Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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sábado, 30 de junio de 2012

Juan el sin miedo .078

78. Cuento popular castellano

Era un hombre que andaba buscando el miedo. Y no le en­contraba. Y se encontró un día con el sacristán. Y le dijo... dice:
-¿Qué anda usted haciendo?
-Pues, ando buscando el miedo. Y no le encuentro.
-Pues, véngase usted conmigo.
Fue y le puso un hombre de pez en la escalera según se sube a la torre de la iglesia. Le puso cuatro luces al hombre de pez, y le dice:
-Suba usted.
Y al subir, pues..., se encontró con él. Y le dice:
-¡Quítese usted, que yo no tengo miedo!
Claro, como era de pez, ¿cómo se iba a quitar? No se quitó.
-¡Quítese usted, que le doy una patada! Y al darle la patada, se quedó pegao el pie. Al quedarse pegao, le dice:
-¡Suélteme usted, que le doy una bofetada!
Y al darle la bofetada, se queda también pegada la mano. Y fue y dice:
-¡Suélteme usted, o si no, le muerdo a usted!
Le mordió, y se quedó pegado todo a él.
Como la pez iba deshaciéndose, hasta que se acabó de desha­cer, se estuvo él pegao. Luego, ya subió el sacristán y le dice:
-¿Qué? ¿Ha tenido usted miedo? Dice:
-No, señor.
-Bueno -dice el sacristán. Pues, yo le voy a buscar a usted el miedo.
Fue y cogió un pez y le echó en una palangana de agua. Y él estaba dormido. Y al dar un coletazo el pez, le salpicó el agua, y dio un salto del susto. Y cuando le dice el sacristán:
-¿Qué? ¿Le ha dado miedo?
Dice:
-¡Sí, sí, pues he tenido miedo! ¡Ya sé lo que es el miedo!

Sieteiglesias, Valladolid. Narrador LXXXIX, 7 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)

Juan el sin miedo .077

77. Cuento popular castellano

Era uno que le llamaban Juan el Sin Miedo. Y no conocía el miedo y quería encontrarle. Y andaba por todo el mundo a ver si lo encontraba. Hasta que un día se encontró con un sacristán, y le preguntó que qué andaba haciendo. Le dijo:
-Pues yo soy Juan el Sin Miedo, que ando buscando el miedo por todo el mundo. Y no lo encuentro.
Y el sacristán le dijo:
-Pues, bueno... Vente conmigo, y yo te lo enseñaré.
Y hizo un tío de pez y le puso en la escalera de la torre, con cuatro velas arrimadas a él para que le dieran calor. Y le dijo a Juan el Sin Miedo:
-Vete allí, que allí le encontrarás.
Entró Juan el Sin Miedo, y al ver ese tío, le dijo:
-¡Quítate de ahí y déjame pasar! ¡Si no me dejas pasar, te daré una patada!
Y le dio con un pie, y se le quedó pegao. Después le dio con el otro, y se le quedó también pegao. Entonces dice: 
-Bueno, pues, ¡te doy con las manos!
Le pegó con la derecha, y se le quedó pegada. Luego le dio con la izquierda, y lo mismo, también se le pegó. Y le dice:
-Bueno, si no me sueltas, tengo dientes, y no tengo miedo. Te morderé.
Y fue y le mordió. Y al morderle, le quedaron pegaos también los labios. Y ya tuvo que estar allí hasta que se fue deshaciendo poco a poco.
Y ya se desprendió. Y le abrió el sacristán y dijo:
-¿Qué? ¿Le has visto ya al miedo? Dijo:
-¡Qué va! ¡Mira! ¡Lo que me pusistes ha quedao reducido a nada!
Entonces el sacristán le llevó a su casa y le dijo:
-Bueno, esta noche duermes en mi casa.
Y le mandó acostar. Y tenía preparados dos peces metidos vi­vos en una palangana de agua. Y al acercarse el sacristán con la palangana, como los peces nadaban, le salpicó el agua, y dio un salto del susto. Y cuando le dijo el sacristán:
-¿Qué? ¿Le ha dado miedo?
Dice:
-¡Sí, sí! ¡Ya he visto lo que es el miedo! ¡Ya sé lo que es el miedo!

Sieteiglesias, Valladolid. Narrador XC, 7 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)


Juan oso


63. Cuento popular castellano

Salió Juan Oso de la montaña donde habían vivido él y su ma­dre. Y su madre estaba toa llena de pelos de tanto que habían estao en el monte entre los leones y osos.
Y fue el chico, que se llamaba Juan Oso, y pidió que le hicie­ran siete barras de hierro pa salir a viajar por el mundo. Y le hicieron los herreros las barras, y se fue por el campo.
Y se encontró con Arrancapinos, que estaba arrancando pinos con las manos, y le dijo:
-¿Cuánto ganas aquí?
Y Arrancapinos le dijo:
-Gano siete reales al día.
-Bueno, pues yo te doy ocho. Vamos conmigo.
Y se fue Arrancapinos con él. Y luego encontraron otro que se llamaba Arrancapeñas, que estaba arrancando peñas con las uñas. Y Juan Oso le dijo:
-¿Cuánto ganas aquí, arrancando peñas? Y Arrancapeñas dijo:
-Gano ocho reales al día.
-Bueno, pues yo te doy nueve. Vamos con nosotros.
Y se fueron los tres juntos. Y llegaron adonde estaba una prin­cesa encantada en un pozo, que la tenía encantada una serpiente que vivía en el pozo. Y entró Juan Oso primero con una cuerda. Y entró y se encontró con un toro, que se le vino encima al verle. Y Juan Oso le dio en la cabeza con una de sus siete barras y le mató. Y luego salió un gigante y Juan Oso le dio en la cabeza con otra barra y le mató. Y le cortó al gigante una oreja y se la me­tió en el bolso.
Y fue andando hasta que salió la serpiente. Y se le fue a la serpiente con sus barras y la mató y le cortó la cabeza. Y enton­ces anduvo andando por la cueva hasta que halló a la princesa. Ella le dio una sortija y le dijo:
-Tú me has desencantado y te has de casar conmigo.
Y fue Juan Oso con ella y les dijo a Arrancapinos y Arrancape­ñas que la subieran con la cuerda primero a ella. Y la subieron. Y de envidia que le tenían a Juan Oso y pa casarse con la princesa, se fueron con ella y dejaron a Juan Oso en el pozo.
Y Juan Oso, cuando se vio solo y que no le tiraban la punta de la cuerda, anduvo andando por mucho tiempo por la cueva. Y al fin se acordó de la oreja del gigante, que traía en el bolso, y la mordió. Y al momento que la mordió, se vio fuera del pozo cerca del palacio de la princesa y sus padres. Y ai estaban Arran­capinos y Arrancapeñas, que se querían casar con la princesa. Y Juan Oso compró pimientos y se fue por las casas vendiendo pimientos y llegó al palacio de la princesa. Y la princesa le vio y le vio la sortija que ella le había dao. Y así le conoció, y se casa­ron los dos.

Salas de los Infantes, Burgos.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)

¿Has visto a mi aaama?


48. Cuento popular castellano

En el invierno los gatos están viendo si pueden quitar algo de la matanza. Y los gallos están esperando a que venga su amo para que les eche de comer.
Un día estaban asomados el gallo y el gato, y dice el gato:
-¿Has visto a mi áaama? ¿Has visto a mi áaama? Y contesta el gallo:
-Si no lo séee! ¡Si no lo séee!

Sepúlveda, Segovia. Narrador LXIX, 2 de abril.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)

Hace daño en forma de gato


169. Cuento popular castellano

Era un hombre que tenía cuatro hijas, dos casadas y dos sol­teras. Y las solteras andaban malas, y él tenía sospecha de que los yernos las maltrataban.
Y fue un día un arriero, y le dijo el padre que si tenía valor, que él tenía idea de que eran los yernos los que maltrataban a las solteras. Y fue el arriero y dijo que él tenía un hijo que si que tenía valor. Y le dijo el padre que él tenía sospecha de que entra­ban por una ventana que había en el sobrao.
Y allí se encultó el hijo del arriero, detrás de una tina en el sobrao. Y al sentir un ruido, pues se levantó con un farol. Y al levantarlo, salió escapado un gato. Y al ir a salir por la ventana, levantó una vara que tenía y le pegó al gato en la ceja. Y después uno de los yernos andaba escalabrao encima de la ceja.

Villabrágima, Valladolid. Narrador XLVII, 10 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)

Encarna y periquillo


74. Cuento popular castellano

Éste era un joven que salió una vez a buscar amo. Y se encon­tró con un señor, y le dijo:
-¿Ande vas, Periquito?
-Pues a buscar amo.
-¿Te quieres venir conmigo?
-¡Sí, señor! ¡Sí me voy!
-Pues, tienes que dir preguntando por el Convento de Irás y No Volverás. A los tres días te espero.
Y a los tres días iba preguntando por el Convento de Irás y No Volverás. Y por fin llega, y sale el señor y le dice:
-¡Hola, Periquillo! ¿Vienes ya?
-Pues, sí, señor. Ya vengo a cumplir la palabra que le di.
-Bueno, hombre, bien venido seas. Yo me alegro mucho de eso.
Bueno, pues ya le encerró en un cuarto por tres días. Y le dio bien de comer y beber. Y a los tres días fue y le dijo:
-Periquillo, bien comer y bien beber, razón es que trabajes y no holgues.
-Señor amo, lo que usted me mande.
-Pues vas a dir a ese civanto tan alto que se ve allí, me le vas a cavar, me le vas a sembrar de trigo, y a las doce del día me traerás un pan caliente y me le pondrás en la mesa para yo comer.
Y la hija del amo era santa. Y cuando se marchó su padre, fue y le preguntó a Periquillo:
-¿Qué te ha mandado mi padre?
-Pos, mira. Cosa imposible. Hoy me mata.
-¿Qué te ha mandado?
-Pues me ha mandado que vaya a ese civanto y le cave y le siembre de trigo y a las doce del día se le tenga de presentar un pan caliente en la mesa para que coma. ¡Hoy me mata!
-No te importe -le dice Encarna, pues así se llamaba la hija del amo-. Coge buena bota y buena merienda y túmbate a dormir, que a las once diré yo allá.
Fue allá como dijo, estuvieron comiendo, y luego le dice:
-Periquillo, túmbate a dormir.
Y luego ella se enredó a leer y leer y leer... Y a las doce le dijo:
-Periquillo, levántate, toma el pan, llévasele a mi padre, y pónsele en la mesa. Periquillo, levántate, toma el pan, llévasele a mi padre y pónsele en la mesa.
Se levantó, tomó el pan y se le llevó al amo:
-Tenga usted, señor amo, el pan.
-¿Periquillo, ay, Periquillo! ¡Aquí angún duende anda! ¡Peri­quillo, ay, Periquillo! ¡Aquí angún duende anda!
-No, señor. Señor, no.
Bueno, pues le golvió a encerrar otros tres días en el cuarto. Y le dio bien de comer y beber. Y a los tres días golvió el amo y le dijo:
-Periquillo, bien comer y bien beber, razón es que trabajes y no holgues.
-Pues, señor amo, lo que usted me mande.
-Vas a dir a ese civanto tan alto que se ve allí, me le vas a cavar y me le vas a sembrar de viñas, y a las doce del día, al tiem­po de comer, me presen-tarás un racimo de uvas.
-Bueno, Periquillo -le dice la hija cuando se ha marchado su padre-. ¿Qué te ha mandado mi padre?
-Pos cosa que no puedo hacer. Hoy me mata.
-¿Qué te ha mandado?
-Pues me ha mandado que vaya a ese civanto y le cave y le siembre de viñas y a las doce del día se le tenga de presentar un racimo de uvas. ¡Hoy me mata!
-Pues no tiembles -le dice-. Cógete buena bota y buena me­rienda y túmbate a dormir, que a las once diré yo allá.
Ya llegó a las once, y se pusieron a comer. Y de que comieron, le dijo:
-Periquillo, túmbate y duerme.
Y ella se enredó a leer, leer... Y antes de las doce le dijo: 
-Periquillo, levántate y llévate el racimo de uvas a mi padre.
Se levantó, tomó el racimo y se le llevó a su amo:
-Tenga usted, señor amo, el racimo de uvas.
-¡Ay, Periquillo, aquí angún duende anda! ¡Ay, Periquillo, aquí angún duende anda!
-No, señor. Señor, no.
Y le golvió a encerrar otros tres días. Y bien comer y bien beber. Y a los tres días fue otra vez a verle y le dijo:
-Periquillo, bien comer y bien beber, razón es que trabajes y no holgues.
-Lo que usted me mande, señor amo. Y le dice su amo:
-Pues va usted a dir a la cuadra, me va usted a domar una mula y después de domá, viene usted y me lo dice. Y al marcharse el padre, le dice la hija: -Periquillo, ¿qué te ha mandado mi padre?
-¡Eso no haces tú falta, eso lo puedo yo hacer!
-Pues, ¿qué te ha mandado?
-Pues me ha mandado que vaya a la cuadra y dome una mula. Y para domar la mula yo sé bastante.
-¡Ay, Periquillo, es a lo que no te puedo yo ayudar, y es lo peor! Mira -dice-. La cabeza es mi padre, el lado isquierdo es una hermana mía y el estribo isquierdo otra hermana mía, y las ancas es mi madre; el lado derecho soy yo. Tú, palos en la cabeza; tú, palos en el lado isquierdo; tú, palos en las ancas; tú, palos en el estribo isquierdo. Y palos en el lado derecho no des, que te levanto más alto que las estrellas.
Conque ya, claro, palos en la cabeza, palos en el lado isquier­do, y palos en las ancas hasta que la tumbó, y no se podía levan­tar. Y va en busca de su amo y le dice:
-Señor amo, ya he domado la mula.
-Ya lo sé yo, ya, y ¡bien domado que me has dejado! ¡Ay, Periquillo, aquí angún duende anda!
-No, señor. Señor, no.
Ya le golvió a encerrar otros tres días en el cuarto. A los tres días va a verle y le dice:
-Periquillo, bien comer y bien beber, razón es que trabajes y no holgues.
-Señor amo, lo que usted me mande.
-Pues te tienes que casar con una hija mía. Escogerás una de las tres que tengo. Pero para ello te tengo que vendar los ojos y meterte detrás de una puerta.
Y cuando se marchó el padre le dijo la hija:
-¿Qué te ha mandado mi padre?
-Que me tengo que casar con una hija suya; pero para esco­ger la que me gusta me ha dicho que me tiene que vendar los ojos.
-Pues mira -le dice Encarna-. Yo seré la última. Las pri­meras serán mis hermanas.
Golvió el amo, le vendaron los ojos a Periquillo y le metieron detrás de una puerta. Y entraron las hijas una por una. Y Periqui­llo va y dice:
-Ésta no quiero... Y ésta tampoco... Y ésta sí.
Y la última era Encarna. Y luego, cuando se quedaron solos,
Encarna le dijo:
-¡Ay, Periquillo, mi padre nos va a matar! Vete a la cuadra y levanta el caballo más flaco, y te coges un peine, una redina y unas tijeras en lo que yo estoy echando saliva.
Pues ella echando saliva... Y por fin vuelve Periquillo.
-¿Qué mula has cogido?
-La más gorda, que la otra no la he podido levantar.
-Nos has perdido, que has cogido el del viento y has dejado el del Pensamiento. Con el del Pensamiento de seguía nos ataja mi padre.
Pero como no había tiempo que perder, se marcharon. Y em­pezó el padre a llamarla, y estaba respondiendo la saliva. De que se acabó la saliva, dice el padre:
-Ya se han marchado.
Y se marchó el padre a buscarlos. Ya los iba alcanzando cuan­do ella volvió la cabeza y dijo:
-Periquillo, ya nos ataja mi padre.
Y tiró el peine, y se volvió un monte muy espeso, muy espeso, que tuvo que arrodear su padre muchas leguas, muchas leguas. Pero como iba montado en el caballo del Pensamiento, ya los iba alcanzando otra vez. Volvió ella la cabeza otra vez y dijo:
-Periquillo, ya nos ataja mi padre otra vez.
Y tiró la redina y se hizo una labuna muy grande, muy grande. Y tuvo que arrodear muchas leguas, muchas leguas. Pero luego iba alcanzándolos otra vez. Y ella volvió la cabeza y dijo:
-Périquillo, ya nos ataja mi padre otra vez. De ésta depende nuestra suerte. Voy a tirar las tijeras. Si caen las puntas hacia abajo, mato a mi padre. Y si caen hacia arriba, nos matamos nosotros.
Cayeron hacia abajo, y mató a su padre. Ya llegaron al pueblo de Periquillo. Y antes de entrar en el pueblo le dijo Encarna:
-¡Que naide se abrace a ti, que si te abraza anguno a ti, me olvidas!
Y ya le saludaron todos a él, que qué tal le había ido. Y él decía a todos:
-¡Que naide se abrace a mí!
Y tenía una perra, y la perra se abrazó a él. Y luego olvidó a Encarna. Y ella fue a vivir en una casa que arrendó. Y pasaron un día Periquillo y dos amigos por la puerta. Y viendo a Encarna, dijeron:
-¡Qué moza más guapa! Tenemos que pedirla relaciones. Y dice uno:
-Pues, yo voy esta noche.
Y después de charlar con ella, la dijo:
-¿Te quieres casar conmigo?
Y le dice ella:
-Mira, si te quieres casar conmigo, pues ponte a tocar esa guitarra. Y si eres capaz de dejarla de tocar en toda la noche, te casas conmigo. Y si no, no.
Pues no fue capaz de dejarla en toda la noche hasta que ama­neció. Luego se juntó con los otros dos.
-¿Qué tal te ha ido esta noche?
-Bien, bien -dice. Me mandó tocar una guitarra y me dijo que si era capaz de dejarla en toda la noche, se casaba conmigo. Y no fui capaz de dejarla de tocar en toda la noche.
-Pues a la noche voy yo -dice el otro amigo de Periquillo.
Fue a verla y le hizo la misma pregunta:
-¿Te quieres casar conmigo?
Y ella encendió el candil y le dijo:
-Si eres capaz de apagar este candil en toda la noche, pues te casas conmigo.
Y luego venga a soplar y soplar, y no fue capaz de apagarle en toda la noche hasta que amaneció. Y luego se juntó con los otros y le dijeron:
-¿Qué tal te ha ido a ti?
-Bien. Me ha mandado que apagara un candil, que si era ca­paz de apagarla en toda la noche, se casaba conmigo. Y soplar y soplar, y no fui capaz de apagarla en toda la noche.
Y entonces dijo Periquillo:
-Pues a la noche voy yo.
A la noche fue a verla y la dijo:
-¿Te quieres casar conmigo? Y le dice Encarna:
-Tú, si no matas la perra que tienes, pues no te casas con­migo.
-Al día siguiente se juntan los tres amigos y le preguntan a Periquillo:
-¿Qué te ha dicho a ti?
-Que si no mato la perrilla, que no se casa conmigo. Y yo la perra no la mato, porque ya otra encontraré. Y le dijeron los compañeros:
-Pues yo, si fuera que tú, la perra mataba, porque vale más la mujer que la perra.
Por eso mató la perra. Y luego de que la mató, se aleordó de todo, adónde había estado, que ella era la que había traído y la que le había valido, y se casó con ella.

Arcones, Segovia. Narrador LXXV, 28 de marzo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)


El zapatero y las brujas .155

155. Cuento popular castellano

Era un zapatero que venía de Torquemada de llevar zapatos, y le llegó la noche en el monte de Estudillo, en el roble Navarre­donda. Y según venía él, ya muy de noche, se encontró con una hoguera. Y por entre los matorrales él se enteró que había un hombre en medio de ella, y como unas veinte mujeres bailando alrededor del tío que estaba en la hoguera. Y cantaban:
-Hay que besarle al perro virijudo, hay que besarle y besarle metá el culo.
Y cada una de ellas, según iba pasando, iba besándole el culo.
Y el zapatero, que lo vio desde el matorral que estaba escon­dido, se acercó a ellas y las dijo que si querían que bailara él tam­bién. Y se puso a bailar y cantaba con las mujeres:
-Hay que besarle al perro virijudo, hay que besarle y besarle metá el culo.
Y el zapatero pasaba y no besaba, y le dijeron las mujeres:
-Este cofrade nuevo, que pase y bese.
Y a la primera vuelta que él empenzó a dar, llevaba un estaqui­llador, y empenzaron a bailar y a cantar:
-Hay que besarle al perro virijudo, hay que besarle y besarle metá el culo.
Y al llegar el cofrade nuevo de frente, en vez de besar, le clavó por culo el estaquillador. Y entonces se incorporó el que estaba en la hoguera y le dijo:
-Ese cofrade nuevo, que pase y no bese, que tiene el bigote muy recio.
Y se terminó, y ya se vino él para Estudillo.

Astudillo, Palencia. Narrador LXXXVII, 13 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)