Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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jueves, 2 de agosto de 2012

El arco embrujado, el ciervo mágico y el pájaro parlanchín


Un rico mercader azteca tenía tres hijos. Los reunió alrededor de su lecho de muerte y les dijo:
-Queridos hijos, mi vida llega a su fin. Antes de morir, quie­ro recordaros que siempre me he esforzado por ser fiel a la amis­tad, honrado en los negocios y valiente en la batalla. Haced lo mismo y os sentiréis satisfechos. Éste es el único consejo que os doy. Además, os dejo tres objetos muy preciosos, que os serán más útiles que cualquier tesoro: un arco, con el que toda flecha da en el blanco; un ciervo, que puede llevar a su amo a donde de­see; y un pájaro parlanchín, que puede decir a su amo todo aque­llo que sabe.
El mercader bendijo a sus tres hijos y exhaló su último suspiro.
Después de la muerte de su padre, el mayor de los hijos afir­mó:
-Soy el primogénito y debo ser el primero en elegir. Me que­daré con el arco embrujado.
El segundo dijo:
-Entre el pájaro que habla y el ciervo mágico, elijo el ciervo.
En consecuencia, el tercero, a quien le había tocado el pája­ro parlanchín, pensó:
-No me servirá de nada, pero igualmente lo cuidaré, porque lo he recibido en herencia de mi padre.
Después del reparto, los tres hermanos se separaron y se fue­ron por el mundo en busca de fortuna.
El mayor se convirtió en un famoso cazador y tuvo mucha suerte. El segundo, gracias al ciervo, se convirtió en un mensaje­ro muy conocido y tuvo incluso más suerte que el primero. Pero el más joven, ayudado por el pájaro parlanchín, llegó a ser pri­mer ministro del rey.
Sus hermanos, cuando lo supieron, se dejaron dominar por la envidia y tramaron matarlo y robarle el pájaro parlanchín, en el afán de llegar a ser, también ellos, ministros. Mientras cons­piraban, sin embargo, el pájaro parlanchín estaba cerca de ellos, en una rama, y los oyó. Naturalmente fue enseguida a advertir a su amo. El hermano menor se echó a llorar diciendo:
-No les tengo miedo a mis hermanos, pero pienso cómo se re­volvería mi pobre padre en su tumba viendo lo mal que se com­portan. No, no quiero creer que sean malvados hasta ese punto. Esperemos a ver qué ocurre.
Al día siguiente, sus dos hermanos llegaron a la corte. Fin­gieron sentirse sorprendidos y felices por la fortuna que le había tocado al menor de la familia, que se había convertido en un hombre muy poderoso. Él los recibió con lágrimas en los ojos, hizo que les preparasen las mejores habitaciones del palacio y se los presentó al soberano. Ambos se fueron a dormir pronto para reponerse del cansancio del viaje.
El hermano menor, mientras tanto, como todas las noches, se sentó en un sillón a escuchar las noticias que le transmitía el pájaro parlanchín. Éste se posó suavemente sobre sus hombros y susurró:
-El rey del país vecino ha decidido declararnos la guerra y apoderarse de nuestra región. Quiere pillarnos desprevenidos. Su ejército se pondrá en marcha, para sorprendernos, mañana por la mañana.
Después de haber indicado qué sitios y cómo atacaría el ejér­cito, el pájaro se fue volando en busca de otras noticias.
El joven acudió enseguida a hablar con el rey y le comunicó el peligro que corrían.
-Pobres de nosotros -suspiró el rey. Nuestros mejores ofi­ciales no están aquí y los soldados se han ido a disfrutar de su permiso. ¿Cómo podremos resistir?
-Majestad -respondió el joven: si prometéis elevar a mis hermanos a la nobleza, os salvaré yo.
-Te lo prometo -dijo el rey, pero en su espíritu no albergaba muchas esperanzas. No creía que tres hombres solos pudiesen enfrentar al poderoso ejército enemigo.
El joven fue a despertar a sus hermanos y les dijo:
-Escuchadme, nuestro padre fue un hombre valiente, hasta tal punto que aún hoy, cuando oye nuestro nombre, la gente murmura: «Son hijos de aquel valeroso guerrero que nunca co­noció el miedo». ¿No os parece que nuestro deber es mostrarnos dignos de su fama y defender nuestra tierra, tal como lo habría hecho él?
Después les contó lo que había sucedido y propuso lo que debían hacer.
-Tu ciervo -le dijo al segundo- nos llevará rápidamente has­ta el campo enemigo. Tendremos tiempo suficiente, porque un gran ejército no puede avanzar con tanta rapidez como tu cier­vo. Cuando lleguemos, el pájaro parlanchín nos dirá dónde se esconde el enemigo. Y entonces tú -añadió dirigiéndose al her­mano mayor- lanzarás tus flechas.
Los tres hermanos montaron en el ciervo y el pájaro par­lanchín se posó en el hombro del menor. El hermano mediano espoleó al ciervo y llegaron en un santiamén. Mientras se ocul­taban en la espesura del bosque, el pájaro parlanchín inició vo­lando su exploración del terreno. Volvió un instante después para informar a los hermanos del lugar exacto en el que se en­contraban el ejército enemigo y su rey.
Entonces, el hermano mayor tensó el arco, colocó una fle­cha, apuntó siguiendo las indicaciones del pájaro y disparó.
La flecha voló, voló, voló recta hasta donde el rey se oculta­ba y le atravesó el corazón.
El ejército enemigo fue presa del terror. Los soldados esca­paban a la desbandada gritando:
-¡Esto es obra del demonio! ¡Volvamos a casa!
Pero uno de los oficiales, más valiente que los demás, inten­tó alentar a sus compañeros exclamando:
-¡Adelante, venguemos la muerte de nuestro rey!
El mayor de los hermanos colocó una segunda flecha, apun­tó y disparó. La flecha voló, voló, voló derecha hasta el oficial y le atravesó el corazón.
Los soldados enemigos, ante aquella segunda muerte, esca­paron, unos a pie, otros a caballo, y no se detuvieron en su fuga hasta que no llegaron a su casa. Mientras tanto, había salido el sol. Los tres hermanos colocaron los cuerpos del rey y del oficial sobre el lomo del ciervo y volvieron al palacio.
La ciudad los recibió jubilosamente. Todos cantaban, baila­ban y lanzaban vivas. El rey concedió a los tres hermanos títulos de nobleza y los recompensó con tierras, casas, caballos y pie­dras preciosas.
Desde aquel día, los hermanos vivieron juntos en armonía. Habían comprendido que podían actuar mejor uniendo sus fuer­zas que divididos y que, además, no hay bien más precioso que un buen hermano.

063. anonimo (mexico)

El alacrán


Cuento popular

Pues cuentan que había una vez un hombre bondadoso y sencillo que tenía una gran fortuna, pero un día la mala suerte le alcanzó y perdió hasta la última moneda que había ahorrado. El hijo, que estaba de viaje, tuvo un accidente y murió, y la mujer, que no pudo soportar tanto dolor, falleció al poco tiempo. Así que enseguida tuvo este hombre una ruina completa, y hasta los amigos dejaron de visitarle.
Entonces, el hombre vendió hasta su casa y se quedó en la miseria total. Un día se dirigió a una cueva donde vivía un ermitaño, que decían era sabio y ayudaba a todo el mundo.
El ermitaño, que era aún más pobre que el hombre, le invitó a un trago de agua y escuchó lo que había ido a contarle.
El hombre le contó todas sus penas y le preguntó si sabría de alguien que le prestara un poco de dinero, pues con él podría pagar algunas deudas y comenzar de nuevo. El ermitaño estaba muy apenado por la historia, pero era evidente para el hombre que poco podría hacer. En esto un alacrán comenzó a subir por la pared, y el ermitaño lo recogió con cuidado, lo envolvió en un trapo y le dijo:
-Es lo único que tengo, hermano. Llévalo al prestamista, a ver cuánto te dan por ello.
El hombre, que estaba muy desesperado, lo aceptó y fue a la casa del prestamista. Allí, temeroso de que le echaran inmediatamente por llevar un alacrán vivo, le sorprendió la exclamación que hizo el prestamista al abrir el envoltorio. Pues en el interior había un alacrán de fino oro, con filigranas y adornos de esmeraldas, rubíes y diamantes.
Esto bastó para cancelar sus deudas y reanudar su vida, consiguiendo incluso volver a tener una considerable fortuna. Pero no olvidaba al solitario ermitaño, ni siquiera ahora que volvía a tener muchos amigos. Así que un día fue a la casa del prestamista, recuperó la joya y llegó hasta la cueva del ermitaño para devolverle el regalo.
El ermitaño abrió con cuidado el envoltorio, cogió al alacrán y, depositándolo en el mismo sitio de donde lo había cogido, dijo: 
-Sigue tu camino, criaturita de Dios.
Y el precioso animal, convertido de nuevo en un vulgar alacrán, comenzó a caminar lentamente.

063. anonimo (mexico)

Cuento del conejo y el coyote


Cuento popular

Pues les voy a contar el cuento que me contó mi abuelo.
Una noche de luna llena, entró el conejo en un huerto de chiles [1]. Como estaba solo y tenía hambre, se dijo:
-Humm, estos chiles me los voy a comer yo.
Y se comió los más grandes.
Al día siguiente, el dueño del huerto fue a ver sus chiles y se dio cuenta del desastre. Pero reconoció las huellas del conejo, así que decidió que la próxima vez no se saldría con la suya. Preparó una trampa e hizo un muñeco de cera de abeja. Plantó el muñeco en mitad el huerto y se fue.
Por la noche, el conejo regresó. ¡Le habían gustado tanto los chiles...!
Cuando vio al muñeco, se acercó para saludarle.
-Buenas noches, amigo -le dijo.
Como el muñeco no respondía, el conejo le preguntó:
-Qué pasa, amigo, ¿te ha comido la lengua el gato?
Y le dio con las patas delanteras. Como se le quedaron pegadas, intentó separarse con las de atrás, y estas también se quedaron pegadas.
A la mañana siguiente, el hombre fue a su huerto y encontró al conejo.
-Ahora sí te tengo -le dijo.
Lo agarró, lo metió en una red y lo llevó a la casa para hacerse un buen guiso. Puso a calentar agua y se fue a trabajar.
Al rato pasó por ahí el coyote y, al ver al conejo, le dijo:
-Hermano, ¿qué haces ahí?
-Pues nada -le contestó el conejo-, que esta gente quiere que me case con su hija. Pero yo soy todavía muy joven, ¿por qué no te quedas tú en mi lugar? Mira, ya han puesto a calentar el agua para el chocolate.
El coyote aceptó encantado y se metió en la red.
Cuando regresó el hombre y vio al coyote, se enfureció.
-Pues a ti te cocinaré -dijo, y le echó en el agua hirviendo.
El coyote pegó un salto y escapó. Fue a buscar al conejo a su madriguera.
-¡Ah, pícaro! Ahora mismo te voy a comer.
Como el conejo sabía que el coyote no distinguía entre la güira [2] y el zapote [3], le dijo:
-¡Pero qué me vas a comer, con los zapotes dulces que tengo aquí!
-Bueno, entonces échame algunos -le dijo el coyote.
Y el conejo le echó güira. Cuando el coyote la comió, se atragantó y cayó desmayado. Al rato, cuando despertó, fue a buscar de nuevo al conejo. Este estaba a la orilla de un cerro, junto a una gran piedra. Al verlo, el conejo saltó y apoyó las manos en la piedra.
-¡Pícaro, me engañaste otra vez! Pero ahora sí que te como...
-No, no me comas -le suplicó el conejo. Si dejo de sostener esta piedra, la montaña se caerá y nos matará a todos. Ayúdame y sujeta la piedra mientras yo voy a buscar ayuda.
El coyote se arrimó y, al cabo de un rato, como vio que el conejo no aparecía, se dio cuenta del engaño y soltó la piedra. Fue a buscarle otra vez.
Esta vez estaba subido a una rama, cerca de un panal de avispas.
-¡Ahora sí que no te escapas...!
-¡Espera! -dijo el conejo-. Si me comes, ¿quién va a vigilar esta escuelita? Ven y ayúdame.
El coyote subió y el conejo le dio una vara.
-En cuanto veas que asoma alguna, le pegas con la vara -dijo el conejo, y salió corriendo.
El coyote se recostó en la rama y al ratito salió una avispa. Golpeó el panal, y salieron todas las demás detrás de él. Tuvo que meterse en un arroyo para librarse de ellas.
Ya se hizo de noche cuando el coyote encontró al conejo en la orilla de una laguna. A punto estaba de comérselo, cuando el conejo le dijo:
-Pero qué me vas a comer, hermano, si estaba esperándote para que comiéramos ese queso que se ve ahí.
Y le señaló la luna que se reflejaba en el agua.
-Pero para poder comérnoslo, antes tenemos que tomar el suero -dijo el conejo, y lo llevó a la laguna para beber agua.
-Ay, ya no puedo tomar más -dijo después de un rato el coyote.
-Toma otro poquitito y así podrás comer el queso -dijo el conejo.
Cuando al coyote ya casi le salía el agua por las orejas y tenía inflada la panza, el conejo se fue corriendo y subió a las ramas de un árbol.
Desde allí, saltó hasta la luna. Estando allí arriba, vio al coyote que buscaba el cielo. Por eso dicen que el coyote mira mucho al cielo.
Y hasta aquí llegó el cuento que me contó mi abuelo.

063. anonimo (mexico-zapoteco)


[1] Chile: nombre que se usa para todas las variedades de pimiento.
[2] Güira: fruto parecido a una calabaza pequeña.
[3] Zapote: fruto de carne dulce y amarilla con una gruesa semilla dentro, parecido a la manzana.

Consejos o dinero


Cuento popular

Pues érase una vez un campesino que tenía cinco hijos. El mayor, que se llamaba Rosendo, era muy vago y solo pensaba en hacer maldades. El más sensato era el segundo, de nombre Leonardo, pero un día se dejó convencer por el hermano mayor para salir en busca de aventuras. Así que prepararon sus morrales y se fueron de casa sin despedirse siquiera.
Sus padres los buscaron por los alrededores, pero, como no aparecían, regresaron tristes a su casa. Por si esto fuera poco, los otros tres hermanos también se escaparon pasados unos días, porque querían hacer lo mismo que los mayores.
Camina que caminarás, Rosendo y Leonardo recorrieron pueblos y aldeas y, en una de sus caminatas, pasaron frente a una choza con un letrero que decía: «Consejos o dinero para los caminantes». Contentos por haber descubierto tal anuncio, entraron. En la casa estaba un ancianito de largas barbas y rostro tranquilo.
-Buenos días, señor -dijeron los dos hermanos.
-Buenos los tengan ustedes, hijos míos -contestó el anciano. ¿Qué hacen por estos lugares tan desiertos? ¿Entraron por el letrero que cuelga en la calle?
-Sí, señor -respondió enseguida Rosendo, yo quiero las monedas. -Bien, ¿y tú? -le preguntó el anciano a Leonardo.
-Yo, consejos, porque una vez escuché decir que el que no toma un consejo no llega a viejo.
-Esperen un momentito, muchachos -dijo el anciano, y se fue a otra habitación.
-¡Tonto! -le dijo Rosendo a Leonardo. ¿Para qué quieres consejos, eso vas a comer?
-No, Rosendo, los consejos valen más que el dinero, yo sé bien lo que te digo.
-¡Eres un tonto! Y eso son bobadas. Hay que ser práctico y nada más. Era una buena oportunidad para conseguir dinero.
En esto estaban cuando regresó el anciano con una bolsa de monedas de oro. Rosendo ya miraba la bolsa con avaricia, y el viejo se la entregó.
-Adiós y muchísimas gracias, señor -dijo Rosendo y, sin despe-dirse de su hermano, echó a andar.
-Y ahora tú, que pareces más cuerdo -continuó el viejo-, escucha atentamente. El primer consejo es «nunca tomes camino de atajo»; el segundo, «jamás preguntes lo que no te importa»; y el tercero, «piensa las cosas antes de arreglarlas por la fuerza».
Leonardo escribió estos consejos en un papel y se despidió del anciano dándole las gracias.
Al salir de la choza vio los dos caminos que había para ir a su casa. Uno era más corto que el otro y ese fue el que eligió. Pero nada más comenzar a caminar, se le aparecieron malezas, barrancos y piedras, y se acordó del primer consejo. Regresó de inmediato y se metió por el otro sendero, aunque era más largo.
Ya era casi de noche cuando vio a lo lejos una luz que indicaba hospedaje. Fue hacia allá.
-Dios guarde esta casa -dijo.
-Adelante -gruñó una voz áspera desde dentro.
Leonardo avanzó hacia donde estaba el hombre, que tenía el semblante duro y era alto y seco.
-¿Quieres posada? -le preguntó.
-Sí, señor, pero el caso es que no tengo dinero y dependo de la caridad de los demás hasta que llegue a casa de mis padres.
-Entra, que no te costará nada. Ven conmigo para que veas el lugar donde vas a pasar la noche. Pero te advierto que para llegar hasta allí tendremos que pasar por otras salas donde quiero probar hasta dónde llega tu valentía, porque me parece que tú no conoces el miedo.
Y primero fueron a una habitación llena de horribles cuadros, cadáveres momificados y hasta aparatos que parecían de tortura. Leonardo sintió que el terror se apoderaba de él y estuvo a punto de preguntar para qué era todo eso, pero se acordó del segundo consejo y no dijo nada.
-¿Qué te parece todo esto? -preguntó el hombre.
-Bien -dijo Leonardo, tratando de disimular su pánico.
-Pues vamos a otra sala.
Lo llevó a otra estancia con esqueletos colgados, calaveras formando pirámides y otras figuras, además de parrillas con fuego encendido.
-Y de esto, ¿qué me dices? -le preguntó de nuevo.
-Lo mismo, señor.
-Vamos entonces al último lugar por el que tenemos que pasar para llegar a la habitación donde dormirás esta noche.
Leonardo iba asustado y lo que vio en la tercera habitación le espantó aún más. Allí había muchos hombres y mujeres guillotinados.
-Bien, bien -dijo el hombre, pues Leonardo nada le preguntó. Te has librado de morir. Así castigo a quienes preguntan lo que no les importa. Hace un rato llegó otro joven y preguntó en el acto qué hacían aquí todos estos cadáveres, así que le mandé encerrar. A ti te voy a premiar.
Leonardo siguió al hombre, que bajó a un subterráneo por una escalera larguísima. Allí estaba Rosendo, atado y llorando.
-¡Leonardo! -exclamó al ver a su hermano.
-¡Rosendo! Ya ves cómo los consejos ayudan a veces.
Entonces habló el hombre, dirigiéndose a Rosendo.
-Como tu hermano no se mete en lo que no le importa, te perdono.
Muy agradecidos salieron corriendo de allí y siguieron su viaje. Otra vez cayó la noche y decidieron descansar en un mesón donde podrían comer y dormir. Cuando terminaron con la cena, le pagaron al mesonero con una moneda de oro que brilló como un sol a la luz de la vela.
En la mesa de al lado había tres muchachitos con los sombreros calados hasta las orejas que les tapaban media cara. Eran tres ladronzuelos que les estaban espiando desde que entraron al mesón y, al ver la moneda de oro, decidieron robarles cuando estuvieran dormidos.
A media noche entraron al cuarto donde dormían los dos hermanos. Leonardo, que tenía el sueño ligero, se despertó en el acto y, tomando un cuchillo que llevaba, se encaró a los ladrones. Iba a clavárselo ya al primero cuando se acordó del tercer consejo y dijo:
-¿Qué es lo que quieren?
-La bolsa o la vida -dijo uno sacando otro cuchillo.
-Pues ven hasta aquí para quitármela... -dijo Rosendo, abrazándose a la bolsa de monedas.
Y en este punto, los tres ladrones reconocieron a sus hermanos y se quitaron los sombreros para que les vieran. ¡Qué sorpresa! y ¡qué alegría! Se sentaron todos para contarse todo lo que habían vivido, y los hermanos menores relataron que tan mal les había ido que habían tenido que robar para sobrevivir. Por la mañana, volvieron a casa de sus padres y les pidieron perdón por haberse fugado. Con el dinero que llevaron, compraron unas tierras que labraron y, año tras año, pudieron vivir de ellas.

063. anonimo (mexico)

Vicente en el arca voladora


Un campesino tenía tres hijos. Dos eran listos, el tercero era un poco tonto y se llamaba Vicente. Los dos hermanos listos se lo pasaban bien, comían, bebían, mientras Vicente se dedicaba a hacer el trabajo que a ellos les tocaba. Un día, el zar de aquel país comunicó, a través de un bando, que daría a su hija como esposa a quien fuese capaz de ir a buscarla en un arca voladora. Los dos hermanos listos decidieron emprender el viaje para ir a buscar a la hija del zar y dijeron:
-Ya encontraremos un arca voladora por el camino.
La madre les preparó pastelillos y buñuelos y se pusieron en marcha. Después de mucho caminar, se encontraron con un viejo.
-Muchachos, dadle algo de comer a este desgraciado. Hace ya dos días que no pruebo bocado.
-¿Qué quieres que te demos? No tenemos nada para noso­tros.
-¿Cómo que no tenéis nada? ¿Y qué lleváis en la mochila?
-Hemos recogido piñas por el camino.
El viejo sonrió tristemente y se marchó. Poco después, los dos hermanos se detuvieron para comer algo, abrieron las mochilas y las encontraron llenas solamente de piñas. Dejaron todo allí y volvieron a casa.
También Vicente decidió partir en busca de fortuna. La ma­dre no le preparó ni pastelillos ni buñuelos, sino que le llenó el morral con cortezas de pan. No quería tomarse tanto trabajo por ese hijo tan tonto.
Después de mucho caminar, Vicente se encontró también con el viejo.
-Oye, joven, dale algo de comer a este pobre desgraciado. Hace ya tres días que no pruebo bocado.
-Os daría algo de buena gana -respondió Vicente, pero sólo tengo cortezas de pan.
-No importa, cuando hay hambre hasta las cortezas de pan parecen buenas.
Vicente desató su morral y no podía dar crédito a sus ojos: estaba lleno de pastelillos y de buñuelos. Comieron ambos hasta saciarse y después el viejo le preguntó:
-¿Y adónde vas, Vicente?
-El zar ha comunicado que dará a su hija como esposa a quien sea capaz de ir a buscarla en un arca voladora. Y yo voy a tentar fortuna.
-Estupendo, pero ¿dónde hay un arca voladora?
-No tengo ni idea.
-Entonces quiero darte un consejo. Cuando hayas llegado a aquel bosque, dale un golpe con una vara al primer árbol que veas, túmbate deprisa boca abajo y el arca llegará. Así podrás volar a la corte del zar. Pero no olvides algo: debes llevar en el arca a todos los que encuentres.
Vicente le dio las gracias y el viejo desapareció como si se hu­biera disuelto en la nada.
Vicente caminó hasta el bosque, dio un golpe con una vara al primer árbol que vio y se tumbó boca abajo. Entonces por todos lados sonaron truenos, relámpagos y rayos y, un momento des­pués, apareció una magnífica arca voladora. Vicente subió y em­prendió el vuelo en dirección al castillo del zar. Y mientras vola­ba, volaba, vio de pronto a un hombre que corría saltando a la pata coja, y que llevaba la otra pierna atada a la oreja.
-Amigo, ¿por qué no te desatas esa pierna? -preguntó Vi­cente.
-No puedo: si la desato, voy demasiado deprisa y de un salto recorro la mitad de la tierra.
-Ven conmigo, Pierna Larga.
Y mientras volaban, volaban, vieron a un hombre con una es­copeta que apuntaba al vacío.
-¿Adónde apuntas, amigo?
-Allá abajo, en el extremo del mundo, hay un gorrión que vuela y quiero dispararle. Tengo la vista muy buena.
-Ven con nosotros, Ojo Agudo.
Y mientras volaban, volaban, vieron a un hombre que estaba con un oído pegado a la tierra.
-¿Qué estás escuchando, amigo?
-Estoy escuchando cómo crece la hierba. Tengo muy buen oído.
-Ven con nosotros, Oído Fino.
Y, después de haber volado otro poco, vieron a un hombre con un carro lleno de pan.
-¿Adónde vas, amigo?
-Estoy buscando algo de comer.
-Pero ¿no es pan lo que llevas en el carro?
-Sí, pero no me alcanza. Me harían falta por lo menos veinte carros y veinte caballos para poder saciarme.
-Ven con nosotros, Barriga sin Fondo, pero no nos comas.
Después vieron a un hombre junto a una fuente.
-¿Qué haces ahí, amigo?
-Tengo una sed tremenda.
-¿Y por qué no bebes un poco de agua de la fuente?
-¡Qué más quisiera! Me bebería todo el mar, pero el agua del mar es salada y no me gusta.
-Ven conmigo, Sediento.
Volaron un poco más y vieron a un hombre que se había me­tido la gorra en la boca.
-Amigo, ¿por qué quieres comerte la gorra?
-No la como, me tapo la boca. Tengo el aliento tan frío que, si me pusiese a soplar, helaría todo lo que me rodea.
-¡Ven con nosotros, Soplo Helado!
Estaban muy cerca del palacio del zar cuando vieron a un hombre con un tambor.
-Hola, tamborilero, toca una sonatina.
-Por favor. Si me pusiese a tocar, de mi tambor saldrían ba­tallones de soldados y dejarían de salir sólo si yo no siguiese to­cando.
-Entonces ven con nosotros, Tamborilero.
Volaron un poco más y llegaron finalmente a la corte del zar.
Justo en ese momento, el zar estaba mirando por la ventana y se quedó muy asombrado al ver llegar en un arca voladora al futuro esposo de su hija. Se asombró, pero no estaba nada con­tento, ni de Vicente ni de sus extraños compañeros de viaje. El zar se dijo para sus adentros: «Espera, espera, pretendiente, te impondré algunas pruebas que te harán pasar las ganas de pen­sar en casarte».
El zar había dicho esto en silencio, mientras pensaba, pero Oído Fino logró oírlo y le contó enseguida a los demás que el zar estaba tramando algo contra ellos. El zar, en efecto, dijo:
-Sin duda, después de un viaje tan largo, tendréis hambre y sed. Os he preparado un tentempié. Pero debéis comer todo y beber hasta la última gota; si no, Vicente no podrá casarse con mi hija.
En la mesa habría doce bueyes asados, doce bolsas de pan y cuarenta toneles de vino. Pero el zar se equivocaba pensando que así ahuyentaría a Vicente. Barriga sin Fondo y Sediento, en pocos instantes, hicieron desaparecer todo lo que había. A los demás no les quedó ni una corteza de pan ni una gota de vino.
-Muy bien -dijo el zar: comer habéis comido, beber habéis bebido. Ahora traedme la manzana de oro que crece en un man­zano a mil millas de aquí. La quiero antes de que anochezca.
Para Pierna Larga era una empresa de risa. Se desató la pier­na, dio un solo paso y ya estaba a mil millas de allí, qa estaba bajo el manzano de las manzanas de oro. Como tenía tiempo, se tumbó debajo del árbol y se durmió. Durmió mucho y el sol es­taba a punto de ponerse cuando aún dormía. Vicente comenza­ba a preocuparse:
-¿Qué puede haberle sucedido a Pierna Larga?
-Eso pienso yo -dijo Ojo Agudo.
Fijó la mirada en la lontananza y vio a Pierna Larga durmiendo bajo el árbol de las manzanas de oro. Cogió la escopeta, apuntó, disparó e hizo caer una manzana de oro sobre la punta de la nariz de Pierna Larga. Éste se despertó, se frotó los ojos, re­cogió la manzana, dio un paso y en un santiamén estuvo en el palacio del zar.
-Esto no puede ser -dijo el zar para sus adentros cuando Vi­cente le llevó la manzana de oro. Los haré meter a todos en el horno y los pondré a asar a fuego lento.
Pero Oído Fino oyó lo que el zar pensaba y Soplo Helado, ágilmente, se sacó la gorra de la boca. En cuanto sopló en el hor­no, se apagó el fuego y en poco tiempo hacía tanto frío allí den­tro que tuvieron que pedirle a Soplo Helado que parase; si no, morirían todos congelados.
Esta vez, el zar no sabía ya qué hacer.
-Todo es inútil, no habrá más remedio que darle a mi hija como esposa a Vicente. Pero en cuanto suban al arca voladora, lanzaré tras ellos a mis soldados para que recuperen a la princesa.
Pero Oído Fino oyó todo cuanto el zar pensaba y le dijo en­seguida al Tamborilero que tuviese su tambor preparado. Cuan­do los solda-dos del zar se abalanzaron sobre Vicente para raptar a la princesa, el tamborilero empezó a tocar el tambor y del tambor salieron otros soldados, un regimiento tras otro. Todos estos regimientos derrota-ron a los soldados del zar, a quien apresaron junto a sus consejeros. Como el país no podía que­darse sin soberano, nombraron zar a Vicente. Y él designó como consejeros a sus extraordinarios compañeros de viaje.
Y fueron felices ellos y todos los habitantes del país.

062. anonimo (rusia)


Un lingote de oro tan grande como la cabeza de un caballo


Un rico mercader que se bañaba en el río estaba a punto de aho­garse. Un viejo que pasaba por allí oyó sus gritos, se zambulló y logró sacarlo hasta la orilla. El mercader no sabía cómo recom­pensar al viejo: lo invitó a su casa en la ciudad, le dedicó mil atenciones y le regaló un lingote de oro tan grande como la ca­beza de un caballo.
El viejo cogió el oro, le dio las gracias y emprendió el camino hacia su casa. En el trayecto, se encontró con un vendedor de ca­ballos que guiaba a su manada.
-¡Hola, amigo! ¿De dónde vienes?
-De la ciudad, de la casa de un rico mercader.
-¿Y qué te ha dado el mercader?
-Un lingote de oro tan grande como la cabeza de un caballo.
-Dámelo a mí, y tú elige el mejor caballo de mi manada.
Y el viejo le dio el lingote de oro al vendedor de caballos, eli­gió el mejor ejemplar de la manada, le dio las gracias y siguió su camino. Un poco más adelante, se encontró con un vaquero que guiaba una manada de bueyes.
-¡Hola, amigo! ¿De dónde vienes?
-De la ciudad, de la casa de un rico mercader.
-¿Y qué te ha dado el mercader?
-Un lingote de oro tan grande como la cabeza de un caballo.
-¿Y dónde tienes el oro?
-Lo he cambiado por un caballo.
-Dame el caballo a mí y tú elige, a cambio, el mejor buey de mi manada.
El viejo le dio el caballo al vaquero, eligió el mejor buey de la manada, le dio las gracias y siguió su camino. Un poco más ade­lante se encontró con un pastor que guiaba un rebaño de ovejas.
-¡Hola, amigo! ¿De dónde vienes?
-De la ciudad, de la casa de un rico mercader.
-¿Y qué te ha dado el mercader?
-Un lingote de oro tan grande como la cabeza de un caballo.
-¿Y dónde tienes el oro?
-Lo he cambiado por un caballo.
-¿Y dónde tienes el caballo?
-Lo he cambiado por un buey.
-Dame el buey a mí y tú elige el mejor carnero de mi rebaño.
El viejo le dio el buey al pastor, eligió el mejor carnero del re­baño, le dio las gracias y siguió su camino. Un poco más adelante, se encontró con un porquerizo que guiaba una piara de cerdos.
-¡Hola, amigo! ¿De dónde vienes?
-De la ciudad, de la casa de un rico mercader.
-¿Y qué te ha dado el mercader?
-Un lingote de oro tan grande como la cabeza de un caballo.
-¿Y dónde tienes el oro?
-Lo he cambiado por un caballo.
-¿Y dónde tienes el caballo?
-Lo he cambiado por un buey.
-¿Y dónde tienes el buey?
-Lo he cambiado por un carnero.
-Dame a mí el carnero y elige el mejor cerdo de mi piara.
El viejo le dio el carnero al porquerizo, eligió el mejor cerdo de la piara, le dio las gracias y siguió su camino. Un poco más adelante, se encontró con un buhonero que llevaba a cuestas sus mercancias.
-¡Hola, amigo! ¿De dónde vienes?
-De la ciudad, de la casa de un rico mercader.
-¿Y qué te ha dado el mercader?
-Un lingote de oro tan grande como la cabeza de un caballo.
-¿Y dónde tienes el oro?
-Lo he cambiado por un caballo.
-¿Y dónde tienes el caballo?
-Lo he cambiado por un buey.
-¿Y dónde tienes el buey?
-Lo he cambiado por un carnero.
-¿Y dónde tienes el carnero?
-Lo he cambiado por un cerdo.
-Entonces hagamos lo siguiente: tú me das el cerdo y eliges, a cambio, la aguja más bonita de todas mis mercancías.
El viejo le dio el cerdo al buhonero, eligió de sus mercancías la aguja más bonita, le dio las gracias y siguió su camino. Llegó a casa y, como el portón estaba cerrado, tuvo que trepar por el seto. Su mujer corrió a su encuentro:
-¡Hola, querido! ¿Por dónde has andado todo este tiempo?
-Por la ciudad, en la casa de un rico mercader.
-¿Y qué te ha dado el mercader?
-Un lingote de oro tan grande como la cabeza de un caballo.
-¿Y dónde tienes el oro?
-Lo he cambiado por un caballo.
-¿Y dónde tienes el caballo?
-Lo he cambiado por un buey.
-¿Y dónde tienes el buey?
-Lo he cambiado por un carnero.
-¿Y dónde tienes el carnero?
-Lo he cambiado por un cerdo.
-¿Y dónde tienes el cerdo?
-Lo he cambiado por una aguja, porque quería hacerte un bonito regalo.
Dicho esto, el viejo hurgó todos sus bolsillos, pero la aguja ya no estaba.
-Debo de haberla perdido -dijo- cuando trepé por el seto.
-Paciencia, querido -dijo la vieja, lo importante es que ha­yas vuelto a casa. Entra, que la cena está lista.
Y así el viejo y la vieja vivieron felices y contentos sin el lin­gote de oro.

062. anonimo (rusia)

La zorra y la cigüeña


Un día una zorra se encontró con una cigüeña y le dijo:
-Buenos días, cigüeña.
-Buenos días, zorra. ¿Qué me cuentas?
-Después de leer varios libros muy profundos he descu­bierto que nosotras somos primas -respondió la zorra-. Es necesario, pues, que nos hagamos visitas y que lleguemos a ser amigas.
-Estupendo -dijo la cigüeña-. Comienza tú invitándome a  almor-zar.
La zorra invitó a la cigüeña a almorzar. Preparó sopa de sé­mola p echó dos cucharones colmados en un plato.
-Sírvete -dijo a su huésped-, come todo lo que quieras.
La cigüeña hurgó en el plato con su largo pico, pero no lle­gó a comer siquiera un poco de sopa. Y la zorra se la tomó toda ella sola.
Al día siguiente, la cigüeña invitó a la zorra a almorzar. Preparó una buena crema de verduras, la echó en una bote­lla estrecha y larga y le dijo a la zorra:
-Sírvete, come todo lo que quieras.
La zorra dio vueltas alrededor de la botella, metió dentro el hocico, pero no llegó a tomar siquiera una gota de la crema. En cambio la cigüeña, con su largo pico, se la bebió toda.
Así acabó la amistad entre la zorra y la cigüeña.

Fuente: Gianni Rodari

062. anonimo (rusia)