Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 8 de julio de 2012

La ratita gris

Había un hombre viudo que se llamaba Prudente y que vivía con su hija. Su mujer había muerto pocos días después del nacimiento de la niña, que se llamaba Rosalía.
El padre de Rosalía era rico y vivía en una gran casa que era de su propiedad. La casa estaba rodeada de un gran jardín, en donde Rosalía iba a pasearse siempre que quería.
Había sido criada con mucho cariño, pero su padre la acostumbró a una estricta obediencia. Le tenía prohibido dirigirle preguntas inútiles e insistir para saber lo que él no quería decirle. Casi había logrado a fuerza de cuidados y vigilancia desarraigar en ella un defecto desgraciadamente muy común: la curiosidad.
Rosalía no salía nunca del parque, que estaba rodeado de elevados muros. Nunca veía a nadie más que a su padre, pues en aquella casa no había ningún criado y todo parecía hacerse por sí solo. Rosalía tenía siempre lo que le hacía falta en vestidos, libros, labores y juguetes. Su padre la educaba por sí mismo y Rosalía, aunque tenía cerca de los quince años, no se aburría y no pensaba en que podía vivir de otro modo.
Al final del parque que rodeaba la casa había una casita sin ventanas y con una sola puerta siempre cerrada. El padre de Rosalía entraba en ella todos los días y llevaba siempre la llave de la puerta encima. Rosalía creía que aquella casita servía únicamente para guardar las herramientas del jardín y nunca había pensado en hablar acerca de ello.
Un día que buscaba una regadera para sus flores, Rosalía dijo a su padre:
-Padre mío, déme usted la llave de la casita del jardín.
-¿Para qué la quieres, Rosalía?
-Necesito una regadera y pienso que allí tal vez habrá una.
-No, Rosalía. No hay ninguna regadera allí dentro.
La voz de Prudente estaba tan alterada al pronunciar estas palabras que Rosalía le miró y vió con sorpresa que estaba muy pálido y que el sudor inundaba su frente.
-¿Qué le pasa, padre? -preguntó Rosalía, asustada.
-Nada, hija mía, nada.
-Ha sido mi petición la que le ha trastornado a usted tanto. ¿Qué hay en esa casa, que le causa un terror tan grande?
-Rosalía, no sabes lo que dices. Vete a buscar la regadera en el invernadero.
-Pero, ¿qué hay, pues, en la casita?
-Nada que te interese, Rosalía.
-¿Por qué, pues, va usted a ella todos los días y no me deja que le acompañe?
-Rosalía, ya sabes que no me gustan las preguntas. La curiosidad es un defecto muy feo.
Rosalía no dijo nada más, pero se quedó muy pensativa. La casita, en la cual nunca había pensado hasta entonces, la tenía ahora muy preocupada.
"¿Qué habrá allí dentro? -se decía. ¡Mi padre ha palidecido cuando le he dicho que me dejase entrar en ella!... Eso es que cree que si entraba yo correría algún peligro. Pero, entonces, ¿por qué va él allí todos los días? Sin duda hay encerrada una bestia feroz y él le lleva de comer... Pero si hubiese una fiera yo la oiría rugir o agitarse en su prisión. Nunca se oye ruido en la casita, por lo tanto no hay en ella ninguna bestia. Además, si la hubiese, devoraría a mi padre cuando va... a menos que esté sujeta con una cadena... Pero si está atada no hay peligro para mí tampoco. ¿Qué habrá allí? ¡Un prisionero! ¡Pero no, porque mi padre es bueno y no querría privar de aire y de libertad a un pobre inocente!... Necesito descubrir este misterio... ¿Cómo me las arreglaré? ¡Si pudiese quitarle a mi padre la llave, aunque sólo fuese por media hora!... Puede que algún día se la deje olvidada..."
Su padre interrumpió estas reflexiones llamándola con voz alterada:
-¡Rosalía!
-¡Aquí estoy, padre mío!
La muchacha volvió a casa corriendo y examinó a su padre, cuyo rostro pálido y descompuesto indicaba una fuerte agitación.
Esto la intrigó más aún y resolvió fingir alegría y despreocupación para que su padre recobrase la confianza.
Era la hora de la comida. Prudente comió poco y estuvo silencioso y triste a pesar de sus esfuerzos para no parecerlo. Rosalía, en cambio, estuvo tan alegre y despreocupada que su padre acabó por tranquilizarse completamente.
Rosalía iba a cumplir quince años dentro de tres semanas; su padre le había prometido para el día de su cumpleaños una agradable sorpresa.
Pasaron unos cuantos días y ya sólo faltaban quince para la fecha fijada.
Una mañana, Prudente dijo a Rosalía:
-¡Hija mía! Tengo que marcharme de casa durante una hora. A causa de la fiesta de tu cumpleaños tengo que salir. Espérame sin moverte de la casa y, créeme, Rosalia, no te dejes dominar por la curiosidad. Dentro de quince días sabrás lo que tanto deseas saber, pues leo en tus pensamientos y sé lo que te tiene preocupada. Adiós, hija mía, y guárdate de la curiosidad.
Prudente abrazó con ternura a su hija y se marchó como si le supiese mal tenerse que alejar de ella.
Apenas se hubo marchado, Rosalía corrió al cuarto de su padre y ¡con alegría vió la llave de la casita del jardín olvidada encima de la mesa!
La cogió y, sin tomar aliento, corrió hasta el extremo del jardín; al llegar junto a la casita se acordó de las palabras de su padre: "Guárdate de la curiosidad", vaciló y estuvo a punto de volver sobre sus pasos sin haber mirado en el interior de la casita. Pero precisamente entonces oyó un largo gemido. Se acercó a la puerta y oyó una vocecita que cantaba en voz baja:

-... ¡Estoy prisionera
de mala manera!
¡No puedo salir
y aquí he de morir!

"¡No hay duda! -se dijo Rosalía. ¡Aquí dentro hay una desgra-ciada criatura que mi padre ha encerrado!"
Y, golpeando suavemente en la puerta, preguntó:
-¿Quién sois y qué puedo hacer para serviros?
-¡Ábreme, Rosalía! ¡Por favor, ábreme!
-Pero, ¿por qué estáis prisionera? ¿Habéis cometido algún crimen?
-¡Ay, no, Rosalía! Es un encantador quien me retiene. Sálvame y te testimo-niaré mi reconocimiento contándote quién soy.
Rosalía ya no dudó más. Su curiosidad pudo más que su obedien-cia y, metiendo la llave en la cerradura, trató de abrir. Temblaba de tal manera que no acertaba e iba a renunciar a ello cuando la vocecita continuó diciendo:
-Rosalía, lo que tengo que decirte es para ti muy interesante. Tu padre no es lo que aparenta ser.
Al oír estas palabras, Rosalía hizo un último esfuerzo. La llave rechinó al dar la vuelta en la cerradura y la puerta se abrió.

Rosalía miró ávidamente. El interior estaba muy oscuro y no se veía nada. Sin embargo, oyó la vocecita que decía:
-¡Gracias, Rosalía! ¡A ti te debo mi libertad!
La voz parecía venir del suelo. Rosalía miró y vio en un rincón dos ojillos brillantes que la miraban con malicia.
-Mi treta ha tenido éxito, pues si no hubiese cantado y hablado te hubieras vuelto a tu casa y yo hubiese estado perdida sin remedio. Ahora que me has libertado, tú y tu padre estáis en mi poder.
Rosalía, sin comprender aún la extensión del daño que acababa de causar por su desobediencia, adivinó, sin embargo, que aquella era una peligrosa enemiga que su padre retenía cautiva y quiso retirarse y volver a cerrar la puerta.
-¡Alto, Rosalía! -chilló la voz. Ya no puedes retenerme en esta odiosa prisión de donde no habría salido nunca s: hubieras tenido paciencia para esperar que cumplieses tus quince años.
En el mismo instante la casita desapareció. Sólo la llave quedó en las manos de la consternada muchacha. Vió entonces junto a ella a una ratita gris que la miraba con sus ojillos relucientes y que se puso a reír con voz discordante.
-¡Ji, ji, ji! ¡Qué aspecto tan asustado tienes, Rosalía! En verdad que me diviertes enormemente. ¡Qué buena muchacha has sido al ser tan curiosa! ¡Hacía ya cerca de quince años que estaba en aquella odiosa prisión no pudiendo hacer ningún daño a tu padre, a quien odio, y a ti, a quien detesto por ser su hija!
-¿Quién eres, pues, infame ratita?
-¡Soy la enemiga de tu familia, niña mía! Me llaman el Hada Detestable y te aseguro que llevo muy bien el nombre. Todo el mundo me detesta y yo detesto a todo el mundo. Te seguiré a todas partes, Rosalía.
-¡Déjame en paz, miserable! Una rata no es de temer, y ya hallaré el modo de desembarazarme de ti.
-Ya lo veremos, niñita; por lo pronto, me voy contigo. Rosalía escapó corriendo hacia su casa. Cada vez que volvía la cabeza veía a la rata que galopaba tras ella mientras se reía burlonamente. Al llegar a la casa quiso aplastar la rata con el quicio de la puerta, pero ésta se mantuvo abierta a pesar de sus esfuerzos, mientras la rata se pavoneaba tranquilamente en el umbral.
-¡Ahora verás, animalucho! -exclamó Rosalía, fuera de sí por la rabia y el espanto.
Cogió una escoba e iba a golpear a la rata cuando la escoba ardió y le quemó las manos; entonces la tiró al suelo y la empujó con el pie a la chimenea para que no se quemase la casa. Después cogió una caldera de agua hirviendo y la echó sobre su enemiga; pero el agua hirviente, al caer, se había vuelto leche fresca y la rata se puso a beberla, diciendo:
-¡Qué amable eres, Rosalía !¡No contenta con haberme libertado, ahora me proporcionas un excelente almuerzo!
La pobre Rosalía se puso a llorar amargamente. Ya no sabía qué hacer, cuando oyó llegar a su padre.
-¡Mi padre! -dijo-. ¡Mi padre! ¡Oh rata, por favor, vete, para que mi padre no te vea!
-No me iré, pero me esconderé detrás de tus talones hasta que tu padre sepa tu desobediencia.
Apenas la rata se había acurrucado tras de Rosalía, cuando Prudente entró. En seguida miró a su hija, cuyo aspecto y palidez denotaban su espanto, y dijo con voz temblorosa:
-Rosalía, me he dejado en casa la llave de la casita, ¿la has encontrado?
-Aquí la tengo, padre mío -dijo Rosalía poniéndose muy colorada.
-¿Por qué hay leche en el suelo?
-El gato ha sido.
-¿Cómo el gato? El gato no puede haber tirado esa caldera al centro de la habitación.
-No, padre mío. Yo la he volcado al traerla.
Rosalía hablaba con voz baja y no se atrevía a mirar cara a cara a su padre.
-Coge la escoba, Rosalía, y quita la crema de aquí.
-Es... que... no está la escoba.
-¡Bien estaba cuando yo he salido!
-La he quemado yo... sin darme cuenta... mientras...
Rosalía se detuvo. Su padre la miró fijamente, suspiró y se dirigió lentamente hacia la casita del jardín. Rosalía se sentó en una silla, sollozando. La rata ni se movió. Pocos instantes después, Prudente entró precipitadamente y, con la cara alterada por el espanto, dijo:
-¿Qué has hecho, desgraciada? Has cedido a la curiosidad y has libertado a nuestra más cruel enemiga.
-¡Perdóneme usted, padre! Yo ignoraba el daño que hacía -exclamó Rosalía arrojándose a sus pies.
-Eso es lo que sucede siempre cuando se desobedece, Rosalía. Creemos no obrar mal y hacemos un daño inmenso a los demás.
-Pero, padre mío, ¿quién es esa rata que de tal modo le asusta? ¿Cómo, si tiene tanto poder, la retenía prisionera y por qué no podía volverla a encerrar de nuevo?
-Esa rata, hija mía, es un Hada mala y poderosa; yo mismo soy el Genio Prudente y, puesto que has libertado a tu enemiga, voy a revelarte lo que sólo te hubiera podido decir después de cumplir tú los quince años.
"Yo soy, pues, como te decía, el Genio Prudente; tu madre era una simple mortal, pero sus virtudes y su belleza comnovieron a la Reina de las Hadas y al Rey de los Genios y me dieron permiso para casarme con ella.
"Di grandes fiestas cuando mis bodas, pero desgraciadamente me olvidé de convidar a ellas al Hada Detestable, quien, ya irritada por mi casamiento con una Princesa terrestre después de haber rehusado la mano de una de sus hijas, me juró un odio implacable, lo mismo que a mi mujer.
"No me asusté de sus amenazas porque mi poder casi igualaba al suyo y además la Reina de las Hadas me quería mucho. Varias veces impedí con mis encantamientos los efectos del odio de Detestable. Pero pocas horas después de tu nacimiento, tu madre sintió unos dolores muy fuertes que no pude calmar. Entonces me ausenté un momento para invocar el auxilio de la Reina de las Hadas. Cuando volví, tu madre ya no existía: la infame Hada había aprovechado mi ausencia para hacerla morir y entonces estaba ocupada en dotarte con todos los vicios imaginables. Por fortuna llegué yo entonces y paralicé su maldad, pero ya te había dotado de Curiosidad, que es lo que ha causado tu desgracia y es la causante de que ahora estés bajo su completa dependencia. Por mi poder, unido al de la Reina de las Hadas, disminuimos su maleficio en lo posible. Al mismo tiempo la Reina, para castigar a Detestable, la transformó en rata, la encerró en la casita que vistes y declaró que no podría salir de ella a menos que tú, Rosalía, le abrieses la puerta. Además decretó que no podría volver a tomar su forma de Hada más que en el caso de que sucumbieses por tres veces a la curiosidad antes de la edad de quince años, y que si al menos resistías una sola vez a tu funesto vicio quedarías para siempre, lo mismo que yo, libertada del poder de Detestable. No obtuve estos favores más que después de mucho trabajo, Rosalía, y prometiendo que yo compartiría tu suerte y que sería, como tú, esclavo de Detestable si tú sucumbías por tres veces a la curiosidad. Desde entonces me dediqué a educarte de modo que mi influencia destruyese en ti el fatal defecto que podía ser causa de tantas desgracias.
"Por eso te encerré en esta casa sin criados y no te permití ver a tus semejantes. Yo te procuraba, valiéndome de mi poder mágico, todo lo que podías desear, y ya me felicitaba de haber logrado mi objeto, pues sólo faltaban tres semanas para cumplirse el plazo, cuando he aquí que se te ocurrió pedirme la llave en la que nunca hasta entonces habías pensado. No pude ocultarte la dolorosa impresión que me produjo tu petición; al turbarme se excitó tu curiosidad y, a pesar de tu alegría y de tu despreocupación ficticia, adiviné tus pensamientos. ¡Calcula mi dolor cuando la Reina de las Hadas me ordenó hacer la tentación posible y la resistencia meritoria dejando la llave a tu alcance cuando menos una vez! Tuve, pues, que obedecer y dejarte la llave, facilitándote con mi ausencia los medios de sucumbir. Imagínate, Rosalía, lo que he sufrido durante la hora en que te he dejado sola y mi pena al ver tu turbación, que demasiado me indicaba que no habías tenido el valor de resistir. Tampoco podía decirte cuál era tu nacimiento y los peligros que habías corrido, hasta el día que cumplieses los quince años, so pena de verte caer en poder de Detestable.
"Y ahora, Rosalía, no está todo perdido; puedes aún redimir tu falta resistiendo en estos quince días a tu funesta inclinación. Debías casarte con un Príncipe pariente tuyo, el Príncipe Gracioso; esta unión aún es posible.
"¡Ay Rosalía, querida hija mía, por piedad hacia ti, si no por mí, ten valor y resiste!
Rosalía estaba entre las rodillas de su padre y lloraba amarga-mente con la cara escondida entre sus manos. Al oír estas últimas palabras cobró un poco de ánimo y, abrazándole tiernamente, le dijo:
-¡Sí, padre mío, se lo juro, yo repararé mi falta y buscaré a su lado el valor que podría faltarme estando privada de su paternal vigilancia!
-¡Ay Rosalía, ya no me es posible quedarme a tu lado!
Ahora estoy bajo el poder de mi enemiga, y ella no me dejará que te advierta de los lazos que va a tenderte su maldad. Me extraño de no haberla visto aún, pues el espectáculo de mi aflicción debe serle muy agradable.
-¡Estaba cerca de ti y junto a los pies de tu hija! -dijo la rata gris con su vocecita agria, mostrándose al desgraciado-. Me he divertido mucho con el relato de lo que yo te he hecho sufrir y ésta es la causa de no haberme presentado antes. Dile adiós a tu querida Rosalía, pues me la llevo y te prohibo que la sigas.
Dichas estas palabras, cogió la falda de Rosalía con sus agudos dientes y quiso arrastrarla con ella. Rosalía empezó a gritar mientras se agarraba a su padre; pero una fuerza irresistible se la llevaba. El infortunado Genio cogió un palo y lo levantó para golpear con él a la rata, pero antes de que tuviera tiempo de dejarlo caer, la rata puso su patita sobre el pie del Genio, que se quedó entonces inmóvil como una estatua. Rosalía se había abrazado a las rodillas de su padre y pedía misericordia a la rata, pero ésta, riendo diabólicamente, le dijo:
-Ven, ven, amiguita. No es aquí en donde sucumbirás las dos veces que te faltan a tu gentil defecto; vamos a correr el mundo las dos juntas en estos quince días.
La rata tiraba siempre de Rosalía, cuyos brazos enlazados alrededor de su padre resistían a la fuerza extraordinaria que empleaba su enemiga. Entonces la rata profirió un grito rabioso y súbitamente toda la casa empezó a arder. Rosalía tuvo la suficiente presencia de ánimo para reflexionar que dejándose quemar perdía todo medio de salvar a su padre, el cual quedaría ya para siempre bajo el poder de Detestable.
-¡Adiós, padre mío! -exclamó. ¡Hasta dentro de quince días! ¡Su Rosalía le salvará después de haberle perdido!
Y marchó corriendo para no ser devorada por las llamas.
Anduvo durante algún tiempo no sabiendo a dónde dirigirse; al fin, cansada y medio muerta de hambre, se atrevió a acercarse a una buena mujer que estaba sentada a la puerta de su casa.
-Señora -dijo-, dejadme guarecer aquí; me muero de hambre y de fatiga y no sé donde pasar la noche.
-¿Cómo es que siendo tan guapa vas sola por los caminos? ¿Y quién es esta bestezuela que te acompaña con cara de demonio?
Rosalía volvió la cabeza y vió a la rata gris que la miraba con cara burlona. Quiso hacerla marchar de su lado, pero la rata rehusaba obstinadamente. La buena mujer, viendo esta lucha, inclinó la cabeza y dijo:
-Sigue, sigue tu camino, hermosa. Yo no alojo en mi casa al diablo y sus protegidos.
Rosalía se puso a llorar y siguió andando en busca de un refugio; pero en todas partes rehusaron admitirla a causa de la rata que la acompañaba. Andando, andando, entró en un bosque en donde halló felizmente un arroyo en el que apagar su sed y frutas en abundancia; bebió, comió y se sentó junto a un árbol pensando con inquietud en su padre. Mientras reflexionaba tenía los ojos cerrados para no ver a la maldita rata gris. La fatiga y la oscuridad trajeron al sueño y Rosalía se quedó profundamente dormida.

Mientras la joven dormía, el Príncipe Gracioso cazaba en aquel bosque a la luz de las antorchas. Un cuervo perseguido por los perros fué a acurrucarse cerca de la mata junto a la que descansaba Rosalía. De repente los perros cesaron de ladrar y se agruparon silenciosamente. El Príncipe bajó de su caballo, intrigado, y recibió una gran sorpresa al ver a la hermosa joven apaciblemente dormida. Al examinarla de cerca vió en sus mejillas huellas de lágrimas. El traje de Rosalía, aunque no era llamativo, denotaba en su poseedora más que bienestar; sus lindas manos, sus cabellos de color castaño cuidadosamente recogidos con un peine de oro, sus elegantes zapatos y un collar de perlas finas en torno de su cuello dejaban traslucir su elevada alcurnia.
El Príncipe, estupefacto, no se cansaba de mirar a Rosalía. Ninguna de las personas de su corte que ahora se hallaban junto a él la conocía. Inquieto por su sueño tan profundo, Gracioso le cogió la mano con suavidad, pero Rosalía continuó durmiendo.
-No puedo abandonar así a esta desgraciada niña que, sin duda, ha sido extraviada a propósito, víctima de alguna odiosa maquina-ción. Pero ¿cómo llevárnosla dormida?
-Príncipe -le dijo su montero Hubert, ¿no podríamos trans-portarla en unas parihuelas hechas con ramas?
-Es una buena idea -dijo el Príncipe. Haced las parihuelas y llevadla en ellas a mi palacio. Esta joven debe de ser de alto naci-miento y es bella como un ángel.
Hubert y los restantes cazadores arreglaron pronto las parihuelas, sobre las cuales extendió el Príncipe su propio manto. Después, aproximándose a Rosalía, la cogió en sus brazos y la puso sobre el manto. En aquel instante Rosalía parecía soñar y murmuró en voz baja:
-¡Padre mío... padre mío... salvado para siempre! ¡La Reina de las Hadas... el Príncipe Gracioso... ya lo veo... ya lo veo... qué guapo es!
El Príncipe, sorprendido al oír pronunciar su nombre, no dudó ya de que Rosalía era una Princesa bajo el yugo de un encantamiento y dió orden a sus criados de que anduvieran despacio para que el movimiento no despertase a Rosalía.
Al llegar al palacio, el Príncipe Gracioso hizo preparar la cámara de la Reina y, no queriendo que nadie tocase a la joven, la llevó él mismo en brazos hasta la cama y recomendó a las doncellas que habían de servirla que le avisasen cuando despertase.
Rosalía durmió hasta el día siguiente muy tarde; miró a su alrededor sorprendida y, como no vió a la maligna rata, se quedó muy contenta.
-¿Será -dijo- que estoy en casa de algún Hada más poderosa que Detestable?
Se levantó y fué a la ventana; desde allí vió hombres de armas y oficiales con brillantes uniformes. Cada vez más sorprendida, iba a llamar a uno de aquellos hombres que ella creía otros tantos encantadores, cuando oyó pasos en su habitación. Al volverse vió al Príncipe Gracioso que iba vestido con un traje de caza muy elegante y estaba mirándola con admiración. Rosalía reconoció en él inmediatamente al Príncipe de su sueño y exclamó involuntariamente:
-¡El Príncipe Gracioso!
-¿Me conocéis, señorita? -dijo el Príncipe, sorprendido.
-No os he visto más que en sueños, Príncipe -dijo Rosalía ruborizándose.
Rosalía le contó entonces todo lo que le había dicho su padre el día anterior y le confesó candorosamente su culpable curiosidad y las fatales consecuencias que había tenido para ella y para su padre.
El Príncipe, por su parte, le contó como le había encontrado dormida en el bosque y añadió:
-Lo que vuestro padre no os ha dicho, Rosalía, es que la Reina de las Hadas, nuestra pariente, había decidido que me casara con vos cuando tuvieseis quince años. Sin duda es ella misma la que me ha inspirado el deseo de ir a cazar por la noche a fin de poderos encontrar en el bosque. Puesto que tendréis quince años dentro de pocos días, Rosalía, podéis considerar el palacio como vuestro y mandar en él como Reina y Señora. Pronto estará libre vuestro padre y podremos celebrar nuestras bodas.
Rosalía dió las gracias a su primo y le acompañó en un paseo por el palacio. Al llegar al invernadero vio una pequeña rotonda adornada con flores escogidas. En medio de ellas había como un árbol cubierto por completo de una tela muy recia.

Rosalía admiró mucho todas las flores; creía que el Príncipe iba a levantar o romper la tela de aquel árbol misterioso, pero vió que se disponía a marcharse sin haber hablado de ello.
-¿Qué es este árbol tan bien envuelto, Príncipe? -preguntó Rosalía.
-Éste es mi regalo de bodas; por eso no os lo enseñaré hasta que hayáis cumplido los quince años, Princesa -dijo Gracioso.
-Pero... ¿qué es lo que hay debajo de la tela? -insistió Rosalía.
-Dentro de pocos días lo sabréis. Y estoy seguro de que mi regalo os gustará.
-¿Y no puedo verlo antes?
-No, Rosalía. La Reina de las Hadas me lo ha prohibido. Espero que me querréis lo suficiente para detener durante algunos días vuestra curiosidad.
Estas últimas palabras hicieron temblar a Rosalía, trayéndole a la memoria la rata gris y las desgracias que caerían sobre ella y sobre su padre si se dejaba arrastrar por la tentación. No habló, pues, más de la tela misteriosa y continuó su paseo. El día siguiente y los que siguieron se pasaron en fiestas, partidas de caza y paseos. El Príncipe y Rosalía veían acercarse alegremente el día de su casamiento; el Príncipe porque amaba ya tiernamente a su prima, y Rosalía porque quería al Príncipe, porque pronto vería a su padre y también… porque deseaba ardientemente saber lo que era el bulto informe de la rotonda. Pensaba en ello sin cesar; por la noche tenía sueños en los que entraba la tela que cubría el árbol misterioso, y durante el día tenía que contenerse con toda su voluntad para no tratar de descubrir el misterio.
Por fin llegó el último día de espera; al día siguiente Rosalía cumplía los quince años. El Príncipe estaba muy ocupado en los preparativos de la boda, a la que iban a asistir todas las Hadas conocidas suyas y la Reina. Rosalía se halló, pues, completamente sola aquella mañana y fué a pasearse reflexio-nando acerca de la felicidad del día siguiente. Maquinalmente se dirigió al invernadero y entró en él pensativa y risueña. Poco después estaba ante la tela que cubría el tesoro.
-Mañana -dijo- sabré por fin el misterio que cubre esta tela... Si quisiera podría saberlo desde ahora, pues veo algunas aberturas por las que me sería fácil atisbar... ¿Y quién lo sabría?... Por mirar un poco... ¡Y además que, puesto que mañana será mío, bien puedo echarle hoy un vistazo!...
Miró en torno con disimulo y, no viendo a nadie por allí cerca, se olvidó por completo, en su deseo extremo de satisfacer su curiosidad, de las bondades del Príncipe y de los peligros que le amenazaban si cedía a la tentación. Metió uno de sus dedos en una de las minúsculas aberturas y tiró ligeramente para hacerla mayor.
En el mismo instante la tela se desgarró de arriba abajo con un ruido parecido al del trueno y ofreció a los ojos de Rosalía un árbol cuyo tronco era de coral y las hojas de esmeralda. Los frutos que estaban abundantemente repartidos por el árbol eran otras tantas perlas y piedras preciosas de todos los colores, tan grandes como los frutos que representaban.
Pero apenas había visto aquel árbol sin igual, cuando un ruido mayor que el anterior la sacó de su éxtasis. Rosalía se sintió levantar y transportar a una llanura desde la que vió como se derrumbaba el palacio del Príncipe su prometido. Gritos horrorosos salían de entre las ruinas y el Príncipe mismo salía de entre los escombros, ensangrentado y con las ropas hechas jirones. Se acercó y dijo a la joven tristemente:
-¡Rosalía, ingrata Rosalía, mira a qué estado me has reducido! Después de lo que acabas de hacer, ya no dudo que cederás por tercera vez a la curiosidad, consumando mi desgracia, la de tu padre y la tuya propia. ¡Adiós, Rosalía!
Una vez hubo dicho esto, se alejó.
Rosalía, puesta de rodillas e inundada de lágrimas, le llamaba; pero el joven desapareció sin querer volverse a contemplar su sincera desesperación.
Estaba a punto de desmayarse cuando oyó la risa crispadora de la rata gris.
-¡Dame las gracias, Rosalía, porque he sido yo quien te ha ayudado! De noche te enviaba aquellos sueños y de día no te dejaba en paz. Además fuí yo quien hizo los agujeros para que pudieses mirar. Creo que sin estas últimas astucias estabas completamente perdida para mí, lo mismo que tu padre. ¡Otro pecadillo más y serás mía para siempre!
Y la rata, en su alegría infernal, se puso a bailar en torno de la muchacha. Pero las palabras que había dicho su enemiga no la habían encolerizado.
-Esto sobreviene por mi culpa -se dijo la joven; sin mi fatal curiosidad y sin mi culpable ingratitud, la rata gris no hubiera logrado hacerme cometer esta indigna acción que ahora me toca expiar. Ya sólo quedan unas horas para que se cumpla el plazo y de mí dependen la felicidad de mi padre, la de mi querido Príncipe y la mía.
Rosalía no quiso moverse de frente a las ruinas del palacio de su primo, y la rata gris no pudo, a pesar de sus esfuerzos, hacerla salir de aquel sitio.

Todo el día transcurrió de este modo.
Rosalia padecía cruelmente a causa de la sed.
-¿No debo sufrir aún mucho más -se decía- para castigarme por lo que he hecho sufrir a mi padre y a mi primo? Aquí esperaré mis quince años.
Empezaba a hacerse de noche, cuando una vieja que pasaba por allí se acercó y le dijo:
-Hermosa niña, ¿querrías hacerme el favor de guardarme esta cajita, que pesa mucho, mientras yo voy a visitar una parienta mía que vive aquí cerca?
-Con mucho gusto, señora -dijo Rosalía.
La vieja le entregó la cajita diciéndole:
-Gracias. No estaré mucho rato ausente. No mires lo que hay dentro de la caja porque contiene cosas... contiene unas cosas como tú nunca has visto... y como nunca más verás. No la aprietes muy fuerte, pues está hecha de corteza de árbol y podría romperse... y verías lo que contiene... y nadie debe ver lo que hay encerrado en ella.
Mientras decía estas palabras se marchó. Rosalia puso la caja junto a ella y reflexionó en todo lo que le había sucedido hasta entonces. Era ya de noche y la vieja no volvía. Rosalía echó una ojeada a la cajita y vió con sorpresa que alumbraba el suelo de alrededor.
-¿Qué debe ser lo que brilla en el interior de la caja?
La cogió y se puso a examinarla en todos los sentidos, pero no encontró en ella nada que le pudiese explicar aquella luz extraordinaria. Entonces la puso nuevamente en el suelo y dijo:
-¿Qué me importa lo que haya dentro de la caja? No es mía, sino de la buena anciana que me la ha confiado. No quiero pensar más en ella para que no me vengan deseos de abrirla.
En efecto, no la miró más. Llegó hasta cerrar los ojos para esperar así la luz de la mañana.
-Entonces tendré quince años, volveré a ver a mi padre y a Gracioso y no tendré nada que temer de la mala Hada.
-¡Rosalía! ¡Rosalía! -dijo precipitadamente la voz agria de la rata, ya estoy a tu lado y ya no soy enemiga tuya; y para probártelo voy a hacerte ver, si quieres, lo que contiene la cajita.
Rosalía no respondió.
-¡Rosalía! ¡Rosalía! ¿Oyes lo que te digo?... Soy amiga tuya. Créeme, por favor.
La joven continuó sin responder.
Entonces la rata gris, que no tenía tiempo que perder, se lanzó sobre la caja y se puso a roer la tapa.
-¡Monstruo! -gritó Rosalía cogiendo la caja y apretándola contra su pecho-. ¡Si tocas la caja te retuerzo el cuello!
La rata lanzó a Rosalía una mirada diabólica, pero no se atrevió a afrontar su cólera. Mientras combinaba el modo de intrigar la curiosidad de la joven, sonaron las doce en un reloj. En el mismo instante la rata emitió un chillido lúgubre y dijo a Rosalía:
-Rosalía, ya ha sonado la hora de tu nacimiento y ahora tienes quince años. Ya no tienes nada que temer de mí, pues estás fuera de mi alcance lo mismo que tu odioso padre y tu horrible Príncipe. Y yo estoy condenada a continuar siendo una rata hasta que caiga en mis lazos una joven bella y bien nacida como tú. Adiós, Rosalía. Ya puedes abrir la caja.
Y, dicho esto, la rata desapareció.
Rosalia, que desconfiaba de su enemiga, no quiso seguir su último consejo y resolvió guardarla intacta. Apenas hubo tomado esta resolución cuando un buho que revoloteaba por encima de su cabeza dejó caer una piedra sobre la caja, que se rompió en mil pedazos. Rosalía lanzó un grito de terror; en el mismo instante vió ante ella a la Reina de las Hadas, que le dijo:
-¡Ven, Rosalía! Por fin has triunfado de la cruel enemiga de tu familia. Voy a devolverte a tu padre.
Al punto, un carro del que tiraban dos dragones llegó junto al Hada, la cual subió en él e hizo subir con ella a Rosalía. Rosalía, vuelta de su sorpresa, dió las gracias al Hada por su protección y le preguntó en dónde hallaría a su padre.
-En el palacio del Príncipe Gracioso.
-Pero, señora, ¿no está el palacio destruído? Yo misma vi al Príncipe Gracioso salir de él herido y destrozado.
-No era más que una ilusión para lograr que aborrecieses más tu curiosidad, Rosalía, y para impedir que cayeses en ella por tercera vez. Vas a encontrar el palacio tal como era antes de que rasgases la tela que cubría el precioso árbol que se te destina.
Mientras decía el Hada estas palabras, el carro se detenía ante la escalinata del palacio. El padre de Rosalía y el Príncipe los esperaban con toda la corte. Rosalía se arrojó en brazos de su padre y en los del Príncipe. Todo estaba a punto para la ceremonia del casamiento, que se celebró inmediatamente. Todas las Hadas asistieron a las fiestas, que duraron varios días.
Rosalia quedó curada para siempre de su curiosidad. Gracioso la quiso mucho y tuvieron hijos hermosos a los que dieron por madrinas Hadas poderosas para que les protegiesen contra las malas Hadas y las malos Genios.

012. Anonimo (Alemania)

Historia de blondina, buena-cierva y misino

Había un Rey que se llamaba Benigno; todo el mundo le quería porque era bueno y justo. Su esposa la Reina Dulcita era tan buena como él. Tenían una hija, la Princesita Blondina, que era tan buena como ellos dos. Por desgracia, la Reina murió pocos meses después del nacimiento de Blondina y el Rey la lloró mucho tiempo. El Rey quería tiernamente a Blondina y Blondina quería al Rey más que a nadie en el mundo. El Rey le daba los mejores bombones, los juguetes más hermosos y las frutas más deliciosas. Y Blondina era muy feliz.
Un día dijeron al Rey Benigno que todos sus súbditos deseaban que se casase nuevamente a fin de que tuviese un hijo que le sucediese en el trono. El Rey rehusó primero, pero acabó por ceder a las instancias y deseos de sus vasallos. Llamó a su ministro Ligero y le dijo:
-Amigo mío, estoy aún tan triste por la muerte de mi pobre esposa Dulcita que no quiero encargarme yo mismo de buscarme otra. Encárgate tú de hallar una Princesa que se comprometa a hacer feliz a mi hija Blondina. No pido otra condición a mi futura esposa.
El ministro partió en seguida; visitó a todos los Reyes con hijas casaderas y vió muchas Princesas que por una causa u otra no le gustaron. Al fin llegó a la corte del Rey Turbulento, que tenía una hija guapa, espiritual, amable y que parecía buena. Ligero la encontró tan encantadora que la pidió en seguida en matrimonio en nombre del Rey Benigno, sin informarse antes de si realmente era buena o sólo lo parecía. Turbulento, encantado de desembarazarse de aquel modo de su hija, que en realidad tenía un mal carácter, accedió en seguida y la entregó a Ligero para que la condujese al reino del Rey Benigno.
El ministro, pues, llevó consigo a la Princesa Bribona, y el Rey Benigno, que había sido advertido de su llegada por un propio, les salió al encuentro. Encontró bella a la Princesa, pero ¡qué lejos estaba de tener el aspecto dulce y bueno de la pobre Dulcita!
Cuando Bribona vió a Blondina la miró de tan mala manera que la Princesita, que tenía ya tres años, tuvo miedo y se puso a llorar.
-¡Papá, querido papá! ¡Tengo miedo!...
El Rey, sorprendido, miró a la Princesa Bribona y ésta no pudo componer con tanta rapidez el rostro que el Rey no viese la mirada terrible que asustaba a Blondina. Inmediatamente decidió que Blondina viviría separada de la nueva Reina, bajo la vigilancia exclusiva de la nodriza y de la doncella que la habían criado y que la querían tiernamente. De este modo la Reina veía raramente a Blondina, pero aun así, cuando por casualidad la encontraba, no podía disimular por completo el odio que la tenía.
Al cabo de cierto tiempo, Bribona tuvo una hija, a la que llamaron Morenita a causa de sus cabellos, que eran negros como el carbón. Morenita era hermosa, pero bastante menos que Blondina; además era tan mala como su mamá y detestaba a Blondina, a la cual hacía todo el daño posible; la mordía, la pellizcaba, le tiraba de los cabellos, le rompía los juguetes y le manchaba sus mejores vestidos. Blondina no se enfadaba nunca y siempre trataba de excusar a su hermanastra.
-¡Oh papá! -decía al Rey. ¡No la riñas! Es tan pequeña que no sabe el mal que hace.
El Rey Benigno abrazaba a su hija Blondina y no decía nada, pero bien veía que Morenita hacía todo aquello por maldad y que Blondina la excusaba de buena que era. Y cada vez quería más a su hijita mayor.
La Reina Bribona, que no era tonta, se había dado cuenta de ello, y si no hubiese temido la cólera del Rey Benigno hubiese hecho de Blondina la niña más desgraciada del mundo.
Blondina tenía ya siete años y Morenita tres. El Rey había dado a Blondina un hermoso carrito del que tiraban dos avestruces. Lo conducía un paje de diez años, sobrino de la nodriza de Blondina. El paje, que se llamaba Glotoncito, tenía un terrible defecto: era tan laminero y le gustaban tanto los dulces, que hubiera sldo capaz de cometer una mala acción por un paquete de bombones.
La Reina Bribona supo pronto el defecto de Glotoncito y pensó que podría utilizarlo para la pérdida de Blondina. He aquí el proyecto que concibió:
El jardín en que Blondina se paseaba en su cochecito con el paje estaba separado por una verja de hierro de un magnífico bosque llamado el bosque de las Lilas porque durante todo el año florecían en él estas flores. Nadie iba a aquel bosque porque se sabía que el que entraba ya no volvía a salir nunca más. La Reina Bribona empezó por hacerse amiga de Glotoncito dándole cada día nuevas golosinas; cuando le hubo vuelto tan laminero que ya no podía pasarse sin bombones, peladillas y pasteles, le hizo venir y le dijo:
-¡Glotoncito, de ti depende el que tengas un baúl lleno de bombo-nes o bien que no puedas comer nunca más!
-¿No comer nunca más? ¡Ay, señora, me moriría de pena! ¿Qué queréis que haga?
-Quiero -dijo la Reina mirándole fijamente -que conduzcas a la Princesa Blondina hasta cerca del bosque de las Lilas.
-¡Imposible, señora, el Rey me lo ha prohibido!
-¡Ah! ¿Es imposible? Bueno, pues entonces adiós. No te daré ningún dulce más y prohibiré a los demás que te den.
-¡Ah, señora -dijo Glotoncito llorando: dadme una orden que yo pueda cumplir!
-Por última vez, ¿quieres llevar a Blondina cerca del bosque encantado? Escoge: o un cofre lleno de bombones, los cuales iré renovando cada mes, o nunca más verás un dulce.
-Sí... pero ¿cómo haré para que el Rey no me castigue?
-No te preocupes por eso. Tan pronto como hayas hecho entrar a Blondina en el bosque, ven a encontrarme; te daré lo convenido y me encargaré de tu porvenir.
Glotoncito reflexionó durante unos momentos y al fin resolvió sacrificar a su buena amita por unos kilos de bombones.
Al día siguiente, a las cuatro, Blondina pidió su cochecito y, después de abrazar al Rey, subió en él prometiendo estar de vuelta de su paseo antes de dos horas. El jardín era grande.
Cuando estuvieron tan lejos que ya no podían verles desde el palacio, Glotoncito cambió de dirección y se encaminó hacia la verja del bosque. Estaba triste y silencioso, pues el crimen que iba a cometer pesaba sobre su corazón y su conciencia:
-¿Qué tienes, Glotoncito? ¿Estás enfermo?
-No, Princesa: estoy perfectamente.
-¡Qué pálido estás! ¡Dime lo que te pasa y haré los posibles para contentarte!
Esta bondad de Blondina estuvo a punto de salvarla, pero antes de que el paje pudiese responder estaba ya junto a la verja del bosque encantado.
-¡Oh, qué hermosas lilas! -exclamó Blondina-. iQué perfume tan delicioso! ¡Quisiera hacer un ramo y llevárselo a papá! Baja, Glotoncito, y cógeme unas cuantas ramas.
-No puedo, Princesa. Los avestruces podrían marcharse mientras yo estuviera ausente y el Rey me reñiría.
-Es verdad -dijo Blondina. Me sabría mal que te riñeran por mi causa.
Y diciendo estas palabras, la Princesa saltó de su coche, atravesó la verja sin ningún trabajo, pues los barrotes estaban muy separados unos de otros, y se puso a coger flores.
En aquel momento Glotoncito se arrepintió de su mala acción y quiso repararla llamando a Blondina; pero aunque Blondina sólo estaba a diez pasos de distancia y la veía perfectamente, ella no oía sus voces y se adentraba cada vez más en el bosque encantado. Durante mucho rato la vió cogiendo flores y al fin desapareció de su vista.
Glotoncito lloró un rato maldiciendo su glotonería, pero al fin volvió a palacio procurando no ser visto. La Reina le estaba esperando. Al verle pálido y con los ojos enrojecidos por las lágrimas adivinó que Blondina estaba perdida.
-¡Ven! -le dijo-. ¡Aquí está tu recompensa!
Y le enseñó un gran cofre lleno de toda clase de bombones. Llamó a sus criados e hizo que cargasen el cofre sobre un mulo.
-En marcha, Glotoncito -le dijo-, y vuelve a buscar otro el mes que viene.
Al mismo tiempo le entregó una bolsa llena de oro. Glotoncito espoleó a su mulo para alejarse cuanto antes, pero el mulo era malo y tozudo. Impacientado por el peso del cofre, se encabritó y lo hizo de tal manera que acabó por tirar al suelo el cofre y a su dueño, quien se abrió la cabeza contra unas piedras y murio.
De este modo su crimen no le aprovechó, porque no había tenido tiempo de gustar ni uno solo de los bombones que le había dado la Reina.

Cuando Blondina entró en el bosque se puso a coger las hermosas ramas de lilas, alegrándose mucho de ver tantas. A medida que las iba cogiendo vió otras más hermosas; entonces dejaba caer las que llevaba en los brazos y empezaba de nuevo.
Hacía ya más de una hora que estaba ocupada en semejante trabajo y tenía calor; además empezaba a sentirse fatigada y pensó que ya era hora de volver a palacio. Volvió la cabeza y se vió rodeada de lilas; llamó a Glotoncito, y no le respondió nadie.
-Me he alejado más de lo que creía -se dijo Blondina; voy a volver sobre mis pasos, aunque estoy algo cansada. Seguramente que Glotoncito acabará por oírme y me guiará hasta el coche.
Anduvo durante un buen rato, pero nunca veía el final del bosque. Muchas veces llamó a su paje, pero nadie le respondía. Al fin empezó a asustarse.
-¿Qué va a ser de mí en este bosque? .¿Qué va a pensar mi pobre papá al ver que no vuelvo? Y el pobre Glotoncito ¿cómo va a atreverse a volver a palacio sin mí? Seguramente le castigarán, y todo por culpa mía, por haber querido coger lilas. ¡Qué desgraciada soy! Voy a morir de hambre y de sed en este bosque, suponiendo que los lobos no se me coman esta noche.
Y Blondina se dejó caer al suelo junto a un árbol y se puso a llorar amargamente. Lloró mucho; al fin la fatiga la rindió, recostó su cabeza sobre el montón de lilas que había cogido y se durmió.

Blondina durmió durante toda la noche y no se despertó hasta muy entrada la mañana. Se frotó los ojos muy sorprendida por verse rodeada de árboles en vez de encontrarse en su camita. Llamó a su doncella y le respondió un maullidito cariñoso. Extrañada y asustada, miró al suelo y vió a sus pies un magnífico gato blanco como la nieve que la miraba con dulzura.
-¿Ay, Misinito, qué bonito eres! -exclamó Blondina mientras le acariciaba el lomo. Estoy muy contenta por haberte encontrado, pues tú me conducirás a casa. Pero antes necesito comer, pues si no, no podría dar un paso.
Apenas hubo dicho estas palabras cuando Misino mayó otra vez y, alargando la patita, le enseñó un paquete cerca de ella. Blondina abrió el paquete y halló dentro bollos de manteca. Mordió uno de ellos y como lo halló delicioso dió algunos trozos a Misino, que se relamió de gusto.
Cuando hubieron comido los dos, Blondina acarició al gato y le dijo:
-Gracias, Misinito, por el suculento almuerzo que me has traído; pero, ahora, ¿puedes conducirme hasta mi padre, que debe de estar desolado por mi ausencia?
Misino denegó mientras soltaba maullidos lastimeros.
-Veo que me comprendes, Misinito -dijo Blondina. Entonces, ten piedad de mí; llévame hasta una casa cualquiera para que no me muera de hambre, de frío y de terror en este horrible bosque.
Misino la miró y, dando unos pasos, volvió la cabeza para ver si Blondina le seguía.
-Sí, sí, ya te sigo -dijo Blondina levantándose a su vez. Pero ¿cómo podremos guiarnos por entre estos arbustos tan frondosos, pues no veo ningún camino?
Misino, por toda respuesta, se lanzó a través de los arbustos, que se abrieron para dejarle pasar a él y a Blondina. Después de su paso las ramas volvían a juntarse.
Al cabo de una hora de caminar, Blondina vió un castillo magnífico rodeado de una verja dorada. La Princesa no sabía qué hacer para entrar, pues Misino había desaparecido.

Misino había entrado por un agujero, tal vez hecho ex profeso para él, y había probablemente avisado a alguien del castillo, pues la puerta de la verja se abrió sin que Blondina hubiese llamado. La Princesa entró en el patio y no vió a nadie. La puerta del castillo se abrió también por sí sola y Blondina entró en un vestíbulo de mármol blanco. Después recorrió varias habitaciones suntuosas y al fin percibió en un lindo salón tapizado de oro y azul una cierva blanca recostada sobre un montón de hierbas finas. Misino estaba junto a ella.
La cierva vió a Blondina, se levantó, salió a su encuentro y le dijo:
-Tranquilízate, Blondina, estás entre amigos. Conozco a tu padre el Rey y le quiero tanto como a ti.
-Oh señora -dijo Blondina, si conocéis a mi padre, llevadme junto a él, pues debe de estar muy triste por mi ausencia.
-Mi querida Blondina -repuso Buena-Cierva suspirando. No está en mi poder el devolverte a tu padre, pues estás bajo el poder del encantador del bosque de las Lilas. Yo misma estoy sometida a su poder, superior al mío, pero puedo enviar a tu padre sueños que le tranquilizarán sabiendo que estás conmigo.
-¡De modo -exclamó Blondina horrorizada- que no veré nunca más a mi padre, a quien tanto quiero!
-Querida Blondina, dejemos en paz el porvenir. Volverás a ver a tu padre, pero todavía tiene que pasar algún tiempo. Misinito y yo haremos que, mientras tanto, seas feliz.
Blondina suspiró y lloró un poquito. Después, pensando en que esto era no agradecer las bondades de Buena-Cierva, se contuvo e hizo esfuerzos para conversar alegremente.
Buena-Cierva y Misinito la llevaron al cuarto que se le había destinado. Estaba todo tapizado de seda de color de rosa, bordada en oro, y los muebles eran de terciopelo blanco, bordados admirablemente con sedas brillantes. Todos los animales, los pájaros, las mariposas, los insectos, estaban allí representados. En la pared estaban colgados dos magníficos retratos representando una mujer joven muy hermosa y un encantador muchacho. Los trajes que llevaban atestiguaban su origen real.
-¿De quién son estos retratos, señora? -preguntó Blondina a la cierva.
-Ahora tengo prohibido contestarte, pero lo sabrás más tarde. Es hora de comer y debes de tener apetito. Ven conmigo, Blondina.
La comida fué exquisita y de lo mejor. Blondina tenía hambre; comió de todo y lo halló excelente.
Después de comer bajaron al jardín, donde Blondina halló los frutos más suculentos y además pudo pasearse, correr y jugar a su antojo. Cuando estuvo cansada, dos gacelas (que eran las encargadas del servicio del palacio) la condujeron al castillo, la desnudaron y la acostaron. Y Blondina no tardó en dormirse, no sin haber antes pensado en su padre y llorado amargamente su separación.

Blondina durmió profundamente y al despertar le pareció que no era la misma que cuando se había acostado.
Sin embargo, su cuarto era el mismo que le había enseñado Buena-Cierva y en el que se había acostado la noche anterior.
Agitada e inquieta, se levantó y acercándose a un espejo vió que era ya una muchacha mayor y también, necesario es confesarlo, se halló encantadora, más bonita cien veces que cuando se había acostado el día anterior. Sus hermosos cabellos rubios caían en cascadas hasta sus pies, y su tez blanca, sus bonitos ojos azules, su nariz respingona, su boquita roja, sus mejillas sonrosadas hacían de ella la más hermosa personita que se hubiera visto nunca.
Emocionada, casi asustada, se vistió a toda prisa y fué a buscar a Buena-Cierva, a quien halló en el mismo salón en que la había visto por primera vez.
-¡Buena-Cierva! ¡Buena-Cierva! -exclamó. Explicadme por favor la metamor-fosis que veo y siento en mí. Me acosté una niña y me he despertado una persona mayor. ¿Es una ilusión o es que he crecido verdaderamente durante una noche?
-Es verdad, Blondina, que hoy cumples catorce años y que tu sueño ha durado siete. Mi hijo Misinito y yo hemos querido evitarte la pesadez de los primeros estudios y mientras dormías te hemos instruido.
Blondina, aún incrédula, corrió a la sala de estudio y allí tocó el piano y el arpa, bailó, cantó maravillosamente, dibujó y pintó con facilidad. También probó de escribir y se halló tan hábil como en todo lo demás. Recorrió con la vista los libros y se acordó de haberlos leído todos. Sorprendida y maravillada, echó los brazos al cuello de Buena-Cierva, besó tiernamente a Misino y dijo:
-¡Oh, mis buenos, mis queridos, mis encantadores amigos! ¡Cuánto reconocimiento os debo por haber cuidado de mi niñez!
Buena-Cierva devolvió sus caricias y Misino le lamió las manos delicada-mente. Cuando hubieron pasado los primeros transportes de felicidad, Blon-dina bajó los ojos y dijo tímidamente:
-No me creáis ingrata, mis buenos amigos, si añado un nuevo favor a los que ya os debo. Decidme, ¿qué hace mi padre? ¿Llora aún mi ausencia? ¿Es feliz?
-Tu deseo es muy legítimo -dijo BuenaCierva. Mira en este espejo y verás en él a tu padre.
Blondina le vió, pero mucho más viejo. Sus cabellos habían encanecido, estaba triste y tenía en la mano un retrato de Blondina que besaba a menudo llorando. Blondina no vió a su hermana ni a la Reina Bribona.
La pobre Blondina lloró amargamente.
-¿Por qué mi padre no tiene a nadie a su lado? -preguntó. ¿Dónde están mi hermana y la Reina?
-La Reina -dijo Buena-Cierva- demostró tan poca pena por tu desaparición, que el Rey tu padre empezó a aborrecerla y la envió a su padre el Rey Turbulento, quien la encerró en una torre, en donde murió de rabia y de fastidio. En cuanto a tu hermana, se volvió tan mala y tan insoportable que el Rey la prometió en casamiento al Príncipe Violento, quien antes de hacerla su esposa juró reformarle el carácter a golpes. Y dicen que lo va consiguiendo.
Los días pasaban rápidamente para Blondina, porque estaba muy ocupada con sus estudios, pero a veces se entristecía, pues no podía conversar más que con Buena-Cierva, quien sólo estaba con ella en las comidas y a las horas de estudio. Misino no podía hablar más que por signos y las gacelas que le servían tampoco tenían el don de la palabra.
A veces Blondina entraba en un pabellón que estaba en una eminencia junto al bosque y veía en él árboles magníficos, flores encantadoras y miles de pájaros que parecían revolotear llamándola.
Misino, que era su acompañante habitual, parecía leer en su pensamiento y, estirándole de la ropa, la forzaba a salir del pabellón. Blondina sonreía y continuaba su paseo solitario.

Hacía ya cerca de seis meses que Blondina se había despertado de su sueño de siete años; el tiempo le parecía largo y el recuerdo de su padre la entristecía. Buena-Cierva le había dicho va tres o cuatro veces:
-¡Blondina, volverás a ver a tu padre cuando hayas cumplido los quince años!
Una mañana Blondina estaba triste y sola. De repente dieron tres golpes en el cristal de la ventana. Levantó la cabeza sorprendida y vió a un papagayo de un color verde precioso, con el cuello y el pecho de color naranja. Corrió a abrir y su extrañeza no fué poca cuando el pájaro le dijo con una vocecita agria:
-¡Buenos días, Blondina! Sé que te aburres y vengo a conversar contigo. Pero no digas a nadie que me has visto, porque Buena-Cierva me retorcería el cuello.
-¿Y por qué? Buena-Cierva no aborrece más que a los que son malos.
-Blondina, quiero que me prometas no decir nada de mi visita a Buena-Cierva y Misino, pues, de lo contrario, me iré para no volver más.
-Bueno, te lo prometo. Pero hablemos un poco.
Blondina escuchó los cuentos del papagayo y quedó encantada de su talento. Al cabo de una hora el pájaro se fué, prometiendo volver al día siguiente. Estas agradables visitas duraron varios días. Una mañana el papagayo llamó a la ventana y dijo:
-¡Blondina, Blondina, ábreme! Te traigo noticias de tu padre. Pero sobre todo no hagas ruido.
Blondina abrió y dijo:
-Habla pronto. ¿Qué hace mi padre? ¿Le sucede algo?
-A tu padre, Blondina, no le pasa nada, pero le he prometido emplear todo mi poder para sacarte de esta cárcel. Sólo que me tienes que ayudar.
-¡Mi cárcel! -exclamó Blondina-. ¡Pero si yo no estoy en una cárcel y Buena-Cierva y Misinito me quieren mucho! Ven, papagayo, que te presentaré a Buena-Cierva.
-¡Ay Blondina! -dijo agriamente el pájaro. No conoces a Buena-Cierva ni a Misino. Me detestan porque he conseguido arrancarles algunas de sus víctimas. Nunca verás a tu padre, Blondina, ni saldrás de este bosque si no te apoderas del talismán que aquí te retiene.
-¿Qué talismán? -dijo Blondina.
-Una rosa.
-Pero si en el jardín no hay ninguna rosa, ¿cómo voy a poderla coger?
-Ya te lo diré otro día, Blondina.
Y el papagayo se marchó volando muy contento por haber hecho germinar en el corazón de Blondina la ingratitud y la desobediencia. Apenas se había marchado cuando entró Buena-Cierva en el cuarto. Parecía muy agitada.
-¿Con quién hablabas, Blondina? -dijo mirando con desconfianza a la ventana abierta.
-Con nadie, señora -respondió Blondina.
Buena-Cierva ni replicó; estaba triste y algunas lágrimas brotaron de sus ojos. Blondina también estaba preocupada. En vez de decirse que una cierva que habla y que tiene el poder de hacer inteligentes a las bestias, que consagra siete años a la fastidiosa tarea de educar a una jovencita ignorante, no es una cierva ordinaria; en vez de reconocer todo lo que había hecho por ella; Blondina creyó ciegamente al papagayo, a quien no conocía, y resolvió seguir sus consejos.
-¿Por qué, Buena-Cierva -preguntó, no veo entre todas vuestras flores a la más bella de todas, la rosa?
-Blondina, no me pidas esa flor pérfida que pica a los que la tocan. Tú no sabes lo que te amenaza en esa flor.
Al día siguiente Blondina corrió a su ventana y el papagayo entró al momento.
-¡Ya has visto cómo se ha turbado Buena-Cierva cuando le has nombrado la rosa! Sal del parque del castillo y vete al bosque. Una vez allí, yo te llevaré a un jardín en donde se halla la más hermosa rosa del mundo.
Después del almuerzo, Blondina bajó al jardín según su costumbre. Mismo la siguió a pesar de la mala cara que le ponía Blondina.
-Quiero estar sola -dijo la muchacha. ¡Vete, Misinito!
Pero el gato hizo como que no la oía y Blondina, impacientada, perdió la calma hasta el punto de golpearle con el pie. El pobre Misino huyó hacia el palacio mayando lúgubremente.
Blondina, al oír este grito, se detuvo y estuvo a punto de llamar a Misino y contar a Buena-Cierva lo que le sucedía. Pero no acabó de decidirse y, abriendo la puerta del parque, se halló en el bosque.
El papagayo apareció en seguida.
-¡Valor, Blondina! Dentro de una hora verás a tu padre.
Estas palabras devolvieron a Blondina la resolución que empezaba a faltarle. Anduvo, pues, tras el papagayo, que iba volando de rama en rama ante ella. El bosque que le había parecido tan hermoso desde el palacio de Buena-Cierva era cada vez más enmarañado. No se oía cantar a ningún pájaro y las flores habían desaparecido. Blondina sintió que poco a poco le invadía un malestar inexplicable. El pájaro la instaba ahora vivamente:
-¡De prisa, de prisa, o me retorcerán el cuello y no verás nunca más a tu padre!
Blondina, fatigada, jadeante, con los brazos llenos de arañazos y los zapatos destrozados, iba a renunciar a ir más lejos cuando el papagayo gritó:
-¡Ya hemos llegado, Blondina! ¡Aquí está la rosa!
Y Blondina vió a la vuelta de un sendero un recinto minúsculo cuya puerta le abrió su acompañante. El terreno del interior era árido y pedregoso, pero en el centro se elevaba un magnífico rosal con una rosa sola, pero indudablemente la rosa más hermosa del mundo.
-¡Cógela, Blondina, pues te la has ganado bien! -dijo el papagayo.
Blondina se apoderó de la rama y, a pesar de las espinas que le picaban cruelmente en los dedos, arrancó la rosa. Apenas la tuvo en su mano cuando oyó una carcajada y la rosa huyó de ella gritándole :
-Gracias, Blondina, por haberme librado de la cárcel en donde me retenía Buena-Cierva. Ahora me perteneces.
-¡Ah, ah, ah! -chilló a su vez el papagayo. Gracias, Blondina, ya puedo ahora tomar mi forma acostumbrada de encantador. Adulando tu vanidad te he vuelto fácilmente ingrata y mala. Has causado la pérdida de tus amigos, de los que yo soy su peor enemigo. Adiós, Blondina.
Y dichas estas palabras, el papagayo y la rosa desaparecieron, dejando a la muchacha sola en medio del bosque.

Blondina estaba estupefacta; claramente veía el horror de su conducta; había sido ingrata con unos amigos que durante siete años se habían sacrificado por ella. Quiso ver inmediatamente a Buena-Cierva y se puso en camino. Las raíces y las espinas le arañaban la cara, brazos y piernas, y sólo después de tres horas de marcha penosísima llegó ante el palacio.
Pero el magnífico palacio era ahora un montón de ruinas y los hermosos árboles que lo rodeaban se habían convertido en cardos y espinas. Terrible-mente asustada, quiso penetrar en las ruinas para saber qué había sido de sus amigos. Un enorme sapo salió de debajo de unas piedras y dijo:
-¿Qué buscas? ¿No eres tú con tu ingratitud la causante de la muerte de tus amigos? Vete y no insultes su memoria con tu presencia.
Blondina se dejó caer al suelo sollozando. Lloró durante mucho rato; al fin se levantó y miró en torno para buscar un abrigo, pero no vió nada.
-¡Bueno! -dijo la muchacha-. ¿Qué me importa ser despedazada por las fieras o morir de hambre y de dolor? Así expiaré la muerte de Buena-Cierva y Misinito.
Pero entonces oyó una voz que decía:
-¡El arrepentimiento puede borrar muchas faltas!
Levantó la cabeza y sólo vió a un cuervo que revoloteaba por encima de su cabeza.
La pobre Blondina se levantó del suelo para alejarse de aquel sitio de desolación y llegó hasta una parte del bosque más despejada. Blondina, que estaba rendida por la fatiga y la pena, cayó al pie de un árbol y se puso a sollozar.
-¡Valor, Blondina! ¡Ten esperanza! -le gritó una voz.
La muchacha vió una rana que la estaba mirando compasivamente.
-¡Pobre rana! -dijo Blondina. ¿ Qué será de mí ahora que estoy sola en el mundo?
-¡Valor y esperanza! -dijo la voz.
Blondina suspiró; miró a su alrededor con la esperanza de descubrir algún fruto silvestre, pues tenía hambre y sed. Pero como no vió nada se puso a llorar.
Un ruido de cascabeles le hizo volver la cabeza. Una vaca se aproximaba poco a poco; al llegar junto a ella se detuvo, inclinó la cabeza y le hizo ver una escudilla que llevaba sujeta al cuello. Blondina, contentísima por aquel socorro inesperado, se puso a ordeñar la vaca y bebió con delicia dos escudillas de su leche. Blondina volvió la escudilla a su sitio, besó a la vaca y le dijo tristemente:
-¡Gracias, Blanquita! Sin duda debo este caritativo socorro a mis amigos, que puede que estén viendo desde otro mundo mi sincero arrepentimiento.
La noche se acercaba y Blondina, a pesar de su pena, empezó a pensar en el modo de evitar a las bestias feroces, de las que creía ya oír los rugidos. A pocos pasos había una especie de cabaña formada por ramas caídas y entrelazadas. Entró agachándose un poco y vió que, levantando y sujetando alguna de ellas, podría hacer una casita. Empleó lo que quedaba de luz en arreglar su estancia, cubrió el suelo con musgo, encerróse como pudo en su cabaña y se acostó fatiga-dísima.
Se despertó muy avanzada la mañana y, reflexionando sobre las desgracias de la víspera, comenzó de nuevo sus lloros. Sin embargo, el hambre comenzaba a hacerse sentir y aún no había empezado a inquietarse por ello cuando oyó el ruido de cascabeles del día anterior. Poco después Blanquita estaba a su lado. Y desde entonces ya no tuvo que preocuparse, pues por la mañana, al mediodía y por la tarde, la vaca le traía invariablemente su frugal comida.
De este modo vivió la joven durante seis semanas. Y de buena gana hubiera consentido en pasar allí toda su vida si con ello hubiese podido devolver la vida a Buena-Cierva y a Misino.

Un día que estaba a la puerta de su cabaña pensando tristemente en sus perdidos amigos y en su padre, vió ante ella una enorme tortuga.
-¡Blondina -le dijo la tortuga con su voz cascada, si haces lo que te digo, saldrás de este bosque!
-¿Y para qué -dijo la joven -quiero salir del bosque? Aquí he causado la muerte de mis amigos y aquí moriré.
-¿Estás segura de que tus amigos han muerto?
-¿Sería posible... ? Pero, no... Yo he visto su palacio en ruinas y el Papagayo y el Sapo me han dicho que ya no existían.
-Blondina, no me es permitido decirte el estado de tus amigos, pero si tienes el valor de subirte a mi espalda y no bajas durante seis meses y además prometes no dirigirme ni una sola pregunta hasta el fin del viaje, te llevaré a un sitio en que lo sabrás todo.
-¡Acepto, haré lo que sea necesario!
-Mira, Blondina, que son seis meses sin bajar de mi espalda y sin dirigirme la palabra. Una vez nos hayamos puesto en marcha, si no te atreves a llegar hasta el fin, estarás ya para siempre en poder del encantador Papagayo y de su hermana la Rosa, y ya no tendrás el socorro de Blanquita, la vaca.
s-¡Marchemos! Prefiero morir de cansancio y de fatiga a morir de pena y de inquietud.
-Sea hecho según tus deseos, Blondina. Súbete a mi espalda y no temas ni el hambre, ni la sed, ni el sueño durante nuestro viaje.
Blondina subió a la espalda de la Tortuga.
-¡Y ahora -dijo ésta, silencio! Ni una palabra hasta que hayamos llegado.

El viaje duró seis meses, tal como había dicho la Tortuga. Tres meses necesitaron para salir del bosque y entonces se hallaron en una árida llanura que les costó seis semanas de atravesar. Al final de la llanura, Blondina vió un palacio que le recordó el de Buena-Cierva y Misino. Más de un mes les costó el llegar hasta la avenida principal del parque. Blondina no podía más de impaciencia. ¿Era allí donde debía saber lo que había sucedido a sus amigos? Si hubiese podido bajar, hubiera recorrido en diez minutos la distancia que la separaba del palacio, pero la Tortuga continuaba caminando y Blondina se acordaba de la prohibición. La Tortuga parecía andar cada vez más despacio y necesitó quince días, que le parecieron un siglo, para recorrer esta avenida. Blondina no perdía de vista el palacio y la puerta, pero no distinguía el menor movimiento ni percibía el más pequeño ruido. Por fin, al cumplirse los ciento ochenta días de viaje, la Tortuga se detuvo y dijo a Blondina:
-¡Baja, Blondina! Has ganado, por tu valor y obediencia, la recompensa que te había prometido. Entra en el palacio por la puerta que está delante de ti y pregunta a la primera persona que veas por el Hada Afectuosa.
Blondina saltó rápidamente al suelo y, después de dar las gracias a la Tortuga, abrió precipitadamente la puerta que le habían indicado y se halló ante una joven que le preguntó qué deseaba.
-¡Quisiera ver al Hada Afectuosa! Dígale que la Princesa Blondina desea verla.
-Seguidme, Princesa -dijo la joven.
Blondina la siguió temblando. De este modo atravesó varios salones en los que encontró a otras jóvenes que la miraban como si la conociesen de antiguo. Por fin llegó a un salón en todo parecido al que tenía Buena-Cierva en el palacio del bosque. Sólo había un mueble que allí no estaba, y era un armario de oro y de marfil de un trabajo exquisito. En aquel momento se abrió una puerta y una dama joven, bella y magníficamente vestida, se acercó a Blondina.
-¿Qué quieres, hija mía? -le dijo con voz acariciadora.
-Señora -exclamó Blondina arrojándose a sus pies, me han dicho que podéis decirme el paradero de mis amigos Buena Cierva y Misinito. Sin duda sabéis que por desobediencia los perdí, pero la Tortuga que me ha traído a cuestas me ha dado la esperanza de encontrarles un día. ¿Qué debo hacer para volverlos a ver de nuevo?
-Blondina -dijo el Hada tristemente-, vas a conocer el paradero de tus amigos. Pero, veas lo que veas, ten valor y no pierdas la esperanza.
Diciendo esto, ayudó a levantar a la temblorosa Blondina y la condujo ante el armario de oro, añadiendo:
-Aquí tienes la llave de este armario. Ábrelo.
Blondina metió la llave en la cerradura y abrió. En el armario sólo estaban las pieles de Buena-Cierva y Misino colgadas en clavos de diamantes. La pobre joven no pudo resistir aquella nueva emoción y cayó desvanecida en brazos del Hada, dando un grito desgarrador.
Entonces la puerta volvió a abrirse y apareció un Príncipe tan bello como un sol, que se precipitó hacia Blondina, diciendo :
-¡Madre mía, la prueba ha sido demasiado fuerte para nuestra querida Blondina!
-Ya lo sé, hijo mío, y lo siento mucho, pero ya sabes que este último castigo era necesario para libertarla para siempre del yugo del genio del bosque de las Lilas.
Mientras decía estas palabras, el Hada tocó a Blondina con su varita y la joven volvió en sí en el acto, pero para sollozar desesperadamente:
-¡Dejadme morir! ¡Así me juntaré con mis pobres amigos!
-Blondina, querida Blondina -dijo el Hada abrazándola cariñosamente-. Tus amigos viven y te quieren. Yo soy Buena-Cierva y éste es mi hijo Misinito. El mal Genio del bosque, aprovechando un descuido de mi hijo, nos había transformado en los animales que conociste. No debíamos recobrar nuestra primitiva forma más que si cortabas la Rosa que yo había colocado lejos del palacio a fin de que no la vieras, pues sabíamos lo que sufrirías al hacerlo. De buena gana hubiéramos continuado siendo Buena-Cierva y Misinito toda la vida con tal de no dejarte en poder del Genio del bosque. Pero ahora, por fin, han terminado tus penas.
Blondina no se cansaba de hacer preguntas al Hada.
-¿Dónde están las gacelas que nos servían?
-Ya las has visto, Blondina. Son las jóvenes que te han acompa-ñado hasta aquí.
-¿Y la vaca que me traía su leche?
-Nosotros obtuvimos de la Reina de las Hadas ese favor. También el cuervo lo enviamos nosotros.
-Entonces, ¿también enviasteis la Tortuga?
-Sí, Blondina. La Reina de las Hadas, conmovida por tu dolor, retiró al Genio del bosque todo poder sobre ti, a condición, sin embargo, de una prueba de sumisión de seis meses y castigarte con la visión de nuestras pieles. Supliqué a la Reina que te evitase esto último, pero no quiso acceder.
Blondina no se cansaba de escuchar y de abrazar a sus amigos. El recuerdo de su padre se presentó de pronto en su pensamiento. El Príncipe Perfecto adivinó su deseo y lo dijo al Hada.
-Prepárate, Blondina -dijo el Hada, pues vas a verle. Ya le he avisado.
En el mismo momento Blondina se halló en una carroza de perlas y de oro. A su derecha estaba el Hada y a sus pies el Príncipe Perfecto, que la miraba con ternura. Del carro tiraban cuatro cisnes de una blancura inmaculada; volaron con tal rapidez que no tardaron más que cinco minutos en llegar al palacio del Rey Benigno.
Toda la corte estaba junto al Rey y, al ver el carro y a la Princesa, profirieron tales gritos de alegría que los cisnes estuvieron a punto de equivocar el camino. Gracias a que el Príncipe vigilaba y los hizo descender junto a la escalera principal.
El Rey Benigno y Blondina estuvieron largo rato abrazados. Todo el mundo lloraba de alegría.
Cuando el Rey pudo serenarse se dirigió al Hada y le besó tiernamente la mano. También abrazó al Príncipe Perfecto, al que encontró encantador.
Hubo ocho días de fiestas para festejar la vuelta de Blondina. Al cabo de este tiempo, el Hada quiso volver a su casa, pero el Príncipe y Blondina estaban tan tristes por tenerse que separar, que el Rey y el Hada convinieron en que lo mejor sería juntarlos para siempre.
Blondina se casó, pues, con el Príncipe Perfecto, y el Rey pidió la mano al Hada, quien accedió a ser su esposa.
Y de este modo fueron todos felices.

012. Anonimo (Alemania)