Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

8-2-2015 a las 21:47:50 10.000 relatos y 10.000 recetas

10.001 relatos en tiocarlosproducciones

10.001 recetas en mundi-recetasdelabelasilvia

Translate

domingo, 1 de julio de 2012

La mala madrasta


144. Cuento popular castellano

Este era un padre que tenía una hija. Enviudó y se casó con otra que tenía dos hijas. Y la madrasta no la quería a la andada porque era muy guapa, y ella y sus hijas eran muy feas. Y la te­nían mucha envidia.
Ya un día dijo su madrasta que había que sacarla de casa y matarla, y se lo dijo a su padre. Y su padre -usted verla cómo se puso de que dijo que habla de echar a su hija fuera de casa y matarla. Ya el hombre, por tener paz, tuvo que otorgar a ello. Buscaron dos hombres, y los dijo la madrastra que la tenían que matar y la tenían que traer la lengua y los ojos.
La sacaron a un monte. Y los hombres -los daba lástima de matarla. Y llevaban un perrito. Y mataron al perro y la llevaron a la madrasta la lengua y los ojos del perro, haciéndola ver que eran de la muchacha. Y la dejaron que fuera por aquel monte.
Y ya la pobre llevaba muchos días por el monte solita. Y ya, andando, andando, andando, llegó a una cueva donde ella se re­fugiaba para dormir, cercas de otra cueva de unos ladrones muy ricos. Y para entrar o salir los ladrones decían: «¡Ábrete, perejil!»; y para cerrarse: «¡Ciérrate, hierba-buena!»
Como estaba su cueva tan cerca de la de los ladrones, obser­vaba lo que decían. Y ya, un día que salieron a robar, fue ella y dijo:
-¡Abrete, perejil!
Y se abrió la cueva. Entró ella y dijo:
-¡Ciérrate, hierbabuena!
Y se cerró. Y vio que había allí mucho que comer y muchas alhajas. Y cada uno tenía una cama. Les guisó la comida y, de que comió lo que quiso, les hizo las camas, fregó, barrió, y toda la casa la dejó arreglada. Y se volvió a salir.
Por la tarde vinieron los ladrones y, de que vieron que todo estaba hecho, dijeron que alguna persona había entrado. Y dijo el capitán que al otro día había que quedarse uno para ver qué persona era.
Al otro día volvieron a salir los ladrones, y se quedó uno. Y se quedó dormido. Pero la niña, desde su cueva, los vio salir y los contó. Y vio que se había quedado uno. Y ese día no fue a la cueva. Pero el día anterior un gallego la estuvo observando a la mujer, y ahora, al ver que no iba ella, claro, fue y dijo:
-¡Abrete, perejil!
Se abrió la cueva y entró.
-¡Ciérrate, hierbabuena!
Y volvió a cerrarse. Y de que comió lo que le pareció, ya no se acordaba de decir ni perejil y hierbabuena. Se puso a la puer­ta de la cueva a decir:
-¡Abrete, berceira! ¡Por vide no rincordo! Pos, ello cosa de huerta es. ¡Ábrete, patateira! ¡Por vide no rincordo! Pos, ello cosa de huerta es.
A las voces que el gallego daba, dispertó el centinela que es­taba dormido. Salió y, de que vio que era él, le dio una paliza de palos y le echó fuera la cueva.
Vinieron los compañeros y los dijo:
-¿A que no sabéis quién era el que ha entrado en la cueva? Un gallego que le he pillado.
-¿Qué le has hecho? -le dijo el capitán.
-Pos, darle una pareja de palos que le he medio matao. Y le he echao fuera de la cueva.
Al otro día siguiente se fueron otra vez. Y volvió la señora que había entrado allí antes. Y hizo la misma operación que había hecho antes. Y de que despachó, pues se volvió a marchar.
Y vinieron los ladrones por la noche, y vieron que todo esta­ba hecho como el primer día. Y ya dijo el capitán:
-Esto es que entra aquí alguna persona, que tiene que ser alguna mujer. Hay que quedarse uno pa saber quién es el que entra.
Y al otro día, al marcharse los ladrones, se quedó uno de cen­tinela. Y se quedó dormido. Y esta vez la chica no los vio salir y volvió a la cueva como el día anterior. Y como no metía voces como el gallego, pues de que hizo la misma operación que había hecho antes, se volvió a marchar como los días anteriores, y nadie la vio.
Cuando despertó el centinela, ya vio que estaba hecho todo como antes. Ya vinieron los otros:
-¡Vaya! ¿Ha encontrado usted quién entra? -preguntó el capitán.
-No, señor.
-Pues, ¿cómo? ¿Usted se ha quedado dormido?
-No, señor, y no he visto a nadie.
Pues, a mí no me niegue usted que no se queda usted dor­mido, porque tenía usted que haber visto quién era. Pues, maña­na -dijo el capitán- me quedaré yo.
Conque, ¡claro!, al otro día la señora volvió a entrar a hacer la misma operación que había hecho antes. Y el capitán la estaba viendo, sólo que no la quería decir nada en lo que no terminara de hacerlo todo. Y cuando ya se iba a salir, la suspendió -habló­la dijo:
-No se asuste usted, señora. ¿Cómo es para usted haber en­trado aquí? Y ¿cómo es para usted haber venido a estos terrenos?
Ella dijo lo que la había ocurrido con su madrasta y que, dando vueltas por el monte, había encontrado una cuevecita donde refugiarse:
-A orilla de esta cueva de ustedes... Y he visto las operacio­nes que ustedes hacían para que se abriera y se cerrara la cueva. Y a mí la necesidad del hambte y de la sed me ha hecho entrar.
Entonces la dijo el capitán:
-Pos, desde ahora no pasará usted hambre ni sed. Usted se quedará aquí con nosotros, y nadie se meterá con usted. Estará usted aquí como si fuera usted una hermana nuestra. Ahora vendrán los demás, y ya los daré yo la orden de que ¡cuidado que sean osados a tocarla a usted sobre ninguna cosa! Y si a usted la tocaran por casualidad, usted me lo decía a mí, y luego yo haría lo que me pareciera de ellos. Así es que usted esté tranquila, que siguiendo a hacer lo que ha hecho usted anteriormente, aquí es­tará usted como si fuera hermana nuestra.
Pues ya vinieron los otros a cenar. Y se reunieron, y los dijo:
-Habéis visto como yo ya he encontrado quien nos hacía todo lo que nos hacía falta.
Y se la presentó. Y los dijo:
-Mirar. Esta se queda aquí como hermana nuestra, hacién­donos el servicio como hasta ahora nos le ha hecho. Y sus ad­vierto una cosa. ¡Cuidado conque ninguno de vosotros sus me­táis con ella esolutamente para nada, ni la miréis mal! La tenemos que mirar todos como una propia hermana. Porque no creáis que hace poco con que haga las comidas y limpie la casa y nos barra y nos friegue y nos haga las camas. ¡Eso que si alguna vez a alguno de vosotros sus da una idea -de metersus con ella para nada, recibiréis el castigo que yo sus dé.
Ahora vamos a otra cosa. La madrasta que la mandó matar estaba creída que la habían matao, porque los hombres que habían buscado pa que la mataran la habían llevado la lengua y los ojos de un perro, y creía que la niña estaba muerta. Los hom­bres la sacaron al monte; pero los dio mucha lástima de matar­la. Y llevaban un perrito. Y lo mataron y la llevaron a la madras­ta la lengua y los ojos del perro para hacerla ver que eran los ojos de ella y la lengua. Y ella estaba creída que ya no existía en el mundo. Mas tenía un espejo, que le preguntaba:
-Espejito, ¿hay otra más guapa que yo?
El espejito la dijo que sí, que su andada era más guapa que ella. Se puso furiosa y empezó a buscar a ver si encontraba una hechicera para que la dijera dónde estaba. Y la encontró. Y ya, como las hechiceras dicen que todo lo saben, pos fue a dar a la cueva donde estaba. Y estaba la niña en la puerta tomando el sol, como de costumbre lo hacía.
Los ladrones, como la tenían ya como una hermana, la cogie­ron mucho cariño. Todos la querían mucho. La vestían de lo mejor que había; la llenaban de aderezos, alfileres, cruces, su cuello. Y en todos los dedos de las manos -pos los tenían llenos de anillos.
Y la hechicera llevaba un anillo que, metiéndosele en el dedo del corazón, se quedaba muerta. Y la ofreció la madrasta que si la podía matar a la andada, la daría lo que la pidiera.
Y ya, pues, empezó a decirla que cómo era para estar allí. Y la empezó a tentar las manos y a decirla que ella era una vie­jecita anciana y que era también sola y que no tenía a quién vol­ver los ojos. Y ya empezó, pues, a sacar los anillos que tenía la muchacha en el dedo corazón. Y ella, como muy zalamera, di­ciéndola que qué bonitos eran, que cuánto valor tenían. Y estan­do así, se descuidó la señora y la metió en el dedo corazón el anillo que ella llevaba, y se quedó muerta instantánea.
Y vinieron los ladrones. Y cuando vinieron y la vieron muer­ta, todos lloraban como madalenas. No sabían ni lo que hacer, de locos que se pusieron al verla muerta. Y ya dispusieron o acor­daron de hacer una caja muy preciosa para meterla en ella. Y en vez de enterrarla, echarla un río abajo, porque no querían ni que se la comiera la tierra, de lo mucho que la querían.
La echaron, pues, el río abajo. Y un día el hijo del rey salió a caza. Y fue a un sitio donde vio la caja. Y fue y la sacó del río, aunque con mucho trabajo. Y la abrió, y vio que era una joven, lo más bella que él había visto en la vida. Como pudo, se lo cargó él al hombro y la llevó al palacio. Y sin verle nadien, la metió en su habitación.
Y el hombre, pues tanta pena cogió de que la vio muerta, que no salía de casa nada. No le podían hacer salir, ni sus padres ni nadien. Y ya un día, pues se entretuvo en quitarla los anillos y enterarse de ellos, porque eran muy buenos. Hasta que llegó al del dedo corazón... Y se lo sacó y, en el momento en que se le sacó del dedo, pues volvió en sí y se puso viva como estaba antes. Y empezó:
-¿Ande están mis hermanos? ¡Yo quiero mis hermanos!
Y, ¡claro! el hijo del rey todo se suspendió, y la preguntó:
-Señorita, ¿por quién clama usted, que no la entiendo? Usted explíquese a mí todo lo que le pase.
Empezó a explicarle ende sus principios, y ya, pos intentó casarse con ella. Entraron en relaciones, y ya le dijo ella ánde estaba la cueva y que ella quería ver a sus hermanos, que aunque no eran hermanos, la querían más que si lo hubiesen sido; y que ella deseaba dirlos a ver pa que supieran que era viva.
Y fueron los dos a verlos. Y los ladrones, al verla viva, creo que los faltaba el juicio y todo. Y ellos ya conocían que era el hijo del rey. Y abrazándole y queriéndole mucho... Basta que había ido a presentársela. Se encontraban llenos de alegría.
Y ya él los dijo que si era gusto de ellos, que se quería casar con ella. Los ladrones, muy gustosos, le dijeron:
-El gusto de usted es el nuestro.
Ya se marcharon otra vez a palacio. Y fue cuando se lo dijo a sus padres, antes de presentársela a sus padres: que diendo él a caza, se había encontrado con esa caja, y que iba el río abajo; y la pudo sacar del río y la abrió; de que vio que era una dama tan bonita y muy bien vestida, se la cargó al hombro y la llevó a su habitación, en donde nadien la vio.
-Y como decían ustedes que estaba muy triste, que qué me pasaba, yo les decía que nada. Hasta que ya un día empecé a sa­carla los anillos que tenía en los dedos. Y fui a sacarla el anillo que tenía en el dedo corazón, y se puso viva. Y ya tanto cariño la he tomado que pienso casarme con ella. Creo no me quitarán us­tedes el gusto. Y ahora se la presentaré a ustedes. Verán qué preciosa es.
Y se la presentó. Y sus padres -muy contentos. Los gustó mucho la joven. Y ya dijeron hicieran las diligencias pa casarsen -que se casaran lo antes posible.
Entonces ella empezó a contar lo que la había ocurrido -desde su madrasta hasta echarla el río abajo.
Dieron parte a los ladrones de que se iban a casar, y todos fueron como si fueran hermanos propios. Y luego ya el hijo del rey no consintió de que fueran ladrones ni que estuvieran solos en esos montes -que a todos los puso con un ascenso mu grande y los llevó a su palacio. Y en su palacio, sin salir de él, los colocó. Allí estuvieron todos, en compañía, como si fueran propios her­manos. Y ya no hay más.

Sepúlveda, Segovia. Narrador LXXX, 4 de abril, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)

La liebre y el erizo


56. Cuento popular castellano

Una libre se encontró con un erizo, y, al verle tan feo y torpe, empezó por reírse de él. El erizo se enfadó mucho y la dijo a la liebre que la desafiaba a lo que quisiera.
-Pues yo te desafío a correr -le dijo la liebre.
-Acepto la apuesta -contestó el erizo. Pero no corramos hoy. Tengo que prepararme para la carrera. Vamos a esperar has­ta mañana.
La liebre accedió y después de señalar el sitio donde habían de correr -un campo entre dos pinares, que mediaba un quiló­metro-, cada uno se marchó para su casa. Al llegar a su casa el erizo contó a su mujer la apuesta que había hecho.
-Pero, ¿qué has hecho? -le dice la mujer. ¿Cómo vas a correr más que la liebre?
-Pues, veras -le dijo el erizo. Como tú y yo somos iguales, mañana muy temprano vendrás conmigo al campo. Yo me pondré en un pinar y tú en el otro, y cuando veas que la liebre va llegando junto a ti, sales y gritas: «¡Ya estoy aquí!»
Al otro día se pusieron uno en un pinar y el otro en el otro. Y al poco rato llegó la liebre:
-Buenos días, amigo erizo. ¿Estamos ya?
-Cuando quieras -contestó el erizo. ¡A la una! ¡A las dos! ¡A las tres!
La liebre echó a correr sin mirar atrás. Y cuando llegó al otro pinar, salió la mujer del erizo y gritó:
-¡Ya estoy aquí!
La liebre dio la vuelta aún más de prisa; pero al llegar al pi­nar de donde habían partido, vio que ya estaba allí el erizo, que la decía:
-¡Ya estoy aquí!
Así echó la liebre lo menos veinte carreras hasta que se reven­tó a correr. Y el erizo tan descansadito venció a la liebre.
Por eso me dijo mi abuelo que porfiara; pero que no apostara.

Nava de la Asunción, Segovia. Narrador XXIII, 8 de abril, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)


La joven y la serpiente


61. Cuento popular castellano

Una serpiente que tenía siete cabezas vivía en un campo raso y tenía un pozo donde se metía. Y todos los días la tenían que alimentar con una persona, porque si no, hacía muchos estragos, devorando todo lo que encontraba.
Había un hombre en el pueblo que era el más rico y más prin­cipal, y ése era el que sorteaba para ver quién era el que tenía que ser devorado por la serpiente cada día. Aquel día le tocó a una hija de él. Entregaron a la muchacha a su suerte y la llevaron al campo raso y la dejaron allí para que la devorara la serpiente. Allí la dejaron por el camino aguardando a que viniera la ser­piente.
La hija estaba llorando fuertemente cuando la encontró un joven, y le preguntó que ánde iba. Ella le respondió:
-Pues a presentarme a la serpiente para que me coma. Y el joven la dijo:
-Retírate y vete a tu casa, que yo soy quien he de matar a la serpiente.
Se retiró la joven y se fue para su casa. Y el joven fue adonde estaba la serpiente, aguardó a que saliera del pozo y la mató. Des­pués que la mató, la sacó las siete lenguas y las arrebujó en un papeluco y se las guardó.
Después pasó por allí un arriero con unos burros matones y al ver la serpiente muerta dijo:
-¡Ah, aquí sí que aproveché la ocasión!
Y cortó las siete cabezas de la serpiente y se fue a presentárse­las al padre de la hija, diciendo que él había matado a la serpien­te y libertado a la hija. Pero la hija le dijo a su padre que aquél no era el que la había encontrado en el campo y que le había dicho que se retirara de allí.
Al día siguiente se presentó el primero, el que había matado a la serpiente. Le preguntaron que ánde iba, y él respondió:
-Voy en busca de la hija del rico para casarme con ella.
El rico le dijo que ya le habían presentado las siete cabezas. A eso respondió él que miraran a ver si las cabezas tenían lenguas. Vieron todos que las cabezas no tenían lenguas. Y entonces él sacó el papeluco donde traía arrebujadas las lenguas y se las enseñó, y así se supo que él era el que había matado a la serpiente. Y entonces la hija del rico le reconoció, y se casó él con ella.

Palencia, Palencia.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)



La hija del diablo


71. Cuento popular castellano

Era un hombre muy jugador, que siempre que se ponía a ju­gar perdía. Y era muy rico y perdió todo su capital. Y una noche estaba pensando en la cama que si se le presentara el diablo y le diera una baraja que siempre que jugara, ganaba, que le entrega­ba el alma. Y estando pensando, se le presentó el diablo. Y le dijo:
-Toma esta baraja. Siempre que juegues con ella, ganarás. Pero dentro de dos meses, me tendrás que entregar el alma. Tie­nes que ir a la tierra del diablo.
Y dice el chico:
-Está bien. Acepto a lo que me manda.
Tomó la baraja. Y luego ya después, siempre que jugaba, ga­naba. Hasta que se hizo otra vez millonario.
Pero ya se le cumplían los dos meses, y ya tenía que ir a entre­gar el alma al diablo. Y se despiffló de toda la famila. Y al día siguiente emprendió la marcha. Y se hizo de noche. Y fue a parar a una casa donde había todas las aves del mundo. Y le preguntó al aguilero, al que las cuidaba:
-¿Cuál es el ave que vuela más? Y le dijo:
-La paloma.
Llegó la paloma y la preguntó él si se llegaba a la tierra del diablo. Y le contestó que no, que la que pasaba era el águila. Y llegó el águila. Y la dijo el aguilero que si se comprometía a llevar al chico hasta la tierra del diablo. Y le contestó que sí. Y le dijo el aguilero al chico:
-Tiene usted que matar a una res grande para que cuando vaya montao en el águila, siempre que mire hacia atrás, la tiene que dar un cacho de carne. Si no, le matará.
Y al día siguiente, cuando emprendieron la marcha, miraba el águila hacia atrás y le daba un cacho de carne. Pero ya se le terminó la carne. Miró el águila, y ya no le pudo dar nada. Y pen­sando en si le mataría, se cortó un cacho de carne de la pierna. Volvió a mirar pa atrás el águila, y le dio un cacho de carne.
-Pero ya llegó al palacio del diablo. Y al bajarse el chico del águila, le vio que echaba sangre. Y le preguntó que qué le había pasao. Y la contestó que se le había terminao la carne y no tuvo más remedio que cortarse un cacho. Y fue el águila y le devolvió la carne. Y se le puso igual que estaba antes.
Y ya el águila se marchó. Y el chico llamó a la puerta del dia­blo. Salió el diablo a la puerta. Y le dice el chico:
-¿No me conoce? Soy aquel jugador de la baraja, que me dijo que dentro de dos meses que tenía que venir a entregar el alma.
Y le contestó el diablo que estaba bien. Y le dijo:
-Te voy a mandar tres oficios. Si me las haces, te perdono la vida.
Se asomaron al balcón.
-Mañana vas a ir a ese monte de leña y me le tienes que cor­tar todo y traerme la leña a casa.
Y entonces el chico, viendo que era imposible, se echó a llorar.
Pero el diablo tenía tres hijas, dos judías y una santa. Y la santa, al verle que lloraba, le preguntó que qué le pasaba. Y la dijo que porque el diablo le había mandao cortar todo el monte y llevársele a casa. Sacó un alfiletero y le dijo:
-Extiéndeles por todo el monte y te tiendes a dormir. Cuan­do despiertes, ya estará todo en casa.
Fue el muchacho al día siguiente y extendió los alfileres. Y se tendió a dormir. Y cuando despertó, ya estaba todo en casa. Se lo fue a contar al diablo. Y le dijo el diablo que cómo se apañaba, que hacía cosas imposibles. Y le dijo:
-Ya na más te faltan dos oficios. Mañana tienes que segar todo ese campo de trigo, trillarle, limpiarle y traer el pan cocido a casa.
Y otra vez empezó a llorar el chico. Y decía que a él no le podría salvar nadie de ese oficio. Pero se le presentó la hija santa del diablo y le dijo:
-Toma este diablillo y tírale al campo. Y échate a dormir. Cuando despiertes, ya estará todo en casa.
Fue el muchacho al día siguiente y le tiró al campo. Y se echó a dormir. Y cuando despertó, ya estaba todo en casa. Y cuando se lo fue a contar al diablo, le quería matar. Pero ya le dijo:
-Nada más te falta un oficio; pero éste es el peor. Mañana tienes que ir al mar a buscar el anillo de mi cacarabuela.
Y empezó otra vez a llorar el muchacho. Pero antes de salir, le dijo la hija santa:
-Lleva un recipiente grande y un cuchillo.
Y fue el chico y lo cogió y lo llevó a la orilla del mar. Y nada más llegar, se le presentó la hija santa del diablo y le dijo:
-Toma esta novela para que no te duermas -para que no te duermas. Y me tienes que hacer tajadas y no me ties que de­jar caer ni una gota de sangre, que si me dejas caer una gota de sangre estamos perdidos. Pero antes te voy a repetir que no te duermas, porque si te llamo por tercera vez y no me has contesta­do, me ahogo.
Y así lo hizo el chico. La hizo tajadas y las extendió por todo el mar. Y el chico, al ver que nadie le llamaba, se echó a dormir. Y ya la hija del diablo le llamaba. Y ya le había llamao por dos veces; pero a la tercera, despertó, echó a correr y la sacó. Y le dijo ella:
-Toma el anillo; pero me has dejado caer una gota de sangre, y he perdido el dedo corazón. Pero es igual. También te voy a de­cir que cuando llegues, estaremos convertidas en palomas las tres, y te dirá mi padre que escojas una, y tú escogerás la que ande con el ala caída, que aquélla soy yo.
Y se despidieron y desapareció la santa. El chico volvió y le entregó al diablo el anillo. Y entonces le dijo el diablo:
-Ahí tengo tres palomas. Escoge de ellas la que quieras y con ella te casarás.
Y entraron en una habitación, y, al ver el chico a las palomas, escogió a la del ala caída. Y le dijo el diablo:
-No cojas a ésa, que ésa está manca. Ésa no vale para nada. Ésa no la cojas.
Y el chico le dijo que si no era con ésa, que no era con ninguna. Y dijo el diablo que bueno, que con ésa sería. Y le hizo asomar a un aujero, y vio a tres manos. Y le dijo el diablo:
-Escoge de ellas la que quieras.
Y al ver a la manca, la de la santa, dijo que con aquélla. Y dijo que a no ser con ésa, que con ninguna. Y le dijo el diablo:
-Tú siempre te tiras a la peor. ¿No ves que ésa es manca? Le dijo el chico que no siendo con aquélla, que no quería a ninguna. Entonces le dijo el diablo que con ésa sería, que se ca­saría con ella.
Y se casaron. Pero ya se hizo de noche, y la hija santa le dijo al chico:
-Esta noche nos querrá matar mi padre.
Y se acostaron. Se acostó el diablo antes con su esposa. Y ellos -el chico y la santa- llenaron dos pellejos de saliva, que metían mucho ruido. La santa le dijo al chico:
-Ahí en la cuadra hay dos caballos. Escoge de ellos el más delgao, que es el Pensamiento. El otro es más gordo; pero es el Aire: corre doble menos.
Pero el chico llegó a la cuadra y, al ver el caballo delgao, dijo que él no lo llevaba y cogió el otro, el Aire. Y dijo la santa:
-Vamos. Ya no tenemos tiempo; pero has cogido el caballo peor, porque con el otro nos pillarán muy pronto.
Y echaron a andar. Y la saliva ya dejó de meter ruido. Y se levantó el diablo creyendo que ya estarían dormidos, para ma­tarlos con un puñal. Y al ver a los pellejos encima de una mesa, como estaba oscura la habitación, pegó una puñalada a cada pe­llejo, creyendo los habría matao. Y estallaron los pellejos, y le llenaron todo de agua. Y el diablo se enfadó y fue corriendo a la cuadra a ver qué caballo habían llevao. Y vio que habían llevao el Aire. Y dijo que pronto les cogería.
Montó en el otro caballo y echó a andar. Y ya llegaba cerca de ellos cuando miró la santa para atrás. Y al ver a su padre, sacó un diablillo del bolso, y le tiró. Y se convirtió en una huerta. Y cuando llegó el diablo allí, él se puso de hortelano y le dijo al diablo:
-¿Ha visto usted pasar por aquí a un hombre y una mujer?
Y le contestó que si quería puerros, berzas y zanahorias. Y el diablo le contestó que no le preguntaba eso, que si había visto a un hombre y una mujer. Y le contestó lo mismo. Y ya se enfadó el diablo y se marchó. Y se lo contó a la mujer. Y le dijo la mu­jer que aquéllos eran. Y dijo:
-Ahora voy yo.
Y ya llegaba cerca de ellos la mujer del diablo cuando la san­ta miró para atrás. Y entonces escupió, y se formó allí un mar -ellos de un lado y la mujer de otro. Y ya la mujer del diablo les echó la bendición para no volverles a seguir más.
Y el chico y la santa siguieron andando. Y encontraron una ermita cerca de un pueblo. Y la santa se quedó allí, y el chico dijo que se marchaba al pueblo, que volvería de seguida. Y la santa le dijo que no se dejase besar de ninguna vieja, que si se dejaba besar, no se volvería a acordar de ella.
Él se marchó para el pueblo; pero fue una vieja por detrás y le dio un beso. Y no se volvió a ocupar de la mujer. Pero ya, cuan­do se había pasao una semana, fue por la ermita y le dijo la mujer que si no la conocía, que era aquella santa, que le hizo tantos favores. Y entonces él la conoció y fue a su pueblo y llamó a toda su familia para que la fueran a reconocer. Y la llevaron con ellos. Y se terminó.

Vega de Valdetronco, Valladolid. Narrador XVI, 1 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)

La hija del demonio


73. Cuento popular castellano

Era un jugador y había jugao la hacienda de su padre. Y es­tando desesperao, dijo:
-Si bajara el diablo y me diera una baraja que ganara la ha­cienda de mi padre y otro tanto más, le ofrecía la vida. Bajó el diablo y le dijo:
-Si te sostienes en lo que acabas de decir, que me das la vida por la hacienda de tu padre, te la doy.
Y aceptó. Y se la dio. Y con ella ganó la hacienda de su padre y otro tanto más. Se le volvió a presentar el diablo y le dijo:
-Puesto que has ganao lo que querías, mañana te tienes que presentar al Palacio Donde Irás y No Volverás.
Él emprendió el camino y se encontró con una vieja. Viéndole tan triste, le dijo:
-¿Dónde vas?
Dijo:
-No sé. ¿Si me da ustez razón dónde está el Palacio de Irás y No Volverás?...
La vieja entonces le dijo:
-¿Ves aquella cuesta negra, negra? Allí llegas y llamas. Allí saldrá una joven. Te preguntará adónde vas. Y tú se lo dices.
Efectivamente, llegó y al llamar en la puerta, se presentó la joven. Y al explicar él a lo que venía, le dijo ella que era su padre el demonio. Que estaban comiendo, y que, al pasar él, le manda­rían comer, pero que no comiera; y que le mandarían beber, que no bebiera; que le mandarían sentar, que no se sentara.
Y él así lo hizo. Subió, dijo:
-Buenos días. Ya estoy aquí. -Bueno, hombre, siéntate a comer. Dijo:
-No, ya he comido.
-Pues, bebe.
Dice:
-No tengo sé.
-Siéntate, que vendrás muy cansao. Dice:
-No, que he descansao antes de llegar aquí.
-Puesto que no vienes cansao, ni tienes nada, te vas a ir a aquella tierra que ves allí lejos y la aras, siembras el trigo, y de aquel trigo me traes harina para comer el pan de ella.
Mas el joven, viendo una cosa para él tan imposible, bajaba
muy triste. En seguida se le presentó la joven y le dijo:
-¿Qué te ha mandao mi padre, que bajas tan triste?
-Pues, que vaya a aquella tierra, la are, la siembre de trigo
y le traiga harina del trigo que dé la tierra para hacer el pan.
-Pues no te apures. Vamos.
Llegaron a la tierra, y le mandó que se echara a dormir. Y dijo él que cómo se iba a echar a dormir con lo que había que hacer. Y dijo ella que no temiera nada. É1 se echó y se durmió.
Cuando despertó, ya tenía la harina. Le dijo ella:
-Ahora, al llevarle tú la harina, te dirá mi padre que eres el mismo demonio, o Blancaflor anda contigo. Y tú le contestarás, «Ni soy el mismo demonio, ni Blancaflor anda conmigo, ni co­nozco a semejante mujer».
Conque llegó y se lo entregó. Y le dijo el demonio:
-Tú eres el mismo demonio, o Blancaflor anda contigo. Y él contestó:
-Ni soy el mismo demonio, ni Blancaflor anda conmigo, ni conozco a semejante mujer.
-Bueno, pues ahora vas a ir a aquel majuelo, y me vas a traer vino de lá uva que dé la cepa para cenar yo esta noche.
Bajaba el muchacho otra vez muy triste, y se le volvió a pre­sentar Blancaflor. Le volvió a preguntar que qué le había dicho su padre. Y dijo que fuera a aquel majuelo, que de la uva que diera aquella cepa le tenía que traer vino para cenar. Y ella dijo:
-No te apures. Vamos.
Llegaron al majuelo y le mandó que se sentara. Y en seguida le dio el vino. Llegó con el vino, y le volvió a decir que era el mis­mo demonio, o Blancaflor andaba con él. Y él contestó lo mismo:
-Ni soy el mismo demonio, ni Blancaflor anda conmigo, ni conozco a semejante mujer.
Fue el demonio y le dijo:
-Bueno, ¿ves aquel río grande que hay allí? Pues vas y me tienes que traer el anillo que perdió la abuela de mi tatarabuela. Al bajar bajaba mucho más triste, y Blancaflor volvió a salir a él. Le volvió a preguntar que qué le había mandao su padre. Y le dijo él que una cosa muy imposible: que era buscar el anillo que perdió la abuela de su tatarabuela. Y le dijo ella:
-No te apures. Coge ese barreño que hay allí, y vamos.
Llegaron allí, y dijo ella que la matara y que la partiera en cachos y la echara en el barreño. Pero que tuviera cuidado de no caer una gota de sangre en el suelo. El no quería. Decía que primero quería él perder la vida antes que matarla a ella, con lo que había hecho ella por él. Y dijo ella:
-No temas; haz lo que yo te mando y tírame al río.
Entonces él la mató, la echó en el baño y la tiró al río. Mas al poco rato salió con el anillo en el dedo, mas con un dedo menos, por una gota de sangre que cayó en el suelo. Le dijo ella:
-Ahora te dirá mi padre que tiene tres hijas y que te tienes que casar con una. Mas tú, búscame a mí siempre por el dedo que me falta.
Y así lo hizo su padre. Le dijo que tenía tres hijas y que se tenía que casar con una -con la que él quisiera. Que las iba a meter en una habitación muy oscura, y a la que cogiera se tenía que casar con ella. Pero él siempre escogía a la que la faltaba el dedo. Como siempre escogía la misma, de muchas veces que las encerraba en la habitación, ya dijo que bueno, que se casara con ella.
Pero Blancaflor, como era santa y todo lo que iba a hacer su padre lo sabía ella, le dijo al joven:
-Esta noche piensan matarnos. Así es que meteremos dos pellejos de vino tinto en la cama y nosotros nos marcharemos de aquí.
Y su padre la comenzó a llamar. Y ella entonces le dijo al joven:
-Yo voy a escupir aquí, y mi escupicina le contestará a mi padre. Tú vete por esos dos caballos que hay en la cuadra.
Montaron en ellos y se marcharon. Y su padre la llamaba. Decía:
-Blancaflor.
-¿Qué quie ustez? -contestaba la escupicina.
Y ya la llamó por otra vez. Y como se iba consumiendo, con­testaba muy bajito, y dijo su padre a sus hijas:
-Prepararos, que ya están medios dormidos, que ya contes­tan muy poco.
Volvieron a llamar, y ya no les respondió nadie. Creyendo que estaban en la cama, bajaron con los cuchillos, y el diablo les dio una cuchillada a cada pellejo. Y salió el chorro de vino, y él creyó que era sangre. Al ver que era vino, que no era sangre, se enfadó mucho y dijo que iba a seguirlos. Cogió el caballo del Aire y fue en busca de ellos. Pero viendo la Blancaflor que ya los iba a al­canzar, dijo al joven:
-Yo me vuelvo huerta y tú hortelano. Y llegó el demonio.
-¿Ha visto ustez por aquí un hombre y una mujer? Dice:
-Sí, señor, ya hace rato que pasaron por aquí.
Y al marcharse él, siguieron su camino Blancaflor y su marido. Mas viendo otra vez que ya los iba a alcanzar, dice:
-Yo me vuelvo ermita y tú ermitaño.
Conque llegó el demonio y le dijo al ermitaño que si había visto por allí pasar un hombre y una mujer. Y dijo que sí, pero que ya hacía mucho tiempo que habían pasao. Mas fueron andan­do otra vez. Y ya, cuando vieron que otra vez los iba a alcanzar, le dice ella:
-Pues, mira. Tú pásate del otro lao.
Y ella se volvió un camino de alfileres. Como él estaba del otro lado de allá, ya no pudo, pues, pasar el demonio, y colorín, colo­rete...

Almanza, león. Narrador V, 9 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)

La hija del carbonero .139

139. Cuento popular castellano

Eran tres hijas de un carbonero y iban de paseo por el monte. Y estaba escondido el rey detrás de un roble. Y ellas iban ha­blando de lo que harían si se casarían con el rey. Y se sentaron para continuar su conversación a orilla de aquel roble.
Y la mayor decía que si se casaba con él, era por comer pas­teles y cosas muy ricas. La segunda decía que ella, si se casaba con él, era porque fuera todos los días en coche y no fregase ni nada de eso. Y la más pequeña decía que ella se quería casar con el rey por tener dos niños que tuvieran una estrellita de oro en la frente cada uno.
Ya se volvieron del paseo sin ver al rey.
-Y al día siguiente las llamaron al palacio; y no se atrevían a ir. Y entonces mandó decir el rey que si no se presentaban, pues las castigaban. Y al decir eso el rey, se presentaron. Y decían que pa qué las llamarla. Y en­tonces fue y las dijo el rey:
-¿Qué ibais hablando el otro día por el monte?
Y ellas no se acordaban de lo que habían estao hablando. Y las dijo el rey qué era lo que habían estao hablando sentadas a la orilla de aquel roble. Y ellas ya se dieron cuenta de lo que habían estao hablando. Y se sonrojaron las tres al oír decir aque­llo al rey. Y las dijo que se lo dijesen. Y entonces, pues, lo empe­zaron a contar: que la mayor quería casarse con él por comer muchos pasteles y cosas muy ricas; y la segunda porque monta­ría todos los días en coche y no tenía que fregar; y la más pe­queña, porque quería dos niños que tuvieran una estrellita de oro en la frente. Dijo el rey a la pequeña:
-Pues, contigo me caso.
Bueno, ya fue la boda. Y se casaron. Y cogieron a los dos her­manas por doncellas. Y entonces al rey le llamaron a una guerra. Y en aquel medio tiempo, tuvo su mujer los dos niños con la estrellita de oro en la frente. Y las hermanas eran muy envidio­sas. Y escribieron al rey diciéndole que en vez de dos niños, la reina había tenido dos perros. Entonces el rey escribió mandan­do que los arrojasen al río y que a ella la metieran en un calabozo.
Y entonces la reina -le daba tanta lástima tirarlos al río que fue y les mandó hacer una urna de cristal, para meterlos allí y echarlos por el río abajo. Y entonces a ella la metieron en un calabozo.
Y una aldeana, que estaba en un pueblo inmediato, vio bajar por la corriente abajo una caja de cristal, y la cogió al verla tan bonita. Y al abrirla, ¡cuál fue su sorpresa al ver que había en ella dos niñitos muy guapos! Y fue corriendo a llamar a su marido para que viese a aquellos dos niñitos tan guapos y tan originales con la estrellita en la frente.
Entonces los cogieron por hijos. Y ya, cuando fueron mayores, los mandaron a la escuela. Y un día estaban en la escuela y riñe­ron con un condiscípulo suyo. Y se pegaron. Entonces el que había reñido con ellos les dijo que no tenían madre, que ésa los había encontrao en un río. Al oír eso los niños, se marcharon a casa llorando y la dijeron a su madre que si era verdad que ella no era su madre. Y dijo la madre que sí, que era verdad que ella no era su madre.
Entonces los niños decidieron ir a correr aventuras. Y la pi­dieron la merienda para ir. Y se marcharon de allí. Y fueron por el campo adelante. Y se les hizo de noche, y se echaron a llorar. Y entonces se les apareció un viejo y les dijo:
-¿Por qué lloráis?
Y dicen los niños:
-Porque no sabemos qué camino llevar, porque hemos sali­do a correr aventuras y hemos perdido el camino. Y entonces les dijo el viejo:
-No os apuréis.
Y desapareció el viejo; y empezó a llover monedas de oro, muchas, muchas. Y se llenaron todos los bolsos. Y entonces vie­ron venir a lo lejos un cacharrero. Y le dijeron:
-Tire usted todos esos cacharros. Y en vez de venderlos, nosotros le pagamos el precio que fuese.
Los rompieron y se montaron en el carro. Y siguieron en el carro hasta que llegaron a un pueblo. Y allí se apearon. Y vieron a una aldeana; la dijeron que si quería hospedarlos en su casa. Entonces dijo la mujer que sin ningún inconveniente, y se que­daron en su casa.
Un día, nada más levantarse, se salieron al corredor. Y tenían costumbre de ponerse siempre una venda en la cabeza para que no se les viese la estrellita. Y aquel día se les olvidó ponérsela. Y ese corredor iba a dar al patio del rey. Las doncellas, que es­taban por el patio, los vieron y dijo una de ellas:
-Oye, hermana. Esos niñitos que están allí deben ser los de nuestra hermana, los hijos del rey.
Dijo la otra:
-Es verdaz, que lo parecen.
Y entonces fue una de ellas a decir a esa aldeana que si hacía el favor de echarlos de allí. Dijo ella que no tenía valor para eso, pero que haría porque desaparecieran.
Y un día se fingió que la dolía una mano y que la habían dicho que con el agua del Castillo de Irás y No Volverás se la quitaba. Y les dio una jarrita para que marchasen al castillo -para que no volviesen. Y se marcharon, y fueron camino adelante, ade­lante... Y al ir por el camino, encontraron a un ermitaño. Y les dijo:
-¿Adónde vais, niñitos?
Dicen:
-Vamos al Castillo de Irás y No Volverás. Dice:
-Pero, ¿quién os ha mandao allí?
-Una señora donde nosotros estamos hospedaos -dijeron.
-¡Mirar! Tenéis que hacer una cosa para ir a ese castillo.
Y es pasar tres ríos: uno de agua, que os llegará por los hom­bros; otro de miel que os llegará por los ojos, y otro de..., agua que os llegará por los hombros [1]. Y después tenéis que entrar en el castillo. Y allí habrá dos caños: uno que echa mucho, mucho, y otro que echa muy poquito, muy poquito.
Dice:
-Y cogéis del que echa menos, y os salís corriendo, corriendo.
Bueno, dijeron que así iban a hacer; pero dice el ermitaño:
-El río de miel no le podéis pasar vosotros, porque os cubrirá.
Y empezó a llamar a los pájaros. Y entre ellos se acercó allí el águila. Y la mandó ir con los niños para que pasaran el río.
Pero durante la travesía del río, en el medio, la tenían que ir dando carne, y ellos sólo tenían la merienda que les había dado la mujer aquella. Y al principio creían que iban a tener para todo el río bastante; pero en medio del río, se les acabó la carne. Y era el río más peligroso. Y entonces uno de los niños decidió cortar­se un cacho de pierna. Pero tanta lástima la dio al águila que le dijo que no la diese más carne.
Y entonces ya llegaron cerca del castillo. Y el águila les dijo que tuvieran mucho cuidado con salir pronto, que si no, se que­darían allí para toda la vida. Ya llegaron al castillo, abrieron la puerta, y vieron los dos caños que les dijo el ermitaño. Y empe­zaron a coger del que echaba menos. Y salieron corriendo. Y al salir, les pegó la puerta en los talones. Y se volvieron a montar en el águila con el agua ya. Y tuvieron que volver a atravesar los ríos, y volvieron a encontrar al ermitaño. Y les dijo el ermitaño que si ya llevaban el agua. Ellos contestaron que sí.
Bueno, ya se marcharon con el agua para curar a la mujer de donde estaban hospedaos. Y llegaron a casa ya y encontraron a la mujer que todavía se estaba quejando. La dieron el agua, y ella dijo que ya se le calmaban los dolores. Y ya, pues, volvieron a vivir con aquella señora.
Pero otro día se les olvidó poner la venda y salieron al corre­dor. Y los volvieron a ver las doncellas aquellas y, al verlos, cre­yeron que la mujer no los había mandao al Castillo de Irás y No Volverás. Y riñeron con aquella señora. Y pensando que se lo dijeran al rey, pues las hermanas volvieron a decirla que los echara de allí. Y la mujer los volvió a mandar al Castillo de Irás y No Volverás, fingiendo otra vez que la dolía la mano.
Y al ir por el camino, volvieron a encontrar al ermitaño, y les dijo que adónde iban. Y dijeron que adonde la otra vez, al Cas­tillo de Irás y No Volve-rás. Y se les volvió a repetir lo que antes les dijo, que tuvieran muchísimo cuidado de coger el agua del caño que menos echaba, y que llamaría al águila para que los pasara por el río.
Y llegaron otra vez al castillo y cogieron el agua del caño que menos echaba. Y volvieron a marchar montaos en el águila. Y al verlos el ermitaño otra vez por allí, les dijo que les daría el águi­la para que vivieran con ella.
Y el águila cogió mucha amistaz con los niños y les fue di­ciendo que cuando llegasen a casa, los mandarían comer en una casa; y que de lo que ella no comiera, no comieran ellos; y que cuando ella no hablara, que ellos tampoco hablasen; y que cuan­do ella callase, ellos también callasen.
Ya por fin llegaron a la casa de esa mujer, donde estaban hos­pedaos, y la dieron el agua. Y salieron otro día al corredor con el águila. Y el rey ya había venido de la guerra. Y al ver a aque­llos dos niños tan hermosos, dijo:
-¡Uy, si esos dos niños fuesen míos, como mi mujer me lo prometió, qué dichoso sería!
Y el rey, de envidia -de creer que no eran sus hijos- les mandó ir a comer con él -para envenenarles. Ya fueron a comer, y estaban sentados a la mesa el águila, los dos niños y el rey. Y les pusieron la sopa envenenada. Y dijo entonces el águila que él no quería de esa sopa. Pero ya lo demás que venía no estaba envenenada, y dijo el águila que él sí tomaría de aquello.
Se pusieron a comer y el águila empezó a contar la historia de aquellos niños: que eran sus hijos y que por envidia de las hermanas los habían arrojado al río; y una aldeana los había en­contrao; pero un día riñeron en la escuela, les dijeron que aque­lla mujer que los encontró que no era su madre, y se fueron a correr aventuras.
-Y al llegar aquí, pues, los han mandao dos veces al Castillo de Irás y No Volverás, y ha sido cuando me han conocido a mí. Y la madre de estos niños es la reina, la hija del carbonero, la que está metida en un calabozo.
Y dijo también que aquello que le escribieron sus hermanas, pues era mentira, que eran dos niños en vez de dos perros.
Entonces el rey la mandó sacar a la reina de donde estaba, llamó a las dos doncellas y las dijo que por qué le habían enga­ñao. Y entonces las mandó castigar severamente. Y la reina, los hijos y el águila vivieron felices y colorín colorete...

Nava del Rey, Valladolid. Narrador V, 5 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon) 


[1] Aquí vaciló la narradora. Es raro que dos de los ríos maravillosos se describan con los mismos términos.