Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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viernes, 29 de junio de 2012

Una lección para reyes


Por los tiempos en que Brahma reinaba en Benarés, era tanta la justicia que había en sus actos, que poco a poco, todo el mundo se hizo justo y nadie acudía ya a los tribunales, por lo cual éstos estuvieron a punto de ser cerrados.
"Es necesario que alguien me haga ver mis faltas -se dijo un día Brahma.
-No es posible que mi conducta sea perfecta, pues el hombre no es perfecto y yo al fin y al cabo soy humano. En los tribunales han perdido ya la costumbre de juzgar, pues mi pueblo no acude a ellos. Será necesario preguntar a aquellos que me rodean, para saber mis defectos, y corregirme de ellos."
Pero los cortesanos, sólo tuvieron palabras de alabanzas hacia él, y ninguno le descubrió falta alguna.
"Es por el temor que inspira la realeza, que me hablan así" -pensó Brahma, y al día siguiente salió de palacio y preguntó a los que allí vivían, cuáles eran sus faltas, pero tampoco encontró a nadie que le prodigase otra cosa que alabanzas.
Entonces decidió salir de la ciudad, y ver si encontraba al fin alguien que descubriera alguna falta en él. Tampoco lo encontró, y por ello pensó en trasladarse a los pueblos de su reino.
Así lo hizo, pero tampoco en ellos encontró a nadie que pudiera decir algún defecto de él, por lo cual el soberano decidió regresar a su palacio.
Dio la casualidad de que por el mismo tiempo, Malika, el Rajá de Kosala, hombre bondadoso y justo, que gobernaba con gran sabiduría su reino, quiso conocer también sus defectos, y como había hecho Brahma, buscó entre sus cortesanos quien se los dijera. Y como no encontrase a nadie, decidió salir de su Palacio en busca de la verdad. Todo lo que halló en su camino fueron alabanzas, y al fin, regresó también a su palacio.
Quiso el azar, que los coches de ambos reyes se encontrasen de frente en un estrecho camino, y el cochero de Malika, dijo al de Brahma:
-Aparta tu coche del camino.
-Apártate tú, -replicó el otro cochero.
-En este coche viaja el Rajá de Benarés, el gran Brahma.
-Pues en éste viaja el Rajá de Kosala, el gran Malika.
Al oír esto el cochero del soberano de Benarés, dijo:
-Si en realidad se trata también de un Rajá, ¿qué debo hacer? Lo mejor será que pregunte la edad de ese rey, y si es más viejo que mi señor, me apartaré. De lo contrario haré que se aparte él.
Pero la edad de ambos soberanos era exactamente igual, y también lo era la extensión de sus dominios, la fuerza de sus ejércitos, la importancia de su riqueza, la nobleza de su familia y la antigüedad de sus títulos.
Entonces, el conductor decidió atenerse a la mayor rectitud que demostrase uno de los soberanos.
-¿Cuál es la rectitud de tu dueño? -preguntó al otro cochero.
-Con los buenos, es bueno; con los justos, justo, y con los duros, duro. Ahora dime las cualidades de tu dueño.
-Con los duros, es suave; con los malos, bueno; con los injustos, es justo y con los buenos, más bueno, Por lo tanto, apártate de mi camino.
Al oír esto, Malika y su cochero descendieron del coche y lo apartaron humildemente, dejando pasar al Rajá de Benarés.

004. Anonimo (india)

Una insensata búsqueda


Una mujer estaba buscando afanosamente algo alrededor de un farol. Entonces un transeúnte pasó junto a ella y se detuvo a contemplarla. No pudo por menos que preguntar:
-Buena mujer, ¿qué se te ha perdido?, ¿qué buscas?
Sin poder dejar de gemir, la mujer, con la voz entrecortada por los sollozos, pudo responder a duras penas:
-Busco una aguja que he perdido en mi casa, pero como allí no hay luz, he venido a buscarla junto a este farol.

*El Maestro dice: No quieras encontrar fuera de ti mismo lo que sólo dentro de ti puede ser hallado.

004. Anonimo (india)

Una caña de bambú para el más tonto


Existía un próspero reino en el norte de la India. Su monarca había alcanzado ya una edad avanzada. Un día hizo llamar a un yogui que vivía dedicado a la meditación profunda en el bosque y dijo:
-Hombre piadoso, tu rey quiere que tomes esta caña de bambú y que recorras todo el reino con ella. Te diré lo que debes hacer. Viajarás sin descanso de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo y de aldea en aldea. Cuando encuentres a una persona que consideres la más tonta, deberás entregarle esta caña.
-Aunque no reconozca otro rey que mi verdadero yo interior, señor, habré de hacer lo que me dices por complacerte. Me pondré en camino enseguida.   El yogui cogió la caña que le había dado el monarca y partió raudo. Viajó sin descanso, llegando sus pies a todos los caminos de la India. Recorrió muchos lugares y conoció muchas personas, pero no halló ningún ser humano al que considerase el más tonto. Transcurrieron algunos meses y volvió hasta el palacio del rey. Tuvo noticias de que el monarca había enfermado de gravedad y corrió hasta sus aposentos. Los médicos le explicaron al yogui que el rey estaba en la antesala de la muerte y se esperaba un fatal desenlace en minutos. El yogui se aproximó al lecho del moribundo.
Con voz quebrada pero audible, el monarca se lamentaba:
-¡Qué desafortunado soy, qué desafortunado! Toda mi vida acumulando enormes riquezas y, ¿qué haré ahora para llevarlas conmigo? ¡No quiero dejarlas, no quiero dejarlas!
El yogui entregó la caña de bambú al rey.

*El Maestro dice: Puedes ser un monarca, pero de nada sirve si tu actitud es la de un mendigo. Sólo aquello que acumulas dentro de ti mismo te pertenece. No hay otro tesoro que el amor.

004. Anonimo (india)

Una búsqueda insaciable


Era un buscador de la Verdad, pero estaba obse­sionado con hallar un maestro que pudiera propor­cionarle su presencia, puesto que ya conocía muchos métodos y mapas espirituales. Era como un incansa­ble sabueso en busca de un maestro. A lo largo de años había conocido guías, mentores y maestros, pero ninguno le parecía suficiente. Esperaba otra cosa, aunque no supiera bien definir qué era. Desea­ba un maestro que le proporcionase algo muy impor­tante. Y un día, ascendiendo por una empinada ladera en busca de un sabio que residía en la cima de la montaña, cayó al precipicio y tuvo tiempo de quedar asido a la rama de un árbol. El vacío se abría bajo él. Comenzó a gritar desesperadamente pidiendo soco­rro. En muy poco tiempo le fallarían las fuerzas y se desplomaría en el abismo. De repente apareció un burdo campesino, le lanzó su soga y pudo ponerlo a salvo.
El buscador de la Verdad, una vez se hubo repuesto, prosiguió hasta la cima de la montaña y se reunió con el Sabio, al que expuso su larga búsqueda de un maestro que le brindase algo muy importante. El Sabio dijo:
-¡Serás necio! No dudo de tu genuino afán de búsqueda, pero eres un necio. De tanto buscar, no encuentras. Buscas un maestro que te proporcione algo muy importante. ¡Pobre necio ciego! ¿Te parece poco importante lo que te ha dado un inculto campesino?

El Maestro dice: Tantas pretensiones excesivas, tan­tas expectativas, que perdemos de vista el maestro o maestros que a cada momento pueden cruzar por nuestra vida.

Fuente: Ramiro Calle

004. Anonimo (india)

Una broma del maestro

Había en un pueblo de la India un hombre de gran santidad. A los aldeanos les parecía una persona notable a la vez que extravagante. La verdad es que ese hombre les llamaba la atención al mismo tiempo que los confundía. El caso es que le pidieron que les predicase. El hombre, que siempre estaba en disponibilidad para los demás, no dudó en aceptar. El día señalado para la prédica, no obstante, tuvo la intuición de que la actitud de los asistentes no era sincera y de que debían recibir una lección. Llegó el momento de la charla y todos los aldeanos se dispusieron a escuchar al hombre santo confiados en pasar un buen rato a su costa. El maestro se presentó ante ellos. Tras una breve pausa de silencio, preguntó:
-Amigos, ¿saben de qué voy a hablarles?
-No -contestaron.
-En ese caso -dijo, no voy a decirles nada. Son tan ignorantes que de nada podría hablarles que mereciera la pena. En tanto no sepan de qué voy a hablarles, no les dirigiré la palabra.
Los asistentes, desorientados, se fueron a sus casas. Se reunieron al día siguiente y decidieron reclamar nuevamente las palabras del santo.
El hombre no dudó en acudir hasta ellos y les preguntó:
-¿Saben de qué voy a hablarles?
-Sí, lo sabemos -repusieron los aldeanos.
-Siendo así -dijo el santo, no tengo nada que decirles, porque ya lo saben. Que pasen una buena noche, amigos.
Los aldeanos se sintieron burlados y experimentaron mucha indignación.
No se dieron por vencidos, desde luego, y convocaron de nuevo al hombre santo. El santo miró a los asistentes en silencio y calma. Después, preguntó:
-¿Saben, amigos, de qué voy a hablarles?
No queriendo dejarse atrapar de nuevo, los aldeanos ya habían convenido la respuesta:
-Algunos lo sabemos y otros no.
Y el hombre santo dijo:
-En tal caso, que los que saben transmitan su conocimiento a los que no saben.
Dicho esto, el hombre santo se marchó de nuevo al bosque.

004. Anonimo (india)

Un yogui al borde del camino


Era un yogui errante que había obtenido un gran progreso interior.
Se sentó a la orilla de un camino y, de manera natural, entró en éxtasis.
Estaba en tan elevado estado de conciencia que se encontraba ausente de todo lo circundante. Poco después pasó por el lugar un ladrón y, al verlo, se dijo: “Este hombre, no me cabe duda, debe ser un ladrón que, tras haber pasado toda la noche robando, ahora se ha quedado dormido. Voy a irme a toda velocidad no vaya a ser que venga un policía a prenderle a él y también me coja a mí”. Y huyó corriendo. No mucho después, fue un borracho el que pasó por el lugar.
Iba dando tumbos y apenas podía tenerse en pie. Miró al hombre sentado al borde del camino y pensó: “Éste está realmente como una cuba. Ha bebido tanto que no puede ni moverse”.
Y, tambaleándose, se alejó. Por último, pasó un genuino buscador espiritual y, al contemplar al yogui, se sentó a su lado, se inclinó y besó sus pies.

*El Maestro dice: Así como cada uno proyecta lo que lleva dentro, así el sabio reconoce al sabio.

004. Anonimo (india)

Un vinculo inmortal


El amor no sólo ata a los mortales. Todas las criaturas del universo pueden sentir sus efectos. Grandes ha­zañas y grandes pecados se han cometido por su causa. Lo cierto es que esta pasión no conoce leyes y, cuando surge, nada respeta. Ejemplo de ello es la siguiente historia.
En el país de Magadh vivía el rey Indradyumna, cuya esposa era tan bella como la luna. Su nombre era Ahalya.
Los cónyuges fueron felices en su unión hasta que la reina concibió un insensato amor por Indra.
Indra era el más poderoso de los dioses, el rey de los cielos. Tenía fama de valiente y justiciero y todas las cria­turas le reverenciaban. Pero su condición divina no le impidió verse apresado por un amor considerado des­honesto.
Ahalya había escuchado alabanzas del dios en boca de muchos mortales, y, llena de curiosidad, quiso conocer­le. Mediante la intervención de una de sus criadas de confianza, la reina consiguió burlar la vigilancia de su ma­rido y conducir a Indra hasta sus aposentos, donde am­bos reconocieron su mutuo amor y cayeron uno en bra­zos del otro.
Desde aquel día su amor se fortaleció y, de esta ma­nera, Indra y Ahalya continuaron viéndose en secreto y disfrutando de una relación intensa y apasionada.
Pero no habría de pasar mucho tiempo sin que Indradyumna supiera la afrenta de la que estaba siendo objeto. Ahalya estaba tan enamorada del dios que sólo pensaba en él y creía verle por todas partes. De esa ma­nera sucedió que el nombre de Indra llegaba con gran facilidad a su labios, delatando así su amor en varias ocasiones.
Cuando Indradyumna se percató de lo que sucedía, quiso castigar a los amantes de manera ejemplar. Hizo apostar a su guardia cerca de las habitaciones de la rei­na y advirtió a los soldados lo que estaba sucediendo y cuál era su cometido.
Aquella, noche, mientras Indra penetraba por el bal­cón para encontrarse con Ahalya, fue apresado por los soldados del rey. Avergonzado por su conducta, el dios no quiso emplear sus poderes divinos y permitió que se le condujera ante la presencia del monarca.
-¡Has ofendido a mi honor! -le dijo éste, cuando le tuvo ante él. Eso es algo indigno de un hombre virtuo­so y mucho más de un dios, que ha de servir de ejemplo para sus devotos.
-Estoy de acuerdo contigo -concedió el dios-. Tu ira está plena-mente justificada y sería inútil querer contradecirte. En mi defensa sólo puedo decir que, aun siendo el rey de los dioses, el amor ha sido más fuerte que mi voluntad. Por él he perdido fuerza y dignidad, hasta el punto de ver­me ahora en tu presencia como un mísero delincuente.
-¿Aceptarás, pues, tu castigo? -inquirió el soberano ­¿O te valdrás de tus poderes divinos para evitarlo?
-No sería justo hacerlo -respondió Indra-. Aceptaré el castigo que quieras imponerme y lo sufriré por la eter­nidad o hasta que tú desees, pues no pienso renunciar a mi amor. Y añadió: No podría hacerlo, aunque qui­siera.
Indradyumna mandó a los soldados que infligieran a la pareja adúltera los más duros castigos y los tormentos más atroces. Dijo a Ahalya que la perdonaría si re­nunciaba a su amor por Indra, pero ella se negó en re­dondo.
Ambos fueron entonces arrojados al agua helada; se les sumergió en aceite hirviendo; un elefante les aplastó bajo sus patas. Pero su amor era tan fuerte que la muer­te no les alcanzaba.
Pese a sufrir estas y otras torturas durante largo tiem­po, el amor de ambos les seguía manteniendo unidos.
-No te esfuerces, rey Indradyumna -le aconsejó el dios. El universo entero no es nada comparado con mi amada y todos tus tormentos no harán menguar mi amor por ella. Puedes hacer sufrir a mi cuerpo, pero mi ver­dadero yo reside en mi mente y ella está totalmente de­dicada a Ahalya y a mi amor. Nada podrás contra ella.
El monarca reconoció en aquel momento la inutilidad de sus esfuerzos y recurrió al sabio Bharat, un asceta que había acumulado muchos poderes tras años de aus­teridades y penitencias. Le suplicó que lanzase sobre los adúlteros una terrible maldición que les avergonzara y acabara con su pasión.
Bharat accedió y, como símbolo del deseo que sentía Indra por Ahalya, hizo que aparecieran en el cuerpo de éste mil heridas, que semejaban en un principio las par­tes íntimas de la mujer.
Pero inmediatamente, aquellas heridas cambiaron de forma y se convirtieron en mil ojos, que dieron a su po­seedor perspicacia y sabiduría.
-Has malgastado tu poder, ¡oh, poderoso Bharat! -le increpó Indra. Has llevado a cabo innumerables peni­tencias durante largos años para conseguir una fuerza que ahora malgastas intentando en vano separarme de mi amada.
Entonces, Bharat empleó los restos de su fuerza y ful­minó a Indra y a Ahalya, destruyendo por completo sus cuerpos.
Pero los dos amantes renacieron como una pareja de ciervos, llevando una apacible vida en común.
Cuando los ciervos murieron de vejez, reencarnaron en forma de pájaros. A la muerte de los pájaros, vinieron al mundo como humanos, se encontraron y contrajeron matrimonio.
Y, desde ese día, debido a la intensidad del amor que sentían el uno por el otro, siguen renaciendo juntos y sus vidas estarán unidas por toda la eternidad.

(Del Yogavasishtha de Vasishtha)    

Fuente: Enrique Gallud Jardiel

004. Anonimo (india)