Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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sábado, 30 de junio de 2012

El zapatero y las brujas .151

151. Cuento popular castellano

Había en un pueblo unas brujas que se dedicaban a ir a beber vino en las bodegas. Entre ellas había la mujer de un zapatero. Éste observó que su mujer, después de acostarse, se levantaba y se iba a la cocina. Y observó que en la cocina había más mu­jeres que la suya. Ya se puso a observar y por entre las rendijas de la puerta vio que de un bote que tenían en la chimenea se un­taban y decían:
-¡Sin Dios y Santa María, por la chimenea arriba! ¡A beber vino a las bodegas de doña María!
Y salían volando por la chimenea.
Y el zapatero, al ver que hacían eso, pues sacó el bote, se untó y dijo:
-¡Sin Dios y Santa María, por la chimenea arriba! ¡A beber vino a las bodegas de doña María!
Y salió volando por la chimenea y fue a caer en la bodega de doña María.
Cuando llegó el zapatero, todas se admiraron de verlo allí; pero seguía la broma. Bebían vino y bailaban alrededor de la que figuraba como capitana.
Y al pasar, bailando, tenían que besarle el culo. El zapatero había llevado la lezna de su oficio y, al pasar a besar, en vez de besar, la pinchaba. A la segunda vuelta, cuando pasó el zapatero, dijo la capitana:
-Ése, que pase y no bese, que tiene las barbas ásperas. Cuando dieron la segunda ronda de beber, al beber, el zapa­tero dijo:
-¡Jesús!
Y en el momento desaparecieron todas, y el pobre zapatero se quedó en la bodega.
Al día siguiente, cuando fueron los criados a por vino, le en­contraron allí al zapatero, al que culparon que era él el que les bebía el vino, y quisieron darle una paliza. Pero el zapatero les contó lo que había sucedido, y así se salvó de la panadera.

Peñaranda de Duero, Burgos. Narrador XXXIX, 17 de julio, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)

El zapatero de pico pico


185. Cuento popular castellano

Este era un zapatero que cosía de viejo. Y era muy pobre y tenía muchos hijos que mantener. Pero en medio de su pobreza era muy feliz y cantaba siempre mientras cosía sus remiendos. Y todos los días se oía su cantar:
-Pico, pico, que el que nació pa pobre no será rico:
Y una vez pasaba por allí la reina y oyendo su cantar le dijo:
-¡Pero hombre, tan pobre es usted, que siempre le oigo el mismo cantar!
Al otro día le llevó la reina una torta llena de monedas de oro y de plata.
-Tenga usted esta torta; pero no la venda.
El zapatero la tenía encima de la mesa, sin saber lo que con­tenía. Y pasó por allí un caballero. Y como era tan guapa, el ca­ballero se enamoró de ella y le dice:
-¿Me vende usted esta torta?
-Sí -le contesta el zapatero.
-Siete pesetas le doy por ella.
El zapatero aceptó y compró tres hogazas de pan. En lo que tuvo pan, no cantaba. Pero de que se terminó el pan, comenzó con el mismo cantar:
-Pico, pico, que el que nació pa pobre no será rico.
El caballero llegó a su casa con la torta y llamó a su mujer:
-Baja; verás qué torta más guapa te he traído.
-¡Oy, sí! Voy a comer un pedacito de ella. La partió, y empezaron a salir monedas de oro y de plata.
Al otro día pasó la reina por la casa del zapatero, y viendo que todavía estaba con el «Pico, pico, que el que nació pa pobre no será rico», le preguntó:
-¿Todavía no se ha hecho rico con la torta que le di?
-No, señora; la vendí.
-Pero, hombre, ¡si estaba llena de monedas de oro y plata, para que usted se hiciera rico!
-Pues, ya no hay más remedio. La vendí.
Al otro día, como se encontraba sin dinero, fue y dice a su hermano:
-Necesito cincuenta pesetas.
Y fue y se las dio. Y la dijo a su mujer:
-Mételas en un arca.
Y había muchos ratones en la casa. Y por la noche, cuando es­taban durmiendo, estaban los ratones ¡rin! ..., ¡rin!... en el arca.
-Muchacha, que están allí los ladrones -decía el zapatero a su mujer.
-¡Qué van a ser los ladrones! -decía ella.
-¡Si son los ladrones que andan en el arca!... Al otro día le dijo a su mujer:
-Mete el dinero debajo de nuestra cama, en el jergón.
Por la noche fue a cuidar el burro y, al volver, dejó la puerta de la cuadra abierta y la puerta de la sala. Y cuando estaban dur­miendo, el burro se salió de la cuadra y dio con la puerta de la sala y se metió a la alcoba. Y se enredó a tirar del jergón. Se despertó el zapatero y, muy asustado, dice a la mujer:
-¡Muchacha, ahora sí que están aquí los ladrones! ¡Echa una cerilla, tú que eres más atrevida!
Cuando la echa, el burro se enreda a rebuznar.
-¡Ah, maldito burro!
Y le volvieron a cerrar.
Y al otro día el zapatero le llevó los cuartos a su hermano y le dijo:
-Toma, hermano. En lo que he estado sin dinero, he estado muy agasto, y ahora, pues no puedo dormir pensando que me lo van a quitar. Tómalo, que yo no lo quiero.

Matabuena, Segovia. Narrador LXXVI, 27 de marzo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)

El soldado vicente


196. Cuento popular castellano

Un muchacho de Peñaranda se marchó a la guerra, y allí lo mataron. Sus padres se afligieron; pero al cabo de cierto tiempo, ya no se acordaban de Vicente, que así se llamaba el hijo, cuan­do una noche una hermana que tenía, de seis años, empezó a asustarse, diciendo que veía a un soldao.
Los padres se alarmaron y fueron a la cama de la niña. La niña, asustada, decía:
-¡Mírenle, el soldao! ¡Mírenle, el soldao!
Y ellos nada veían. Como esto sucedió varios días, los padres, un día en que apareció el soldao a la niña, la dijeron diera las señas del soldao. Y la niña dio perfectamente las señas que coin­cidían con el hermano. Entonces los padres dijeron a la niña:
-Dile qué quiere.
La niña le preguntó y él la contestó:
-Que me digan una misa que me hace falta el día de mi Santo.
Llegó el día de San Vicente Ferrer. Entonces la familia toda, en pleno, dijeron la misa. Y al elevar el señor cura, la niña vio al soldado otra vez y gritó:
-¡Mírele, padre, mírele! El soldado que vi en casa, con el señor cura!
Con esto desapareció, y no lo volvieron a ver.
Entonces declaran fiesta ese día para todos los años. Entre la familia, pasados varios años, hubo alguno que quiso ir a trabajar ese día, dándose los casos: primero, que uno fue a arar, y el pri­mer surco que dio, se le rompió el arado; otro, que fue a las viñas a cavar y, a la primera vez que dio con la azada en la viña, se le rompió la azada y también tuvo que ir a casa. Visto eso, siguie­ron haciendo fiesta ese día de San Vicente.
Esto sucedió en Peñaranda.

Peñaranda de Duero, Burgos. Narrador XXXIX, 17 de julio, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)

El sapo y la zorra .054

54. Cuento popular castellano

Una vez el sapo, que se llamaba Pedro, subía por la cuesta de un prao y se encontró con la zorra, que se llamaba Miravalles, y le dijo:
-¡Buenos días, Pedro!
-¡Hola, Miravalles! -dice el sapo. ¿Adónde vas por ahí?
-A ver a quién le echo mano una gallina -dice la zorra. Y, ¿tú?
-Pues, yo voy a subir ahí arriba para ver cuánta tierra se divisa.
Y le dice entonces la zorra:
-¡Tú, allá arriba no llegas ni pa agosto! 
-¡Pué que antes que tú! -contesta el sapo. La zorra se echó a reír, y la dijo el sapo:
-No te rías, que podemos hacer una apuesta.
-¿Qué quieres apostar? -dice la zorra. Y dijo el sapo:
-Este pan que llevo yo debajo del brazo.
Y ¡claro!, a la zorra no la importaba el pan; pero por ganarle la apuesta, pues, ¡nada!, quedaron conformes. Y le dice al sapo:
-Pero te quitarás esas albarcas tan grandes que llevas, sin tarugos.
-¡Qué va! -dice el sapo. ¡Lo mío lo llevo siempre conmigo! Conque se pusieron a un tiempo, y dijo el sapo: 
-¡Bueno!... Cuando yo diga, «¡A la una! ¡A las dos! ¡A las tres!», arrancamos a correr.
Y entonces va el sapo y dice:
-¡A la una! ¡A las dos! ¡A las tres!
Y al tiempo de arrancar la zorra, el sapo se le agarró al rabo, y corre y corre y corre y corre..., hasta que llegaron arriba. Y se vuelve la zorra para atrás y dice:
-Pero, ¿subes?
Y dice el sapo:
-¡Si yo estoy aquí!
Y como la zorra miraba para abajo, el rabo quedaba a la parte de arriba y el sapo, por lo tanto, estaba por la parte de arriba.
Pero aunque la zorra comprendió que la había ganao el sapo, decidió quitarle el pan a la fuerza, y el sapo, como comprendió que llevaba las de perder, la hizo comprender que ella había ga­nao, y la dijo:
-Puedes llevártelo, que tuyo es; pero ya que me ganastes, quie­ro que comas el pan con algo que a ti más te gusta, peces.
Y la dijo que le llevara a caballo y que la enseñaría dónde po­dría comer el pan con pescao abundante. Y llegaron a una charca, y la dijo:
-Aquí en esta charca hay peces por millares. Espérate un poco, que bajo al fondo para contarlos.
Y el sapo se tiró al agua. Se estuvo un poco allí y al fin salió y la dijo a la amiga Miravalles:
-No te puedo decir el número de peces que hay, porque son incontables.
Y entonces dice la zorra:
-Y, ¿qué adelanto yo con que haya mucha pesca, si no la puedo coger? ¿A eso me has traído aquí? Y el sapo la dice:
-Yo te diré cómo se pescan. Al escurecer tú te arrimas al agua y metes el rabo dentro, y yo me meto dentro del agua y estoy ob­servando cómo se les clavan los pelos de tu cola a los peces en los ojos, y cuando tengas la cola muy cargada de peces, yo te digo, ¡tira!, y tú tiras y les sacas. Y así haces unas cuantas veces hasta que tengas pescao abundante.
Con que la zorra así lo hizo. A eso de las doce de la noche la dijo el sapo a la zorra:
-No te muevas, que voy a ver si han caído.
Y el sapo hizo que se acercaba a la orilla. Y desde allí la decía a la zorra:
-¡No te muevas, que ya hay quinientos!
Y estuvieron toda la noche en esa forma hasta la mañana. Y entonces dijo el sapo:
-Voy a quitar el pan de la orilla del agua para que, cuando tú tires, no se moje.
Y se le puso libre de su alcance. Y, entonces, al ver que el hielo era muy gordo, la dice:
-¡Tira, que ya perdistes el pan!
Y agarró las albarcas y el pan y marchó de allí, dejando a la zorra trabada por el hielo.
Y colorín colorao, este cuento se ha acabao.

Frama, Potes, Santander. Narrador LVI, 25 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)


El sapo y la zorra .053

53. Cuento popular castellano

Una zorra y un sapo apostaron a ver cuál llegaba antes a tal sitio. Fueron al lugar donde iban a correr, y dice el sapo:
-¡A una! ¡A dos! ¡A tres!
Echa a correr la zorra con todas sus fuerzas; pero en el mo­mento de empezar la carrera, el sapo da un salto y monta encima la zorra. Y a la que llegaba ésta al sitio que apostaban, salta el sapo y cae delante de ella.
La zorra comprendía que no podía ser el ganarle, y volvieron a repetir la carrera. Va la segunda vez:
-¡A una! ¡A dos! ¡A tres!
Echa a correr la zorra, y se vuelve a tirar el sapo encima de ella. La zorra, ¡correr lo que podía!, sin notar que el sapo iba mon­tao encima. Y al llegar al sitio señalao, salta el sapo por delante la zorra, y cuando miraba la zorra, ya estaba el sapo allí.
Tanto le chocaba a la zorra que apostaron hasta tres veces. Dan la última carrera y volvió a hacer lo mismo el sapo. Siempre llegaba antes el sapo. Tuvo que convencerse la zorra de que no podía con él, y pagar la apuesta.

Arahuetes, Segovia. Narrador VIII, 26 de marzo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)

El sapo y la zorra .052

52. Cuento popular castellano

Cierto día apostaron a correr la zorra y el sapo. Señalaron la distancia donde habían de llegar y, poniéndose los dos a la par, empezó la zorra a decir:
-¡A una! ¡A dos! y, ¡A tres!
Empezaron la carrera; pero al echar a correr la zorra, dio el sapo un salto y se montó en la cola de la zorra. La zorra corre que corre. Al llegar a la meta, como la zorra no veía al sapo, se volvió pa atrás, y entonces el sapo se baja del rabo y se pone de­lante de ella.
Y dice la zorra:
-¿Dónde se habrá quedao ese pájaro?
Y responde entonces el sapo:
-¡Aquí está, delante de ti!
Y ganó el sapo la apuesta y la zorra quedó muy sorprendida.

Peñafiel, Valladolid. Narrador LXXIV, 28 de abril, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)

El sapo y la rana


58. Cuento popular castellano

El sapo se casó con la rana. Y después de casaos trataron de irse a vivir a Madrid.
Y andando por el camino la rana brincaba más que el sapo y se recataba a decirle:
-Manolito, ¿vienes?
Y el sapo contestaba:
-Poquito a poco.
A así a brinquitos ya llegaron a Madrid. Y la rana iba preña­da. Y dio un suspiro muy grande y dice:
-¡Ay, qué será de mí, preñadita y en tierra ajena! Y dice el sapo:
-¡Pero de buen mozo!

Morgovejo, Riano, León. Narrador LXXV, 20 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)