Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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sábado, 30 de junio de 2012

El sapo .060

60. Cuento popular castellano

Era un sapo que salió de su terreno a ver si encontraba donde poder ganar el pan. Y se dirigió a la corte, o sea a Madrid, porque es donde los pobres vamos buscando refugio.
El infeliz salió de su casa con un pedacillo de pan que tenía, dejando a la mujer y siete hijos que tenía implorando la caridad. Después de doscientos años de camino, poco antes de llegar a la última estación que hay para llegar a Madrid (que es la de Pozue­lo), por no rodear un poco, saltó por encima de un terrón, y al darse la vuelta, se pilló una pata y se la partió. Y dijo el infeliz:
-¡Las cosas de prisa nunca salen bien!

Aldeonsancho, Segovia. Narrador II, 21 de abril, 1936­

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)


El sapo .059

59. Cuento popular castellano

Cierto día un sapo se dispuso a brincar un arroyo. Y estuvo pensándolo tres años antes de dar el brinco. Y cuando ya le pa­recía que estaba dispuesto, dio el salto y, en vez de pasar al otro lado, se cayó en medio del arroyo. Entonces dijo el sapo:
-Esto ya lo sabía yo: que las cosas de prisa nunca salen bien.

Peñafiel, Valladolid. Narrador LXV, 20 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)

El saco de embustres


130. Cuento popular castellano

Era un rey que tenía una hija. Y se puso la hija muy mala, y dijeron los médicos que ya se moriría; pero que si la llevaban una pera que había muy misteriosa -que no existía más que un árbol de ésos en el mundo, que quizás con un cachetín de esa pera se pusiera buena. Y entonces el rey publicó un bando, que el que la llevara esa pera se casaba con su hija.
Un pobre jornalero, que tenía tres hijos, dos listos y uno bobo, tenía un peral de ésos, y el peral aun tenía tres peras. Y dijo el padre a uno de los chicos mayores, que eran los listos:
-Mira, hijo; vas a ir a palacio a llevar una pera a la hija del rey y te casarás con ella. Pero a ver si lo sabes hacer bien. No se lo digas a nadie, no te vayan a quitar la pera. No digas ni lo que llevas ni adónde vas.
Se metió el muchacho la pera en la cesta y, según iba por el camino, se encontró con un enano, que le preguntó:
-¿Qué llevas en esa cesta?
-Morcilla catalana -contestó el muchacho.
-¡Morcilla catalana se te vuelva! -dijo el enano.
Llegó el muchacho en casa del rey y dijo que le dejaran pasar, porque llevaba la pera para que se pusiera buena la hija del rey y casarse él con ella. Le hicieron pasar; pero, al abrir la cesta, vieron que lo que llevaba era una morcilla catalana. Entonces el rey, en­furecido, le echó y le dijo que no era una mofa, y mandó que no volviera el portero a dejar pasar a nadie.
Entonces el chico se fue muy triste pa su casa y le contó a su padre lo que le había pasao. Y dijo su padre:
-¡Ah! Es que tú no sabes hacerlo. Verás cómo éste otro va y se casa con ella.
El padre metió otra pera en una cesta, pues entodavía queda­ban dos, y mandó al otro chico listo que fuera a palacio, pero que no se dejara engañar como su hermano; que tuviera cuidao, que no le sacaran la pera y le metieran otra cosa.
Y según iba en el camino, se encontró con el enano, y le pre­guntó éste:
-Oye, niño, ¿qué llevas en esa cesta?
-Canguingos guisados a la jota -contestó el chico.
-Pues, ¡canguingos guisados a la jota se te vuelvan! -dijo el enano.
Fue el chico para casa del rey, y le dijo el portero que no pasaba, que ya había ido otro y les había engañao, y que el rey estaba muy enfurecido. Pero ya, a tanto porfiarle, el portero le dejó pasar, pues decía el chico:
-¡Señor, señor! La traigo envuelta en un papel fino, que la envolvió mi padre.
Le dejaron pasar; pero, al ir a sacar la pera de la cesta, se en­contraron con que traía canguingos guisados a la jota. Conque le pegaron y le echaron de allí, y dijo el rey que si volvían con mofas, que le mandaba prender.
Se fue el chico pa casa y le contó a su padre lo que le había pasao.
Entonces, el otro, el bobo, que era pastorcito, le dijo a su padre:
-Déjeme usted, que yo voy con la otra pera que queda. Y le dijo su padre:
-¡Tú vas a ir!... Si no lo han sabido hacer estos listos, y tú, que eres bobo, ¿qué vas a hacer? ¡No vayas! ¡No vayas!
Pero fue el chico al peral y, en una caja vieja que encontró, metió la pera. Y se marchó. Y en el camino se encontró con el enano, que le dijo:
-¿Qué llevas en esa caja?
-Pues, mire usted -le contestó el chico-, llevo una pera para la hija del rey y me voy a casar con ella. Y le dijo el enano:
-¡Una pera se te vuelva!
Llegó el chico a la casa del rey, y le dijo el portero que no pasaba, que el rey estaba muy enfurecido y había dao orden de que no pasara nadie. El chico entonces le dijo que llevaba la pera, y que si quería, que se la enseñaba, que la llevaba en aquella caja. Conque le dejaron pasar. Y al ver que lo que llevaba era la pera, le llevaron a la cabecera de la cama de la hija del rey y la dieron a ésta un poquitín de pera. Y en seguida se puso buena.
Cuando ella vio que el que había llevao la pera era un pas­torcito y bobo, dijo que no se casaba de ninguna manera con ese hombre. Entonces su padre, el rey, le dijo al chico:
-Si haces tres cosas de las que te mande, te casas con mi hija. Tengo cien liebres en una cuadra. Si me las llevas a una pradera que tengo ahí muy grande y me las traes sin perder nin­guna, te casas con mi hija. Si no, no.
-Bueno -dice el chico. Pero me tiene usted que dar un día para pensarlo.
-Bueno, hombre. Lo que tú quieras -le dice el rey. Conque fue el chico y se puso a llorar al lado de una zarza.
Y pasó una vieja con unos dientes muy largos y le dijo:
-Pastorcito, ¿por qué lloras? Y le dice el chico:
-Es que llevaba a la hija del rey una pera para que se pusie­ra buena y ahora no me voy a poder casar con ella, porque dice su padre que tengo que sacarle cien liebres y llevárselas todas a casa sin perderle ninguna.
Le da la vieja una caja y le dice:
-Mira; ahí dentro hay una flauta. Cuando saques las liebres, la tocas, y todas irán bailando delante de ti.
Se marchó el chico en casa del rey y le dijo:
-¡Vaya! Ya estoy decidido a sacar las liebres.
Las contaron antes de salir, y las llevó el chico a la pradera, porque, según iba tocando la flauta, todas iban bailando delante de él. Volvió con ellas a casa por la tarde, y el rey le dijo:
-Está bien; pero tienes que sacármelas tres días.
Al día siguiente las volvió a sacar. Y fue el rey y se vistió de pobre; montó en un burro, y fue y le dijo:
-Pastorcito, ¿me vende usted una liebre?
-No, señor. Yo no vendo liebres a nadie -dice el chico.
-Ande usted, que yo le pago lo que me pida por ellas -le dice el rey.
Y tanto le estuvo insistiendo que le reconoció el pastor, y le dijo:
-No, señor. No las vendo, no siendo al que las gane por su trabajo.
-¿Qué trabajos hay que hacer, pastorcito? -preguntó el rey.
Y el chico le dice entonces:
-Dar un beso al burro debajo del rabo.
Se le dio el rey, le dio el chico una liebre, y se la metió el rey en una cesta. Pero cuando iba ya un poco lejos, tocó el chico la flauta, y la liebre empezó a brincar y escapó de la cesta y volvió al pastor.
El rey llegó a su casa y dijo:
-No hay medio de quitársela, hija.
Y dijo entonces la hija:
-Ahora voy yo, y verá usted que yo me traigo una pa acá.
Y se vistió de pobre; montó en una burra, y fue y le dijo:
-Pastorcito, véndame usted una liebre.
-No, señora. Yo no vendo liebres a nadie -la dice. Y ya empezó ella:
-¡Ande!... ¡Ande!... ¡Véndamela!...
El chico la reconoció entonces y la dijo:
-Yo no vendo liebres a nadie sino al que las gane con su trabajo.
-¿Qué trabajos hay que hacer, pastorcito? -preguntó.
-Recoger toda la basura y toda la porquería que hay en la pradera con las manos -la dice el pastorcito.
La recogió ella, aunque se manchó mucho las manos, y la dio él la liebre. La metió la hija del rey en la cesta, montó en la burra, y cogió la cesta bien agarrada pa que no se le fuera la liebre. Pero ya llegando un poco más alante, tocó el chico la flauta, y empezó la liebre a brincar, y no la pudo contener y escapó.
A la noche volvió el pastorcito con las liebres. Y al ver que no le podían engañar, le dijo el rey:
-Está muy bien; pero todavía tienes que hacerme otras cosas. Mira; tengo un cuarto lleno de algarrobas y lentejas. Si me las separas todas, sin quedarme ninguna envuelta, te casas con mi hija. Si no, no.
-Muy bien -dijo el chico.
Se metió en el cuarto y empezó a tocar la flauta, y salieron tantas hormigas que en un momento se lo separaron todo. A la mañana siguiente fue el rey y le dijo:
-Está muy bien; pero entodavía te faltan otras dos cosas. Tengo un cuarto lleno de pan; lo menos habrá doscientos panes. Si te los comes todos en una noche, sin dejar ni una miga, te ca­sarás con mi hija. Si no, no.
-Pues, muy bien -dijo el chico.
Le encerraron muy bien en el cuarto para que no pudiera sacar el pan. A medianoche el chico tocó la flauta, y salieron mu­chos ratones, tantos que casi le daba a él miedo, y se comieron todo el pan en seguida, sin dejar ni una miga.
Por la mañana empezó a llamar a la puerta:
-¡Abrid! ¡Abrid! ¡Que tengo hambre!
Conque fueron a abrir, y, al ver que se había comido todo el pan, le dijo el rey:
-Muy bien; pero falta entodavía una cosa. Esta noche, de­lante toda la corte, tiene usted que llenarme un costal de em­bustres.
-Muy bien, muy bien -dijo el chico.
A la noche fue el chico a palacio, y ya estaba toda la gente allí. Le llamaron, y dijo el chico:
-Oiga usted, señora princesa, ¿se acuerda usted cuando un pastorcito la hizo recoger toda la broza y toda la porquería de una pradera con las manos?
-¡Oy, pero qué embustre! ¡Qué embustre! -grita la hija del rey.
-¡Por Dios, que es incierto!
Y el chico, cada vez que decía la princesa que era un embus­tre, hacía que lo echaba para el costal.
Y luego le dijo el chico al rey:
-Usted, señor rey, ¿se acuerda cuando un pastorcito, por una liebre, le hizo a usted dar un beso al burro...?
-¡Ya está lleno! -le dice el rey. ¡Atale, que te casas con mi hija!

Sieteiglesias, Valladolid. Narrador XC, 7 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)

El rey durmiente


114. Cuento popular castellano

Era un rey que tenía una hija muy guapa. Y un día que había una gran nevada, se asomó la princesa a un balcón, y estaba un pastor degollando un cabritillo. Y hacía muy bonito el manchar de la sangre en la nieve. Y oyó que decía el muchacho:
-Lo blanco con lo encarnado, ¡qué bien está! Como el rey que dormirá y no despertará hasta la mañanita del señor San Juan.
Y a la princesa la llamó mucho la atención eso que había oído y le mandó llamar. Y le dijo que la repitiese eso que había dicho de lo blanco con lo encarnado. Y el muchacho lo repitió. Y enton­ces ella le pregunta que qué quería significar aquello. Y dice el muchacho:
-Es una cosa que nos explicaba a nosotros mi madre. -A ver, explícamelo tú a mí -le dijo la princesa. Empieza el muchacho:
-Pues dice mi madre que en un castillo que está muy lejos de aquí vive un rey encantado que se pasa el año durmiendo y sólo se despierta la mañanita de San Juan. Y si ve que no hay nadie a la cabecera de su cama, se vuelve a quedar dormido hasta el año siguiente. Permanecerá dormido hasta que encuentre una prin­cesa a la cabecera de su cama, que será la que se casará él con ella.
Y la princesa le dijo que si estaba muy lejos el castillo. Y dice el muchacho:
-Yo no sé; pero dice mi madre que para llegar a él se rom­perían unos zapatos de hierro.
Y la princesa mandó hacer unos zapatos de hierro. Y cuando estaban hechos, empezó a andar y se metió en un bosque. En él se le apareció una viejecita, y le dijo que adónde iba. Y ella dijo que iba en busca del palacio del rey que dormirá y no despertará hasta la mañanita del señor San Juan.
Y la viejecita dijo que no sabía dónde estaba ese palacio, pero que a lo mejor su hijo, el sol lo sabía.
-Pero temo que al verte aquí te haga algún daño.
Sin embargo la llevó a su casa y la metió en un cuarto. Y llegó el sol y dijo:
-¡A carne humana me huele, y quiero que se me dé!
-Calla -le dijo su madre-, que es una pobre niña que va en busca del castillo del rey que dormirá y no despertará hasta la mañanita del señor San Juan. Yo la he dicho que a lo mejor tú sabías dónde estaba.
Y él dijo que no lo sabía, que a lo mejor sus hermanas las es­trellas, que eran muchas, lo sabían.
Entonces la princesa siguió por el bosque en busca del palacio. Y vio una casa aislada. Y llamó a la puerta y salió una viejecita. Y la dijo que dónde iba.
-Voy en busca del palacio del rey que dormirá y no desper­tará hasta la mañanita del señor San Juan.
Y la viejecita la dijo que ella no sabía dónde estaba, pero que a lo mejor sus hijas las estrellas lo sabían. La llevó a su casa y durmió allí aquella noche. Y a la mañana siguiente iban pasando las estrellas una por una. Y a la pregunta de la viejecita, todas decían que ellas no lo sabían, que a lo mejor su hermano el aire, que entraba por todas partes, a lo mejor lo sabía.
Y ya después de desayunarse se fue y encontró otra casa, tam­bién sola, y llamó a la puerta. Y salió otra viejecita, y la dijo que adónde iba.
-Voy en busca del palacio del rey que dormirá y no desper­tará hasta la mañanita del señor San Juan. Y la dice la viejecita:
-Yo no sé dónde está ese palacio; pero a lo mejor mi hijo el aire lo sabe. Pero temo que al verte aquí te haga daño.
Y la metió en un cuarto. Y llegó su hijo el aire y dice:
-¡A carne humana me huele, y quiero que se me dé!
-Calla -le dijo su madre-, que es una pobre niña que va en busca del palacio del rey que dormirá y no despertará hasta la mañanita del señor San Juan. Y la he dicho que a lo mejor tú sabías dónde estaba.
Y ya dijo el aire:
-Por la otra puerta se llega en seguida a él.
Entonces se marchó la princesa. Y cuando había andado un cacho de camino, pues miró a los pies y vio que se la habían roto los zapatos de hierro. Y se la apareció delante el castillo. Y fue y miró por todas las habita-ciones hasta que llegó a la del rey. Y se sentó a la cabecera de la cama.
Y aunque estaba muy contenta porque se iba a casar con el rey, pues ya se aburría mucho de que estaba allí ella sola. Y uno de los días que estaba más aburrida, oyó en el campo una voz que decía:
-¿Quién compra una esclava? ¿Quién compra una esclava?
Y la princesa bajó y la compró. Y allí vivía con ella. Y ya llegó la noche de San Juan. La princesa, claro, no sabía que era la noche de San Juan. Y entró la esclava y la dijo:
-Ahí hay una música muy buena. Si la quiere oír, puede aso­mar al balcón y la oye.
Y la princesa no se quería retirar, no fuese que se despertara el rey mientras; pero como la gustaba mucho la música, y ya hacía tiempo que no la había oído, pues se asomó. Y pensó volver al instante; pero la gustó mucho y se entretuvo un poco más. Y mien­tras despertó el rey. Y creyó que había sido la esclava la que había estado velando durante su sueño. Y cuando entró la princesa y la vio tan guapa, pues dijo que quién era. Y la esclava le dijo que era una de sus damas.
Y el rey quiso obsequiar a las dos con un regalo, el que cada una quisiese. Y la princesa le dijo que a ella que la regalase una piedra dura y un ramito de amargura. Y al rey le extraño mucho que le pidiese ese regalo.
Y cuando se le dio, la princesa entró a su habitación. Y el rey se quedó a la puerta para ver qué se hacía con el regalo. Y la prin­cesa la preguntó a la piedra que si recordaba el sacrificio que había hecho para retirarse de la cabecera de la cama, Y ella la dijo que sí. Y iba a matarse con el ramito de amargura, cuando entró el rey. Y la dijo que ya sabía que había sido ella quien había velado por su sueño y se casó con ella. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

Matabuena, Segovia. Narrador XXX, 29 de marzo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)


El rey déspota y la pulga


187. Cuento popular castellano

Había en un reino un rey déspota y malo que sus vasallos no le querían, por ser sanguinario y de instintos malos. Todo su reino conspiraba en sociedades secretas para arrancarle su vida. En una de estas sociedades nozturnas de los conspiradores, en un subterráneo, les sorprendió una voz, que al decir cómo ma­tarían al rey -que no veían medio- habló y dijo:
-Yo le mataré.
Entonces ellos, admiraos, volvieron la cabeza y buscaron por todas partes. Y no encontrando el motivo de esa voz misteriosa, preguntaron que quién era. Y entonces oyeron que decía:
-Soy una pulga.
Ellos, que desconocían lo que era una pulga, porque en aque­llas tierras no había pulgas -todo era admiración. Y volvió a decir la voz:
-Yo le mataré. Yo le mataré.
-¿Dónde estás, pulga? -le preguntaron. Y ella dijo:
-¡Aquí, encima de vuestra mesa! Todo lo que hacéis y cons­piráis no vale lo que voy a hacer yo. Primero me cogeréis de en­cima, de los papeles.
Vieron un bicho tan pequeñito que no se atrevían apenas a cogerle. Mas después dijo la pulga:
-Me llevaréis a las escaleras del palacio, y, estando yo en palacio, el rey morirá.
Así lo hicieron, efectivamente. Y saltando la pulga, escalera por escalera, se introdujo en la cámara del rey. Se fue a buscar su dormitorio y se escondió en el gorro de dormir del rey.
Acostándose el rey esa noche en su cama, empezó la pulga a darle picotazos y mordiscos, que no pudo dormir. Los adulado­res de palacio, cuando fueron a darle los buenos días, le dijeron, como de costumbre, si había descansao. A lo que contestó que no, que había tenido no sé qué que no le había dejao dormir.
Tras esa noche, otras noches consecutivamente le pasó lo mis­mo. Hasta que tal punto que ya no comía, pues el descanso es lo que más falta hace. Y a tal estado llegó de decadencia que ya no se podía tener de pie. El rey tenía un crucifijo en su cuarto -era bastante fanático, como de tantos reyes de esas tierras- y pi­diéndole al Cristo que tenía que le perdonara sus pecados y que le conservase la vida, dijo que le haría todos los sacrificios del mundo por complacerle. Y entonces la pulga le dijo:
-Que dejes la corona y abdiques de ser rey.
Pero viendo el rey que venía la voz tan extraña y misteriosa, le dijo:
-¿Quién eres, voz misteriosa?
-Soy una pulga.
-¿Una pulga? -replicó.
Cuando volvieron los aduladores a preguntarle su estado de salud, les dijo que quería abdicar la corona por salvar la vida. Entonces los cortesanos le dijeron que dejara la corona, y se salvó el reino. Pero al poco tiempo murió el rey.

Peñafiel, Valladolid. Narrador XI, 29 de abril, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (Castilla y leon)


El ratón y el gato .040

40. Cuento popular castellano

¿Sabe usted que una vez un ratón cayó en un cubo grande de vino? Había por allí un gato y, como el ratoncito se veía ahogar, le dice al gato:
-¡Por Dios, sácame, que me ahogo! ¡Sácame, aunque luego me comas!
Y fue el gato y le sacó. Y luego le dijo el ratoncito:
-¡Déjame que me seque un poco, y luego me comes! Entonces, en un descuido del gato, se escapa el ratoncito, que
se metió corriendo en su cueva. Y entonces le dice el gato:
-¡Infame! ¡Dijistes que te iba a comer! Y como estaba el ratoncito en la cueva, le contestó:
-Pues, si lo dije, ¡estaría borracho!...

Navas de Oro, Segovia. Narrador XXXV, 8 de abril, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (castilla y leon)

El ratón y el gato .039

39. Cuento popular castellano

Un ratón y un gato apostaron a juegar a la pelota. Echaron suertes y le tocó empezar a sacar al ratón. El ratón sacaba orilla de su madriguera, y el gato le decía:
-Sal y saca más largo.
Y le decía el ratón:
-¡No! Está aquí la falta.
Siguió sacando el ratón, y el gato se arrimaba a dar a la pelota,
y el ratón... ¡corriendo a su madriguera! Y el gato le decía:
-¡Sal, hombre! ¡Saca más largo!
-No saco más, porque está aquí la falta.
Sacaba el ratón y echaba a correr el gato, no a la pelota, sino a ver si podía coger al ratón. Pero como el ratón se metía corrien­do a su madriguera, le decía el gato:
-¡Sal y saca más largo, que ésta ha sido falta! Y el ratón, desde su madriguera, le decía:
-¡Sí! ¡Falta de uñas!
Y así acontinuó el juego, sin poder coger el gato al ratón.

Arahuetes, Segovia. Narrador VIII, 26 de marzo de 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. Anonimo (castilla y leon)