Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 5 de agosto de 2012

Sa ma d’es moro


La palmesana calle del Moro, angosto y corto pasadizo que une las del Estanco y la de Montenegro, ofrece al curioso vian­dante en una de sus fachadas, la ocupada íntegramente por la parte trasera de un viejo caserón, una visión setecentista del lu­gar, con gruesas rejas de hierro oxidado en ventanas y tragalu­ces. La pared es de piedra arenisca, revocada a trozos, y se adi­vinan, tapiados, algunos portales y ventanas como evidencia de las reformas llevadas a cabo en el edificio que, a comienzos del siglo XVIII, era una pura ruina.
La calle, sin embargo, no fue siempre tranquila, como pudiera denotar su aspecto. Una historia antigua cuenta que, durante más de cien años, cada quince de noviembre, al cerrarse la noche sobre la ciudad, se sobresaltaba con el susurro de apagadas vo­ces, el arrastrar de pesadas cadenas y un rumor de tocas desli­zándose a lo largo de los pasillos de la mansión. Los misteriosos ruídos iban tomando incremento hasta que un desgarrador alari­do brotaba de los espesos muros y, al extinguirse, hacía aún más lóbrego el silencio que envolvía la calle. Era entonces cuando la reseca mano de un hombre, un día cercenada, clavada en el fondo de una hornacina, empezaba a moverse arañando las tinieblas y de su muñón brotaban unas gotas de sangre que se embebía, poco a poco, en la arenisca de la pared. Con el alba cesaba el macabro movimienta y la mano volvía a su inmovilidad.
Don Martín Mascort, presbítero adscrito a alguna parroquia de las cercanías, vivía en una pobre casa de aquella calle de nom­bre ignorado. Su existencia rayaba casi en la miseria hasta que, un día, quiso la fortuna que, al golpear uno de los tabiques, la pared cediera descubriendo la existencia de una cámara oculta. Ante los atónitos ojos del reverendo, apareció entonces un fabu­loso tesoro, tres ollas de tierra repletas de monedas de oro cuyo valor dejaría seguramente atónito al sacerdote.
La humilde casa convirtióse pronto en una hermosa man­sión y don Martín tomó a su servicio a un criado moro, joven y apuesto mozo -que naturalmente se llamaba Ahmed- y a una anciana ama de llaves a la que encomendó el cuidado de su so­brina, la joven María, que hacía tiempo compartía con él su fran­ciscana existencia.
No podía ser de otro modo y, al poco tiempo, estalló un amor apasionado e incontenible en las almas de los dos ióvenes. Ahmed, consciente de los impedimentos que suponían su raza y su reli­gión, hacía continuas promesas a la muchacha de que abrazaría la fe cristiana si accedía a acompañarle a África, donde le espe­raba una herencia que le convertiría en un hombre rico y respe­tado. Una vez cristianizado y con el carácter que le confería su nueva posición, regresarían con María a solicitar el perdón del tío que,¡ ante tantas evidencias, no tendría incoveniente en darles sus bendiciones y unirlos en matrimonio.
Era el 18 de Octubre de 1731, la noche prevista para la fu­ga. Amparados en la oscuridad, Ahmed y María llegaron hasta el embarcadero, a corta distancia de su domicilio. So pretexto de recoger algo de equipaje, el moro volvió sobre sus pasos, entró en la casa y, deslizándose a través de estancias y pasillos llegó hasta la alcoba donde el sacerdote dormía profundamente, sumi­do en un sueño del que no despertaría jamás. Ahmed lo cosió a puñaladas y, dejándolo tendido en un charco de sangre, empezó a buscar alocadamente las llaves de la arquilla, donde sabía se encontraba la fortuna de su amo. Algo debió traicionar su sangre fría, algún riesgo no calculado, alguna eventualidad no prevista; lo cierto es que, mientras andaba revolviendo cajones y alacenas, los horrorizados gritos de la vieja criada terminaron con la ya escasa serenidad del homicida que, cegadas sus facultades por el pánico, buscaba afanosamente una salida sin acertar a encontrar­la. Al trasponer finalmente la ansiada puerta, Ahmed se dio de bruces con los alguaciles de la ronda, que llegaban atraídos por el griterío del vecindario.
Tomando ahora ya el hilo de la historia, «el quince de no­viembre se notificó al moro la sentencia de muerte, debiendo an­tes ser arrastrado y cortársele la mano derecha, circunstancias que se modificaron, aplazando la mutilación para después de muerto. Convirtióse el reo y fue bautizado, siendo padrinos el alcaide de la cárcel y su esposa. Subió al patíbulo con la cara vuelta a él y la espalda al pueblo, y después de ejecutado y cor­tada la mano (que se colocó en el portal de la casa del sacerdote difunto) se quemó el cuerpo delante del abrevadero de Itria. En 1840 se veía aún sa ma d'es moro, tras de una reja de hierro y en el sitio indicado›.
La leyenda, por su parte, no es tan piadosa como la historia. Según ella, Ahmed fue arrastrado vivo por la ciudad con parada obligatoria frente a la casa del cura donde, sin ninguna contem­plación, se le amputó la mano derecha que fue clavada al ins­tante en la fachada. En cuanto a la bella sobrina, recluída en un convento desde el día de autos, era depositada cadáver en el ataúd al mismo tiempo que el verdugo terminaba con la vida de su enamorado.
Y para que nadie se escapara con bien de un final de trage­dia, la criada, que era de Lluc, fue sepultada por un desprendi­miento cuan-do se volvía para su casa a reponerse de los últimos sobresaltos.

Fuentes: A. Campaner: Cronicón Mayoricense.
Aliquid (seud, de Jaume Cerdá): Sa mà d’es Moro, romance por entregas publicado en L'Ignorancia. Tomo II.

092. anonimo (balear-mallorca-palma)

Sa jaia secorrada


Pese a que monseñor Macabich afirma que en Eivissa no se siguió proceso contra ninguna bruja, aun en el tiempo en que éstas se prodigaban por toda Europa, lo cierto es que la creencia popular siempre las ha admitido, como parte impor­tante de su tradición.
Según ella, las brujas se pasearon por la isla repartiendo ojerizas, organizando aquelarres y practicando la magia ne­gra, al tiempo que se permitían curar algunas enfermedades por procedimientos esotéricos y complicados.
Las materias primas empleadas por las brujas ibicencas en sus ceremoniales y ritos eran las comunes a la brujería universal. Escobas y cabrones para desplazarse de un lado a otro y carne de cementerio, sangre de niños, sapos, escorpio­nes, mechones de pelo, alfileres, extrañas pociones y sofisti­cados brebajes, constituían lo esencial de su farmacopea. Los aquelarres, presididos por Satanás o su representante, eran delirantes: todo el mundo en cueros, danzando unos alrede­dor de una hoguera mientras otros dan cuenta de sus fecho­rías a la presidencia. Siguen las celebraciones de misas ne­gras, la admisión de neófitos y la repartición de las pócimas y los específicos entre la concurrencia. Finalizados los ritos y las danzas, las brujas montan en sus escobas y regresan a su vida normal, entrando en la casa -¿capricho u obligación?­por el ojo de la cerradura o la rendija de una puerta.
De todo ello quedan, en la pitiusa mayor, viejas consejas, expresiones populares -caramellos de bruixa o remolins de bruixes- y alguna que otra canción:

Plou i ja sol,
ses bruixes se pentinen;
plou i fa sol,
ses bruixes porten dol.

conocida, por otra parte, en todo el archipiélago y, como tan­tas otras cosas, recibida de la común cultura catalana.
Los hay, en Eivissa, que dan por seguro, aún hoy, la exis­tencia de alguna suerte de brujas. Sólo de una forma muy traslaticia, olvidando la auténtica acepción de la palabra y tomándola en el más doméstico de los sentidos, podemos aplicar el calificativo a los aficionados a la cartomancia, a la superstición y a algunas artes de curanderismo, practicadas por algunos que, sin necesidad de encomendarse al diablo ni de montarse en el mango de una escoba, consiguen resulta­dos de muy dudosa efectividad.
Brujas, lo que se dice brujas, si existieron un día, hace tiempo que abandonaron la isla blanca, ahuyentadas -tal vez- por el progreso y el cosmopolitismo. Pero ni uno ni otro consiguieron borrar el recuerdo de sus andanzas, como las que protagonizó aquella jaia de San Rafael, a medio ca­mino entre Eivissa y Sant Antoni de Portmany.
La mujeruca vivía en el campo, en una casucha donde se almace-naban todos los utensilios necesarios a su profesión. Redomas, alam-biques y enormes calderos, destilaban cons­tantemente las pócimas de mandrágora y belladona, los un­güentos de manteca rancia y los brebajes de opio y cicuta que, personalmente y seguida siempre por su escuálido pe­rro, entregaba en el domicilio de sus clientes.
La vieja -sa jaia- no dejaba a nadie -y menos aun a los hombres- acercarse a su choza, pero todos sabían que allí permanecía su hija, una hermosísima muchacha, conde­nada por su madre a la soledad y a sucederle en las artes de la brujería.
Aprovechando una de las ausencias de la bruja, un joven, más curioso o menos timorato, se atrevió a entrar en la cabaña del bosque. Los rumores no eran exagerados: la mu­chacha era, cierta-mente, hermosa; tanto, que se enamoró in­mediatamente de ella y así se lo hizo saber en el momento en que entraba, para desgracia de ambos, la arpía.
La determinación de la vieja fue tajante: despidió airada­mente al joven, que regresó al pueblo amenazado con las peores maldiciones si volvía a comparecer por allí, y ence­rró a la muchacha de modo que nadie pudiera verla ni ella tuviera la menor oportunidad de escapar de la choza.
Algún tiempo después, el joven de San Rafael supo que la doncella había muerto. Le contaron que su agonía fue larga, languideciendo día a día por aquel amor que su madre se empeñó en ahogar, sin conseguirlo del todo.
El hombre juró vengarse y se propuso terminar con la bruja haciéndola víctima de las mismas malas artes que prac­ticaba. De algún modo consiguió un mechón de pelo de la vieja -una estopa gris y sucia, cuyo contacto le repugna­ba-, lo introdujo en la boca de un sapo cosiéndola, seguida­mente, con un alfiler y se colgó el animal del cuello, a modo de collar, dispuesto a esperar cuanto fuera necesario.
El día en que el sapo murió, apareció el perro flaco de la bruja, vagando por las callejas del pueblo. Era la señal espe­rada. Un puñado de lugareños se dirigieron al bosque para cerciorarse de la muerte de la bruja y, cerca de su cabaña, hallaron los rescoldos humeantes de una gran hoguera. Es­carbando entre las cenizas, al poco tiempo aparecieron, car­bonizados, los restos de una persona.
Nadie dudó en admitir que eran los despojos de la jaia cuya leyenda, por esta circunstancia, empezó a repetirse des­de entonces como la de la jaia secorrada.        

Fuente: Gabriel Sabrafin

092. anonimo (balear-eivissa)

Sa cre d’en ribas


A la pequeña capilla encalada, sobre el cerro denominado Puig d'En Ribas, acudían los romeros, desde la villa de Santa Eulalia. La fiesta era particularmente vistosa el 3 de mayo -día -en que se conmemoraba la Invención de la Santa Cruz- y, en esta ocasión, el oratorio se adornaba con pro­fusión de cintas de colores, ramos de lentisco y flores silves­tres. Incluso había quien depositaba su modesto óbolo, en forma de algunas monedas, a los pies de una vieja cruz de madera, para que no faltara una vela que encender, en agra­decimiento por algún favor recibido.
La vieja cruz tenía su historia, los romeros la sabían y, si algún visitante se mostraba interesado en conocerla, se la contaban -más o menos- así:
Ribas era un leñador que se ganaba la vida talando árbo­les por aquellos contornos. Su destreza con el hacha era fa­mosa en la comarca y no había árbol que se resistiera a la contundencia de sus golpes. Por eso a Ribas le estaba enco­rajinando aquella dichosa encina, en la que no había forma de hacer mella. Su grueso tronco parecía estar recubierto de una capa de acero y el hacha rebotaba, levantando sólo unas minúsculas astillas, en lugar de clavarse en la compacta leña.
Ante los dificultades, Ribas tenía un defecto: maldecía y juraba sin freno. Su repertorio escatológico no tenía límites y, a las palabras más o menos gruesas, seguían las más so­noras blasfemias que el leñador improvisaba, mientras redo­blaba la furia de sus golpes.
En aquella ocasión, el hombre estaba agotando su inven­tiva. Había invocado lo invocable y lo ininvocable, había escupido cien veces en la palma de sus manos y probado a atacar la ancha base del árbol en todos sentidos. Inútil. La encina se resistía, como si recibiera los inofensivos golpes de un niño.
Cansado, resoplando como un búfalo, Ribas soltó el ha­cha pensando que no le iría mal tomarse un descanso y en­gullir el pan y el queso de su zurrón. Se sentó bajo el árbol rebelde y, no bien hubo empezado a dar cuenta de su ración, le sobresaltó la presencia de un extraño personaje.
-¿No vas a invitarme? -El recién llegado hablaba con voz campa-nuda, no exenta de cierta familiaridad.
Al leñador, el estrafalario aspecto del advenedizo no le inspiraba confianza. Demasiado alto, de rostro apergaminado y renegrido, su indumentaria más bien parecía un estrambó­tico disfraz que la adecuada para andar por el campo. El hombre le miraba con un brillo intenso en sus entornados ojos y, como no recibiera respuesta a su pregunta, sentóse frente a Ribas y, echando mano de su talega, empezó a ingerir su propia comida.
Aquí la sorpresa del ibicenco se trocó en espanto. La die­ta de aquel personaje era como para revolver las tripas a cualquiera: sapos, escarabajos, arañas, culebras y lagartijas, acompañadas de vísceras sanguinolentas y pezuñas de ca­bra. Ribas no necesitó esforzarse demasiado para compren­der que estaba ante el Diablo en persona. Lo malo era que no podía huir; una fuerza misteriosa lo retenía clavado al suelo y así vio cómo su acompañante, acabado su condumio, aga­rraba el hacha y, de un solo tajo, echaba al suelo la conflic­tiva encina.
Ahora Ribas lo comprendía todo: aquel dichoso árbol le había hecho invocar a Satanás más de una vez y allí le tenía, como poseído de una furia tremenda, haciéndole en segun­dos un trabajo en el que él hubiera invertido, todavía, varias jornadas.
Pero el diablo reclamaría su precio, eso seguro, y él no estaba dispuesto a pagarlo. Una sensación de ahogo le iba invadiendo por momentos; todo, a su alrededor, parecía her­vir: la tierra, la roca en la que se sentaba, los árboles, arran­cados de cuajo por los diabólicos hachazos... El monte todo parecía un volcán en erupción.
Ribas hizo un sobrehumano esfuerzo. Se arrancó la pe­queña cruz de plata que llevaba colgada al cuello y, exhi­biéndola sobre la palma de su mano, la mostró a Satanás. Luego, cayó desvanecido.
Cuando volvió en sí, en el bosque reinaba la paz más absoluta. De no ser por todos aquellos árboles talados, el leñador hubiera jurado que acababa de despertarse de un mal sueño. Al recoger su crucecita de plata, observó cómo su marca había quedado grabada en la superficie de una roca. Aquello acabó de convencerle.
La marca de la pequeña cruz se conserva, indeleble, en una roca del Puig d'En Ribas y los romeros la han besado muchas veces con cariño al ascender hacia la capilla en la que -cuentan- el leñador, arrepentido, hizo colocar una cruz, hecha con la leña de aquel árbol que a punto estuvo de costarle la condenación eterna.

Fuente: Gabriel Sabrafin

092. anonimo (balear-eivissa)

S’estany pudent


Una vieja historia, en Formentera, explica la génesis de la gran laguna -hasta hace algo más de un siglo, de aguas encharcadas y fétidas- que en la isla se conoce con el nom­bre de S'Estany Pudent.
Hace muchos, muchísimos, años -tantos, que nadie po­dría precisar cuando ocurrió- sobre la vasta superficie que hoy ocupa el estanque, se extendía una heredad, tal vez la más rica de Formentera, que contaba con algo de incalcu­lable valor: manantiales de agua dulce, tan escasa como ne­cesaria en la isla. En las casas, administrando la finca, vi­van sus propietarias -una madre y dos hijas-, cuya exis­tencia discurría sin contratiempos, en un ambiente amable y feliz.
Pero murió la madre y, contra todo lo esperado, en su testamento se explicitaba que la hacienda pertenecía, desde entonces, a las dos hijas, por partes iguales. Aquella deci­sión, que la buena mujer pensaría en vida como la más acertada, fue el principio de un final de tragedia.
Las dos herederas parecían competir en desidia hacia la finca. Nada les importaban la casa ni las tierras. Las cose­chas se perdían, el ganado vagaba por los abandonados pas­tos y la casa llegó a tener un aspecto de desolación y ruina.
En su lucha sorda por agotar la paciencia de la otra, las hermanas se habían convertido en enemigas irreconciliables y, condenadas a soportarse bajo el mismo techo, menudea­ban las discusiones y los insultos que, en ocasiones, llega­ban a la maldición más execrable.
La situación llegó a su límite cuando, en el transcurso de una de aquellas disputas, una de ellas, vomitando odio, le espetó a la otra:
-¡Así os hundáis tú y tu maldita hacienda!
-¡Lo mismo te deseo a ti!
Y en aquel instante, una ola gigantesca, inmensa, se le­vantó del cercano mar y, cayendo sobre la casa y las tierras, lo anegó todo, originando una laguna en cuyo fondo fue pudriéndose, poco a poco, la otrora riente hacienda.
Así fue, cuentan, cómo nació S'estany Pudent, a la parte de tramontana, muy cerca, pegado casi, al puerto de la Sa­vina. Durante siglos, sus aguas espesas y malolientes, fue­ron seguro cobijo de aves migratorias con abundancia de garzas y flamencos, y, en ocasiones, foco de epidemias de consecuencias desagradables para los isleños.
Fue un obispo de Eivissa, don Basilio Carrasco, quien, a sus expensas, hizo comunicar el estanque con el mar, de­volviendo así la vida a aquellas aguas. Hoy, además de la importante producción de sal que se obtiene en sus orillas, una rica variedad de peces ha proliferado en el estany. Al­gunos, hasta se atreven a entrar por las ventanas de una edificación, visible claramente bajo las aguas, o juguetean con los chorros de agua dulce de los manantiales que, des­de siempre, siguen allí y, en ocasiones, hasta afloran sobre la superficie de la laguna.

Fuente: Gabriel Sabrafin

092. anonimo ((balear-formentera)




S’era d’escorca


Desde muy temprano, apenas empezaba a asomarse el sol sobre las montañas que rodean los parajes de Escorca, llegaban a la era los cárros cargados de gavillas. El crujir de los arma­tostes cesaba al borde del gran círculo de tierra, sobre el que muy pronto quedaban esparcidas las espigas, doradas y henchi­das de un grano abundante.
Los hombres y mujeres de la era, bajo la sombra de sus som-breros de palmito, una vez cerciorados de que s'estesa de las espigas era uniforme a lo largo y ancho de toda la superficie, se quitaron los manguitos, los maneguins, que protegían sus ante­brazos y buscaron la sombra de un algarrobo. El sol calentaba ya como para tostar convenientemente la mies, mientras los traba­jadores engullían la primera comida sustanciosa de la jornada. Anchas rebanadas de pan, recubiertas de sobrasada y gruesas lonchas de queso, se acompa-ñaban con aceitunas, picantes guin­dillas y largos tragos de vino, de agua fresca de la jarra o de mesclat, primitivo compuesto a base de palo y cazalla, considera­do como elemento necesario para poder resistir la jornada de trabajo que se iniciaba bajo el inclemente sol de julio.
Los carretons, rodillos estriados, de piedra caliza, estaban engan-chados a las bestias sobre la superficie de la era y muy pronto, empezaron a batre de galop, agotadora trilla consistente en macha-car espigas y dejar la siega triturada, para poder aven­tarla luego con las forques, de tres, cuatro o cinco puntas que, trabajando a favor del viento, acabarían por separar el grano de la paja des-menuzada. Era el momento cumbre de la jornada. To­dos, hombres y mujeres, estaban en constante actividad. La agi­tación, el ritmo de la faena, el sofocante calor y la atmósfera, irrespirable casi, saturada de uñ irritante polvillo de paja y tie­rra que se pegaba a los sudados rostros y se agarraba a las gar­gantas, elevaban la excitación de los trabajadores hasta un grado difícilmente reprimible.
Las continuas rondas de mesclat y la tozudez de la bestia en no mantener un ritmo constante, eran el origen de las primeras maldiciones y de las sonoras blasfemias que acompañaban el vue­lo de la certera pedrada a las orejas del mulo, terco y cachazudo.
Fue entonces cuando desde el encinar cercano, llegaron los sones de la campanilla con la que el monaguillo iba avisando la proximidad del Santo Viático, por el camino que pasaba bor­deando la era. Algún olvidado pastor, un pobre carbonero tal vez, a punto de salir de su miserable cabaña para trasponer el umbral de la eternidad iba a recibir el auxilio del cuerpo de Dios que el párroco de la vecina iglesia le llevaba sin desmayo, por aquellos agrestes parajes.
Nadie en la era paró mientes en la campanilla; nadie se dio por enterado del aviso del monaguillo; nadie, en fin, quiso sus­pender su trabajo ni descubrir su cabeza al paso del sacerdote. La mula continuaba trotando, animada con gritos y maldiciones, y no cesaron tampoco las intencionadas coplas, cargadas de ma­licia, que venían cruzando mozos y mozas, entre trago y trago de aguardiente, Casi ni se enteraron del crujido sordo de la era bajo sus pies. Sólo cuando en la tierra se abrió una enorme grieta que se tragó en un momento hombres, animales y enseres, un escalofriante grito sucedió a las canciones y a las blasfemias. La era entera, toda su redonda super-ficie, se hundió entre un gran estruendo mientras el cristalino repiqueteo de la campanilla se alejaba, poco a poco, perdiéndose bajo las encinas del bosque.
Aún hoy, no lejos de la pequeña iglesia de San Pedro de Escorca, una de las más antiguas de Mallorca, puede verse una gran falla en el terreno. La oquedad, medio llena de piedras, de lentiscos y de zarzales «se dize que antiguamente era una Hera para trillar el grano, y por quanto estando en su labor, y no se hizo el acato y reverencia que merecía Christo Sacramentado que por Viático passava de muy cerca; Hombres, machos y territorio todo se undió y desapareció. De esto se tiene memoria por sola tradición pero a más de darnos ésta motivo de credulidad, las conjeturas que tengo reparadas me dan motivo de plena proban­ca y credulidad». Así se dice, en un lívido manuscrito, alguien que se confiesa «trienal sirviente y devoto de María».
En castigo a su irreverencia, los que aquel lejano día faena­ban en la era, no han hallado todavía la paz ni el sosiego. Aquella trilla resultó interminable para ellos; el vertiginoso batre de ga­lop, las coplas y las sonoras maldiciones, resuenan aún en las noches cerradas de los encinares de Escorca. O resonaban, qui­zás, tan sólo cien años atrás, cuando Costa y Llobera escribió:

«Algú diu que ha sentit
passant en l'alta nit,
pujar aquí seguit
remors estranyes:
Cançons com infernals
trot fondo d'animals
i esquellas, dels penyals
a les entranyes...»

Fuentes:
Miguel Costa y Llobera: Tradicions i fantasíes.
Gabriel Llompart: La tradición europea de L'Era d'Escorca.
Gabriel Amengual (a. Company ), de Campanet.

092. anonimo (balear-mallorca-lluc)

S’arenal de son bou


La incursión de aquella noche no había resultado dema­siado interesante para los piratas. La casa era humilde y, salvo vaciar su pobre despensa, no hallaron en ella más que un tonel de vino, con cuyo contenido decidieron miti­gar un tanto lo decepcionante de su aventura.
Maniataron al asustado payés y se lo llevaron con el to­nel a la próxima nave, donde continuaron las libaciones, hasta trasvasar todo el vino a sus estómagos. El pobre pa­yés asistía con creciente pre-ocupación a aquella borrache­ra colectiva, preguntándose qué papel le correspondería a él en aquella bacanal. No le dieron opción a seguir pensan­do mucho tiempo: dos moros le metieron en el barril, cla­vetearon la tapa y lo echaron por la borda entre las risota­das de los bacantes.
Nunca supo el hombre cuanto tiempo permaneció ence­rrado en aquella incómoda postura. Se sentía ir y venir, al compás de las olas, hasta que un golpe de mar lo lanzó so­bre lo que, pensó, debía ser la arena de alguna playa. Como pudo, hizo saltar fuera el tapón del tonel y aplicó un ojo al agujero. Efectivamente estaba en tierra, en un solitario are­nal, aunque de poco le valía si no llegaba pronto alguien a socorrerle.
Esperó pacientemente, sin dejar de observar por su oca­sional mirilla hasta que vio acercarse a un buey que, entre aburrido y curioso, empezó a olisquear aquel extraño arte­facto. En un momento dado, con sólo dos dedos asomando por el agujero, el hombre consiguió asir el rabo del animal y tirar fuertemente de él.
El bicho, asustado por aquel inesperado ataque, echó a correr arrastrando la bota sobre la arena hasta que la hizo astillas, estrellándola contra una roca y liberando así al mareado, hambriento y magullado payés.
Este, en recuerdo a su providencial salvador, bautizó el lugar como s'arenal de Son Bou, nombre con que se cono­ce una gran playa del mediodía de Menorca, en la que unas antiquísimas ruinas son testimonio de un cristianismo pri­mitivo, establecido en la isla mucho antes de que los moros pensaran ocuparla algún día.

Fuente: Gabriel Sabrafin

092. anonimo (balear-menorca)

Religión y fantasía


Los primitivos tiempos del cristianismo balear, aquellos en los que la tradición popular -tan bella como equivoca­da- hace esconder las imágenes marianas que, siglos des­pués, extinguida la dominación africana, serán reencontradas por un pastorcillo, tienen en Menorca resonancias testimonia­les. Dejando aparte los vestigios arqueológicos, antiquísimos restos de edificios destinados al culto, existen documentos -la carta del obispo Severo, en el siglo v- que dan fe de la aceptación que aquel cristianismo tenía entre los habitantes de la balear menor, en aquellos años últimos de la domina­ción romana en las islas.
De aquellas lejanas vivencias han quedado en la tradición menorquina numerosas historias, entreveradas de leyenda y de fan-tasía. Las versiones actuales avaladas por el resbala­dizo testimonio de una generación a otra, son, empero, el ex­ponente de una religiosidad lejanamente enraizada, en las que la autenticidad hay que buscarla no en su forma sino en su fondo.
Los resultados de aquellas historias permanecen -algu­nos- con vigencia plena y actual. Uno de ellos podría ser el topónimo de Sant Esteva, aplicado a una caleta, cerca de Villacarlos y que arrancaría de un curioso suceso, allá por el año 418, que nos llega adornado con los elementos suficientes para encuadrarlo de lleno en la leyenda.

Fuente: Gabriel Sabrafin

092. anonimo (balear-menorca)