Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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jueves, 23 de agosto de 2012

El vanidoso pavo real


Erase un pavo real tan vanidoso que gustaba de tener a todos pendientes de su apostura y de sus complicadas palabras.
Una mañana fue a encontrarse con un ratón de campo, al que dijo:
-Imagínese, amigo mío, que he tenido la peligrosa casualidad de divisar una cabeza oval, de piel lustrosa, en la que brillaban los rubíes de dos ojos de malaquita. Por otra parte, el conjunto se componía de uñas, orejas, cola y bigotes. ¡Ah! y éste ser vociferaba: "¡Miau...!"
El ratón de campo, que era un viejo profesor de gramática, elevó los ojos al cielo, al tiempo que exclamaba:
-Entiendo, señor pavo real, que lo que usted ha encontrado era un gato. ¿Por qué no ha dicho: "He encontrado a un gato"? Se habría evitado toda esa estúpida explicación. Sea más inteligente y llame al pan, pan y al vino, vino.
Pero el pavo real, desdeñoso, extendió la cola con pompa y dijo:
-¡Me río yo de sus lecciones!

999. Anonimo,

El trozo de cielo


La Reina tuvo un hijo y su Hada Madrina le dijo:
‑Perderás al Príncipe por un trozo de cielo.
Para no perderle, la Reina le encerró en un cuarto sin ventana; así nunca vería el cielo.
El muchacho creció sin conocer la luz del día ni el azul del cielo, pero cuando era ya un joven apuesto, un día entró a servirle la comida una doncella y al verla exclamó:
‑¡Contigo quiero casarme, pues nunca he encontrado unos ojos tan bobitos, con ese color azul!
Le dijo á la Reina que se quería casar y ella llamó al hada para preguntarle qué se debía hacer.
‑De nada te ha valido encerrar a tu hijo ‑dijo el hacla. Te dije que le perderías por un trozo de cielo y así va a ser; los ojos de tu doncella, azules como un pedazo de cielo, le han enamorado. Déjales casarse, pues serán felices.
Y así fue cómo la Reina perdió a su hijo, pero él no se perdió, sino que vivió muy contento con su mujer, que tenía los ojos más azules que jamás se han podido encontrar.

999. Anonimo, 

El traje nuevo del emperador

Un sastre muy pillo llegó a la Corte y le dijo al Rey:
‑Hago trajes muy especiales, con una tela que sólo los listos pueden ver, pues trabajo con telas mágicas.
El Rey era muy vanidoso y quiso un traje de aquéllos. El sastre se puso a hacer como que trabajaba, y a los dos días el Rey fue a la sastrería para probarse el nuevo vestido. Pero se miró al espejo y se vio desnudo.
‑Si se enteran de que no lo veo, me perderán el respeto, pues creerán que soy tonto ‑pensó y no se atrevió a decir nada.
Sus ministros, que tampoco lo veían, pensaron lo mismo, pero alabaron mucho la tela para que no les quitase el cargo.
‑¡Maravilloso! ¡Fantástico! ‑exclamaban todos, para no pasar por tontos. Así que el Rey decidió salir con el traje a la calle para que le vieran todos sus súbditos.
Celebró un gran desfile, y se colocó a la cabeza de él. Nadie decía la verdad, hasta que un niño gritó:
‑¡Anda, pero si el Rey va en paños menores!
La gente se echó a reír, el Rey se avergonzó y el falso sastre fue expulsado del Reino. ¡Todos aprendieron la lección!

999. Anonimo, 

El traje del emperador


Erase un poderoso emperador bastan­te vanidoso y tan necio que necesitaba de las alabanzas de sus cortesanos y súb­ditos como del pan de cada día. En tal si­tuación, el emperador traía a su sastre por la calle de la amargura.
-Tienes que hacerme algo nuevo y ori­ginal que cause admiración -exigía.
El pobre sastre ya no sabía qué inven­tar. Suerte que los cortesanos alababan mucho todas sus creaciones. Contando con la hipócrita adulación de éstos, un día en el que ya no sabía que hacer, se pre­sentó ante el emperador con las manos vacías y dijo:
-¡Señor! Os traigo un traje de tela ri­quísima y especial que sólo pueden verlas personas realmente inteligentes. Y co­mo vos lo sois, decidme, ¿qué os pare­cen la tela, la hechura y el color?
El emperador, puesto en un aprieto, se mordió los labios. Pero como no quería pasar por falto de inteligencia, lo alabó. El sastre le vistió el inexistente traje en­tre admiraciones y el pobre soberano, al mirarse en el espejo, no vio más que su ropa interior. Aseguró, sin embargo, que el traje era maravilloso. Por fin, se deci­dió a presentarse ante sus súbditos que, fieles a su costumbre, alabaron exagera­damente el rico atavío de Su Majestad Im­perial. Y como era día de fiesta, el sobe­rano tuvo que encabezar el cortejo, ata­viado únicamente con su ropa interior.
Observó, al atravesar las calles, que las gentes reían con disimulo y le entró cier­to temor. Por último, al llegar al estrado donde se alzaba el sillón del trono, un pas­torcillo se rió sin el menor disimulo.
-¡Ven aquí y dime el motivo de tu ri­sa! -exigió el monarca.
El pastorcillo, franco y noble, descono­cedor de la hipocresía y la adulación, respondió:
-Me río, señor, porque estáis en ropa interior.
-Llevo un magnífico traje que sólo pueden apreciar las personas inteligentes -explicó él con dignidad.
Entonces se le ocurrió mirar a su pri­mer ministro y le vio enrojecer. Exigió bajo severo castigo que le dijesen la verdad y el alto cortesano aclaró que, en efecto, Su Majestad se encontraba en ropa interior.
Avergonzado de su vanidad, el monar­ca echó de su lado a los aduladores y du­rante el resto de sus días conservó a su lado, como consejero, al humilde pastor­cillo cuya virtud era decir la verdad, base de toda sabiduría.

999. Anonimo,

El tonto, el listo y el gobernador


Un hombre muy listo que vivía en la ciudad, estaba ya cansado de que un tonto le tirase piedras todos los días, y no hacía más que pensar en cómo evitar que lo hiciese más.
Hasta que una vez decidió escarmentarle y le dijo:
‑Mira amigo; a mí no me importa que me tires piedras, pero sé una cosa que te conviene. No debes perder el tiempo conmigo. Si le tiras esta monedita al Gobernador cuando pase, él te dará muchas más monedas, pues le gusta tanto que le tiren cosas como a mí.
El tonto, que era tonto de remate, tomó la monedita, esperó a que el Gobernador saliera de su Palacio y cuando le vio, le tiró la monedita a la cara.
¡Cómo se sulfuró el Gobernador! Mandó que le dieran una buena tanda de palos al tonto, que recibiéndolos, decía para sí:
‑¿Y éstas son las monedas que iba a recibir? Pues no le volveré a tirar piedras a mi vecino, no sea que me devuelva piedras como montañas.
Y el tonto, a fuerza de palos, se reformó y dejó tranquilo a su vecino.

999. Anonimo,

El tonto de capirote


En medio de la extensa planicie de la estepa rusa, vivía un matrimonio de campesinos con su hijo, llamado Gore, el cual crecía sin recibir instrucción. Los padres, que le tenían por un inútil, decidieron que viviera solo, en una choza del bosque, creyendo que eso le haría ingenioso. Y para que pudiera defenderse, le entregaron un rocín, un gallo y cinco gallinas.
Lo cierto es que el pequeño Gore se fue tan contento, pues conocía el lenguaje de los animales y eso le divertía mucho.
Muy pronto, una raposa visitó su choza, con idea de robarle, y aprovechando que Gore había ido a dar una vuelta por los alrededores, se llevó una gallina.
-¡Vaya! -exclamó Gore al regresar y descubrir el robo. Seguro que se la ha llevado un buitre.
Al día siguiente, Gore fue a dar una vuelta y tropezó con la raposa. Ambos se saludaron cortésmente y siguieron su camino. El astuto animal aprovechó para robarle otra gallina.
Al regresar a su cabaña y notar la falta de una segunda gallina, Gore pensó que el ladrón bien podría ser la raposa.

999. Anonimo,

El talisman mejor


Erase una niña holgazana que se pasaba las horas sin hacer nada. Una tarde en que, como de costumbre, estaba perdiendo el tiempo, suspiró y dijo:
-¡Ay!, si de verdad existieran las hadas, les pediría un talismán mágico y el talismán haría las cosas por mí.
-Pues mira, a mí tres desconocidas que quizás fueran hadas, me regalaron, cuando era como tú, tres talismanes mágicos -le dijo la abuela.
-¡Préstamelos, abuelita!
-Son unos talismanes que no lo parecen -explicó la anciana. Son un dedal que te ayudará a coser sin que te pinches el dedo, un lápiz que se mueve casi solo y hace los deberes y unas gafas que permiten leer y aprender las lecciones de memoria. Te los prestaré.
La niña se puso las gafas, tomó el lápiz y comenzó su tarea igual que si un hada guiase su mano. Y cuando terminó los deberes, con ayuda de las gafas, aprendió sus lecciones y luego, con el dedal mágico cosió el dobladillo de su vestido.
-Si tuviese para siempre estos talismanes... -suspiró.
-Tienes uno que supera a los demás: la voluntad -dijo la abuelita. Con voluntad se logra cuanto se desea.

999. Anonimo,