientes colores que formaron el arco iris que ha sido siempre visto por el hombre. Y como ellos observaban los brillantes colores el arco iris lentamente desaparecía.
El niño se volvió un Koala y su cuñado en un gato nativo. Aunque los otros hombres de la tribu permanecieron sin cambios, ellos se repartieron en un numero de grupos, cada uno con sus propios totems, y se marcharon a varias partes de la isla continente. Y así fue como otro viejo, muchas generaciones después que el primer aborigen tardó en venir desde otra isla y llegó a ser el progenitor de varias tribus que ocuparon el nuevo territorio.

Fuente: Alejandra Peraza

999. Anonimo,